Shock 2

La segunda parte de la conocida «doctrina» de Naomi Klein se materializa en el Teatro Valle-Inclán en un espectáculo menos ajustado que el anterior

Shock 2 - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Si en Shock (El Cóndor y el Puma) funcionaba dramatúrgicamente casi todo, en esta segunda parte tan solo nos conmueve y llega a sugerir más humanamente la mitad. Quizás, ser coherente resulta ser lo menos eficiente para esta representación teatral. Ajustarse al libro de Naomi Klein o a ese unidireccional entramado, como si fuera la teoría del caos y solamente hubiera que fijarse en una única mariposa aleteando en lontananza, resulta, valga la redundancia, caótico y reduccionista. «Explicar» las acciones directas sobre Chile, puede tener una base; pretender que los mismos parámetros de la teoría neoliberal «explican» la recomposición planetaria desde finales de los setenta; ya es, cuando menos, una «boutade». Viene muy a cuento, por ejemplo, echarle un vistazo al libro Globalistas. El fin de los imperios y el nacimiento del neoliberalismo, de Quinn Slobodian, publicado por la editorial Capitán Swing este mismo año, para atisbar varias tendencias (con algunas propuestas casi antagónicas) de eso que se denomina de una manera tan laxa «neoliberalismo». Uno puede llegar a pensar que esto del neoliberalismo es una máscara en apariencia sofisticada para no desvelar unas intenciones mucho más crudas e insolentes, como la sencilla ejecución de la fuerza. Por eso tiene mucho sentido —aunque sea desde el punto de vista filosófico— el discurso inicial de Carl Schmitt, donde el espectador, pillado de improviso ante tamaña farragosidad, podrá quedarse con aquello de que lo importante es quién define qué es lo justo, quién construye en el fondo las leyes, quién, realmente, demuestra con su derecho positivo (pues el natural es una falsedad moralista), que la democracia es una impostura sustentada por ilusos creyentes. Todo esto ya nos ha quedado demostrado de forma patente durante las últimas crisis económicas. Antonio Durán «Morris» se mete en la piel del politólogo alemán para atizarnos una bienvenida acibarada y expuesta con esa inquina que tan magníficamente maneja el actor (como cuando hizo de Manuel Charlín, en Fariña). No obstante, como digo, el primer tramo es un collage deshilvanado, payasesco y sin profundidad suficiente. Una parodia sin las precisiones pertinentes sobre el contexto sociopolítico en el que Reagan y Thatcher pusieron en marcha unas medidas privatizadoras y una bajada de impuestos a las grandes empresas que supusieron una reconfiguración absoluta de lo que iba a ser Estados Unidos y Europa en las siguientes décadas y alcanzando el presente, donde según Shoshana Zuboff prima el capitalismo de la vigilancia (otro shock). Que no se atenace un relato concreto, sino que se intente mezclar la perestroika y las acciones de Boris Yeltsin, con las transformaciones en China, una vez se derrumbaba todo el bloque soviético; pasando por la Sudáfrica de Nelson Mandela o la situación de algunos países árabes como Egipto antes de que vencieran las posturas más extremas del Islam genera desafección. Demasiado para una hora y media, con vídeos de aquí y de allí, con una cena de celebridades que es una pantomima. Sinceramente, me parece un tanto desastroso; principalmente si lo que se anhela es llegar a Irak, a la guerra reciente. Este es el asunto, que tras el descanso ocupa la segunda parte y donde, por fin, la obra cobra sentido. Sobre todo, porque se acota el tiempo de los hechos, la trascendencia de lo ocurrido nos compete mucho más como país, lo que observamos resulta más emotivo y dramático, el teatro-documento se emplea con habilidad y, en definitiva, los espectadores somos impelidos moralmente. Recordemos, por otra parte, que varios de los componentes de este montaje fueron los responsables directos con su compañía Animalario de dos espectáculos provocativos y que ahora tienen su reverberación —de hecho, no han parado de tenerla, no hay más que leer la prensa y el foco que se ha puesto en la corrupción del PP—. Me refiero, claro, a la sátira Alejandro y Ana: lo que España no pudo ver del banquete de la boda de la hija del presidente, de 2003, año en el que Aznar se reunió con W. Bush para «acordar» el apoyo de España en la invasión de Irak, para buscar las supuestas armas de destrucción masiva que después no se hallaron. Desde el punto de vista paródico, ya que se emplean técnicas metateatrales y de work in progress, funcionan como crítica al absurdo. Aquel viaje de nuestro presidente al rancho del estadounidense queda retratado como un burdo diálogo propio de los Monty Python en un alarde de estupidez concatenada. El otro espectáculo fueron los Goya del «No a la guerra», otro aldabonazo que, al menos sirvió para demostrar un rechazo que luego se vería refrendado en las calles con manifestaciones multitudinarias. Pero lo más logrado de este Shock 2 es el relato de cómo murió asesinado el cámara de televisión José Couso. Juan Vinuesa que, en gran medida, había tenido un papel de narrador árabe, con su soltura habitual; y que luego tuvo que hacer de Aznar, con esa vis cómica bordeando el panfilismo que tanto domina, ahora se encarnaba en ese camarógrafo para dejar suspendido el momento y desangrarse. Conmueve verdaderamente cómo María Morales se mete en la piel de la periodista Olga Rodríguez para transmitirnos cómo vivió ese misilazo de fuego amigo, esa impotencia que la deja casi sin palabras sincerándose a través de la radio. Luego, cuando le toca ser víctima de las vejaciones en la cárcel de Abu Grahib, observamos cómo se mete el dedo en la llaga con vigor escénico. Por otra parte, Natalia Hernández, que es quien lleva el mayor peso cómico de todo el montaje, pues está extraordinaria como Marta Sánchez cantando «Soldados del amor» o caricaturizando a Ana Botella; luego, su silencio y su gesto se anudan a las imágenes que se proyectan sobre las cuatro grandes pantallas que flanquean la reconfigurada sala principal del Teatro Valle-Inclán: dos niños muriendo ante unos médicos impotentes. Ese tipo de imágenes que ya no se ven y nos mantienen en una burbuja, mientras, por ejemplo, en Siria, se comenten atrocidades. En cuanto a Paco Ochoa, casi en el final, le toca coger el papel de Donald Rumsfeld, para convertirlo en un cowboy de los negocios, como su colega Dick Cheney, de quien se dio buena cuenta en la película El vicio del poder (2018); bastante significativa de que más allá de teorías económicas, prima la desfachatez. Después, Guillermo Toledo, se queda con los personajes más potentes, ya sean los Bush (padre e hijo), Reagan o Bin Laden. Aprovechando sus cualidades actorales para el esperpento, la chulería o la interpretación más cruda. Finalmente, Alba Flores gana protagonismo cuando se impone como narradora en el epílogo. Desde luego, el texto de Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga vuelve a estar sesgado —pero nadie puede llevarse a equívoco—; de muchas de las situaciones que se planteaban habría mucho que discutir; aunque de otras, como las que se han destacado más arriba, parecen ser ciertamente inapelables. Por esta razón, vale para que los espectadores nos sintamos interpelados por una historia que se nos escurre por las rendijas de la memoria; pero que explica —si somos capaces de comprender qué fuerzas circundan más allá de lo visible— algunas perspectivas de nuestro presente mundo globalizante.

 

Shock 2

(La Tormenta y la Guerra)

(basado en hechos reales y textos de Olga Rodríguez y Alba Sotorra)

Texto: Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga

Dramaturgia: Albert Boronat y Andrés Lima

Dirección: Andrés Lima

Reparto: Antonio Durán «Morris», Alba Flores, Natalia Hernández, María Morales, Paco Ochoa, Guillermo Toledo y Juan Vinuesa 

Voces en off: Andrés Lima (Den Xiaoping y José Antonio Marcos), Alberto San Juan, (Charlton Heston) y Olga Rodríguez

Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan

Iluminación: Pedro Yagüe

Música y espacio sonoro: Jaume Manresa

Diseño de sonido: Enrique Mingo

Videocreación: Miquel Àngel Raió

Caracterización: Cécile Kretschmar

Ayudante de dirección: Laura Ortega

Ayudante de iluminación: Enrique Chueca

Ayudante de vestuario: Carlota Ricart, Remedios Gómez

Ayudante de videocreación: Arantxa Melero

Realizaciones: Maribel RH S.L. (realización vestuario), Mambo Decorados (realización mobiliario)

Fotografía: Laura Ortega, Bárbara Sánchez Palomero y Luz Soria

Tráiler: Bárbara Sánchez Palomero

Archivo sonoro: Olga Rodríguez, Departamento de Documentación de la Cadena SER © Sociedad Española de Radiodifusión, S.L.U.

Diseño Cartel: Equipo SOPA

Alumnado en prácticas: Olga Abolina, Jorge Mediero y Fran Weber

Coproducción: Centro Dramático Nacional y Check-in Producciones

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

13 de junio de 2021

Calificación: ♦♦♦

El chico de la última fila

Andrés Lima coge las riendas del conocido texto de Juan Mayorga para llevarnos a un fantástico juego literario de metaficción

Foto de Luz Soria

Se puede afirmar que esta es la obra de Juan Mayorga que mejor recorrido ha tenido en el escueto imaginario teatral de España en los últimos años. Desde luego, ha contribuido a ello la exitosa versión que realizó de la misma ―con alguna significativa variación al final― el cineasta francés François Ozon, y por la cual obtuvo multitud de premios. Fue publicada en 2006 y ese mismo año fue estrenada bajo la dirección de Helena Pimenta. Ahora la retoma Andrés Lima, quien va verdaderamente lanzado en las últimas temporadas ―véase su aldabonazo con Shock, montaje que regresará a escena el próximo año, más su continuación―, empleando para el elenco a colegas históricos de Animalario. Carta ganadora; porque hablamos de un texto que ha superado la coyuntura terrible de lo temporal, debido a todas las virtudes dramatúrgicas que encierra el engranaje equivocante de metateatro metaliterario. Es el estilo que, quizás, mejor ha plasmado las facetas del dramaturgo, ya sea escritor, docente, matemático o filósofo. Todo ello, de alguna manera, aunque sea circunstancial, está ahí. La recursividad teatral ya la habíamos encontrado en Himmelweg (2004) y, después, con esa profusión en el work in progress en otras obras como El cartógrafo (2010) o Reikiavik (2013); sin olvidarnos que, en El arte de la entrevista (2014), ya indagó sobre la cuestión del punto de vista y la verdad. Fundamentalmente, tenemos el enfrentamiento, el reto, el agón, entre un profesor de literatura y un alumno suyo. Sigue leyendo

La vida es sueño

Los jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico despliegan su buen hacer con la tragedia de Calderón en la despedida de Helena Pimenta como directora

Foto de Sergio Parra

Cada una de las incursiones en la obra magna de nuestra literatura es un recuerdo de su consistencia estructural, de su poética barroca y de esa profusión filosófica sobre las cuitas de la Edad Moderna; desde la duda cartesiana hasta el cuestionamiento del dios todopoderoso (podemos recordar la fantástica propuesta de Carles Alfaro hace un par de temporadas). Vuelve Helena Pimenta con la obra que tanto éxito le dio cuando puso a Segismundo en la piel de Blanca Portillo. Ahora se despide de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ―con honores―. Que retome la versión de Juan Mayorga (muy ajustada en los tiempos para lograr un brío enérgico y satisfactorio) con los jóvenes de la Compañía, es una apuesta firme por adentrarse en vericuetos complejos. La función, desde luego, es muy atractiva visualmente, y es debido al espacio escénico que Mónica Teijeiro ha imaginado. Porque la sala Tirso de Molina, en la quinta planta del Teatro de la Comedia, está resultando en estos pocos años que lleva activa como un lugar bien versátil; y así se da muestra de ello en este montaje. Se aprovechan al máximo las alturas: Rosaura corretea en su huida por las pasarelas que permiten colocar los focos a los técnicos, Segismundo aparecerá por un recoveco central y el elenco al completo se adentrará por cualquier esquina sobredimensionando las perspectivas. El conjunto es sencillo, pues los elementos con los que se juega son mínimos: apenas un piano y una cortina de láminas traslúcidas en el fondo. Sigue leyendo

La lengua en pedazos

La Compañía Nacional de Teatro de México ambienta con tintes folclóricos el texto sobre Teresa de Jesús escrito por Juan Mayorga

La lengua en pedazosNo fueron pocos los eventos en 2015 destinados a rememorar el nacimiento de la santa cinco siglos después. Tiempo antes, Juan Mayorga había escrito La lengua en pedazos, un texto que se inspiraba en el Libro de la vida, de Teresa de Ávila. Luego, se pondría al frente del propio montaje, primero con Clara Sanchis y Pedro Miguel Martínez, y años después, sustituyendo a este último por Daniel Albadalejo, como pudimos comprobar en la propuesta que por aquí reseñé. Sigue leyendo

Shock (El Cóndor y el Puma)

Un viaje impresionante por la historia reciente de Chile y de Argentina con los desafueros del imperialismo sobrevolando en la impunidad

Foto de marcosGpunto

He aquí el montaje más proteico de la temporada y el que logra plasmar dramáticamente una serie de hechos que no paran de confirmarse entre la bruma de la credibilidad, las noticias falsas y los nuevos episodios de una doctrina que quizás, tarde o temprano, también nos golpee de lleno a nosotros (si no nos mantenemos fuertemente unidos). Primeramente, es necesario hacer referencia al libro de Naomi Klein (Montreal, 1970), La doctrina del shock (2007). La periodista y ensayista ya se había hecho muy famosa con su ensayo No Logo (2000). Después, con la obra que nos compete ―y de la que también se realizó un documental de fácil acceso en internet―, generó un buen montón de críticas acerca del alcance de su mensaje. Hay que reconocer que la autora pertenece a esa izquierda minoritaria en el espectro de la América del Norte, junto a otros autores como Noam Chomsky, que está teniendo verdaderas dificultades para desarrollar un discurso creíble ahora que sus fórmulas más «radicales» (strictu sensu) o tienen poco apoyo (por idealistas) o han sido absorbidas por corrientes denominadas populistas. En esto, es justo afirmarlo, el poder de una prensa atenazada presupuestariamente es un factor determinante. Ya sabemos que cualquier proclama que huela a socialismo (incluso a socialdemócrata) y que pueda «infectar» a Estados Unidos, debe ser barrida. Sigue leyendo

Intensamente azules

César Sarachu observa el mundo que le circunda con sus gafas de natación en este monólogo de Juan Mayorga

Resulta un tanto desconcertante el último teatro de Juan Mayorga, ya que tras mostrar hace un mes El mago, ahora continúa ―en una estructura muy diferente― con un tono que no termina de alcanzar una comicidad relevante, y con un discurso más naíf de lo esperable en un dramaturgo que sabe sondear terrenos de mayor hondura. En esta ocasión procede con esta ensoñación o fantasía en forma de cuentecillo salpicado de curiosidades. César Sarachu, quien ya trabajó a las órdenes del dramaturgo con aquel estupendo Reikiavik, se transforma en el álter ego del autor para recrear las experiencias paradójicas que le ocurrieron a este, cuando un día salió a la calle con sus gafas de nadar graduadas tras ver cómo las habituales habían quedado inutilizadas. El magnífico actor se ve lastrado por un texto que se devanea en lo anecdótico y en una serie de sorpresas que pierden potencia enseguida; además de por una gesticulación que no logra la total gracia deseable (me lo imaginé como un Jacques Tati, pero más extravagante). Al parecer, un efecto mágico se ha producido en el personaje. Ahora entiende libros que antes le resultaban inaccesibles (El Quijote, La vida es sueño; incluso tochos de filosofía decimonónica), conoce al Rey, se encuentra con otras personas que también usan gafas de natación (aunque con otros colores), aparecen unos profesores de instituto y, por supuesto, la inmersión en la propia piscina como si se fundiera en el océano cósmico. Sigue leyendo

El mago

Juan Mayorga firma y dirige esta obra sin fundamento ni enjundia sobre una mujer hipnotizada

Foto de marcosGpunto

Cuesta creer que un autor como Juan Mayorga considere que su nuevo texto está listo para subir a las tablas. Si no fuera porque es un dramaturgo experimentado y exitoso, diríamos que El mago está firmado por un bisoño. ¿Qué se ha pretendido plasmar en esta comedia? En principio, nada trascendente y tampoco nada entretenido. Contamos con Nadia, una mujer que acaba de llegar a casa y, por lo visto, ha sido hipnotizada en un espectáculo de magia. A partir de ahí, al espectador se le envuelve con toda una serie de explicaciones de cada situación que va ocurriendo. Por ejemplo, dar por hecho ―y convertirlo en un hilo narrativo del que tirar―, que ella (una doble, se supone) permanece aún en aquella función, subida a un estrado, junto a otras dos chicas; mientras ejecuta todas las instrucciones del hipnotista y que la susodicha materializa disciplinadamente y por duplicado. La coyuntura se alarga con diversas cuestiones paradójicas y fantasiosas, evidentemente, que se encauzan por los derroteros de un absurdo suave y que debería provocar la carcajada. No es así, puesto que cada paso está flanqueado por diálogos que pretenden justificar lo que vemos ―por increíble que sea―, en lugar de permitir su vuelo y su agilidad. Sigue leyendo

Himmelweg

Raimon Molins dirige esta obra de Juan Mayorga ambientada en un campo de concentración nazi

himmelweg-fotoA veces uno tiene la sensación de que últimamente no para de hablar de teatro dentro del teatro. El metateatro invade el teatro en esa incapacidad de volver a la ficción. Es como si el propio teatro fuera consciente de que el espectador vive inmerso en un mundo en el que la fusión realidad-virtualidad va resultando indiferenciable y de que debiera recordarle que todo aquello es mentira para ser verdad. El metateatro puede ser un guiño y, también, como en el caso de Juan Mayorga, un auténtico discurso filosófico sobre la entidad esencial de lo dramático. Por lo tanto, debemos preguntarnos si estos procedimientos poseen coherencia o si son banales. Himmelweg (publicada en 2004) es, ante todo, la historia de los engaños. Partimos del engaño del nazismo en su locura eugenésica basada en el engaño de las razas humanas. Sigue leyendo

El cartógrafo

Un cuento en Varsovia que revela las interacciones entre el pasado, el presente y el mapa que los reconstruye

Foto de Ceferino López
Foto de Ceferino López

Cuando uno se acerca al teatro de Juan Mayorga enseguida descubre, como afirma en esta misma obra que: «En el teatro todo responde a una pregunta que alguien se ha hecho». Las preguntas de este dramaturgo tienen que ver con un desvelamiento, con una indagación en el pasado y en una presumible relación con el presente; poseemos múltiples ejemplos, desde La tortuga de Darwin hasta El arte de la entrevista (en esta encontramos bastantes paralelismos acerca de la memoria). Lo interesante es el andamiaje filosófico que construye para montar una historia sobre una cartógrafa (¿por qué no se llama La cartógrafa?) polaca que vivió durante su niñez en el gueto de Varsovia. Para desentrañar, dentro de las posibles interpretaciones y echando mano de ciertos conceptos que cualquier espectador culto puede tener en la cabeza —de más está afirmar que el compromiso intelectual y estético del público con esta propuesta debe ser elevado— el misterio que aquella chiquilla podría esconder. Sigue leyendo