La asepsia permea esta versión sobre la novela de Choderlos de Laclos en el Teatro Marquina
David Serrano se ha ido asentando como director durante estos últimos años con proyectos de lo más variado. El año pasado presentó Un tranvía llamado Deseo, aunque la obra que ahora tenemos entre manos puede vincularse mejor con La Venus de las pieles, una función de 2014 que se representó en el Matadero. Las novelas de Choderlos de Laclos y de Sacher-Masoch las separan unos cien años, sin embargo, están conectadas por la tortuosa perdición del anhelo amoroso y de la seducción como juego macabro.
Las amistades peligrosas han dejado su huella principalmente a través de la visión de Heiner Müller con Cuarteto, ya sea con aquella propuesta plúmbea de Los gatos mueren como las personas o, sobre todo, con Barroco, el espectáculo dirigido por Tomaz Pandur, creador con el que trabajó el propio Roberto Enríquez en Fausto. Sigue leyendo
Me pregunto si con esta producción del Teatro del Barrio, espacio tan dado al feminismo, a lo femenino, a la feminidad e, incluso, al hembrismo, no se ha perdido la oportunidad de tender puentes hacia la parte masculina de la sociedad, puesto que la obra trata de anarquismo. Esther F. Carrodeguas, quien continúa con su veta política y satírica como demostró en
Els Joglars retoma el montaje que pergeñaron en 2004 sobre El retablo de las maravillas: una multiplicación en episodios para despedazar moralmente las actitudes modernas. Los años que han transcurrido les han permitido adaptar las nuevas formas del esnobismo y de la estupidez contemporánea. Inicialmente recrean el entremés de una manera más aproximada al original de Cervantes ─como aquella propuesta de
Con varias Electras nos hemos encontrado en los últimos años a partir de propuestas variopintas, desde la recuperación de aquella 
Que cada dramaturgia de un clásico pase indefectiblemente en algunos teatros por la modernización reiterada es ya un cliché verdaderamente cansino. El empeño por captar a nuevos públicos exige adaptarse a sus preferencias y a su capacidad para entender un lenguaje nada convencional. También es cierto que algunas propuestas cuentan con un elenco que exprime sus virtudes y es capaz de brindar proyectos de gran solvencia interpretativa. Así ocurrió con
El Brujo no ha parado en todos estos años de hablarnos sobre su concepción de la espiritualidad. Se dice «rarillo», porque recoge de aquí y de allí para cuestionarse su propia existencia más allá de lo puramente material. Ya, por ejemplo, desde
La abundancia de comedias comerciales que caen en permanentes clichés y que apenas cumplen con las mínimas normas escriturales abarrotan ciertos teatros. Pero también es verdad que, a lo largo de los años, un pequeño grupo de obras sobresale por su ingenio, su viveza e, incluso, por su crítica social. Estas, además, se ganan el favor de unos espectadores tan diversos como numerosos. Por lo tanto, al menos, en una de sus acepciones, podemos certificar su éxito. Esto ha ocurrido con El secuestro, de Fran Nortes, un dramaturgo que ha triunfado con La extinción de los dinosaurios o con
Lleva encadenando el director y dramaturgo José María del Castillo obras protagonizadas por mujeres que, según la mitología, cayeron en desgracia y, sobre todo, que la historia las «trató» inconvenientemente. Detecta el autor agravios insoportables y, por eso, con su pluma, es capaz de enmendar tales desafueros. De hecho, puede que ya estén en su cabeza los próximos episodios de una larguísima lista, pues en sus textos se nombra a otras como Hécuba, Andrómaca o Briseida, por ejemplo, que deben ser resarcidas. Si en otros veranos pasaron por el Teatro Romano de Mérida