La villana de Getafe

El Teatro de la Comedia presenta una audaz versión de Lope de Vega con la energía de la Joven Compañía Nacional

La villana de Getafe - FotoHa resultado toda una sorpresa la disposición con la que se ha lanzado en barrena la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico con esta obra casi desconocida en las tablas de Lope de Vega (1562-1635). Es La villana de Getafe una comedia de enredo, seguramente escrita hacia 1613, época en la que se expulsa a los moriscos, tema lateral dentro de la obra, pero que queda patente de forma irónica. Si bien el armazón que sustenta la obra brota de los propios presupuestos que el dramaturgo expuso en su Arte nuevo de hacer comedias, es decir, lanzar varios hilos argumentales en los que se escenifique la vida de los diversos estamentos (nobles, criados, pueblo llano) con destino a un final feliz; en esta, sin ser nada revolucionario, descubrimos a una protagonista intentando el salto mortal de la peripecia zorruna. Inés, la villana getafeña, es tomada en cuerpo y alma por Paula Iwasaki, demostrando su madurez como actriz, sus capacidades para matizar y redondear personajes; debemos tener en cuenta que aquí se las tiene que ver con tres papeles en uno: de la propia villana, de criada de doña Ana y como indiano. Carga con gran parte del peso de la función aportándole agilidad y dominio. El noble donjuanesco que la conquista para dejarla con un palmo de narices es don Félix, al que da todo su desparpajo y desgaste físico, con una colección grandiosa de posturitas y ramalazos de señorito, Mikel Aróstegui (a su lado, el servicial Lope, un Marçal Bayona que va contribuyendo con gracia al proceder inextricable). La correspondida, una noble de la corte, es doña Ana, una pija cargada de lubricidad que también guarda sus bazas y que Ariana Martínez colorea con excitación.

En el ahondamiento de ruptura con las formas clásicas, Lope de Vega nos ofrece varios espacios, en una primera parte ─tras el encuentro sexual de las clases altas que se nos sirve como prólogo y exclusivo de esta versión─ nos hallamos en Getafe, en un taller en el que trabaja Inés con Pascuala, a la que Raquel Varela le da un toque macarra. Pulula por ahí el lógico pretendiente de clase, Hernando, interpretado por Carlos Serrano. Es, desde luego, un ambiente rural, cañero, marchoso, que contrasta estéticamente con lo que se nos viene en la corte, en Madrid. Fácil imaginarse la posible ubicación de tal casoplón geométrico en el que habitan la susodicha doña Ana, junto a su padre, Urbano, al que Sergio Otegui le da un aire entre displicente y chulesco; más el chófer, el recepcionista y el resto de sirvientes. En un tercer ambiente, nos encontramos en una de las derivas que complejizan algo el argumento; las posesiones de Fulgencia, en la que Pepa Pedroche se encarna con la necesaria ambición para «colocar» a su hija, doña Elena, otra posible pretendienta para don Félix y que Loreto Mauleón debe interpretar con apostura frente al vaivén de sorpresas. Puesto en todo este lío, aún se suma un postulante más que vivifica Pablo Béjar, para dejarnos un don Pedro dispuesto a aprovechar sus oportunidades. Debemos tener en cuenta que saltan a escena un total de diecisiete actores, en los que se percibe la mano virtuosa de Vicente Fuentes en la manera de recitar el verso.

La apuesta estética de Roberto Cerdá en la dirección, apoyándose en uno de los mejores y difíciles trabajos de adaptación de Yolanda Pallín, nos recuerda a esas grandes actualizaciones que hemos ido conociendo en los últimos tiempos, desde aquella Lástima que sea una puta de John Ford que nos regaló Declan Donnellan, hasta el último Hamlet que en estas mismas tablas lanzó Miguel del Arco, pasando por las shakesperianas Noche de reyes o La fierecilla domada de los Propeller. La labor de Ana Garay en la escenografía con esa estructura formada por cubos y prismas que nos van deparando todo tipo de aventuras, muchas de ellas veladas (una especie de multipantalla), a veces convertida en escaparate de intimidades, es formidable. Conjuga perfectamente con el vestuario que ella misma ha creado, entre las prendas callejeras en Getafe y el minimalismo estilizado en la corte. Al mismo tiempo, la iluminación de Pedro Yagüe es sobresaliente, de hecho, contribuye con todas las tonalidades fluorescentes a la propia narración, en consonancia con las muestras audiovisuales de Tolo Ferrá acentuando la presencia de los coches (un acierto visual) que, si ahora no lo son tanto, en el Siglo de Oro, desde luego, eran todo un símbolo de ascenso social; recordemos cómo se pone Inés cuando don Félix le promete uno («¿Para mí? ¡Válgame Dios! / Y que en la corte andaré / coche acá, coche acullá). Si algún pero debe ponerse en el aspecto estético es en las coreografías que se insertan a modo de transición, primeramente porque algunos movimientos danzísticos no se muestran suficientemente fluidos y, segundo, porque falta ilación con la trama. Un aspecto menor para un espectáculo absolutamente sorprendente.

La villana de Getafe que nos presentan surge llena de contrastes, no solo, por supuesto, porque mantenga gran parte del verso lopesco, mientras nos hacen creer que son nuestros contemporáneos; sino porque debemos comprender hasta qué punto se jugaba en la época con el concierto de matrimonios (en ciertos estratos hoy ocurre lo mismo, pero con otras sofisticaciones). Se firman contratos como en una partida de cartas fulgurante donde uno no termina de ver mejoradas sus posibilidades. Aderezado con una salacidad rayana en lo orgiástico y unas aspiraciones nasales propicias para los tejemanejes del alto standing. Todo ello a un ritmo de enredo que en el acto final adquiere un grado de confusión y divertimento extraordinarios. Efectivamente, con esta versión en la que se percibe alegría, pasión y entrega, el Teatro de la Comedia se sigue abriendo a nuevos públicos. Ahora solamente hace falta que les llegue la onda.

La villana de Getafe

Autor: Lope de Vega

Versión: Yolanda Pallín

Dirección: Roberto Cerdá

Reparto: Ariana Martínez, Mikel Aróstegui, Marçal Bayona, Raquel Varela, Paula Iwasaki, Carlos Serrano, José Fernández, Almagro San Miguel, Alejandro Pau, Miguel Ángel Amor, Loreto Mauleón, Nieves Soria, Marina Mulet, Alfredo Noval, Pablo Béjar, Sergio Otegui y Pepa Pedroche

Movimiento escénico y coreográfico: Marta Gómez

Composición musical: Mariano Marín

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Creación audiovisual: Tolo Ferrá

Iluminación: Pedro Yagüe

Escenografía y vestuario: Ana Garay

Producción: CNTC

Teatro de la Comedia

Hasta el 12 de junio de 2016

Calificación: ♦♦♦♦

Publicado originalmente en El Pulso.

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