Numancia

Pérez de la Fuente amplifica la historia de los numantinos con un espectáculo que mira a nuestro mundo actual

Numancia - FotoEn general, los estudiosos del teatro cervantino «salvan» los Entremeses y esta obra que aquí tenemos, titulada Numancia o Cerco de Numancia o La destrucción de Numancia, que pudo tener en su momento tres actos (algo novedoso para la época), pero que el texto que manejamos lleva cuatro jornadas. El argumento consabido daría como mucho para un episodio; es grandiosa y significativa la anécdota de los numantinos, pero cuesta imaginársela como relato autónomo y consistente. Precisamente por este hecho, la versión que nos presenta Juan Carlos Pérez de la Fuente podría recortarse leventemente con tal de no extender un acontecimiento ejemplar, que por falta de personajes individuales con los que identificarse debe sobredimensionarse estéticamente mediante manifestaciones alegóricas.

Traer una obra como esta a nuestros días y que no se nos atragante requiere una propuesta atrevida y enormemente arriesgada para las circunstancias en las que viene envuelta (políticas, sociológicas, morales, etc.), teniendo en cuenta, eso sí, que el teatro ha perdido prácticamente su trascendencia social. Pérez de la Fuente le debe mucho a Fernando Arrabal en la concepción artística del hecho teatral, en las influencias pánicas, en el tratamiento conceptista y en una mirada que bebe de Cervantes, claro, pero también de Quevedo y de Gracián; mucho antes que de todos los vanguardistas europeos. Cuando el año pasado montó las Pingüinas arrabalescas, mostró hasta qué punto es necesario llevar la palabra y la expresión dramatúrgica a los límites estéticos, esos que requieren un espectador dispuesto a romper sus sesgos cognitivos. Esta Numancia es más cervantina de lo que Cervantes se hubiera imaginado. Posee la mirada de ese espíritu que se ha aquilatado con el tiempo y que es en sí una forma genuina de escudriñar España. Es una mirada mítica, desde luego, pero proteica intelectual y artísticamente. Ante tales concepciones, Alessio Meloni (avalado por su enorme trabajo en Danzad Malditos) asume el reto de concentrar escenográficamente varias épocas y varios sentidos en una genialidad de capas, que van desde la alambrada hasta el muro transparente en el que se proyectan los niños numantinos, pasando por los paredones metálicos de un búnker. A todo ello una especie de puente levadizo que cruza por el centro de la platea a modo de pasarela por donde cruzan los diversos personajes. Se le suma a la función el original vestuario (del que luego hablaré) de Almudena Huertas y la composición musical de Luis Miguel Cobo, junto al diseño de audiovisuales de Miquel Àngel Raió que, en conjunto, magnifican con su labor todo el montaje. Por supuesto, también es muy válida la iluminación tenebrosa de José Manuel Guerra. En definitiva, un equipo artístico dando lo mejor de sí y comprendiendo excelentemente el concepto. Porque debemos insistir, el concepto radica en la síntesis, en recoger el espíritu de los tiempos cervantinos recorriendo la historia de España, antes de serlo, en su fragua y en su devenir; relacionándose, a su vez, con su entorno. De ahí que tengamos romanos-nazis-ultraderechistas o numantinos-monjes-refugiados. Y en el mismo sentido, las proyecciones audiovisuales, el texto, el vestuario y la escenografía.

Se ha dotado de un elenco sólido que funciona a la perfección en conjunto, únicamente se llevan el protagonismo y el foco como personajes de El hombre-España, que representa Alberto Velasco, de quien me parece que sobresale más su actuación en el resto de papeles, ya sea El hombre-partera o Embajador primero o, principalmente, El hombre-soldado; puesto que Beatriz Argüello como La mujer-España está espléndida. Es una actriz, como hemos podido comprobar estos años en Kafka enamorado y, ante todo, en Como gustéis, que vocaliza y se mueve con fantástica sutileza, plenamente concentrada en su labor. Ahora, estas dos grandes construcciones alegóricas, estas Españas dolientes, concentran la verdadera pulsión de esta Numancia. Vestidos estrafalarios cargados de simbolismo espacio-temporal: extremidades inferiores con miriñaques enroscados por largas concertinas de cilicio; en las sienes, golillas como cuernos de carnero en plena batalla de las Españas antagónicas ─aquí no hay ying y yang por mucho que vayan de blanco y negro, aquí son los unos contra los otros─. Capítulo aparte merece la escena del vodevil macabro, el cabaret de entreguerras atisbando el horror, que los mismos actores dan cabida en los papeles grotescos de La mujer-Guerra y de Hambre y Enfermedad. Un pastiche a ritmo de pasodoble que profundiza en lo alegórico, otorgándole matices dantescos y satíricos. Luego tenemos al resto del reparto. Por un lado a los romanos, con Chema Ruiz como Escipión, imponente; se le suman Raúl Sanz y Carlos Lorenzo en los papeles de Yugurta y Mario respectivamente, cerrando un triunvirato enérgico. Por otra parte a los numantinos, cubiertos con hábitos de viejos monjes, de cristianos primitivos a punto de ser absorbidos por el Imperio. Al frente de ellos Alberto Jiménez, nuevamente triunfante en su interpretación (no paramos de encontrárnoslo en escena; hace poco en DioS K) de Teógenes. Muy ágiles y excitados Markos Marín y Críspulo Cabezas, uno Leonelo y el otro Leonicio. Las mujeres, todas ellas más claras y pausadas en la dicción, formando con su dolor y su angustia un clamor como así manifiestan Mélida Molina y Maru Valdivieso. Aparte, Miryam Gallego nos ofrece el sufrimiento máximo en una pequeña escena de auténtico desgarro, mientras que Julia Piera como Nadie, simboliza en versión femenina, a ese último habitante de Numancia.

La versión de Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño permite ciertas licencias, como acercarse al presente lanzando versos sobre nuestro presente democrático; algunas estrofas parecen verdaderas proclamas políticas con las que es preferible no ponerse demasiado estrictos, puesto que nos enredaríamos en un hecho tangencial. Resulta muy coherente con la función en general, si algún pero se le puede poder es el desenlace. El guiño personal de Alberto Velasco en contraposición al hombre de Vitrubio desentona.

La conclusión con la Numancia del Teatro Español puede ser doble. Por un lado que se necesita reclamar a un público que vive ajeno por prejuicios a ciertos autores y obras y, por otro lado, que Juan Carlos Pérez de la Fuente abandona su puesto como director de tan insigne institución por todo lo alto.

Numancia

Autor: Miguel de Cervantes

Versión: Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño

Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente

Reparto: Beatriz Argüello, Alberto Velasco, Chema Ruiz, Raúl Sanz, Carlos Lorenzo, Alberto Jiménez, Markos Marín, Maru Valdivieso, Julia Piera, Críspulo Cabezas, Mélida Molina y Miryam Gallego

Niño: Jonathan Lokuuda Bartlett y Rodrigo Sánchez López

Bailarinas: Nataliya Andrukhnenko, Eva Boucherite, Alba González, Coral Ortega y Blanca Izquierdo

Diseño de escenografía: Alessio Meloni

Diseño de vestuario: Almudena Huertas

Diseño de iluminación: José Manuel Guerra

Composición musical y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Diseño de audiovisuales: Miquel Àngel Raió

Asesora de voz y dicción: Concha Doñaque

Asesor de movimiento escénico: Alberto Velasco

Ayudante de dirección: Pilar Valenciano

Ayudante de escenografía: Olga López León

Ayudante de vestuario: Liza Bassi

Fotografías de promoción y cartel: Chema Conesa

Fotografías de escena: Javier Naval

Producción: Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 22 de mayo de 2016

Calificación: ♦♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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