Sueño de una noche de verano

Darío Facal presenta esta famosa comedia de Shakespeare con una renovada apuesta por la parodia

Foto de Elisa Abión
Foto de Elisa Abión

Durante esta temporada ya hemos tenido oportunidad de asistir a una versión de Sueño de una noche de verano. Los coreanos, dirigidos por Jung-Ung Yang, se inclinaron por una mezcolanza animista más propia de un divertimento callejero que de una aproximación trascendente de la comedia shakesperiana. Darío Facal, afortunadamente, ha vuelto a renovar con su mirada de farsa (conecta muy bien estéticamente con el montaje de Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín que nos regaló hace poco unos meses) las historias de amor, naturaleza y metateatro que bordó el bardo con gran genio. Pero… ¿quién es, en verdad, el protagonista? Muchos y ninguno. Hasta tres hilos argumentales se ponen en funcionamiento, muy bien recortados para que la fluidez sea máxima durante la hora y media larga que dura el montaje. Por un lado, contamos, en Atenas, con la presencia de Hipólita (llevada por Carmen Conesa con serenidad; luego, como Titania, aportará un toque erótico a través de su vestimenta) y Teseo (Alejandro Sigüenza sigue a su compañera con la altivez bondadosa propia de su personaje y, después, bien malicioso en el papel de Oberón), el duque y la reina de las amazonas están a punto de casarse, pero antes de que se celebren los fastos, deben mediar en un conflicto de compromisos maritales fallidos. Egeo, un caballero, no puede aceptar que su hija, Hermia, desee a Lisandro en menoscabo de Demetrio, de quien está enamorada Helena. Dos parejas destinadas al equívoco dentro del bosque en el que las hadas y los duendes hacen de las suyas, mientras Cupido cumple con su labor. En otro plano participan, como ya se ha comentado, en el interior de la frondosidad, los reyes Titania y Oberón en disputa. Es, quizás, a pesar de ser el desencadenante de varias de las confusiones, también, la más confusa de las tramas. La cuestión es observar cómo avanzan los personajes en sus afanes a través de la magia y el poder de la naturaleza, y de cómo Puck, encarnado por Emilio Gavira, inclinado hacia el sarcasmo y la malicia, ejerce los mandatos de su amo. Más allá de todo este entramado, lo principal de la versión que nos presenta Darío Facal radica en la «fiesta» esperpéntica que ha montado para el final. Unos artesanos han preparado una representación teatral sobre el episodio de Píramo y Tisbe, que se encuentra en las Metamorfosis de Ovidio, en honor de Hipólita y Teseo a modo de epitalamio sui géneris. El desmadre al que llega el elenco es digno de los Monty Pithon: estrafalario, absurdo y caótico. Dirigidos por Pedro Quince (el carpintero), un amaneradísimo Vicente León, surge como un torrente, proteico y henchido de energía; Nicolás Trasero (traducido así, Bottom, el tejedor), al que Agus Ruiz dota de verdadera grandiosidad. Le acompañan Antonio Lafuente, que también se mete en el papel de Lisandro, y aquí en el de Ramón Hambrón (el sastre), adopta un tono más bajo y queda algo tapado respecto de sus compañeros, aunque mantiene el tipo; de forma algo parecida que Alejandra Onieva en los papeles de Hermia y en este vodevil de Eva Nista (la ebanista, lógicamente); muy graciosa, sin embargo, como León. Capítulo aparte merecen Katia Klein, quien me ha parecido extraordinaria con su soltura, con sus maneras de obsesiva y locuela en los papeles de Helena y de Tomasa Morros (la calderera), y que después le toca transformarse en muro. Pero, claro, este Sueño de una noche de verano sería otra cosa si Óscar de la Fuente no hubiera creado con su desparpajo y su vis cómica ese ser llamado Francisco Flauta (un remiendafuelles), con su actuación lleva la obra a un punto irónico, infantil y alucinatorio sin parangón.

La escenografía posee un encanto engañoso (definitivamente el 3D y las gafas al uso que se reparten no acaban de tener mucho sentido, puesto que apenas encontramos ilustraciones que se pueda tridimensionar), por un lado, es acorde con la farsa final, con su aspecto amateur, con elementos que no implican un gran coste y que se disponen sin ese aparataje de las funciones de enorme presupuesto. Próximo a una instalación de hace décadas, con imágenes de astros, de bustos, de un corazón; pero planos. Igual que las sábanas ilustradas que forman el principal sustento del decorado y que van cayendo de forma suave y mecánica según avanza el tiempo, como una especie de tramoya inversa; es un detalle elegante e ingenioso que le da un toque particular. Árboles, sillas, una mesa, un oso, macetas con arbustos, un zorro, en fin, un popurri de entes que se reparten irónicamente respecto del espectador, como si todo estuviera un poco por hacer, como si asistiéramos a una fase intermedia de una obra futura más acabada, al menos, acabada a como estamos acostumbrados. Con el vestuario, además, ocurre algo parecido. La variedad y la mezcla es sorprendente y muy llamativa, desde los camisones de los atenienses, pasando por el abrigo de Teseo o el mono verde ajustado de Titania, hasta las ropas de los artesanos, donde el propio Trasero parece que va a echarse una pachanga con los amigos (cuando el hechizo lo convierte en asno, ya remata). Por lo tanto, conlleva cierto aire kitsch que nos distancia de Shakespeare para ofrecernos algo novedoso; y eso se agradece.

En definitiva, es más un cuadro, en el sentido pictórico, que un conjunto de historias. Es una representación de la naturaleza viva y plena de movimiento explosivo que entronca con tradiciones que han pervivido más en países nórdicos. Incluso el concepto del amor se aproxima al de la magia, del embrujo, alejado del amor como enfermedad o dolor propio del medievo o del romanticismo. Expele inocencia, entretenimiento bucólico, pero, a la vez, lucha de fuerzas a distintos niveles, en una jerarquía desigual. Espléndidamente, Darío Facal y su equipo nos entregan un Sueño de una noche de verano en la versión más divertida de un clásico shakesperiano que se pueda imaginar.

Sueño de una noche de verano

Autor: William Shakespeare

Versión y traducción: Javier L. Patiño y Darío Facal

Dirección: Darío Facal

Reparto: Carmen Conesa, Alejandro Sigüenza, Emilio Gavira, Vicente León, Agus Ruiz, Óscar de la Fuente, Antonio Lafuente, Alejandra Onieva y Katia Klein

Espacio escénico: Maria de Prado

Ayudante de escenografía: Marta Vela

Diseño de iluminación: Juanjo Llorens

Diseño de vestuario: Ana López Cobos

Ayudantes de vestuario: Paola de Diego y Raquel Porter

Agradecimientos: Guadalupe Valero

Música: Room 603

Diseño gráfico: Estudio Mamífero

Fotografía: Ana Himmes

Producción: Metatarso

Naves del Español – Matadero (Madrid)

Hasta el 12 de junio de 2016

Calificación: ♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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