A.K.A.

Albert Salazar ofrece una interpretación enérgica al encarnarse en un adolescente normal que sufre racismo e intolerancia

Siempre la primera persona es un peligro para la credibilidad. El subjetivismo te puede hacer perder la noción de lo que es justo. Así nos ocurre cotidianamente cuando la prensa (y nosotros detrás) focalizamos casi en exclusiva nuestra atención en el relato de las supuestas víctimas y obviamos otros puntos de vista ―algo que no se puede permitir el mundo judicial―. ¿Es A.K.A. una obra destinada a un público adolescente o a uno adulto? Si va dirigida hacia el primero, aceptaremos que posee esa fijación de los directores por el ritmo y los mensajes directos y aclaratorios (que pueden ser desentrañados en debates postfunción con grupos de docentes) que obsesionan a los dramaturgos dedicados al género. Si va dirigida a los segundos, entonces la verosimilitud se desploma y la baza ganadora se reduce al trabajo extraordinario de su intérprete. Que no quepa la menor duda de que el joven Albert Salazar es una bestia escénica y de que tiene unas cualidades enormes para la actuación. Su espontaneidad y esa comodidad con la que se mueve en el escenario en la interacción fulgurante y encantadora con el público, nos hace pensar en un actor de larga proyección. Lo que nos encontramos es el fortín de cualquier quinceañero, un cuarto de wifi etéreo, altavoz supersónico, cachivaches frikis, monopatín retromoderno y las partículas de adrenalina que expele un tipo llamado Carlos. Sigue leyendo

Freak

El texto de la joven dramaturga Anna Jordan adopta un monolítico tono confesional sobre la intimidad sexual y existencial de una adolescente y su tía

Foto de Luz Soria

Es ya bastante frecuente en los últimos tiempos introducir sexo explícito, ya sea visual o narrativo, en diversas obras artísticas que no tienen la calificación de X. El erotismo manifiesto o el porno declarado se cuelan en las películas del circuito general (véase Love, de Gaspar Noé) y en la «literatura» a través de un género como el new adult fiction, donde se aprovecha para relatar minuciosamente las experiencias sexuales de aquellos que alcanzan la mayoría de edad, para lograr que saboreen su lectura los escolares y los bachilleres. De esta forma, para entendernos, se presenta Freak, el texto de la británica Anna Jordan (algunos la identificarán con una dramaturga más interesante, Kate Tempest, de la que hemos podido disfrutar en España con su Wasted), que viene promocionado por unas «provocadoras» fotos de Luz Soria, «inspiradas» (por no decir copiadas) en el trabajo de Stephanie Sarley, en las que ironiza con frutas simulando la jugosidad de los genitales. La cuestión es contribuir a una atmósfera que muchos considerarán engañosa después de lo visto. Sentadas sobre un sofá que no abandonarán ni después de los aplausos, las dos protagonistas van a proceder a declamar urbanamente un texto caracterizado por la oración simple, por la descripción clínica y por no elidir un vocabulario considerado tabú o incómodo para algunos espectadores. Sigue leyendo

Hacer el amor

Francesco Carril y Ángela Boix se adentran en el ensayo de su propia relación amorosa a través de una función verdaderamente extraña

Foto de Danilo Moroni

Ya el silencio de él deambulando pensativo mientras ella lo observa es bermaniano. Después comprobaremos que la función entremezcla varias partituras; pero que la batuta del cineasta sueco y su concepción de las relaciones amorosas marca un ritmo identificable. Anécdota sobre Ingmar y Liv Ullmann, sus compatibilidades y su fin. Son ejemplos del vigor y del fulgor. Luego, también, leerán unos fragmentos del guion de Saraband (publicado en español junto a Secretos de un matrimonio ―esto no tiene nada que ver con ese montaje perpetrado por Darín), como un Johan y una Marianne que en su vejez recuerdan el pasado, una vez ya se ha disuelto su enlace. Pero, aparte de estas claves, ¿por dónde podemos asir esta propuesta? Olvidémonos ―por mucho que el tapiz blanco y la iluminación de Lola Barroso nos lo haga recordar― de La clausura del amor (quizás podamos pensar más en Sé de un lugar, aquella obra de Iván Morales que se representó precisamente en la misma Sala Cuarta Pared en 2014). Esto va de la repetición cotidiana de amarse, de querer amarse, de querer repetir con la misma persona cada día, esto va de agotar el deseo y ansiar novedad. Esto va de «ensayar el amor» y la ruptura, de practicar el amor y sus posibilidades, y sus imposibilidades. Por eso Francesco Carril y Ángela Boix (como ellos mismos en otro giro de la autoficción) amasan y deshilachan esta materia tan dúctil, tan frágil, tan simbólica. Sigue leyendo

Las bárbaras

Lucía Carballal ha escrito un texto sobre esa generación de mujeres que rondan los sesenta en el autoexamen de su vida

Foto de marcosGpunto

Viene muy a cuento uno de los últimos artículos del novelista Alberto Olmos titulado «Pero, ¿qué tenéis todos contra las amas de casa?». Y no, ninguna de las protagonistas de esta obra lo es en puridad. Lucía Carballal ha puesto su mirada de dramaturga en tres mujeres que rondan los sesenta años. La autora ya se ha convertido en una fija de la escena teatral española. En los últimos años ha encadenado, entre otras, Los temporales, Una vida americana o La resistencia, y ha demostrado, ante todo, ser una gran constructora de diálogos. Las bárbaras se adentra en un mundo femenino muy particular y es el de aquellas que han podido vivir «plenamente» en libertad, que han podido escoger y tomar sus propias decisiones sin el tutelaje o la imposición de sus padres (ni de sus maridos). Principalmente, es un texto que nos invita a la reflexión y que se sostiene por una estructura muy sencilla; aunque con una premisa un tanto naíf y hasta traída por los pelos. Porque resulta que Bárbara, una joven arquitecta de treinta y cinco años ha fallecido apenas hace seis meses. Había sido una chica íntimamente relacionada con las tres protagonistas, pues trabajaba en el estudio de una, era sobrina de otra y la tercera terminó siendo su confidente y su albacea. Empujadas por el dolor, por el misterio de un plan aún no desvelado y por el momento adecuado en sus vidas, acuden al Hotel Juventud ―José Novoa se ha encargado de que escenográficamente los detalles vintage, con tonos madera, sillones sinuosos, pinceladas minimalistas y sicodélicas, nos trasporten a los setenta―. La cantante María Rodés, de voz candorosa, tímida y delicada, canta versiones de Mari Trini («Yo no soy esa») o de Alaska. Su presencia es fantasmal y juega a evocar a la fallecida, y me parece una lástima que no se potencien más las situaciones de equívoco. De alguna manera, Bárbara les lanza el examen del feminismo actual (con sus palabros de coaching flower power tan cursis) y la autora aprovecha para lanzar algún dardo irónico y crítico sobre el propio movimiento en sus devaneos teóricos. En cualquier caso, el meollo del argumento, más allá de la trama que se quiere vertebrar y que resulta un poco fantasiosa, es la conversación de las amigas. Veremos que la lección, creo, es tan sencillo como expresar aquello de que la práctica vital, el devenir de los años, resitúa e, incluso, anulan o matizan el anhelo impetuoso, las presuposiciones, los proyectos y todas esas proclamas rebeldes que impone la soberbia de la adolescencia. Las paradojas se sirven en bandeja de plata y quien esté libre de pecado ya sabe. Insisto, como vamos a escudriñar, que no hablamos de todas esas mujeres que quizás han alcanzado, aunque sea tímidamente, su particular áurea mediócritas. Que han encontrado una posición acomodada entre la realización personal ―sin llegar a éxitos mediáticos, ni cimas de grandiosidad―y el candor familiar. ¿No es una trampa del capitalismo rampante chinchar a las mujeres para que se pongan a competir como algunos hombres por una supuesta victoria laboral que tan solo deja réditos económicos y efímeras estelas de admiración envidiosa? La más poderosa en su disposición, la más escurridiza y cínica también, la que soporta mejor su discurso aceptando, sí, las grietas; pero negando la mayor, es Susi, interpretada por Ana Wagener con la dureza imponente que sabe imprimirle a su personaje. La que iba a ser una concertista de piano estratosférica, lo mandó todo al traste cuando se casó con otro pianista igualmente esplendoroso (elegir pareja es absolutamente determinante y nadie puede negar, ahí están los datos, que cuenta la altura, la belleza, la edad y el estatus socioeconómico y que este último, en el caso de muchas mujeres, se puede sobreponer a todo lo demás) que sí haría carrera mundial y con el que tendría dos hijos (que no los quiere tanto como se supondría). ¿Lo dejó por él? No, lo hizo porque se hartó, porque tocar el piano ya no le hacía feliz. Es decir, pudo optar (pudo equivocarse). El clasismo es tónica general en la dialéctica de estas damas. La música clásica otorga aura de alta cultura, de la misma forma que ser la arquitecta más renombrada de España, y más famosa (portada de El País Semanal). Mona Martínez adopta una línea decadente y melancólica con su Carmen, que se transforma en esperanza cuando anuncia su pretensión de ser madre. Mantener un estudio de arquitectura durante la crisis fue una tarea muy dura y al final ha llegado el cierre. Si, además, la que podría haber realizado las tareas de hija adoptiva se te muere, pues es normal que un vacío anide en el estómago que debe ser llenado con algún proyecto ilusionante. El egoísmo y esa sensación autoimpuesta de que si no se logra el combo virtuoso (sean los hijos, el marido fantástico, el trabajo exitoso y el reconocimiento social o lo que se quiera añadir) va a suponer una insatisfacción sofocante. Por eso resulta muy interesante en el reparto de los equilibrios el papel que interpreta Amparo Fernández. Apocada, pero satisfecha. Infravalorada por sus amigas; no obstante, con un pragmatismo más llevadero. Encarna es una administrativa, una abuela persistente (y «esclavizada») que ama a sus nietos, a los que duerme todas las noches a través de una videoconferencia. No sobresale por sus conocimientos, por su cultura o por sus logros extraordinarios. Ella ha vivido para los demás con tanto empeño que una discusión con su hijo le ha provocado una alopecia nerviosa. Más paradojas que el feminismo ambiciona acotar con respuestas y directrices imposibles de llevar a una realidad compleja. Carol López dirige esta propuesta con mano invisible, dejando que las chichas demuestren su profesionalidad. Las bárbaras es una obra de teatro que interesará más a esas mujeres que por edad y por experiencia vital ―que son las que suelen ir a estas salas―, se vean reflejadas en lo que se cuenta. Aunque los marcos referencia están un tanto acotados en una minoría; sí que nos valen como ejemplo verosímil de la falibilidad de unos seres humanos bandeados por las cuitas del deseo.

Las bárbaras

Autora: Lucía Carballal

Directora: Carol López

Intérpretes: Amparo Fernández, Mona Martínez, Ana Wagener y María Rodés

Música: María Rodés

Escenografía: José Novoa

Iluminación: Pedro Yagüe

Vestuario: Antonio Belart

Ayudante de dirección: Xus de la Cruz

Fotografía: marcosGpunto

Diseño de cartel: Javier Jaén

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 24 de noviembre de 2019

Calificación: ♦♦♦

Bella figura

El Teatro Nacional São João produce este montaje a partir del texto firmado por Yasmina Reza en el que vuelve a diseminar las cuitas de la clase media

No decir ya nada y empeñarse en caer una y otra vez en la misma cuestión es un camino que me resulta tan tedioso como la vida de esos individuos que deambulan por su burguesía fracasada. La redundancia en los diálogos con los que Yasmina Reza nos interpela en Bella figura llegan a ser exasperantes. Qué arranque, qué seudodesarrollo circular de unos tipos que no nos aportan nada. Cabreos tontorrones de amantes que no entienden su papel subalterno y encuentros fortuitos con una pareja y la madre de él para establecer la consabida suspicacia en las comparativas. Nada original, ni tampoco gracioso como, al menos, ocurría con los grandes éxitos de la dramaturga: Un dios salvaje o Arte (esta última más inteligente que la primera, pues aquella se parece más a esta que nos compete). Al principio, contamos con Boris, un João Melo que nos surte con displicencia de hombre a punto de arruinarse; pero que aún sostiene cierto hálito vital que lo lleva a reunirse con su querida. El personaje de Andrea (ya lo dice su etimología) parece contener una energía más lúcida y espontánea ―también es cierto que trabaja como manceba en una farmacia que le pone a mano drogas de lo más variadas―; propia de alguien que va de menos a más, que no necesita aparentar tanto porque pertenece a esa «masa mediocre» que se contenta con lo que posee, una vez tiene garantizada la supervivencia. Maria Leite acoge su papel con gran frescura y pundonor, y es uno de los elementos discordantes. Es indudable que para el resto puede tener un aire de fulana, por su vestimenta, por su ligereza en las formas; y aunque sea simbólicamente sí que juega con esa postura. La necesidad de «venderse» un poco si se quiere salir de los barrios del extrarradio donde vive. Sigue leyendo

¿Quién es el Señor Schmitt?

Sergio Peris Mencheta dirige a Javier Gutiérrez y a Cristina Castaño en una comedia que mezcla géneros como el teatro del absurdo o el suspense

El programa de mano ya lo deja claro: «…una obra meramente existencialista, prescindiendo de filosofadas metafísicas…». Una forma sofisticada de reconocer que lo presentado es para todos los públicos; aunque el marchamo que arrastra Peris-Mencheta en los últimos tiempos va por otros derroteros, no tenemos más que fijarnos en Lehman Trilogy o en La cocina. Digamos que este texto firmado por el francés Sébastien Thiéry me parece lingüísticamente ingenioso, pero vacío y redundante, si lo que esperamos es atisbar algo que vaya más allá, como ocurría con los claros antecedentes literarios de los que bebe; es decir, Ionesco o Sartre. ¿Quién es el Señor Schmitt? es un montaje que se expone descontextualizado respecto de un ambiente social o político. Es un divertimento de equívocos absurdos, en una realidad que se agota enseguida, porque la trama es unidireccional. Nada kafkiano a lo que asirnos para que el misterio o la incongruencia de la vida dialoguen con lo que observamos. O sea que el juego se pone en marcha con una llamativa interrelación entre el aviso ―con la voz del director en plan bien agresivo (no queda otra)― para que el respetable apague su maldito móvil y la propia acción de la obra, donde suena un teléfono que no debería hacerlo, pues la familia Carnero carece de él. Enseguida entendemos que Javier Gutiérrez se acoge a ese tono furibundo que domina tan bien y que lo hermana con José Luis López Vázquez, y que se lo hemos visto desarrollar mucho más en el cine (véase Campeones) o en la televisión (por ejemplo, Estoy vivo), donde prima su vertiente de perdedor; que en el teatro, donde ha demostrado en su dilatada carrera que es un actor con múltiples registros y matices (sirva recordar Los Mácbez). Sigue leyendo

La perra

Cristina Rojas ha escrito un drama costumbrista que pretende desarrollar las cuitas de una familia entorno al amor

El subtítulo o la aposición que acompaña a La perra es tan significativo como clarificador ―«La necesidad de ser amado»―; y tan humano que uno enseguida espera encontrar unos derroteros que se escapen de un tema que, junto a la muerte, se escribe con mayúsculas en la literatura. Pero no, el texto que ha escrito Cristina Rojas posee enormes virtudes, como el perfilamiento de unos diálogos ágiles y que se esputan con naturalidad, como la amalgama de pareceres que se van arrastrando de manera muy medida a lo largo de su escrito o como ciertos símbolos encerrados, por ejemplo, en ese canino tan amado; no obstante, a la contra, si rascamos en ese ambiente propicio, en ese ritmo musical y brumoso que concita rencores y sinceridades, como en esos clásicos de la dramaturgia norteamericana ―Eugene O’Neill con Largo viaje hacia la noche o, más recientemente, Agosto, de Tracy Letts, por poner algunos ejemplos― nos topamos con una postura algo conservadora y trazada con unos cuantos personajes un poco estereotipados. Ante esta situación creo que podemos tomar dos caminos: observar lo que vemos desde la perspectiva de la protagonista, que es la propia Cristina Rojas; o tomarlo desde una perspectiva más omnisciente, donde la dramaturga haya cargado más las tintas en las mujeres y haya deshilachado a los varones. Sea como se quiera, el espectador tomará sus decisiones, el caso es que contamos con un preámbulo excesivamente musical, agolpado de unos primeros embates dialécticos algo ruidosos que, a pesar de ello, consiguen llamar nuestra atención por su franqueza y por un tono muy sagaz. Sigue leyendo

Los Remedios

Una autoficción fulgurante y coral que perfila las biografías de sus dos actores a través del recuerdo de sus años en el barrio sevillano

Preguntarse por las raíces y encontrar que se entreveran por todo el ser, aunque uno pretenda enmascararse, huir, transformarse. En uno mismo está la genealogía entera de su familia y más allá. Como un psicoanálisis realizado por Jung repleto de capas donde un imaginario andaluz y, por ende, español, se apuntala como una idiosincrasia que se debe deconstruir para que no actúe como un amasijo informe de usanzas maltrechas o de hábitos tan irracionales como nocivos. Como una mirada hegeliana de la historia donde el pasado avanzara hacia el presente recogiendo por el camino unas influencias que se anquilosan en la tradición. Así se mezclan el folclorismo, los usos y costumbres, los estereotipos y una educación sentimental que configura toda una ética; pero también una estética. De esta manera, se elabora la ficción que ha puesto por escrito Fernando Delgado-Hierro con la aquiescencia de su compadre Pablo Chaves. Sabemos que son amigos de la infancia, que vivieron en el conservador y, por lo tanto, católico barrio de Los Remedios, esa Marbella de interior, de la ciudad de Sevilla. Por lo visto, solo contaban con dos colegios ―ambos concertados (dato fundamental)―, y ellos, lógicamente, acudieron a uno de ellos. El marco dramatúrgico viene aderezado con los habituales elementos de la autoficción y de la narraturgia que son las dos tendencias más acometidas en los últimos años ―en este sentido, nada nuevo―; sin embargo, la factura es tan virtuosa que los posibles clichés de ambos esquemas quedan subsumidos por el torbellino de estos ambos intérpretes. Sigue leyendo

Kebab

Un duro texto de la rumana Gianina Cărbunariu sobre los jóvenes europeos que deben buscarse la vida fuera de sus países

Poco a poco vamos conociendo más ampliamente la obra de Gianina Cărbunariu, una dramaturga rumana de 42 años que ya es un referente del teatro político en su país. En España ya se han representado De vânzare / For sale (su mejor espectáculo de los vistos), Elogio de la pereza, que fue presentado en CDN la temporada anterior y, ahora, Kebab. La historia con la que nos topamos en Nave 73 es realmente dura y nos habla de las condiciones a las que se ven sometidos unos jóvenes emigrantes rumanos. Enseguida comprendemos que podrían ser perfectamente españoles que han viajado a Irlanda para buscarse la vida. Es un tipo de función que nos recuerda mucho al cine de Ken Loach o al de los hermanos Dardenne; pero por el cariz que toman los acontecimientos en la obra que nos compete, podemos pensar en la última película de Jaime Rosales, Hermosa juventud, donde una pareja de veinteañeros se ve abocada a grabar porno amateur. Inicialmente conocemos a Madalina (Matti), una ingenua muchacha que está viajando a Dublín para reunirse con su novio. En el avión conoce a Bogdan, un compatriota que lleva el mismo destino y que tiene la intención de completar sus estudios de artes visuales. Sigue leyendo