Escena – Fin de temporada 2015-16

Un repaso por lo más destacado del mundo teatral en este último curso

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

Toca hacer recuento después de que haya terminado la temporada para muchos teatros, aunque una cantidad importante de salas continúe en la brega. Y como ha ocurrido en los últimos años, el arte dramático nos ofrece un reflejo y una perspectiva con los que poder analizar a nuestra sociedad. Por un lado, la crisis mantiene la destrucción en el sector con el cierre de espacios tan emblemáticos como Guindalera o proyectos como la Kubik. Por otro lado, se debe hacer una profunda reflexión sobre el momento creativo que vive el teatro en España que, en cierta medida, tiene mucho que ver con su público, tanto con el que asiste asiduamente como con aquel que o ha ido abandonando (por cansancio) o que nunca llegará a formar parte del respetable por falta de persuasión. Ni que decir tiene que este tema es verdaderamente esencial y antes morirá el teatro por falta de espectadores que por carencias económicas.

Resulta muy interesante comparar los espectáculos extranjeros que recalan coyunturalmente aquí para evaluar hasta qué medida en el suelo patrio se está arriesgando creativa y financieramente. Para ello podemos fijarnos en el ciclo «Una mirada al mundo» que organiza anualmente el Centro Dramático Nacional. En esta ocasión han generado fascinación y controversia ricci/forte con su Darling y Declan Donnellan ha regresado con una potentísima versión del shakesperiano Cuento de invierno, sin olvidarnos del Splendid´s de Arthur Nauzyciel. También hemos recibido, dentro del Festival de Otoño a Primavera, a Peter Brook y su esencial visión del Mahabharata con Battlefield; y a la Compañía 1927 con su divertimento luminoso titulado Golem. También en este festival nos hemos encontrado con propuestas que nos han abierto los ojos a través de orientaciones estéticas que pretendían escapar de lo convencional, así, por ejemplo, pudimos ver en los Teatros del Canal la reciente obra de Pablo Remón, 40 años de paz (y también encontrarnos con su anterior trabajo, la divertidísima La abducción de Luis Guzmán, en el Teatro del Barrio) o sentirnos atraídos por CINE de La tristura. Engancharnos con la capacidad para la farsa de Darío Facal en su Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín (y después con su Sueño de una noche de verano). No me he sentado con un público tan obnubilado como en La clausura del amor, con las soberbias interpretaciones de Bárbara Lennie y de Israel Elejalde. Con este último, aprovecho para recalcar que ha sido el actor más sobresaliente y que pienso que más ha marcado la temporada. Con él terminamos el pasado curso en La fiebre y él nos ha traído un Hamlet, dirigido por Miguel del Arco, que ha supuesto un paso más en la consagración de la Compañía Kamikaze, hecho este que les va a permitir afincarse a partir de ya en el Teatro Pavón. Como decía, Elejalde ha llevado al Príncipe de Dinamarca hasta el paroxismo.

Foto de Ceferino López
Foto de Ceferino López

La eyección por decreto de Juan Carlos Pérez de la Fuente, director del Teatro Español y de sus Naves, ha empañado y ha enrarecido el ambiente entre los cómicos, los teatreros y demás gentes de este mundillo. Aunque su despedida haya sido por todo lo alto con un homenaje a Cervantes esplendoroso; la Numancia ha golpeado con fortaleza (con escenografía de Alessio Meloni, que ya había realizado una excelente labor con Danzad Malditos). Pero también en los espacios que él ha dirigido nos hemos topado con obras del todo sugerentes, por ejemplo, La estupidez, uno de los engranajes mejor engrasados de todos estos últimos meses, o el provocativo texto de DioS K, escrito por Antonio Rojano y dirigido por Víctor Velasco. Memorable ha sido el papel interpretado por José Sacristán en Muñeca de porcelana, así como magnífica la recuperación de Max Aub con De algún tiempo a esta parte, monólogo interpretado por Carmen Conesa.

En cuanto al Centro Dramático Nacional, la verdad es que también nos hemos quedado con un buen sabor de boca, principalmente por una serie de obras que han estado dentro de lo más destacable que se ha podido visionar en España. Por una parte, los dos espectáculos que han traído los de Atalaya me han parecido extraordinarios, tanto Madre Coraje como Así que pasen cinco años y, de igual manera, las dirigidas por Ernesto Caballero, Vida de Galileo y, sobre todo, El laberinto mágico. Juan Mayorga presentó el que puede ser su más complejo y persuasivo texto, Reikiavik.

La reapertura del Teatro de la Comedia nos ha permitido disfrutar de unos trabajos de gran calidad, tanto El alcalde de Zalamea como la vigorosa y atrevida La villana de Getafe de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Rematando con la visita del Teatro Nacional de Burdeos para presentar un soberbio Lorenzaccio.

Ha sido en el Teatro de La Abadía donde Concha Velasco ha vuelto a dejar su impronta con la Reina Juana dirigida por Gerardo Vera, y donde Àlex Rigola nos ha pasmado con la mejor obra de toda la temporada. El público ha sondeado el terreno onírico que la poesía de Lorca necesitaba. Además, Irene Escolar ha cautivado de nuevo con su entrega actoral. También en el terreno femenino me ha causado una gran impresión el buen hacer de Rebeca Valls en el fabuloso Vania de Carles Alfaro.

Me gustaría entresacar aquí a una serie de funciones pertenecientes a esa marabunta del off y que suponen pequeñas joyas que nos hacen confiar aún en la creatividad de los nuevos dramaturgos. Empezando por Yogur | Piano de Gon Ramos, todo un hallazgo que seguirá dando que hablar, o  Desde aquí veo sucia la plaza del Club Caníbal y su visión sarcástica de las miserias nacionales (ya tienen en marcha el segundo episodio, Herederos del ocaso) o Carne viva, que ha continuado con su éxito en La Pensión de las Pulgas, sala que se encuentra a punto de echar su cierre definitivo (se recordará durante muchos años como un propulsor creativo dentro de las posibilidades del arte dramático. Así que todo el agradecimiento posible a sus impulsores Alberto Puraenvidia y José Martret), o en el Teatro Lara la agilísima Big Boy o, la no menos vitriólica, Castigo ejemplar, yeah, en los Teatros Luchana.

Una temporada, en definitiva, con una cantidad de obras inasumibles con el público que actualmente asiste a los teatros; con demasiados textos tendentes a un conservadurismo algo anquilosado, con pocas propuestas arriesgadas y donde, al final, únicamente unas pocas, muy pocas, logran fraguar espectáculos absolutamente deslumbrantes. Ha sido este un curso en el que no debemos olvidarnos de que unos titiriteros fueron encarcelados por una acusación de enaltecimiento del terrorismo, es decir, un golpe frontal a la libertad de expresión que muestra hasta qué punto podemos retroceder. Ahora solo queda continuar activamente a la espera de esas manifestaciones teatrales sublimes que aumenten nuestra mirada estética de nuestro mundo automatizado.

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