Sea Wall

Nacho Aldeguer interpreta para un reducido grupo de espectadores un monólogo sobre una tragedia familiar

Lo que para nosotros es hoy en día la muerte resulta fundamental para que cualquier relato trágico presente nos someta a una angustia indecible. La muerte está lejos, oculta. La muerte es de los otros, de la mala suerte. La esperanza acérrima de sobrevivir ante cualquier accidente, enfermedad o imprevisto es una creencia infantil. Menos guerras, menos terrorismo, menos asesinatos a nuestro alrededor; pero cualquier hecho luctuoso nos recuerda nuestro destino fatal. Luego tendemos a la que la cotidianidad nos devuelva la fantasía de la inmortalidad. Sea Wall es un encuentro íntimo, un momento sutil de escucha y una necesaria empatía para situarnos junto a Álex; pues su historia es tan verosímil y sencilla como profunda. Su relato es una catástrofe vital estadísticamente excepcional en nuestro mundo actual; pero todos jugamos a la lotería sin querer con cada una de nuestras acciones. Si tienes un hijo, sabes que el temor a perderlo es un miedo que se aloja perpetuamente en el duodeno para alertarte ante cualquier posibilidad de peligro. Carlos Tuñón se ha embarcado hace ya tiempo en proyectos que trabajan en los aledaños de lo dramatúrgico ―podríamos decir. Simultáneamente a Sea Wall, también lleva a las tablas El roble (estrenada la temporada anterior). Sigue leyendo

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Copenhague

El dilema sobre los avances de la física nuclear recreado en el encuentro entre Bohr y Heissenberg de 1941 en la capital danesa

Posiblemente a Michael Frayn le interesó enfocar el dilema ético sobre los avances científicos a través de Heissenberg y su Teoría de la incertidumbre; porque esta le venía excelentemente como metáfora para encarar un asunto que hoy posee gigantescas reverberaciones; tantas, que algunos transhumanistas ya le ponen fecha de extinción a nuestra especie para alumbrar la siguiente. Ahí es nada. Lo cierto es que Hiroshima y Nagasaki fueron «fechorías» pergeñadas por los estadounidenses y que las investigaciones de Oppenheimer y el proyecto Manhattan resultaron expeditivas. Pero, Copenhague, estrenada en 1998 ―también contamos con una versión cinematográfica realizada para la televisión en 2002― pretende habilitar un discurso filosófico sobre las decisiones trascendentales del científico que, como humano, discurre más allá del laboratorio y que es consciente de que el paradigma puede cambiar radicalmente. Seguramente si es conveniente volver a esta obra es porque es necesario recordar que en la próxima ocasión el daño será realmente irreversible. Es más, podemos llegar a pensar que aquel fatídico final de la Segunda Guerra Mundial fue el ejemplo que la humanidad requería contemplar para cuidarse de la hecatombe que nos autodestruya definitivamente. El caso es que Claudio Tolcachir ha recogido el testigo, y sin realizar una apuesta arriesgada ―desde luego, todo es muy comedido―, ha fraguado un montaje que técnicamente no tiene tacha, que resulta satisfactorio, adecuado y tan conciso como le permite el texto. Sigue leyendo

José K, torturado

Iván Hermes interpreta este texto de Javier Ortiz, cargado de dilemas morales sobre el derecho y la dignidad humana

¿Vale realmente algo la vida de un terrorista confeso? Reconoceremos que no, y que no nos importará si mediante el suicidio desapareciera para siempre; si no es así, mientras siga vivo, al menos, no tendremos que hacernos cargo en nuestra conciencia de su muerte, en caso de que estuviera contemplada la pena capital. ¿Existe algún momento en la historia en la que un terrorista pudiera causar más daño que ahora? Evidentemente el número de víctimas siempre es importante, de ahí sus diferentes denominaciones (catástrofe, matanza, holocausto), máxime cuando esos fallecidos lo son individualmente. Que cada uno esboce una cifra. El texto de Javier Ortiz (1948-2009) está lleno de trampas y la primera que debemos sortear es la voz única del terrorista (aunque utilice en su monólogo de manera muy certera la primera, la segunda y la tercera persona); es decir, nunca olvidar a todos los otros, muchos de los cuales terminarán con el rostro más desfigurado que el de este. Es un balanceo utilitarista y un dilema moral que se resuelve rápidamente en los países más desarrollados en la garantía de los derechos humanos; sin embargo, para ello tengamos que fingir que no sabemos. El terrorista tiene una información valiosísima (dónde está colocada una bomba que acabará con cientos de ciudadanos, por ejemplo), solo él la tiene y no hay otra forma para salvar a esas posibles víctimas que torturarlo. Debemos hacerlo, no queda más remedio. Tan duro será hacerse cargo de tan vil procedimiento como de atender a las familias devastadas. Llegado el instante no se concibe escapatoria, una opción u otra. Y la excepción, el caso concreto y tipificado, es un hecho incontrovertible. Sigue leyendo

Nekrassov

Sartre firma esta farsa apenas representada hasta ahora sobre los tejemanejes del gobierno y una prensa venal

Hace unos meses se ha publicado la versión española de Posverdad, el ensayo de Lee McIntyre, profesor de Harvard, donde se abordan las peculiaridades de este nuevo concepto nacido del contexto presente en el que las redes sociales permiten crear estados emocionales que lleven impresos la sensación de la certeza. En la indagación filosófica y en la revisión histórica de sus fuentes hallamos una serie de estrategias elaboradas por los poderosos de turno para, entre otras fórmulas, imponer la duda por encima de cualquiera que ose manifestar una certeza. Lo que se plasma en la sátira de Sartre es una etapa intermedia en la consabida connivencia de los medios de comunicación con los gobiernos o los empresarios como parte de la trinchera ideológica. Por ejemplo, no falta una parodia de William Randolph Hearst (sobre frases consabidas de Ciudadano Kane), recordemos su afirmación antes de que España perdiera Cuba en 1898: «Dadme las fotos, yo os daré la guerra». Desde luego, la guerra fría fue un caldo de cultivo idóneo para el control y la difusión de la información, para «jugar» a la noticia falaz, a las medias verdades, a la ocultación permanente. El filósofo francés desarrolla un planteamiento que sobrepasa con creces lo aceptable, y eso que Brenda Escobedo ha realizado un meritorio trabajo de adaptación sobre aquella traducción de Miguel Ángel Asturias (prueben a encontrar en su librería favorita un ejemplar); aunque podría haber recortado alguna que otra escena. Sigue leyendo

Intensamente azules

César Sarachu observa el mundo que le circunda con sus gafas de natación en este monólogo de Juan Mayorga

Resulta un tanto desconcertante el último teatro de Juan Mayorga, ya que tras mostrar hace un mes El mago, ahora continúa ―en una estructura muy diferente― con un tono que no termina de alcanzar una comicidad relevante, y con un discurso más naíf de lo esperable en un dramaturgo que sabe sondear terrenos de mayor hondura. En esta ocasión procede con esta ensoñación o fantasía en forma de cuentecillo salpicado de curiosidades. César Sarachu, quien ya trabajó a las órdenes del dramaturgo con aquel estupendo Reikiavik, se transforma en el álter ego del autor para recrear las experiencias paradójicas que le ocurrieron a este, cuando un día salió a la calle con sus gafas de nadar graduadas tras ver cómo las habituales habían quedado inutilizadas. El magnífico actor se ve lastrado por un texto que se devanea en lo anecdótico y en una serie de sorpresas que pierden potencia enseguida; además de por una gesticulación que no logra la total gracia deseable (me lo imaginé como un Jacques Tati, pero más extravagante). Al parecer, un efecto mágico se ha producido en el personaje. Ahora entiende libros que antes le resultaban inaccesibles (El Quijote, La vida es sueño; incluso tochos de filosofía decimonónica), conoce al Rey, se encuentra con otras personas que también usan gafas de natación (aunque con otros colores), aparecen unos profesores de instituto y, por supuesto, la inmersión en la propia piscina como si se fundiera en el océano cósmico. Sigue leyendo

La Strada

Mario Gas dirige esta propuesta excesivamente cándida y melancólica sobre la famosa película de Federico Fellini

Foto de Sergio Parra

A primera vista parece que esta versión de La Strada se ha querido quedar con lo esencial, con estas almas en el conflicto de la supervivencia y de la ignorancia; pero en aquella película de Fellini el contexto de la posguerra en Italia era, si cabe, más esencial todavía. Por lo tanto, ¿quiénes son estos individuos que pueblan este oscuro escenario? El preludio es una presentación desencantada de un ambiente y unos personajes ahítos de melancolía, con su nariz de payaso y la mirada triste; inmersos en la escenografía de Juan Sanz, tan sencilla como notable, tan versátil como efectiva, con esa verticalidad tripartita con cartelones y pantallas donde se proyectan sugerentes imágenes diseñadas por Álvaro Luna. El carromato de Zampanó se aposta en una esquina con su cochambre, como el gran símbolo del nómada que debe desplazarse sin parar en busca de sustento. Sigue leyendo

Ante la jubilación

Se nos queda algo anticuado en su trascendencia ética el valorado texto de Thomas Bernhard que dirige Kristyan Lupa

Foto de Felipe Mena

Esta obra es un claro ejemplo de que algunos acontecimientos teatrales requieren un público idóneo para completar el proceso de ida y vuelta. Así, Ante la jubilación se observa desde el Madrid de 2018 como una tragicomedia desencajada de la historia y descontextualizada. Digamos que no nos dice tanto como debiera, porque nosotros no estamos «contagiados» por el zeitgeist alemán. No estaría mal desenmascarar a un magistrado franquista blanqueado por nuestra joven e imperfecta democracia sin separación de poderes. Que al ministro Filbinger, un auténtico hipócrita, se le descubriera su pasado como juez nazi tiene su punto, y permite una inspiración dramatúrgica que entronca con una sociedad aún en proceso de transformación, allá por 1979. Nos situamos el día 7 de octubre, aniversario de la muerte de Himmler. Como todos los años, Rudolf celebra una cena, y este no será distinto. Durante más de tres horas asistiremos a una cotidiana secuencia, densa en algunos momentos, para diluir una atmósfera entreverada de patetismo y drama, de cínico humor soterrado en la evidencia de una manifestación entre macabra y cutre, nostálgica de una estética y de una visión del mundo que pudo acabar con los fundamentos de Europa. Sigue leyendo

El bramido de Düsseldorf

El dramaturgo Sergio Blanco presenta en el Teatro de La Abadía un capítulo más de su vida a modo de montaje autoficcional

¿A quién le importa la vida de Sergio Blanco? A Sergio Blanco. Un dramaturgo que miente mal sobre sus mentiras verdaderas en la ficción real. Sencillamente, porque el eterno juego de la autoficción, de la heteronimia, de la metaliteratura, del metateatro, debe contribuir a una experiencia revitalizadora para el espectador; o, si no, para qué tanta mandanga sobre un yo que no tiene mucho de extraordinario. No vamos a hacer el recorrido sobre los ínclitos del motivo ―si nos quedamos en la patria, podemos empezar por Cervantes, terminar con Sergio del Molino (La hora violeta y La mirada de los peces), pasando por Unamuno o Vila-Matas o Sánchez Dragó y sus «japonesitas»―. Desde luego, existen dramas con tintes autoficcionales (véanse los montajes de El Brujo) y otros que se basan en el ego, en el egotismo, en la egolatría, en el egocentrismo, que es el caso que nos compete. Después de haber contemplado El bramido de Düsseldorf, Tebas Land me parece mejor de lo que me pareció entonces. Centrándonos en el asunto, lo primero que cabe destacar es que nuestro autor quiere ser el rey de la autoficción, por eso cada poco, como si fuera un niño pesado, te insiste con eso de que la verdad y la invención se imbrican, y para ello establece permanentes intercambios entre el actor y el personaje. El efecto, humorístico a la postre, se diluye en su reiteración. Si Sergio Blanco conviviera entre nosotros y fuera un tipo famoso del que tuviéramos noticia de vez en cuando, entonces, lo verdadero se pegaría inextricablemente a lo real y el espectador se convertiría en un voyerista o en un cotilla. No creo que nadie se vaya a su casa a intentar descubrir si esto o lo otro es cierto. Debe ser un plus eso del «basado en hechos reales». Es cierto en cuanto ficción dentro de un teatro. La autoficción, en este sentido, es ficción. Empezamos con una captatio (benevolentiae) a ritmo dance, con el tema «Prayer in C» del dúo francés Lilly Wood and the Prick, remezclado en 2014 por el dj alemán Robin Schulz. Bailoteo del elenco, chichisbeo del público invitado (a toda esta gente la he visto yo en otro lugar o, incluso, en el mismo. Será autoficción). Hay que animarse. Luego tendremos más canciones extraídas de M-80 (ahora Los40 Classic). Karaoke con REM. También Haendel y su Mesías, en el instante luctuoso. Para que el personal no se pierda, nos introducen el argumento como a la antigua usanza (como se hace en las funciones escolares). Sobre todo es para insistir y requeteinsistir en que ellos son ellos y no son ellos; pero que sí. El veterano Walter Rey inicia ―micrófono en mano― las presentaciones, un comentario desenfadado sobre la biografía de su compañera Soledad Frugone y los papeles que va a representar. De igual forma hará ella sobre Gustavo Saffores, quien se ocupará de manera distanciadora del propio Sergio Blanco. A partir de ahí, el hilo conductor serán los últimos días de la vida del padre tras un ataque al corazón durante su estancia en Düsseldorf. Sin demasiado ensañamiento en cuanto a la pesadumbre y a la trascendencia del momento. El espectáculo se ve salpicado como un collage por retales de turismo e informaciones de la Wikipedia, ya sea la referencia ineludible al asesino Peter Kürten, popular gracias a la magnífica cinta de Fritz Lang (de la que, por supuesto, recibiremos ese fragmento donde Peter Lorre se horroriza de sí mismo); ya sean referencias al holocausto. En general, relleno de imágenes, vídeos, anécdotas de difícil encaje en los asuntos privados del protagonista, a saber: su conversión al judaísmo (¿por qué? ¿De dónde viene esto? ¿A qué se debe? No sabemos), su contrato como guionista con una productora de películas porno y, finalmente, su colaboración en una exposición sobre el célebre asesino. Más retazos que relatos de aquí y allá, tareas profesionales que tímidamente se interrelacionan sin llegar a fraguar en una intencionalidad conceptual, en uno o varios motivos que justifiquen los acontecimientos y los hagan dignos de una propuesta teatral. No hay inmersión onírica, ni absurda más allá del acople abrupto como en una tormenta de ideas donde Bambi y el bramido del ciervo, en suma, deben conllevar una metáfora de raigambre telúrica. Demasiada displicencia. En el desenlace, la recapitulatio, reubicado todo en un acoplamiento vital con la obra anterior de Blanco, La ira de Narciso, la cual «provocó» el suicidio de un joven en Montevideo. Además de otras cuestiones sobre la repercusión «auténtica» de la propia obra que estamos viendo cuando fue estrenada y a un rabino, por ejemplo, le pareció mal que lo llamara Peter Kürten. Una recursividad lógica en el planteamiento. Insisto en que la especulación religiosa, artística o existencial es un engrudo acometido lúdicamente y sin ansias de ir más allá. En la composición actoral a medias, nos debemos conformar con ese entrar y salir; aunque debemos reconocer que Soledad Frugone, en el papel de responsable de la productora del porno, se muestra dubitativa y fallona. Ellos actúan, de alguna manera, con el estilo de andar por casa. En cuanto a la escenografía de Laura Leifert y Sebastián Marrero, con una blancura y una asepsia tenebrosa que dialoga estéticamente con la Medea de Simon Stone, de la que hablaba aquí hace unos días, funciona porque nos permite de forma limpia adentrarnos en la ciudad alemana y en otras ilustraciones de distintas escenas. La autoficción de corte irónico es toda una industria repleta de beneficios: puedes decir y hacer lo que quieras con la excusa de que pudo ser así o no, los actores no tienen que transformarse enteramente en personajes (a veces, nada) y, si recurres a la narración, te ahorras espacios, tiempos, cuadros y composiciones. Eso sin tener en cuenta que vivimos en la redundante existencia de los autoficcionadores múltiples que desean agónicamente gritarte, selfie mediante, que ellos son diferentes y que merecen la fama eterna y tu atención, y tu amor. ¡Qué romántico! El bramido de Düsseldorf es un engaño.

El bramido de Düsseldorf

Texto y dirección: Sergio Blanco

Intérpretes: Gustavo Saffores, Walter Rey y Soledad Frugone

Videoarte: Miguel Grompone

Escenografía, vestuario y luces: Laura Leifert y Sebastián Marrero

Diseño de sonido: Fernando Tato Castro

Preparación vocal: Sara Sabah

Preparación de bajo: Nicolás Román

Comunicación y prensa: Valeria Piana

Comunicación en redes sociales: Matías Pizzolanti

Imagen de portada: Rubén Lartigue

Diseño gráfico: Augusto Giovanetti

Fotografía: Narí Aharonián

Asistencia de dirección: Juan Martín Scabino

Asistencia de producción: Danila Mazzarelli

Producción y circulación: Matilde López

36º Festival de Otoño

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 25 de noviembre de 2018

Calificación: ♦♦

Enigma Pessoa

Pablo Viar propone una mirada algo naíf sobre el famoso escritor lisboeta a través de retazos de su vida

Cuando uno admira a un artista, en este caso un poeta, y se ha imbuido en sus obras; más allá de su biografía, construye un itinerario vital ficticio, una especie de recreación romántica absolutamente particular. Reconozco que, seguramente por esperar un montaje que encajara más o menos con esa imagen que uno ha creado en su cabeza, este espectáculo me ha decepcionado mucho. Es más, apenas he llegado a creerme que ese de ahí, ese tipo de bigote que deambula por el escenario, sea el gran escritor lisboeta. Ante un texto que se titula Enigma Pessoa se espera que se demuestre que realmente aquel es un misterio ―como así lo es―, para después intentar desvelarlo ―aunque sea imposible―. Las incógnitas que atenazan la personalidad de este paradójico y polifacético autor están plenamente relacionadas con sus heterónimos, con esas máscaras (Pessoa, ‘persona’, ‘máscara’). Más de setenta, por lo visto, que fue adoptando a lo largo de su existencia y que, incluso, empleaba fuera de la ficción literaria. Sigue leyendo