Desde aquí veo sucia la plaza

Una obra sobre los atavismos impenitentes de la historia española sobre la escena del Teatro del Barrio

Foto de Nerea Castresana
Foto de Nerea Castresana

Comencemos por el principio. Desde 2002 no se tira ninguna cabra del campanario del pueblo zamorano de Manganeses de la Polvorosa (no confundir con Manganeses de la Lampreana que se sitúa a 50 km). Cuando se tiraba, el animal caía sobre una manta y después se recuperaba del susto triscando por el monte. De los años 90 para acá, esta tradición se ha convertido en el ejemplo máximo de la burricie española, y a los zamoranos, por extensión, en su paradigma. Hoy en día continúa utilizándose en ciertos dichos. Partiendo de que me parece estupendo que los quintos ya no hagan de las suyas, resultaba y resulta irrisorio que en una nación donde se le arranca la cabeza a gansos, gallos y otros animalejos, donde el toro, en casi todas sus variedades tauromáquicas, es maltratado y, en muchos casos, asesinado, se tome el «salto de la cabra» como el summum de lo cateto.

Pero esta solo es la anécdota en la que se apoya Chiqui Carabante para construir un libreto que se adentra en el espíritu de los tiempos ibéricos. Los temas y recovecos en los que se profundiza señalan y significan realidades de nuestra cultura que seguramente provocan risa (y mucha) porque se contemplan en una sala de teatro donde los urbanitas nos regodeamos con la planicie mental de los rurales. Con otro público, ya veríamos lo que iba a ocurrir; porque la obra puede, entonces, llegar a ser algo muy serio.

El dramaturgo dibuja una trama que parte del propio salto del caprínido hasta un final lógico dentro del esperpento que va amalgamando una historia de rencillas políticas en su jerárquica ridiculez, donde el caciquillo del pueblo quiere imponer su criterio y el alcalde luchar por la pervivencia amenazada de su tradición. Desde aquí veo sucia la plaza expone multitud de escenas que se van concatenando de la forma más fluida posible si tenemos en cuenta los medios de los que se pueden valer estas compañías en las salas alternativas. Esas escenas destacan por el detallismo con el que han sido elaboradas y los personajes tan peculiares que las llevan a cabo. Contamos con caracteres que van desde el típico oligofrénico producto de la endogamia que siempre destaca en las aldeas, hasta un danés del Consejo europeo que habla mejor castellano (aprendido en Estepona) que inglés los representantes españoles. Además, los protagonistas viven repletos de contrastes y curiosidades que los hacen interesantes y que favorecen la comedia, el desfase y la exageración. Podemos encontrarnos a un actor en horas bajas, medio deprimido, intentando infundir carisma al alcalde de Villanueva de la Faca, o a unas viejecitas, comadres, cotorreando mientras custodian la insigne manta receptora. Además, insistiendo en la originalidad que trufa la función, destaca la presencia de los tricornios azules, una especie de guardias civiles del futuro europeo.

El vaivén de modos y maneras que se descubren en escena con un ritmo desigual y sorpresivo es encarnado por tres actores sometidos a la impostación de voces, cambio de sexo, de nacionalidad, de edad, de estatus y hasta de animalidad. El que más gracia me ha hecho, precisamente por los matices que sabe imprimir a la cabra Clarita y a ese politicucho provinciano que adopta los modos de comunicación de sus mayores (habla a través de un prisma), es Vito Sanz. Font García es, esencialmente, el alcalde, y eso lo convierte en el protagonista principal y en la parte seria de la obra; quien debe atesorar el mensaje moral y el cuestionamiento de nuestras herencias. Y, finalmente, el flamante nominado a los premios Max en la categoría de actor revelación por esta obra, Juan Vinuesa, que se luce con una colección de individuos a cada cual más estrafalario. Acompañándolos, Pablo Peña pone la música y todos los sonidos necesarios en directo, desde el balido de la susodicha hasta los efluvios psicodélicos del propio salto.

Lo que tenemos, entonces, es una comedia enormemente divertida, original y con una sustancia en absoluto despreciable sobre el cuestionamiento a todas esas inercias culturales que nos deberían hacer sentir a todos vergüenza ajena.

Desde aquí veo sucia la plaza

Texto: Club Caníbal

Dirección y dramaturgia: Chiqui Carabante

Reparto: Font García, Juan Vinuesa y Vito Sanz

Espacio escénico: Walter Arias

Vestuario: Salvador Carabante

Diseño de luces: Nerea Castresana

Música en directo: Pablo Peña

Ayudante de producción: Lorena H. Tudela

Diseño gráfico: Fratelli Moca

Teatro del Barrio (Madrid)

Hasta el 3 de abril de 2016

Calificación: ♦♦♦♦

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