Quitamiedos

Iñaki Rikarte ha escrito un cuento ejemplar sobre el amor, protagonizado por una víctima de tráfico y su ángel

Sacar a escena a un ángel en estos tiempos tan seculares y con unos prejuicios más que asentados sobre esa figura celestial, es cuando menos una apuesta, a priori, anticuada. Porque los ángeles hace mucho que nos han abandonado y que nos remiten a una visión de la vida algo infantil. El catolicismo ha tenido siempre todo tipo de trucajes para que las fes no terminen de corromperse y la existencia terrenal; a pesar de que la inducción al temor de Dios y al tráfago por el valle de lágrimas, hayan propiciado suspicacias más que razonables. Uno es incapaz de obviar Que bello es vivir o a Michael Landon, porque el asunto no recoge pretensiones como las que aparecen en El cielo sobre Berlín, que todavía sería una veta con mayor enjundia. En cualquier caso, un ángel es un ser altamente connotado y deshacerse de los tópicos que conlleva es muy difícil. Este lastre se impone desde el inicio; ya que resulta necesario acomodarse al oficio de este custodio. Las reglas están marcadas y los límites a superar son muy estrictos. No obstante, vaya por delante que Quitamiedos es una obra amable, gustosa y hasta reconfortante, si nos fijamos en su tema esencial, el amor (romántico, claro) y algunos matices o interpretaciones en liza. Es decir, lo interesante es que tu ángel, como si fuera un doble, incluso, un doppelgänger, ha considerado que, en realidad, tu relación fallida, tu divorcio, no puede tener las justificaciones que tú, como ser viviente de carne y hueso, le estás poniendo. Esa disonancia es, desde luego, lo más persuasivo y, además, resulta más sugerente que sea desde una perspectiva masculina; pues en cuanto a las heridas del amor y sus acomodos mentales, suelen aparecer mayoritariamente las mujeres como víctimas. Sigue leyendo

Carsi

Eduardo Vasco dirige en el Teatro de La Abadía esta parodia que ha escrito sobre la vida precaria de los cómicos

Que una compañía como Noviembre Teatro, dedicada casi de pleno a la adaptación de clásicos, se embarque en una creación tan metateatral, no deja de ser un autohomenaje paródico, una especie de paréntesis reflexivo y, fundamentalmente, un divertimento desengrasante. Para realizar este artefacto, Eduardo Vasco ha recogido diversos elementos del propio mundo actoral, y así poder elaborar un pastiche. Y, como tal, pues uno termina por quedarse con la idea de conjunto; porque la disparidad de escenas y, principalmente, la dispersión espaciotemporal, terminan por centrifugar el argumento en un engrudo excesivamente caótico. Fijémonos cómo se demora el preámbulo sin que nos presenten al que debe ser el gran protagonista y que, luego, a la postre, tampoco se explote su personaje en exceso. El caso es que un grupo de intérpretes se plantan ante su público para expresar con orgullo dolido que ellos son «de los clásicos». Y a partir de ahí llegan las coplillas irónicas y se intercala el rock vociferante y, un vergonzante rap (o algo así) que Resines no hubiera superado. Transicionar estas piezas con escenas encajadas sin comedimiento, como la del casting dirigido por millennials entontecidos, lleva a configurar unas piruetas dramatúrgicas insostenibles. La comedia no se centra en su asunto básico y se va por las ramas sin medida hasta que tomamos cuenta de por dónde se nos quiere llevar. Afortunadamente, contamos con un elenco que, dados los mimbres del libreto, van a sacar oro; y eso que el ritmo que se imprime no es el adecuado como para concatenar las tímidas risas que van surgiendo entre las butacas. Sigue leyendo

La cresta de la ola

Una comedia de José Troncoso que incide en su visión fabulística, para mostrarnos a una sirvienta que anhela el brillo de la fama

El estilo que ha desarrollado José Troncoso definitivamente lo ha limitado. Su exigencia de seguir ciertos parámetros ha impedido que nos muestre nuevas obras con brío y capaces de llevarnos a vericuetos surrealistas y a situaciones auténticamente esperpénticas como ocurriera con su exitosa Las princesas del Pacífico. Y es que su fijación en algunas de sus técnicas dramatúrgicas le ha hecho olvidarse de la trama y del argumento que impulsen a sus personajes más allá de sus gestos estrafalarios. Ya se notó este abandono del relato en Lo nunca visto y más en Con lo bien que estábamos (Ferretería Esteban). Ahora, en La cresta de la ola se percibe el desgaste con claridad. Cuatro caracteres planos, como suele ser habitual en los apólogos, en las fábulas y en toda esa cuentística desde el Medievo hasta la actualidad que, esencialmente, buscan la moraleja inequívoca, el ejemplo didáctico. En esta ocasión, nos hallamos en una especie de patio palaciego, kitsch, como si fuera un templo oriental que ha diseñado Alessio Meloni con gran detallismo y coherencia. Allí trabajan una pareja de sirvientes, un matrimonio que, imaginamos, cumple afanosamente con su tarea en la retahíla cotidiana de los días iguales. Alicia Rodríguez hace de Victoria, una criada de cofia, una mujer que roza el patetismo y que habla de la muerte como el momento cumbre de su vida, y de su funeral ideal como el único instante de su existencia en el que podrá «sentirse» importante, ser protagonista. Sigue leyendo

Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero

Àlex Rigola aborda la cuestión de la muerte con otra performance deslavazada en la estética de la autoficción

Ya no queda más remedio que quitarse el velo, apartar los marbetes esplendorosos, disolver las estelas del éxito y contemplar críticamente el suceso más allá del empaquetado, más allá del prestigio de La Abadía y más allá de la puesta de largo del 38º Festival de Otoño. Àlex Rigola ha emprendido un camino estético que ya se ha rastreado por esta página con su Vania, con su Enemigo para el pueblo y con esa función un tanto insignificante que se expuso hace unos meses sobre La gaviota, donde ya se intuía claramente que la senda recorrida no daba ya para más. Pero hete aquí que el dramaturgo quería quemar todas las naves de la autoficción y la puesta en escena rácana a más no poder. Ya directamente la representación teatral, lo de la propuesta dramatúrgica e, incluso, la ficción, quedan reducidos a la lectura y a la confesión con ínfulas sublimes. Mutatis mutandis, si cambiamos la sala de La Abadía por un palacio de congresos o un centro de eventos y anunciamos que ahí se va a discurrir acerca de cómo afrontar la muerte, pues pasaría por un acontecimiento divulgativo con aire conciliador. Puede que esta comparación resulte exagerada; no obstante, más exagerado puede resultar que tengamos que seguir considerando teatro todo aquello que transcurre en el recinto denominado teatro. Sigue leyendo

Los que hablan

Pablo Rosal sienta a Luis Bermejo y a Malena Alterio a descubrir la estupefacción del lenguaje oral

Unos introvertidos recalcitrantes que han quedado por Tinder, dos extraterrestres recién llegados a nuestro planeta, dos androides en un laboratorio dedicado a la inteligencia artificial, dos «jarrones vacíos» ―en palabras del dramaturgo― para insuflarles el hálito vital, Adán y Eva reconociéndose en el Paraíso (en el principio era el verbo), dos gólems amasando su lengua. Cada uno se podrá imaginar lo que quiera. Aunque también, dada la imperiosa presencia del metateatro en nuestra dramaturgia contemporánea, Los que hablan puede pasar por un mero ejercicio interpretativo que nosotros debemos resignificar en el espacio teatral para otorgarle una validez. En este último sentido, me recordó a Premios y castigos, de Ciro Zorzoli, donde los actores realizan ejercicios de interpretación como si fueran marionetas huecas. Y aunque parece que es el absurdo el que impera en las reacciones y en los cambios de tema, y que nos pueden aproximar a Ionesco, lo cierto es que funciona más en la dirección de Jacques Tati; porque encontramos más estupefacción infantil, más incapacidad en la propensión de las palabras y un trabajo con el silencio muy limitante. Si hace gracia en el inicio, no es tanto, creo, por una pretensión cómica que nos hiciera situarnos en una obra a la manera de Mihura o Jardiel Poncela. Sigue leyendo

La gaviota

El renombrado texto de Chéjov se recarga con la autoficción en una propuesta que se adensa en la frialdad

Àlex Rigola sigue exprimiendo la fórmula. Desbrozar las obras, darles otro enfoque, trabajar con la esencia, circundarlas, atenazarlas y volverlas artefactos tan intelectualizados como ajenos a la vivencia experiencial dramatúrgica que pretende nuestra empatía, nuestra aprehensión holística. El dramaturgo lleva ya, entonces, unas cuantas propuestas que se acogen a estas características (y a otras, claro). Tomemos, por ejemplo, su Vania y Un enemigo del pueblo (Ágora) para comprender que continuamos en esa línea estética. Si La gaviota trata, fundamentalmente, del peso que el arte conlleva en la vida de los artistas; entonces, la sustancia, es ciertamente metaliteraria. Pero, como viene ocurriendo reiteradamente desde hace tiempo, el tamiz del metateatro debe irrumpir si uno anhela el aire macilento de la modernidad. Y sí, es ir un poco más allá, aportando la perspectiva de la autoficción. Por lo tanto, los actores se suben a escena para hacer, en gran medida, de ellos mismos; y el espectador tendrá que aceptar el trato sobre la ficción que tiene mucho de verdad en el pasado y en el presente de esos seres. Para parte del público, lo que cuentan puede tomarse como enteramente inventado; pero, para los teatreros, muchos aspectos sabrán que se ajustan a hechos verídicos que no podrán obviar. Sigue leyendo

Delicuescente Eva

Javier Lara cierra su trilogía con una obra alegórica y autoficcional que lo enfrenta a su hermana en un duelo catártico

Cuando uno empieza a zambullirse en la aprehensión de ese bosque umbroso donde se dirimen los pecados originales; un cierto caos se ha aposentado sobre la función y los posibles ventanos de claridad se van cerrando hasta dejar epitafios sobrevolando que reducen el posible argumento a un amasijo de vehículo accidentado. Javier Lara es otro representante de la autoficción española (otro más) y con esta obra cierra una trilogía titulada Lo propio. La primera pieza fue Mi pasado en B (desgraciadamente me la perdí) y la segunda Scratch, que abordaba de manera extraordinaria la caída al infierno del hermano. Delicuescente Eva habla de la tradición, de la cultura, de los códigos familiares y, en definitiva, de esa educación que recibimos en casa y en la escuela, y que nos determina y que nos empasta con un país que, a su vez, regurgita y retroalimenta el espíritu y la sustancia de esa formación. Dos hermanos se encuentran en un bosque, sostienen sendas linternas como si fueran dos detectives privados a punto de emprender una investigación. ¿Un accidente de automóvil? Él apareció en llamas. Nos hemos adentrado en un sueño, en una alegoría, en la búsqueda de una génesis. Natalia Huarte, quien se mueve por la escena como si una embriagadora comodidad la sostuviera, es un personaje metamórfico, etéreo, una serpiente andrógina que juguetea con las manzanas en aquel edén demoniaco. Sigue leyendo

Antropoceno

Thaddeus Phillips planta una cúpula giratoria en el Teatro de La Abadía para ejecutar una instalación dramatúrgica sobre el cambio climático

Destaquemos la siguiente frase ―extraída de una entrevista― del actor, dramaturgo y director teatral Thaddaeus Phillips: «La obra es un espectáculo visual donde la escenografía cobra una gran importancia. Hacemos como un truco de magia impactante. Mezclamos danza con imágenes, es muy cinematográfica, muy poética. Hay mucha música, poco texto. Es muy profunda y a su vez divertida. Digamos que es muy cool. (Risas)». Y aquí podría terminar la crítica. Salvar el planeta es cool. Risas cool. Al final parece que es como esas romerías donde se iba a clamar al Cielo para que lloviera porque la cosecha se iba a ir al traste, y entre sacar a la virgen, empinar la bota de vino, zaparte el bocata de chorizo y bailar la jota al son de la dulzaina, pues la angustia se hacía más llevadera. Dios proveerá. O como esas manifestaciones tan coloristas ―nada que ver con las marchas antiglobalización como la de Génova en 2001― con la batukada de rigor. Viva la fiesta. O como la propia Greta Thunberg, convertida en icono pop de la estulticia. Activismo de videoclip y chachipirulismo por doquier. Selfies de coltán y vaqueros lavados a la piedra. Aquellos que encumbran a esta muchacha como líder mundial contra el cambio climático son creaciones de la ridiculez posmoderna, mentes cegadas por los fuegos artificiales que se enfangan con fruición en Twitter. Nos merecemos el Apocalipsis. Antropoceno comienza como una obrilla didáctica, naíf y juguetona que nos explica en qué consiste este nuevo término. Sigue leyendo

Desayuna conmigo

Iván Morales firma y dirige esta obra sobre las consecuencias del desamor con un juego de perspectivas para cuatro personajes

Aunque hayan pasado más de siete años desde que Sé de un lugar arribara a Madrid e Iván Morales pusiera su peculiar pica en Flandes, lo cierto es que algunos de los motivos principales de aquella obra se pueden observar en esta nueva propuesta. Además, también conecta con Wasted, el texto de Kate Tempest que el propio dramaturgo dirigió en el Matadero. La desazón, la crisis existencial, el callejón sin salida, la incapacidad para vertebrar un discurso coherente sobre la propia vida con el borbotón de palabras expeliéndose por la boca. La música. Cuatro personajes que configuran una estructura quizás demasiado geométrica y cerrada ―a pesar del interesante perspectivismo―; y en esto el autor parece un tanto arrastrado por las premisas que se ha impuesto. La circularidad hace quebrar parte de la verosimilitud. Nos hace pensar en películas como Closer, de Mike Nichols, y en ese mundo paralelo que se aleja solitariamente de las coordenadas espaciotemporales de la muchedumbre. Individuos que se quieren constituir por sí mismos y que mantienen a sus allegados en una prudencial distancia (a veces lejanía) como si fueran eremitas en una constante prueba de superación para encontrarse. Seguramente, uno de los aspectos más cuestionables de este drama sea la sensación de que todos los papeles tienden a difuminarse en esa masa grumosa en la que caen tantos y tantos urbanitas deprimidos por el fracaso a la hora surfear la ola de la felicidad. Imitar la vida burguesa (incluso aristocrática) supone, en la mayoría de los casos, un derrumbe catastrófico. El quiero y no puedo del hedonismo que niega la contraparte del dolor. Sigue leyendo