Desayuna conmigo

Iván Morales firma y dirige esta obra sobre las consecuencias del desamor con un juego de perspectivas para cuatro personajes

Aunque hayan pasado más de siete años desde que Sé de un lugar arribara a Madrid e Iván Morales pusiera su peculiar pica en Flandes, lo cierto es que algunos de los motivos principales de aquella obra se pueden observar en esta nueva propuesta. Además, también conecta con Wasted, el texto de Kate Tempest que el propio dramaturgo dirigió en el Matadero. La desazón, la crisis existencial, el callejón sin salida, la incapacidad para vertebrar un discurso coherente sobre la propia vida con el borbotón de palabras expeliéndose por la boca. La música. Cuatro personajes que configuran una estructura quizás demasiado geométrica y cerrada ―a pesar del interesante perspectivismo―; y en esto el autor parece un tanto arrastrado por las premisas que se ha impuesto. La circularidad hace quebrar parte de la verosimilitud. Nos hace pensar en películas como Closer, de Mike Nichols, y en ese mundo paralelo que se aleja solitariamente de las coordenadas espaciotemporales de la muchedumbre. Individuos que se quieren constituir por sí mismos y que mantienen a sus allegados en una prudencial distancia (a veces lejanía) como si fueran eremitas en una constante prueba de superación para encontrarse. Seguramente, uno de los aspectos más cuestionables de este drama sea la sensación de que todos los papeles tienden a difuminarse en esa masa grumosa en la que caen tantos y tantos urbanitas deprimidos por el fracaso a la hora surfear la ola de la felicidad. Imitar la vida burguesa (incluso aristocrática) supone, en la mayoría de los casos, un derrumbe catastrófico. El quiero y no puedo del hedonismo que niega la contraparte del dolor. Sigue leyendo

Próximo

Claudio Tolcachir establece una dramaturgia basada en las nuevas formas de comunicación informática para hablar de la soledad

Que las nuevas formas de comunicación (o incomunicación, según se mire) se insertaran como procedimiento en la dramaturgia contemporánea era algo esperable. Así ha venido ocurriendo en algunos casos en los últimos años (véase, por ejemplo, Ternura negra, de Denise Despeyroux); pero Claudio Tolcachir lo ha llevado de manera radical. Es decir, todos los diálogos que escuchamos son una conversación que se va retomando con frecuencia en los días a través de alguna aplicación de videollamada. En el cine ha sido más habitual encontrar propuestas con técnicas similares, por ejemplo, Searching (2018), de Aneesh Chaganty. Aunque el público español puede descubrir un gran parecido con la película Selfie (2017), de Víctor García León, la cual lleva en su argumento una trama sobre el hijo de un político corrupto. El dramaturgo argentino no ha caído en la tentación de tecnologizar el espectáculo con pantallas y efectos que nos aproximen inmersivamente en lo que conlleva esta forma de comunicarse y con la que cada vez estamos más acostumbrados (cortes en imagen y voz por falta de cobertura o mala calidad de lo que vemos o el hecho de contactar con gente desconocida o con cálidos bots de lenguaje verosímil). Esto implica un mayor reforzamiento de los usos dramáticos y un movimiento dominado por la elipsis. En este último sentido, como vamos a ver, en algún instante los acontecimientos se agolpan sin transición temporal patente y se puede tener la impresión de que el desenlace se abalanza con premura. Sigue leyendo

Paisajes para no colorear

Marco Layera configura un montaje enérgico con nueve adolescentes chilenas que ponen voz a sus problemáticas más acuciantes

Foto de Jorge Sánchez

Los acontecimientos turbulentos que acaecen en Chile, en una demostración palpable del hartazgo de una gran parte de la sociedad que no soporta los desiguales repartos de la riqueza, dan más la razón a esta obra que se representa en el Teatro de La Abadía y que fue estrenada en 2018. Recopilar testimonios de ciento cuarenta adolescentes con edades comprendidas entre los 13 y los 17 años, centrados, fundamentalmente, en el tema de la violencia. Marco Layera se pone al frente de este proyecto con el Teatro La Re-Sentida (recordemos su participación en la anterior convocatoria del Festival de Otoño con Tratando de hacer una obra que cambie el mundo). Para los que estamos acostumbrados a trabajar con jóvenes, es necesario tener una serie de salvedades con ellos para conjugar su capacidad de expresión más o menos libre con algunas de esas ínfulas que a veces gastan y con las que suelen manifestar sus gigantescas carencias intelectuales. Un adolescente, más allá de estereotipos, es un testimonio inédito, un hallazgo, una materialización presente del estado de nuestra cultura, del espíritu del pueblo vivificado en ellos. Dignos siempre de estudio y atención. ¿Qué ha hecho Chile para que estas chicas que tenemos delante piensen y actúen así? ¿Qué tipo de educación han recibido? ¿Qué influencias las han moldeado? ¿Qué clase de experiencias han tenido en esta sociedad que les ha tocado vivir? Es un poco difícil ponerse en situación, porque para ello habría que colocarse correctamente en la idiosincrasia de la juventud chilena. Sigue leyendo

A.K.A.

Albert Salazar ofrece una interpretación enérgica al encarnarse en un adolescente normal que sufre racismo e intolerancia

Siempre la primera persona es un peligro para la credibilidad. El subjetivismo te puede hacer perder la noción de lo que es justo. Así nos ocurre cotidianamente cuando la prensa (y nosotros detrás) focalizamos casi en exclusiva nuestra atención en el relato de las supuestas víctimas y obviamos otros puntos de vista ―algo que no se puede permitir el mundo judicial―. ¿Es A.K.A. una obra destinada a un público adolescente o a uno adulto? Si va dirigida hacia el primero, aceptaremos que posee esa fijación de los directores por el ritmo y los mensajes directos y aclaratorios (que pueden ser desentrañados en debates postfunción con grupos de docentes) que obsesionan a los dramaturgos dedicados al género. Si va dirigida a los segundos, entonces la verosimilitud se desploma y la baza ganadora se reduce al trabajo extraordinario de su intérprete. Que no quepa la menor duda de que el joven Albert Salazar es una bestia escénica y de que tiene unas cualidades enormes para la actuación. Su espontaneidad y esa comodidad con la que se mueve en el escenario en la interacción fulgurante y encantadora con el público, nos hace pensar en un actor de larga proyección. Lo que nos encontramos es el fortín de cualquier quinceañero, un cuarto de wifi etéreo, altavoz supersónico, cachivaches frikis, monopatín retromoderno y las partículas de adrenalina que expele un tipo llamado Carlos. Sigue leyendo

Bella figura

El Teatro Nacional São João produce este montaje a partir del texto firmado por Yasmina Reza en el que vuelve a diseminar las cuitas de la clase media

No decir ya nada y empeñarse en caer una y otra vez en la misma cuestión es un camino que me resulta tan tedioso como la vida de esos individuos que deambulan por su burguesía fracasada. La redundancia en los diálogos con los que Yasmina Reza nos interpela en Bella figura llegan a ser exasperantes. Qué arranque, qué seudodesarrollo circular de unos tipos que no nos aportan nada. Cabreos tontorrones de amantes que no entienden su papel subalterno y encuentros fortuitos con una pareja y la madre de él para establecer la consabida suspicacia en las comparativas. Nada original, ni tampoco gracioso como, al menos, ocurría con los grandes éxitos de la dramaturga: Un dios salvaje o Arte (esta última más inteligente que la primera, pues aquella se parece más a esta que nos compete). Al principio, contamos con Boris, un João Melo que nos surte con displicencia de hombre a punto de arruinarse; pero que aún sostiene cierto hálito vital que lo lleva a reunirse con su querida. El personaje de Andrea (ya lo dice su etimología) parece contener una energía más lúcida y espontánea ―también es cierto que trabaja como manceba en una farmacia que le pone a mano drogas de lo más variadas―; propia de alguien que va de menos a más, que no necesita aparentar tanto porque pertenece a esa «masa mediocre» que se contenta con lo que posee, una vez tiene garantizada la supervivencia. Maria Leite acoge su papel con gran frescura y pundonor, y es uno de los elementos discordantes. Es indudable que para el resto puede tener un aire de fulana, por su vestimenta, por su ligereza en las formas; y aunque sea simbólicamente sí que juega con esa postura. La necesidad de «venderse» un poco si se quiere salir de los barrios del extrarradio donde vive. Sigue leyendo

Sea Wall

Nacho Aldeguer interpreta para un reducido grupo de espectadores un monólogo sobre una tragedia familiar

Lo que para nosotros es hoy en día la muerte resulta fundamental para que cualquier relato trágico presente nos someta a una angustia indecible. La muerte está lejos, oculta. La muerte es de los otros, de la mala suerte. La esperanza acérrima de sobrevivir ante cualquier accidente, enfermedad o imprevisto es una creencia infantil. Menos guerras, menos terrorismo, menos asesinatos a nuestro alrededor; pero cualquier hecho luctuoso nos recuerda nuestro destino fatal. Luego tendemos a la que la cotidianidad nos devuelva la fantasía de la inmortalidad. Sea Wall es un encuentro íntimo, un momento sutil de escucha y una necesaria empatía para situarnos junto a Álex; pues su historia es tan verosímil y sencilla como profunda. Su relato es una catástrofe vital estadísticamente excepcional en nuestro mundo actual; pero todos jugamos a la lotería sin querer con cada una de nuestras acciones. Si tienes un hijo, sabes que el temor a perderlo es un miedo que se aloja perpetuamente en el duodeno para alertarte ante cualquier posibilidad de peligro. Carlos Tuñón se ha embarcado hace ya tiempo en proyectos que trabajan en los aledaños de lo dramatúrgico ―podríamos decir. Simultáneamente a Sea Wall, también lleva a las tablas El roble (estrenada la temporada anterior). Sigue leyendo

Copenhague

El dilema sobre los avances de la física nuclear recreado en el encuentro entre Bohr y Heissenberg de 1941 en la capital danesa

Posiblemente a Michael Frayn le interesó enfocar el dilema ético sobre los avances científicos a través de Heissenberg y su Teoría de la incertidumbre; porque esta le venía excelentemente como metáfora para encarar un asunto que hoy posee gigantescas reverberaciones; tantas, que algunos transhumanistas ya le ponen fecha de extinción a nuestra especie para alumbrar la siguiente. Ahí es nada. Lo cierto es que Hiroshima y Nagasaki fueron «fechorías» pergeñadas por los estadounidenses y que las investigaciones de Oppenheimer y el proyecto Manhattan resultaron expeditivas. Pero, Copenhague, estrenada en 1998 ―también contamos con una versión cinematográfica realizada para la televisión en 2002― pretende habilitar un discurso filosófico sobre las decisiones trascendentales del científico que, como humano, discurre más allá del laboratorio y que es consciente de que el paradigma puede cambiar radicalmente. Seguramente si es conveniente volver a esta obra es porque es necesario recordar que en la próxima ocasión el daño será realmente irreversible. Es más, podemos llegar a pensar que aquel fatídico final de la Segunda Guerra Mundial fue el ejemplo que la humanidad requería contemplar para cuidarse de la hecatombe que nos autodestruya definitivamente. El caso es que Claudio Tolcachir ha recogido el testigo, y sin realizar una apuesta arriesgada ―desde luego, todo es muy comedido―, ha fraguado un montaje que técnicamente no tiene tacha, que resulta satisfactorio, adecuado y tan conciso como le permite el texto. Sigue leyendo

José K, torturado

Iván Hermes interpreta este texto de Javier Ortiz, cargado de dilemas morales sobre el derecho y la dignidad humana

¿Vale realmente algo la vida de un terrorista confeso? Reconoceremos que no, y que no nos importará si mediante el suicidio desapareciera para siempre; si no es así, mientras siga vivo, al menos, no tendremos que hacernos cargo en nuestra conciencia de su muerte, en caso de que estuviera contemplada la pena capital. ¿Existe algún momento en la historia en la que un terrorista pudiera causar más daño que ahora? Evidentemente el número de víctimas siempre es importante, de ahí sus diferentes denominaciones (catástrofe, matanza, holocausto), máxime cuando esos fallecidos lo son individualmente. Que cada uno esboce una cifra. El texto de Javier Ortiz (1948-2009) está lleno de trampas y la primera que debemos sortear es la voz única del terrorista (aunque utilice en su monólogo de manera muy certera la primera, la segunda y la tercera persona); es decir, nunca olvidar a todos los otros, muchos de los cuales terminarán con el rostro más desfigurado que el de este. Es un balanceo utilitarista y un dilema moral que se resuelve rápidamente en los países más desarrollados en la garantía de los derechos humanos; sin embargo, para ello tengamos que fingir que no sabemos. El terrorista tiene una información valiosísima (dónde está colocada una bomba que acabará con cientos de ciudadanos, por ejemplo), solo él la tiene y no hay otra forma para salvar a esas posibles víctimas que torturarlo. Debemos hacerlo, no queda más remedio. Tan duro será hacerse cargo de tan vil procedimiento como de atender a las familias devastadas. Llegado el instante no se concibe escapatoria, una opción u otra. Y la excepción, el caso concreto y tipificado, es un hecho incontrovertible. Sigue leyendo

Nekrassov

Sartre firma esta farsa apenas representada hasta ahora sobre los tejemanejes del gobierno y una prensa venal

Hace unos meses se ha publicado la versión española de Posverdad, el ensayo de Lee McIntyre, profesor de Harvard, donde se abordan las peculiaridades de este nuevo concepto nacido del contexto presente en el que las redes sociales permiten crear estados emocionales que lleven impresos la sensación de la certeza. En la indagación filosófica y en la revisión histórica de sus fuentes hallamos una serie de estrategias elaboradas por los poderosos de turno para, entre otras fórmulas, imponer la duda por encima de cualquiera que ose manifestar una certeza. Lo que se plasma en la sátira de Sartre es una etapa intermedia en la consabida connivencia de los medios de comunicación con los gobiernos o los empresarios como parte de la trinchera ideológica. Por ejemplo, no falta una parodia de William Randolph Hearst (sobre frases consabidas de Ciudadano Kane), recordemos su afirmación antes de que España perdiera Cuba en 1898: «Dadme las fotos, yo os daré la guerra». Desde luego, la guerra fría fue un caldo de cultivo idóneo para el control y la difusión de la información, para «jugar» a la noticia falaz, a las medias verdades, a la ocultación permanente. El filósofo francés desarrolla un planteamiento que sobrepasa con creces lo aceptable, y eso que Brenda Escobedo ha realizado un meritorio trabajo de adaptación sobre aquella traducción de Miguel Ángel Asturias (prueben a encontrar en su librería favorita un ejemplar); aunque podría haber recortado alguna que otra escena. Sigue leyendo