23-F. Anatomía de un instante

Una función esquelética en el Teatro de La Abadía sobre el golpe de estado fallido, que firman Javier Cercas y Àlex Rigola

23-F. Anatomía de un instante - FotoSi Àlex Rigola abraza desde hace tiempo la autoficción (véase Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero), el estilo sobrio que rompe la cuarta pared para sumar al público (véase Vania) y hasta la política (véase, Un enemigo del pueblo), encontrarse con Javier Cercas, un deambulador de los márgenes (no)ficcionales de la literatura, entonces su encuentro es aplastantemente lógico. Pero también debo reconocer que el dramaturgo catalán ha encadenado una serie de propuestas, desde mi punto de vista, fallidas. Y 23-F. Anatomía de un instante es una más, en lo que debemos tomar ya por una defenestración del prestigio. ¿Cuánto margen más le debemos otorgar? Y la cuestión no radica tanto en la premeditada racanería de medios; puesto que hay una verdadera intención en cuanto a despojar la escena de elementos distorsionadores para la claridad. El problema viene de la explicación. Explicar en el arte, y más en la literatura, es antiartístico, es tomar al espectador por imbécil, es llevarlo a tu terreno sin remisión, es cancelar la posibilidad de las interpretaciones, de las perspectivas, de la dialéctica. Es lo que hemos visto igualmente en La gaviota. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Usar directamente un PowerPoint o hacer pasar una conferencia TED por teatro moderno, y hasta vanguardista? Por supuesto que estoy exagerando, ya que también incluye la ironía; aunque no es una ironía tan punzante como debiera, sino que es meramente lúdica e intrascendente.

El valor de Anatomía de un instante, el libro de Javier Cercas, es el despliegue de las posibilidades, la explosión rizomática de los entresijos entremezclado en una amalgama de intrusiones, pasiones, ambiciones, decadencias, problemas y demás contorsiones políticas (y morales, y sociales, y económicas) que aspiran a cercar el panorama, para cercenar algunas absurdas vías conspiranoicas. En este sentido, el lector tiene que hacer un gran trabajo para sostener algunas conclusiones aceptables. Por otra parte, sus protagonistas (Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo) llevan en sí una novela fascinante al completo. Tomarlos en sus interrelaciones y en sus paralelos a lo largo de la historia supone entender mucho de la idiosincrasia de nuestro país. Ya saben que ‘España’ es y será nuestro tema predilecto. En fin, que reducir todo esto —léanse el libro si no lo han hecho— a sesenta minutos (ya sé que el espectáculo dura setenta) es de un atrevimiento considerable —al fin y al cabo, así están hechos la mayoría de los documentales que tanto éxito tienen últimamente. ¿Aportan algo?—. El montaje es un resumencillo, una leccioncita, es un picoteo, que deja la posible (o posibles) verdad muy lejos. Y Cercas, que también firma esta reductio, también es responsable.

La atmósfera creada ni siquiera es un despliegue cóimico perspicaz, y la explicación se resuelve con cuatro (cuatro) gestos payasos de estos unicornios que han venido a celebrar el cuadragésimo primer aniversario del golpe. La ilustración de los hechos se refleja en la gran pantalla: fotos que hemos visto mil veces, alguna gracieta sobre los militares y algún detalle sobre la operación. El encuentro secreto entre Carrillo y Suárez cuando se negoció la legalización del Partido Comunista se zanja en un pispás (podemos recordar aquí la función que realizaron sobre ese acontecimiento tan trascendental Eduardo Velasco y José Manuel Seda). Apenas Roser Vilasojana, vestida de traje, encarnándose distanciadamente del Presidente en funciones, parece mostrar cierto encanto, cuando se va desplazando a través de las imágenes en ese rocódromo oculto, que es casi la única metáfora aceptable de toda la pieza. Procede como un investigador sintetizando los hechos con los detalles más elocuentes de la operación; pero los otros protagonistas, los golpistas y sus adláteres, y sus auspiciadores son girones insuficientes. Por aquí no se pasea ningún elefante blanco y el CESID, infectado, tampoco da señales de vida. Los atentados de ETA y de otros grupos en 1980 (hasta 132 víctimas mortales, según demuestra Gaizka Fernández Soldevilla en su extraordinario libro El terrorismo en España), son casi una nota a pie de página más; no así la matanza de Atocha (los comunistas no cayeron en la trampa de la reacción violenta, se dice) que la temporada pasada se recordó a través de la obra Atocha: El revés de la luz. Además, se remarca el asesinato del etarra Joseba Arregi debido a las torturas recibidas después de haber sido interrogado por 73 policías («73 policías», se repite) en febrero del 81. Ustedes dirán si les convence como para elucubrar.

El resto del elenco cuenta con su justa profesionalidad en un tono corriente, sin mucha ambición. Miranda Gas nos narra, Pep Cruz se taciturna como si la batallita quedara ya muy lejos y pareciera aburrida; y Eudald Font resuelve con lo suyo. En escena podría haber cuatro o solamente uno. Max Glaenzel nos planta el pantallón de marras y unas cuantas mesas para aposentar la comilona de cumpleaños infantil, con sus fantas y sus jumpers. Porque resulta que el show se queda tan corto, que merece la pena alargarlo respondiendo inocuamente a la consabida pregunta: ¿Dónde estabas aquel día? Con reparto tan joven, no queda más remedio que recurrir a los padres, mientras que Cruz relata lo suyo. Poquita cosa, un despiste nada inocente, puesto que se van proyectando preguntas torticeras y cobardes sobre la monarquía, sobre si el Rey actual debería continuar, etcétera. Al muñeco Juan Carlos lo han tenido sentado frente a los gusanitos toda la función. Ni siquiera se atreven a coger el toro por los cuernos. Lanzan la piedra y esconden la mano. Al final, la lección de anatomía se queda en los huesos. ¡Con la de tinta que se ha vertido sobre el tema!

23-F. Anatomía de un instante

Texto: Javier Cercas y Àlex Rigola

Dramaturgia y dirección: Àlex Rigola

Reparto: Pep Cruz, Eudald Font, Miranda Gas y Roser Vilasojana

Ayudante de dirección: Alba Pujol

Espacio escénico: Max Glaenzel

Diseño de sonido: Igor Pinto

Diseño de iluminación: August Viladomat

Diseño de vídeo: Amanda Baqué

Construcción del muñeco: Raquel Bonillo

Jefe técnico: Igor Pinto

Producción ejecutiva: Irene Vicente Salas

Una producción de Heartbreak Hotel |Titus Andrònic | Teatre Lliure

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 20 de marzo de 2022

Calificación:

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Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero

Àlex Rigola aborda la cuestión de la muerte con otra performance deslavazada en la estética de la autoficción

Ya no queda más remedio que quitarse el velo, apartar los marbetes esplendorosos, disolver las estelas del éxito y contemplar críticamente el suceso más allá del empaquetado, más allá del prestigio de La Abadía y más allá de la puesta de largo del 38º Festival de Otoño. Àlex Rigola ha emprendido un camino estético que ya se ha rastreado por esta página con su Vania, con su Enemigo para el pueblo y con esa función un tanto insignificante que se expuso hace unos meses sobre La gaviota, donde ya se intuía claramente que la senda recorrida no daba ya para más. Pero hete aquí que el dramaturgo quería quemar todas las naves de la autoficción y la puesta en escena rácana a más no poder. Ya directamente la representación teatral, lo de la propuesta dramatúrgica e, incluso, la ficción, quedan reducidos a la lectura y a la confesión con ínfulas sublimes. Mutatis mutandis, si cambiamos la sala de La Abadía por un palacio de congresos o un centro de eventos y anunciamos que ahí se va a discurrir acerca de cómo afrontar la muerte, pues pasaría por un acontecimiento divulgativo con aire conciliador. Puede que esta comparación resulte exagerada; no obstante, más exagerado puede resultar que tengamos que seguir considerando teatro todo aquello que transcurre en el recinto denominado teatro. Sigue leyendo

La gaviota

El renombrado texto de Chéjov se recarga con la autoficción en una propuesta que se adensa en la frialdad

Àlex Rigola sigue exprimiendo la fórmula. Desbrozar las obras, darles otro enfoque, trabajar con la esencia, circundarlas, atenazarlas y volverlas artefactos tan intelectualizados como ajenos a la vivencia experiencial dramatúrgica que pretende nuestra empatía, nuestra aprehensión holística. El dramaturgo lleva ya, entonces, unas cuantas propuestas que se acogen a estas características (y a otras, claro). Tomemos, por ejemplo, su Vania y Un enemigo del pueblo (Ágora) para comprender que continuamos en esa línea estética. Si La gaviota trata, fundamentalmente, del peso que el arte conlleva en la vida de los artistas; entonces, la sustancia, es ciertamente metaliteraria. Pero, como viene ocurriendo reiteradamente desde hace tiempo, el tamiz del metateatro debe irrumpir si uno anhela el aire macilento de la modernidad. Y sí, es ir un poco más allá, aportando la perspectiva de la autoficción. Por lo tanto, los actores se suben a escena para hacer, en gran medida, de ellos mismos; y el espectador tendrá que aceptar el trato sobre la ficción que tiene mucho de verdad en el pasado y en el presente de esos seres. Para parte del público, lo que cuentan puede tomarse como enteramente inventado; pero, para los teatreros, muchos aspectos sabrán que se ajustan a hechos verídicos que no podrán obviar. Sigue leyendo

Un enemigo del pueblo (ágora)

Rigola reduce la obra de Ibsen a su mínima expresión para debatir con el público sobre la democracia y el sufragio universal

Foto de Vanessa Rábade

Resulta muy difícil trasladar el planteamiento de Ibsen a este presente tan complejo en el que nos ha tocado vivir y, además, pretender que un caso local, con implicaciones muy personales que sitúan entre la espada y la pared a los afectados, pueda servir de ejemplo para evaluar a las democracias liberales de nuestra contemporaneidad. Caer en el reduccionismo y, por lo tanto, en el populismo y la demagogia es muy sencillo; y así ocurre. Esto ya lo comenté con otra versión que se presentó hace tres años titulada Stockmann (donde curiosamente también empleaban una pizarra como en esta ocasión utiliza Max Glaenzel en la rácana escenografía que presenta. La cuestión es que nos tienen que dar la lección en el aula). Al entrar en la sala nos encontramos con la palabra ethiké repartida en unos enormes globos. La remisión en griego a la ética, nos tiene que hacer pensar obligatoriamente en Aristóteles. Fundamentalmente por famosa Ética nicomaquea (donde se desgrana el valor de las virtudes y sus posturas teleológicas) y, también, por ser un filósofo que caracterizó la democracia a través de los conceptos de isegoría (igualdad a la hora de emitir una opinión) y de isonomía (igualdad ante la ley). Bien, pueste este montaje no empieza con la emisión de los pareceres, con el enfrentamiento de las ideas, con la concreción sobre los conceptos sobre los que se quiere dirimir. No. Aquí los sofistas, entre la algarabía, entre el chichisbeo del estreno, nos impelen a votar a través de las cartulinas que nos han repartido. «¿Creéis en la democracia?». Y la gente vota. Y nadie cuestiona nada. Sigue leyendo

Vania (escenas de la vida)

Àlex Rigola nos «encierra» con los cuatro personajes principales de la obra de Chéjov, para adentrarnos en la esencia de su angustia

Vania dialoga consigo mismo más allá de sus dramaturgistas. Mientras Daniel Veronese en Espía a una mujer que se mata «encierra» a los personajes del drama en un reducto de apenas unos metros cuadrados; Rigola «encierra» a sesenta espectadores en un gran cajón para toparse con cuatro actores que no renuncian a su nombre y que se aproximan al papel que les toca representar con una engañosa timidez. Lo verdaderamente trascendental de esta adaptación es la búsqueda denodada del poso existencial y, por lo tanto, esa casa de campo rusa, esa dacha luminosa que habitamos, es como un decantador catártico que da cuenta de lo esencial. En aquel 1899 en el que Chéjov publica su Tío Vania, cinco años antes de morir de tuberculosis, se concentran las síntesis del irracionalismo. O acaso no podemos percibir a Kierkegaard, con aquellos dos hombres sumidos en el denominado «estadio estético», buscadores de placer y entregados a la seducción. Sigue leyendo

Escena – Fin de temporada 2015-16

Un repaso por lo más destacado del mundo teatral en este último curso

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

Toca hacer recuento después de que haya terminado la temporada para muchos teatros, aunque una cantidad importante de salas continúe en la brega. Y como ha ocurrido en los últimos años, el arte dramático nos ofrece un reflejo y una perspectiva con los que poder analizar a nuestra sociedad. Por un lado, la crisis mantiene la destrucción en el sector con el cierre de espacios tan emblemáticos como Guindalera o proyectos como la Kubik. Por otro lado, se debe hacer una profunda reflexión sobre el momento creativo que vive el teatro en España que, en cierta medida, tiene mucho que ver con su público, tanto con el que asiste asiduamente como con aquel que o ha ido abandonando (por cansancio) o que nunca llegará a formar parte del respetable por falta de persuasión. Ni que decir tiene que este tema es verdaderamente esencial y antes morirá el teatro por falta de espectadores que por carencias económicas. Sigue leyendo

El público

Àlex Rigola lleva a Lorca hacia la esencia de su intimidad en una propuesta sublime, con exquisito cuidado y detalle

El público (2)Adentrarse en una obra como El público y en un autor como Lorca, en esa etapa que inició allá por 1929 hacia el surrealismo, implica una ensoñadora aventura que busca la intimidad de alguien en constante huida. No debemos hablar, en concreto, de lo que cuenta el texto, sino más bien de lo que quiere expresar. El público posee tantos estilos como capas se imbrican en la escena; desde su lenguaje conceptista, barroco, de evocaciones oníricas, que configura el mimbre del resto de niveles, hasta el metateatro, no solo porque se representa otra obra, Romeo y Julieta, sino porque se habla del hecho teatral, como si los personajes fueran críticos de su propio oficio, pasando por saltos en el tiempo y el espacio repletos de un sensualismo que hiere entre la manifestación sincera, la evidencia del amor en los hombres y la defensa de las pulsiones. Es, en definitiva, un cuadro cubista, una deconstrucción del mundo lorquiano y, en manos de Àlex Rigola, una experiencia estética montada con exquisito cuidado y detalle. Sigue leyendo

El policía de la ratas

La naturaleza del mal se cuestiona en el mundo de las ratas de mano de Àlex Rigola y los fantásticos intérpretes de su troupe

El policía de las ratas

El policía de las ratas parte de un relato del autor que más renombre ha logrado en los últimos años en lengua castellana, más, incluso, desde su muerte en 2003. A Roberto Bolaño le gustaban las indagaciones, lo demostró en 2666 o en Los detectives salvajes. Sus personajes buscan la respuesta a preguntas inconvenientes y en esta obra, que Àlex Rigola ha llevado a escena, la cuestión radica en la maldad, en su porqué fuera de las necesidades básicas.  Sigue leyendo