La comedia de Fran Nortes continúa con éxito en el Teatro Lara para sondear la corrupción política de España
La abundancia de comedias comerciales que caen en permanentes clichés y que apenas cumplen con las mínimas normas escriturales abarrotan ciertos teatros. Pero también es verdad que, a lo largo de los años, un pequeño grupo de obras sobresale por su ingenio, su viveza e, incluso, por su crítica social. Estas, además, se ganan el favor de unos espectadores tan diversos como numerosos. Por lo tanto, al menos, en una de sus acepciones, podemos certificar su éxito. Esto ha ocurrido con El secuestro, de Fran Nortes, un dramaturgo que ha triunfado con La extinción de los dinosaurios o con Cádiz. Sigue leyendo
Más allá de lo que pueda parecer y de cómo se ha promocionado abundantemente esta obra en sus diversas adaptaciones, el sexo no es ni lo importante ni el argumento principal. La infidelidad es el motor de esta comedia; sin embargo, tal y como se refleja, ser fiel es más una rareza. Si rascamos aún más, también podemos sostener que las relaciones de pareja están viviendo la mayor crisis conocida. Jóvenes y mayores se concitan en esta hecatombe y el descontento de una gran parte de la población no para de aumentar. Sube el consumo de pornografía igual que el anhelo de instantaneidad. Baja el erotismo en la misma proporción que la lentitud que implica construir algo valioso. De esto pretendía hablar Octavio Paz en 


Desde que la estrenara en 2016, esta obra, titulada Jacuzzi, del dramaturgo Yúnior García Aguilera, ha circulado por distintos países. Ahora se representa en la sala Lola Membrives del Teatro Lara. Una pieza que apenas alcanza la hora de duración y que deja la sensación de que las ideas más profundas y sensatas quedan fuera del drama en sí. Porque la trama discurre a través de un encuentro entre tres amigos que no llega a desbordar plenamente una vez se disponen los antagonismos políticos. Anunciemos ya que el autor opta por la peor de las decisiones posibles para concretarnos sus ideas particulares más allá de la obra que estamos viendo. Cuando está casi a punto de acabar la función, rompe la cuarta pared y se dirige directamente al público para soltarle una diatriba que podemos perfectamente comprender, y que nos apela con emoción; pero que resulta inaceptable para una obra teatral que pretende trazarse desde la ficción. En ese breve discurso, tan válido políticamente, descubrimos —si no lo conocíamos antes— a un disidente, como siguen saliendo tantos de Cuba, que ha debido abandonar su país; puesto que ha cruzado una de esas líneas que convierten tu vida en una existencia agónica. 
Indagar en uno de los personajes centrales del teatro español contemporáneo supone un claro esfuerzo por hallar un hálito de humanidad. Bernarda Alba representaba la reciedumbre más impositiva y destructora. Su estricta moral era un dechado de conservadurismo atroz, un anclaje a ideas y a tiempos que no cedía ni un ápice a la justicia y a la comprensión de cualquier derecho en sentido moderno. Pilar Ávila ha tenido la gran idea de situarnos al final de su vida, después de transcurridos ocho años desde aquel desgraciado suicidio de su hija Adela. Resulta interesante, podemos pensar —entre otras muchas cuestiones—, cómo una mujer tan fuerte es dominada tanto por las costumbres hasta el punto de ser, no solo absorbida por ellas, sino en convertirse en su adalid. 