La Strada

Mario Gas dirige esta propuesta excesivamente cándida y melancólica sobre la famosa película de Federico Fellini

Foto de Sergio Parra

A primera vista parece que esta versión de La Strada se ha querido quedar con lo esencial, con estas almas en el conflicto de la supervivencia y de la ignorancia; pero en aquella película de Fellini el contexto de la posguerra en Italia era, si cabe, más esencial todavía. Por lo tanto, ¿quiénes son estos individuos que pueblan este oscuro escenario? El preludio es una presentación desencantada de un ambiente y unos personajes ahítos de melancolía, con su nariz de payaso y la mirada triste; inmersos en la escenografía de Juan Sanz, tan sencilla como notable, tan versátil como efectiva, con esa verticalidad tripartita con cartelones y pantallas donde se proyectan sugerentes imágenes diseñadas por Álvaro Luna. El carromato de Zampanó se aposta en una esquina con su cochambre, como el gran símbolo del nómada que debe desplazarse sin parar en busca de sustento. Sigue leyendo

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Ante la jubilación

Se nos queda algo anticuado en su trascendencia ética el valorado texto de Thomas Bernhard que dirige Kristyan Lupa

Foto de Felipe Mena

Esta obra es un claro ejemplo de que algunos acontecimientos teatrales requieren un público idóneo para completar el proceso de ida y vuelta. Así, Ante la jubilación se observa desde el Madrid de 2018 como una tragicomedia desencajada de la historia y descontextualizada. Digamos que no nos dice tanto como debiera, porque nosotros no estamos «contagiados» por el zeitgeist alemán. No estaría mal desenmascarar a un magistrado franquista blanqueado por nuestra joven e imperfecta democracia sin separación de poderes. Que al ministro Filbinger, un auténtico hipócrita, se le descubriera su pasado como juez nazi tiene su punto, y permite una inspiración dramatúrgica que entronca con una sociedad aún en proceso de transformación, allá por 1979. Nos situamos el día 7 de octubre, aniversario de la muerte de Himmler. Como todos los años, Rudolf celebra una cena, y este no será distinto. Durante más de tres horas asistiremos a una cotidiana secuencia, densa en algunos momentos, para diluir una atmósfera entreverada de patetismo y drama, de cínico humor soterrado en la evidencia de una manifestación entre macabra y cutre, nostálgica de una estética y de una visión del mundo que pudo acabar con los fundamentos de Europa. Sigue leyendo

El bramido de Düsseldorf

El dramaturgo Sergio Blanco presenta en el Teatro de La Abadía un capítulo más de su vida a modo de montaje autoficcional

¿A quién le importa la vida de Sergio Blanco? A Sergio Blanco. Un dramaturgo que miente mal sobre sus mentiras verdaderas en la ficción real. Sencillamente, porque el eterno juego de la autoficción, de la heteronimia, de la metaliteratura, del metateatro, debe contribuir a una experiencia revitalizadora para el espectador; o, si no, para qué tanta mandanga sobre un yo que no tiene mucho de extraordinario. No vamos a hacer el recorrido sobre los ínclitos del motivo ―si nos quedamos en la patria, podemos empezar por Cervantes, terminar con Sergio del Molino (La hora violeta y La mirada de los peces), pasando por Unamuno o Vila-Matas o Sánchez Dragó y sus «japonesitas»―. Desde luego, existen dramas con tintes autoficcionales (véanse los montajes de El Brujo) y otros que se basan en el ego, en el egotismo, en la egolatría, en el egocentrismo, que es el caso que nos compete. Después de haber contemplado El bramido de Düsseldorf, Tebas Land me parece mejor de lo que me pareció entonces. Centrándonos en el asunto, lo primero que cabe destacar es que nuestro autor quiere ser el rey de la autoficción, por eso cada poco, como si fuera un niño pesado, te insiste con eso de que la verdad y la invención se imbrican, y para ello establece permanentes intercambios entre el actor y el personaje. El efecto, humorístico a la postre, se diluye en su reiteración. Si Sergio Blanco conviviera entre nosotros y fuera un tipo famoso del que tuviéramos noticia de vez en cuando, entonces, lo verdadero se pegaría inextricablemente a lo real y el espectador se convertiría en un voyerista o en un cotilla. No creo que nadie se vaya a su casa a intentar descubrir si esto o lo otro es cierto. Debe ser un plus eso del «basado en hechos reales». Es cierto en cuanto ficción dentro de un teatro. La autoficción, en este sentido, es ficción. Empezamos con una captatio (benevolentiae) a ritmo dance, con el tema «Prayer in C» del dúo francés Lilly Wood and the Prick, remezclado en 2014 por el dj alemán Robin Schulz. Bailoteo del elenco, chichisbeo del público invitado (a toda esta gente la he visto yo en otro lugar o, incluso, en el mismo. Será autoficción). Hay que animarse. Luego tendremos más canciones extraídas de M-80 (ahora Los40 Classic). Karaoke con REM. También Haendel y su Mesías, en el instante luctuoso. Para que el personal no se pierda, nos introducen el argumento como a la antigua usanza (como se hace en las funciones escolares). Sobre todo es para insistir y requeteinsistir en que ellos son ellos y no son ellos; pero que sí. El veterano Walter Rey inicia ―micrófono en mano― las presentaciones, un comentario desenfadado sobre la biografía de su compañera Soledad Frugone y los papeles que va a representar. De igual forma hará ella sobre Gustavo Saffores, quien se ocupará de manera distanciadora del propio Sergio Blanco. A partir de ahí, el hilo conductor serán los últimos días de la vida del padre tras un ataque al corazón durante su estancia en Düsseldorf. Sin demasiado ensañamiento en cuanto a la pesadumbre y a la trascendencia del momento. El espectáculo se ve salpicado como un collage por retales de turismo e informaciones de la Wikipedia, ya sea la referencia ineludible al asesino Peter Kürten, popular gracias a la magnífica cinta de Fritz Lang (de la que, por supuesto, recibiremos ese fragmento donde Peter Lorre se horroriza de sí mismo); ya sean referencias al holocausto. En general, relleno de imágenes, vídeos, anécdotas de difícil encaje en los asuntos privados del protagonista, a saber: su conversión al judaísmo (¿por qué? ¿De dónde viene esto? ¿A qué se debe? No sabemos), su contrato como guionista con una productora de películas porno y, finalmente, su colaboración en una exposición sobre el célebre asesino. Más retazos que relatos de aquí y allá, tareas profesionales que tímidamente se interrelacionan sin llegar a fraguar en una intencionalidad conceptual, en uno o varios motivos que justifiquen los acontecimientos y los hagan dignos de una propuesta teatral. No hay inmersión onírica, ni absurda más allá del acople abrupto como en una tormenta de ideas donde Bambi y el bramido del ciervo, en suma, deben conllevar una metáfora de raigambre telúrica. Demasiada displicencia. En el desenlace, la recapitulatio, reubicado todo en un acoplamiento vital con la obra anterior de Blanco, La ira de Narciso, la cual «provocó» el suicidio de un joven en Montevideo. Además de otras cuestiones sobre la repercusión «auténtica» de la propia obra que estamos viendo cuando fue estrenada y a un rabino, por ejemplo, le pareció mal que lo llamara Peter Kürten. Una recursividad lógica en el planteamiento. Insisto en que la especulación religiosa, artística o existencial es un engrudo acometido lúdicamente y sin ansias de ir más allá. En la composición actoral a medias, nos debemos conformar con ese entrar y salir; aunque debemos reconocer que Soledad Frugone, en el papel de responsable de la productora del porno, se muestra dubitativa y fallona. Ellos actúan, de alguna manera, con el estilo de andar por casa. En cuanto a la escenografía de Laura Leifert y Sebastián Marrero, con una blancura y una asepsia tenebrosa que dialoga estéticamente con la Medea de Simon Stone, de la que hablaba aquí hace unos días, funciona porque nos permite de forma limpia adentrarnos en la ciudad alemana y en otras ilustraciones de distintas escenas. La autoficción de corte irónico es toda una industria repleta de beneficios: puedes decir y hacer lo que quieras con la excusa de que pudo ser así o no, los actores no tienen que transformarse enteramente en personajes (a veces, nada) y, si recurres a la narración, te ahorras espacios, tiempos, cuadros y composiciones. Eso sin tener en cuenta que vivimos en la redundante existencia de los autoficcionadores múltiples que desean agónicamente gritarte, selfie mediante, que ellos son diferentes y que merecen la fama eterna y tu atención, y tu amor. ¡Qué romántico! El bramido de Düsseldorf es un engaño.

El bramido de Düsseldorf

Texto y dirección: Sergio Blanco

Intérpretes: Gustavo Saffores, Walter Rey y Soledad Frugone

Videoarte: Miguel Grompone

Escenografía, vestuario y luces: Laura Leifert y Sebastián Marrero

Diseño de sonido: Fernando Tato Castro

Preparación vocal: Sara Sabah

Preparación de bajo: Nicolás Román

Comunicación y prensa: Valeria Piana

Comunicación en redes sociales: Matías Pizzolanti

Imagen de portada: Rubén Lartigue

Diseño gráfico: Augusto Giovanetti

Fotografía: Narí Aharonián

Asistencia de dirección: Juan Martín Scabino

Asistencia de producción: Danila Mazzarelli

Producción y circulación: Matilde López

36º Festival de Otoño

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 25 de noviembre de 2018

Calificación: **

Enigma Pessoa

Pablo Viar propone una mirada algo naíf sobre el famoso escritor lisboeta a través de retazos de su vida

Cuando uno admira a un artista, en este caso un poeta, y se ha imbuido en sus obras; más allá de su biografía, construye un itinerario vital ficticio, una especie de recreación romántica absolutamente particular. Reconozco que, seguramente por esperar un montaje que encajara más o menos con esa imagen que uno ha creado en su cabeza, este espectáculo me ha decepcionado mucho. Es más, apenas he llegado a creerme que ese de ahí, ese tipo de bigote que deambula por el escenario, sea el gran escritor lisboeta. Ante un texto que se titula Enigma Pessoa se espera que se demuestre que realmente aquel es un misterio ―como así lo es―, para después intentar desvelarlo ―aunque sea imposible―. Las incógnitas que atenazan la personalidad de este paradójico y polifacético autor están plenamente relacionadas con sus heterónimos, con esas máscaras (Pessoa, ‘persona’, ‘máscara’). Más de setenta, por lo visto, que fue adoptando a lo largo de su existencia y que, incluso, empleaba fuera de la ficción literaria. Sigue leyendo

Tierra baja

Lluís Homar nos brinda una actuación portentosa encarnándose en los cuatro personajes principales de esta tragedia

¿Cómo una tragedia rural, tan oscura y macilenta, tan llena de odios y posesiones abyectos puede tornarse sutil y embellecida en su brutalidad? Para ello es conveniente aproximarse con mucho cuidado, acariciando las palabras mansamente, paladeando cada oración para que el acontecimiento se vaya macerando como si nos adentráramos en un confuso hecho común. Y todo para ir al grano, para arrancarnos de la vista a los secundarios, para iniciarnos con una niña ―la Nuri― que de su pura inocencia no entiende nada; pero mira, observa, escucha y pide cariño a raudales. Lluís Homar, en solitario, despliega un inmenso arco interpretativo remarcado por la precisión en cada frase que entona con el fin de que el puro contexto interno sitúe al personaje y no sea necesario ataviarlo, ni describirlo con torpeza. Aquí todo es de una cadencia medida que se debe escuchar. El amo Sebastià, el cacique, con esa brusquedad insolente de quien se solivianta por sus cabos sueltos. Se emplea con nerviosismo, con gritos secos y órdenes tajantes, con expresiones de amor agónicas. Su amante, Marta, la hija de un molinero que ha fallecido hace tiempo, no puede ser su esposa. No es posible que alguien de su importancia contraiga matrimonio con una sierva. Sigue leyendo

Algún día todo esto será tuyo

Una mirada estrafalaria sobre la historia de El Corte Inglés para cerrar la trilogía sobre las miserias ibéricas

Era del todo esperable esta última parte para cerrar la trilogía titulada: Crónicas ibéricas. Ahora ya podemos concluir que la panda del Club Caníbal ha elaborado un itinerario de humorismo castizo español tan original como apegado a una tradición que va desde Valle-Inclán hasta Berlanga y José Luis Cuerda, pasando por especímenes como Tip y Coll, los Hermanos Calatrava y, en los últimos tiempos, el grupo entorno a Joaquín Reyes y su Muchachada Nui. En definitiva, hipérboles desaforadas, motivos grotescos, ruralismo, surrealismo muy próximo al absurdo y un sin fin de remisiones patrias que satirizan una cultura muy tendente al tremendismo y a la autodestrucción. Es necesario señalar que la comedia con trasfondo crítico carece de fuerza en el teatro desde hace mucho y lo que hace esta gente resulta paradigmático y elocuente. En conjunto, si dejamos la navaja a un lado, es una construcción magnífica de desvergüenza oxigenante. Reconocerse en su burla y, a la vez, sentirse horrorizado de que algunos de tus compatriotas hayan tenido comportamientos tan ruines es toda una satisfacción. Sigue leyendo

Escena – Fin de temporada 2017-18

Un recuerdo de lo mejor que hemos podido admirar en los escenarios durante este curso

Nuevamente llega la hora de pegar un repaso a esta temporada que, como no podía ser de otra manera, ha dejado obras meritorias destinadas al recuerdo y otras, que nos servirán de contrapunto en su fallo. Me quedaré con las primeras y no haré más escarnio con las segundas; aunque ambas dialogan en el meollo de nuestra escena teatral contemporánea. Se sigue echando en falta menos complacencia con el poder y con los «nuevos» discursos políticamente correctos. El teatro actual, en general, o es pacato o es directamente de un populismo ―muy aplaudido, por cierto―, que daña a la inteligencia. Mostrar, por parte de aquellos que tienen pretensiones, aquello que tu público espera conceptualmente, es una traición a la controversia. De lo poquito que ha destacado en cuanto al cuestionamiento de carácter político ha sido Juegos para toda la familia de Sergio Martínez Vila que, a pesar de que no termina de redondearse, nos deja un poso de inquietud. Sigue leyendo

Una hora en la vida de Stefan Zweig

Antonio Tabares combina el drama y el thriller para concitarnos a los últimos momentos del gran escritor austriaco

El conocimiento popular sobre Stefan Zweig en nuestro país ha ido por rachas. Desde luego, las bibliotecas particulares de muchos lectores acumulan las ediciones aquellas de los años cincuenta y sesenta; pero no ha sido hasta los noventa cuando su «popularidad» ha aumentado. Me atrevería a sostener que Fernando Sánchez Dragó, con sus programas de televisión, ha sido uno de los máximos responsables de su recuperación; y luego, claro, por la encomiable labor de la editorial Acantilado. Por lo tanto, fue leído, se nos olvidó y ahora lo volvemos a tener en alta consideración. Además de todo ello, para acceder con mayor sintonía a la función que nos compete, resulta de lo más conveniente visionar el film de Maria Schrader, Stefan Zweig: Adiós a Europa, precisamente porque no se ocupa de los últimos instantes, sino de los últimos años. Antonio Tabares, al que conocemos por su exitosa obra La punta del iceberg (también con adaptación fílmica), ha pretendido combinar la semblanza dramática de ese 22 de febrero de 1942 en Petrópolis (Brasil), en el que Zweig y su segunda esposa, la joven secretaria Lotte Altmann, se suicidaron con extraña melancolía estoica, alejados de su auténtico hogar, en pleno proceso de descomposición; con una especie de thriller. En este segundo aspecto, se introduce ficticiamente un personaje llamado Fridman, que aparece por sorpresa en la casa de la susodicha pareja. Sigue leyendo

Tiempo de silencio

El Teatro de La Abadía acoge una adaptación minimalista y lírica sobre la más célebre novela de los años 60

Foto de Sergio Parra

Si algún aspecto ha determinado la presencia en el canon de una de las obras más importantes de la segunda mitad del siglo XX en la literatura española, han sido, sin duda, las virtudes técnicas de la novela que Luis Martín-Santos publicó en 1962. Y esa es la primera cuestión que se debe dirimir a la hora de acercarnos a esta versión teatral (por lo visto, Jesús Fernández-García escribió también una en 1976). ¿Qué justicia literaria se le puede hacer a Tiempo de silencio si no se osa trasladar con procedimientos dramatúrgicos ad hoc las peripecias retóricas del novelista? Quedarnos con el argumento es básicamente lo que hizo Vicente Aranda cuando la llevó al cine en 1986. El escritor se atreve a profundizar en un estilo que se lleva fraguando desde la novelística modernista anglosajona con Joyce (nuestro Ulises no es Tiempo de silencio; en todo caso es Larva, de Julián Ríos) como máximo adalid; pero, además, con Virginia Woolf y, después, con autores americanos como Faulkner, para desembocar en el «Boom» latinoamericano. Hablamos de flujo de conciencia, del empleo casi azaroso de los diferentes narradores, de los saltos en el tiempo adelante y atrás, de la percusión del estilo indirecto libre, del el retorcimiento lingüístico extremo con juegos de palabras sumamente crípticos, etc. Sigue leyendo