La cabeza del dragón

Lucía Miranda sobredimensiona la pequeña farsa infantil de Valle-Inclán para darle un vuelo espectacular

La cabeza del dragón - Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Difícil es pensar que se pueda exprimir escénicamente tanto un texto infantil como La cabeza del dragón; pero Lucía Miranda ha creado un espectáculo maravillante y lo ha dirigido con el respeto justo al autor para ganarse su dosis de libertad. El Teatro María Guerrero se ha llenado de múltiples personajes que aparecen por doquier, ocupando cualquier recodo posible, mucho más allá de la caja escénica, y convirtiendo los palcos en reductos mágicos y grotescos, donde permea el mundo adulto, ese que se esconde en la astucia del autor. No obstante, esa remisión a los que han superado la mayoría de edad y que serán los que ocuparán las butacas en cada función, no son suficientes como para crear un interés superior por un argumento cargado de tópicos, por muy ingeniosos que sean. Es una obra, esta de Valle, que llega hasta donde llega. Sigue leyendo

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El misántropo

Carol López y Xus de la Cruz transforman completamente la obra de Menandro para darle una perspectiva feminista

El misántropo - Foto de Jero Morales
Foto de Jero Morales

Podemos volver a la tan traída cuestión de las versiones; puesto que han dejado a la única obra que conservamos completa de Menandro en la raspa. La adaptación de Carol López y Xus de la Cruz es una obra nueva que parte de la inspiración del texto escrito por el dramaturgo griego. La han traído tanto a nuestra época que viene cargada con un discurso feminista que ya resulta repetitivo. Todo ello a través de una crítica a los urbanitas que buscan en el turismo rural una especie de recogimiento arcádico. Además, por supuesto, de incluir el toque gay imprescindible. Dicho esto así, puede parecer una comedia ajustada a lo políticamente correcto, a lo esperado por un público escorado a la izquierda biempensante. Y lo es, qué duda cabe; pero hay que reconocerle mucha inteligencia a la ironía que se introduce en los versos, a los juegos de palabras al más puro estilo Astérix y Obélix («neorruralis», dicen, por ejemplo) y a la capacidad que tienen las responsables de este espectáculo para darle consistencia a un argumento bastante simplón, forzando las interrelaciones de los personajes. Que sí, que es populachera; pero no se debe descartar tan a la ligera como otros montajes festivaleros. Sigue leyendo

La noria invisible

La obra de José Troncoso que se presenta en la sala pequeña del Teatro Español, transcurre en la imaginación de dos quinceañeras de los años 90 a partir de una comedia sin demasiado fundamento

La noria invisible - Susana Martín
Foto de Susana Martín

Esta última obra que nos entrega José Troncoso junto a la compañía La Estampida me parece de una insignificancia pasmosa. Cierto es que las anteriores propuestas del grupo, como La cresta de la ola, Lo nunca visto o Las princesas del Pacífico, tampoco se caracterizaban por contener grandes argumentos; sino que se apoyaban en toda una gestualidad esperpéntica que se repetía sin fin hasta lograr la deformación y la denuncia deseada de alguna realidad social. Pero es que los sesenta y cinco minutos de esta función que se representa en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español no apuestan por nada acuciante, dadas nuestras actuales circunstancias. Y todo ello porque la incursión en el tema propuesto es tan pacata e inocentona, que no llega ni para que nos provoque algún pensamiento evocador de un tiempo no tan lejano.

Por no decir que, encima, ha infantilizado un poco más, si cabe, a unas chicas de colegio concertado, que son de principios de los noventa (no hay más que fijarse en las fotos pegadas en sus carpetas y en el radiocasete), aunque parecen de los años cincuenta (si hacemos caso a los estereotipos y a los relatos de aquella época). Ya quiso Pilar Palomero apuntar con su película Las niñas (tenían once años), que ciertas costumbres empezaban tímidamente a cambiar en algunas escuelas religiosas.

Nuestras protagonistas no tienen doblez, a pesar de que Raquel, la Tetas, fume y demuestre un arranque barriobajero a tener en cuenta. En este sentido, Olga Rodríguez se afana con una impulsividad muy consistente y que hace sostener su papel, aunque sea imposible redondear algo tan plano. Ella ha llegado nueva a la escuela, con todo el enfado que conlleva un traslado; y más, si es por haber sido acosada por habladurías sobre sus sobeteos con el novio. Ha dado a parar al único pupitre libre que es donde nadie quiere sentarse; porque al lado se aposenta Juana, la Gafas. Esta adolescente, poco agraciada, poeta en ciernes, y con la sospecha de que es “bollera”, se expresa en el cuerpo de Belén Ponce de León con gran solvencia y gracia —ella no para de repetir que su vida es la ficción de un «videoclip»—; no obstante, con la inevitable tendencia a la niñería. Es ella quien lleva la voz cantante —de hecho, cantan, y para ello el escenógrafo Alessio Meloni les ha preparada una pista circular propia de una sala de fiestas para que las chavalas discotequeen—, y que arrastra a su nueva y única amiga hacia la zapatería de su padre, un lugar fantástico para soñar con el futuro a partir de los zapatos que se prueban; pero donde ella no querría terminar trabajando.

La trama transcurre lenta entre las imparables repeticiones de estas muchachas que terminan compenetrándose a través del reiterado ensamblaje de la malota y de la bonachona. Ambas quieren tener la última palabra (o el berrido) en sus eternos diálogos trastabillados más propios de niñitas repipis. Luego, se irán a la noria del parque de atracciones, que debe servir (el tópico) como una metáfora de la vida. El destino prescrito e inapelable que marca el camino de cada uno, sin que se den demasiadas oportunidades para el cambio, ya sea sexual o laboral. Una visión muy desencantada y determinista, y diría, que poco certera en cuanto a lo ocurrido a esa generación, quizá la primera vez que verdaderamente pudo obviarse el rumbo establecido.

En cualquier caso, La noria invisible no pasa de cuentecillo con moraleja ramplona, que únicamente satisfará a las almas cándidas y a los acólitos del dramaturgo, acostumbrados a estos espectáculos guiñolescos.

La noria invisible

Dramaturgia y dirección: José Troncoso

Con: Belén Ponce de León y Olga Rodríguez

Diseño de iluminación: Leticia L. Karamazana

Ayudante de iluminación: José Muñoz

Asesoría de escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)

Ayudante de escenografía: Iván López-Ortega

Música original: Mariano Marín

Coreografías y movimiento: Luis Santamaría

Ayudante de dirección: José Bustos

Una producción de La Estampida y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 9 de octubre de 2022

Calificación:

UN EXTRACTO DE ESTE TEXTO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA LA LECTURA DE EL MUNDO

Atra bilis

Alberto Velasco pone en marcha esta comedia tenebrosa de Laila Ripoll para configurar un cuadro grotesco que roza la astracanada

Atra bilis - FotoEsta obra de Laila Ripoll data del año 2000 y ella misma, con su compañía Micomicón, la puso en marcha empleando a cuatro actores travestidos en la Sala Cuarta Pared. Luego, creo, tuvo una producción gallega allá por el 2009, y ahora Alberto Velasco ha decidido montarla de nuevo, porque debe considerar que es el momento de la disuasión. Puesto que Atra bilis, ya saben, la melancolía, el humor negro, tal y como lo denominaban en la antigüedad (también así se llama la compañía de Angélica Liddell) podría enmarcarse en la astracanada, más que en el esperpento. Sería tomar la literatura gótica y su ambientación como un cajón de sastre donde se juguetea con autores y con obras que fácilmente podremos intuir. Sigue leyendo

Blast

El Teatro María Guerrero es ocupado por un atisbo de performance juvenil para insistir en las consabidas quejas de las nuevas generaciones

Blast - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Teatro en Vilo ha completado su involución con este espectáculo. Con su montaje Man Up ya nos puso en la pista de que estaban abrazando con fuerza el cosmos woke; pero el desenfreno payasesco que le insuflaba Noemi Rodríguez salvó aquella espeleología absurda de las nuevas masculinidades. Ahora, nuestras creadoras han hecho un casting entre 970 almas menores de 26 años y, oh, sorpresa, han hallado —no les habrás costado mucho— el elenco multidiverso, multifactorial y multivictimista para responder en escena a la siguiente pregunta: «¿Es posible cambiar el mundo desde un escenario?». Créanme, ni siquiera lo intentan. Sigue leyendo

Ladies Football Club

Sergio Peris-Mencheta insufla ritmo de musical a la historia de las pioneras del fútbol femenino durante la Gran Guerra. Un espectáculo superficial que no aborda temas de gran calado en circunstancias tan complejas

Ladies Football Club - Foto de Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

¿Se puede contar la historia de unas pioneras del fútbol femenino sin fútbol? ¿Se puede contar el relato de las munionettes en plena Gran Guerra sin muertos? ¿Y sin barro, y sin hierba, y sin toses, y sin lesiones, y sin agotamiento extenuante, y sin pena por las terribles noticias? Sí, se puede. Al fin y al cabo, Sergio Peris-Mencheta ya nos narró la leyenda de los Lehman Brothers sin criticar los desafueros de aquellos iluminados. También al pobre Lope de Vega le desmochó su Castelvines y Monteses, dejando el argumento en nada. La asepsia política de este Ladies Football Club es propia de las funciones infantiles. Sigue leyendo

Ojos que no ven

Natalia Mateo ha transformado en obra teatral su cortometraje para configurar una oscura tragicomedia navideña

Ojos que no ven - FotoLas trifulcas familiares con visos costumbristas, con ese retrato de las cuitas pequeñoburguesas, son un género altamente explotado en el cine y, también, en el teatro. Fácil es acordarse, por ejemplo, de Agosto, de Tracy Letts; aunque más interesante es traer a colación No todo el mundo puede ser huérfano, de los Chiens de Navarre, pues ellos ofrecieron una conmovedora ruptura sarcástica a la cuestión. Ojos que no ven, de Natalia Mateo parte de su propio cortometraje homónimo. Aunque se perciben detalles peculiares, que veremos, la autora se ajusta al estereotipo y, por supuesto, nos destina a la catarsis esperable para que la purga nos concite. Por eso, en este sentido, no podemos ir más allá, por mucho que las interpretaciones posean, en general, una sintonía del todo satisfactoria. Si la idea principal del corto se mantiene, los cambios y las aportaciones son muchas y variadas; con lo que debemos aceptar que es casi una obra nueva. Sigue leyendo

La infamia

El secuestro de la periodista mexicana Lydia Cacho salta a escena en un espectáculo inmersivo de teatro documento

La Infamia - Foto de José Alberto PuertasHace poco menos de un mes nuestro gobierno le concedía por carta de naturaleza la nacionalidad española a Lydia Cacho. Su vida corría y corre peligro, como le ocurre a los auténticos héroes contemporáneos, esos, como muchos periodistas mexicanos, que se juegan literalmente el alma en pos de unas verdades que aspiran a mejorar sustancialmente el mundo. La biografía de esta gran mujer merece, desde luego, recrearse dramatúrgicamente, y nosotros tenemos la obligación moral de atender su denuncia, pues todo indica que, de algunos países como el suyo, solo brotan las puntas del iceberg. Sigue leyendo

Dribbling

Ignasi Vidal ha creado un thriller futbolístico que da juego para contemplar la oquedad de nuestras adoradas estrellas

Dribbling - FotoRevisando el reciente tomo Teatro y deportes en los inicios del siglo XXI, compilado por José Romera Castillo, uno confirma que el fútbol apenas ha concitado la atención de los dramaturgos españoles; y eso que estamos hablando de una práctica deportiva que posee una repercusión social y mediática descomunal. Más paradójico resulta, si uno observa las tendencias políticas de la mayoría de las dramaturgias contemporáneas —claramente sesgadas hacia la izquierda— y si nos fijamos de dónde procede el futbol y los futbolistas; es decir, la clase obrera —Inglaterra es el gran ejemplo—. Una manera de ascender socialmente ha sido el deporte, ya fuera el boxeo, en sus tiempos, o el propio fútbol. También es cierto que la intelectualidad literaria ha despreciado, desde su elitismo, abordar el tema; aunque muchos escritores declararan sus filias futboleras. Recordemos que fue cuestión de debate, cuando dos entrenadores, como fueron Jorge Valdano y Ángel Cappa, pusieron sobre la mesa aquello de la filosofía futbolística, del arte en el fútbol y el estudio trascendental que suponía un deporte que se iba sofisticando tanto en el campo, como en las áreas económicas, empresariales, sociales y hasta morales. Quizás, como suele ocurrir, el sueldo de las estrellas ha evitado que se mire a todos aquellos que se quedan por el camino ilusionados por los cantos de sirena y los castillos en el aire. Si el jugador no se convierte en nuestro fetiche favorito, se transforma en el perdedor que alivia nuestra envidia o, peor, en un tipo invisible que ni siquiera tuvo una oportunidad real, cuando ya había abandonado los estudios. Y sí, los futbolistas, además, están cosificados y eso, por lo visto, hoy se considera algo terrible; porque no son tomados como personas. Muchos de estos asuntos se tocan en Dribbling, obra firmada por Ignasi Vidal. Afirmemos tajantemente que el autor ha escrito un texto perfilado con detallismo, con diálogos muy medidos en la información que se nos va transmitiendo y que consigue aunar un lenguaje que se destina más a los adolescentes (véase el uso del rap, que siempre parece juvenil y que en Francia tiene mucho predicamento), con otro que iría directo a la conciencia de los padres y de las madres, y a la sociedad en conjunto. Este hecho, claro, restringe en cierta medida la complejidad por la que se desea discurrir. Se va demasiado al grano, se es demasiado claro para lo que suelen embarrarse estos affaires, principalmente en el ambiente de la posverdad. O sea que, si nos pusiéramos un poco más estrictos, habría que señalar que aquí los ríos de tinta supuestos se sintetizan para no abrumar al espectador. Esto, en alguna medida, es una rémora; sobre todo, si queremos darle más consistencia al desenlace que no revelaré; pero que es del todo aceptable. Álvaro Rico, hace de Javi Cuesta, un futbolista top de 25 años que juega en un equipo parisino —imaginemos al PSG—, que arrastra una reticente lesión de rodilla que lo mantiene apartado del campo y que, mientras se recupera, aprovecha para salir de farra a las discotecas de moda con sus colegas. Nada que no nos hayan narrado en múltiples ocasiones los periódicos deportivos devenidos en papel cuché, últimamente amplificados por las redes. Lo verdaderamente interesante del argumento que ha pergeñado Vidal es la intercalación de la sicología deportiva y su veta existencial, con un thriller derivado a una denuncia por acoso sexual. En este último sentido, podemos recordar lo ocurrido con Benzema y el supuesto chantaje o el «Caso Arandina». No obstante, aunque el machismo que se destila es llamativo y los comentarios sobre la chica acosada son despreciables, la obra posee otras capas de mayor calado, entre ellas, también el estatuto de la inocencia y de la verdad. Rico empieza un tanto taciturno para estar enfrascado en su lujoso apartamento (debemos imaginarlo así, porque Alessio Meloni ha creado una escenografía una tanto confusa, entre lo simbólico, con el césped vertical y el espacio pentagonal que resulta polivalente, y el naturalista despacho del agente); pero luego va encontrando su sitio. Un muchacho algo ingenuo para llevar metido en ese mundo desde la adolescencia. Se muestra creíble su fragilidad. Reconozcamos que una vez se plantea el nudo, el clímax se intenta sostener con vigorosidad dialéctica y que las escenas no dan tregua entre discusiones acaloradas y discursos de sinceridad insoportable. Desde este punto de vista, la obra, a pesar de utilizar un lenguaje a veces brusco y soez, y hasta subido de tono —no se dan cortapisas y se va directo al grano— es muy apropiada para la gente más joven, sobre todo para varones tan alejados de los intereses teatrales. Les molaría, sin duda. Que Nacho Fresneda haya encontrado el cariz de lógico cinismo con esos aires de interesada paternidad postiza, resulta absolutamente beneficioso. Mefistófeles con trajes a medida. Un Jorge Mendes situándose en igualdad de condiciones con su pupilo y dispuesto a emplear las tretas mafiosas. Un tipo ambicioso, con su propia lesión de rodilla impertérrita como un capitán Ahab sin escrúpulos y con su objetivo manifiesto. Ambos intérpretes se adaptan excelentemente al ambiente general del que hablaba al principio. Es cierto, insisto, que no nos adentramos en honduras mayores, en posicionamientos existenciales que den cuenta de lo que supone el decaimiento y la pérdida de motivación para seguir viviendo con esa exigencia; o en análisis socioculturales que critiquen con mayor afán a la sociedad de consumo. Todos estos aspectos se sobreentienden; pero la obra tiene una duración breve. Ignasi Vidal ha redactado frases cortantes que resuenan en el imaginario colectivo y ha dirigido la pieza con ritmo pujante. Entre los temas que se tratan creo que, a parte del endiosamiento que lleva al muchacho a perder el control (y esto no justifica sus acciones; aunque nos permite entenderlo), está la cuestión de las ínfulas del padre. Este no sale; pero es un personaje en la sombra. El típico ejemplo del hombre que necesita proyectar su anhelo fracasado en el éxito espectacular de su hijo (algo similar le pasa a nuestro representa, pues es un paralelo). La presión del día a día, la perdida de una juventud sana y normal, son una carcoma que destruye a estos chicos inmaduros y solos, rodeados de tiburones que se quieren aprovechar de ellos. Y por encima de todo: los trileros marcando el juego. Los aficionados al fútbol pueden contemplar esta obra con las revelaciones de Florentino Pérez resonando en la cabeza. Seguro que nuestro protagonista será observado de otra manera. Dribbling despliega cuitas candentes de nuestra sociedad actual y nos lleva a plantearnos hasta qué punto merece la pena el deporte de élite.

 

Dribbling

Texto y dirección: Ignasi Vidal

Reparto: Nacho Fresneda y Álvaro Rico

Escenografía y vestuario: Alessio Meloni

Diseño iluminación: Felipe Ramos

Ayudantía dirección: Roberta Pasquinucci

Dirección de producción: Nadia Corral

Distribución: Fran Ávila

Teatro Marquina (Madrid)

Hasta el 3 de octubre de 2021

Calificación: ♦♦♦

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