Celestina, la tragicomedia

Una adaptación vivaz que despliega la maestría de Atalaya con el clásico de Fernando de Rojas

Foto de Julián Rojas

Siempre resulta interesante comprobar de qué manera se adapta teatralmente una obra como La Celestina, que tantos quebraderos de cabeza ha dado a los filólogos para determinar su género literario. Esta versión de Ricardo Iniesta toma la tragicomedia, por lo tanto, Centurio, aunque es un personaje bastante mediocre, entra en escena, igual que otros criados que no encontrábamos en la adaptación más próxima que tenemos para comparar que es la de José Luis Gómez (muy distintas estéticamente, por cierto). En menos de dos horas se compacta el asunto, algo que se puede apreciar tanto positiva —el ritmo es trepidante y nos permite recorrer toda la historia sin grandes demoras—, como negativamente — se echa en falta dramáticamente, en varias escenas, más poso para el desarrollo del amor o de la intriga; por ejemplo, el encuentro de los amantes o lo tejemanejes de la alcahueta con Pármeno y Sempronio. Puesto que se ha decidido acometer los 21 actos, parecen razonables los ajustes. Sigue leyendo

Anuncios

Escena – Fin de temporada 2015-16

Un repaso por lo más destacado del mundo teatral en este último curso

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

Toca hacer recuento después de que haya terminado la temporada para muchos teatros, aunque una cantidad importante de salas continúe en la brega. Y como ha ocurrido en los últimos años, el arte dramático nos ofrece un reflejo y una perspectiva con los que poder analizar a nuestra sociedad. Por un lado, la crisis mantiene la destrucción en el sector con el cierre de espacios tan emblemáticos como Guindalera o proyectos como la Kubik. Por otro lado, se debe hacer una profunda reflexión sobre el momento creativo que vive el teatro en España que, en cierta medida, tiene mucho que ver con su público, tanto con el que asiste asiduamente como con aquel que o ha ido abandonando (por cansancio) o que nunca llegará a formar parte del respetable por falta de persuasión. Ni que decir tiene que este tema es verdaderamente esencial y antes morirá el teatro por falta de espectadores que por carencias económicas. Sigue leyendo

Así que pasen cinco años

El grupo Atalaya vuelve a dar una lección estética en su versión de la obra lorquiana

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Después del buen sabor de boca que nos dejó su reciente Madre Coraje, ahora los de Atalaya se han plantado en el Centro Dramático Nacional con una mirada sobria y onírica sobre uno de esos textos de teatro imposible de Federico García Lorca. También este año hemos podido disfrutar ─y lo hemos contado por estos lares─ de El Público, con una visión del simbolismo lorquiano absolutamente diferente del que aquí, con Así que pasen cinco años, ha imaginado Ricardo Iniesta. Escorado hacia una estética, por un lado, expresionista, donde la arquitectura se maximaliza y las escaleras conducen hacia la nada o el vacío y, por otra, hacia Magritte: objetual, directo y metafórico. Cuando la función se vuelve aún más onírica, también podemos encontrar esas líneas de fuga que imprimió Orson Welles en su adaptación de El Proceso. Partimos, por lo tanto, de una escenografía con pocos elementos, pero de una funcionalidad evidente, que juega con el beneficio de una iluminación donde Miguel Ángel Camacho ha sabido provocar nuestra atención. Es una virtud de esta compañía la capacidad para dinamizar los textos cuando se ponen en escena, aprovechando todos los espacios posibles de tal forma que nada entorpezca el paso de un acto a otro, de una escena a la siguiente. Lo vemos, por ejemplo, cuando aparecen delante del telón el niño y la gata, para después adentrarnos de nuevo en ese despliegue de escaleras dobles, de armario de espejos donde se multiplican las personalidades reflejadas o de los objetos que se reparten por el suelo como las tijeras, como símbolo de impotencia en el más amplio sentido del término. Sigue leyendo

Madre Coraje

La compañía sevillana Atalaya logra que Madre Coraje y Brecht sigan atizando hoy la conciencia del público

Madre CorajeLa guerra no permite a nadie mantenerse neutral, tarde o temprano exige un pago. Anna Fierling, la Madre Coraje que vende cinturones, chaquetones y cascos en su viejo carromato, es acompañada por unos hijos destinados al sacrificio. La acción se sitúa en pleno siglo XVII, los protestantes luchan contra los católicos en el norte de Europa. Durante varios años vamos a conocer los entresijos de esta peculiar vendedora y de las peripecias de sus vástagos: dos varones y una muchacha muda. Bertold Brecht critica la guerra en sí misma como una atrocidad sin sentido, pero aprovecha, además, para someter a examen la cuestión religiosa; él, como ateo y marxista, se muestra contrario a esa furia dogmática que conlleva la fe ciega. Por último, Madre Coraje encarna al comercio, al mercado que aprovecha el dolor de la coyuntura y que se alimenta del ansia de riqueza. ¡Qué pocos inocentes nos depara esta obra! Si bien es cierto que todo el simbolismo del autor alemán ha quedado, con el tiempo, un tanto ensombrecido por la magnitud espectacular de la época en la que vivimos. Cuesta trasladar esas metáforas, ya de por sí llevadas a un momento histórico remoto, con la confusión del presente. Sigue leyendo