A nosotros nos daba igual

Helena Tornero propone cinco historias cruzadas de jóvenes españoles descendientes de los inmigrantes que han llegado en las últimas décadas a España

A nosotros nos daba igual - Foto de Jesús Ugalde
Foto de Jesús Ugalde

Viene esta obra muy a cuento, porque refleja unas vidas que pueden servir de ejemplo de lo que muchos jóvenes españoles, descendientes de inmigrantes, con rostros, con cuerpos y con rasgos culturales diferentes a los de la mayoría perciben. Nacionalidad española en sus carnés, nacidos aquí, pero eternamente chinos (de China, o del país oriental que a cada uno se le pase por la cabeza en su ignorancia) o negros en su gama dermatológica demarcadora (o ponga usted la tez que considere y que es indicio de tropecientas mil elucubraciones). Si no es la piel, será el acento, el idioma, el pueblo, la ropa, la pasta, etcétera, etcétera. No obstante, aquí vamos a algo más concreto. La paradoja es que los cinco protagonistas, unidos por el concepto de «extranjeridad sostenida», forman un grupo heterogéneo que implica una mirada —más allá de lo que su civilidad y su razón les exija— que adem requiere preguntas entre sí. Incluso, ellos mismos, ha de pensar uno, también harán lo propio con aquellos con los que se topen y no «parezcan» de aquí. ¿O es mejor ir por el mundo sin prejuicios y no inquirir nada de nadie? Prueben a ir por la calle sin prejuicios, en el significado más claro del término, a ver cuánto tardan en llevarse el batacazo. Anulen su experiencia y su propio método científico, cancelen su lógica y su sentido común, ya se darán cuenta de cómo se mete verdaderamente la pata y se causa más daño. Y sí, tiene que ser una molestia enorme que la gente siempre piense que eres de fuera y te pregunte. Mala solución vamos a encontrar. Pero, se imaginan que nadie se interesara amablemente por saber de dónde viene —y todo lo que eso supone—, a un muchacho o muchacha que llega nuevo a un instituto, y así, a bote pronto, uno va a pensar (como ocurre tantísimas veces) que no es de «aquí». Todo esto no quita para que seamos conscientes de que en España se dan focos de racismo. Desde luego, no podemos permitir que esta absurdez se convierta en un problema generalizado. Que este montaje sondea estas perspectivas nos pone en alerta y nos compromete desde una serie de discursos, felizmente, no tendenciosos ni sesgados en demasía (un alivio). Personales, subjetivos y matizables, sí. Con este enfoque, Helena Tornero ha escrito un texto equilibrado, interesante y peculiar a través de una estética autoficcional; aunque, por lo visto, con más ficción de la que nos podamos imaginar. Verosímil, en cualquier caso. Sí que debemos reconocer que la estructura y los procedimientos teatrales que se adoptan, en primera instancia, antes de que podamos profundizar, pueden resultar un tanto cansinos para los teatreros. Este lenguaje del yo flanqueado de documentos que confirmen las elocuciones, ya lo estamos viendo demasiado en los escenarios españoles. Sin irnos muy lejos, puedo señalar Cluster y País Clandestino, obras corales con un dispositivo bien similar. Historias particulares intercaladas. Anecdotario general. Incursión biográfica. A nosotros nos daba igual posee un distanciamiento y un extrañamiento que la hace llamativa, pues la mayoría de los espectadores no reconocerán a esos individuos como «españoles», en el sentido, que quede claro, de lo que justamente denuncian en escena. Ser o no ser, esa es la cuestión. Y hay tantas formas de ser hoy en día, que el conflicto está garantizado. Así es nuestro país, moderno y avanzado, de cuarenta y siete millones de habitantes, con nuevos inquilinos allende los mares que antes eran anecdóticos, con una densidad de población en algunas localidades realmente apreciable (acepten que tener prejuicios en una ciudad de provincias con sus sesenta mil almas es irremediable. No veamos maldad, si no la hay). Por su parte, Ricard Soler hace un trabajo de cohesión muy consistente; ya que logra que todas las piezas fluyan de manera precisa desde el principio hasta el final. Para ello, se ha rodeado de un elenco que, afortunadamente, no está ahí solo por su aspecto. Poseen dotes; aunque falte un poco de rodaje. Ganan en la agilidad de sus movimientos por la escenografía que ha ideado Boromello, y que, en la búsqueda de la diafanidad, ha situado dos alturas (muy parecida a la escenografía de Diego Ramos que vimos en ese mismo espacio para la obra Antígona). Desde luego, da pie para que bailen, salten y creen atmósferas imaginarias de todos aquellos lugares que visitamos con ellos. Interpretando múltiples papales que surgen de improviso por doquier logrando mantener nuestra atención. Y como suele ocurrir con este tipo de espectáculos, la forma aplaca un tanto el contenido; porque cada relato podría tener su profundidad de manera individualizada; no obstante, el asunto no deja más que para atisbar problemas de mayor calado. Así lo descubrimos con Hai, interpretado por el bailarín (trabaja con Sol Picó) y coreógrafo Junyi Sun —cómo se afana corporalmente, es extraordinario, combinando algunos pasos con gestos propios de las artes marciales. Suyas son las coreografías que contemplamos y que recargan cada tesela—, nos deja patente la idiosincrasia china (cualquiera que conozca mínimamente a esta comunidad entenderá que algunos estereotipos se cumplen bastante). Asimilar la cultura española y desprenderse de la china, es un movimiento del todo abrupto. Con él hallamos la importancia de los progenitores, de los familiares, cómo una visita al país oriental lo dispone hacia la extrañeza total, hacia el enmascaramiento y hacia la búsqueda de pareja (en España, la cosa está complicada). Choques culturales muy interesantes que también dicen mucho de las costumbres españolas frente al mundo. Con otra visión viene Neus Ballbé, que hace de Juana y nos habla de los Conguitos (es ya un tópico del acoso escolar, con mayor o menor grado de intensidad), y de República Dominicana. Nos quedamos con las ganas de poder ahondar más en la disputa familiar, y en las sospechas del pasado esclavista. Creo, en este sentido, que Tornero encaja dos asuntos bien diferentes; pero que resultan un pegote. El primero tiene que ver, precisamente, con esa documentación de tropelías sobre el esclavismo español. Una ristra de hitos que expone rauda e irónicamente más como un guiño, una indirecta que como una acusación o exploración dramatúrgica con una consistencia crítica. El segundo serían los textos clásicos que trufan la propuesta. Escuchamos a Calderón, a Lope o a Claramonte con El valiente negro en Flandes, que interpretó en su momento Nacho Almeida (a quien recuerdo en Romeo y Julieta, Estrellas cruzadas). Se entiende la idea; aunque pienso que es más otra queja, que un desarrollo problemático. El actor es quien más muestra su pesar, en el desenlace, sobre el habitual hecho de tener que interpretar a narcotraficantes, manteros, etcétera. Él, claro, (quién no) anhela meterse en la piel de Segismundo, de Hamlet… El tiempo, como ocurre en otros países con mayor mezcla que el nuestro, irá permitiendo una realidad más variada y compleja; entonces, en aras de la pertinaz verosimilitud exigida en la mayoría del cine y de las series (algo menos en el teatro, pero poco menos) será más «normal» que otras «pieles» y otros rasgos ocupen otras posiciones. La historia inmigratoria española es corta. En cuanto a Beatriz Mbula, con el personaje de Alma, hay que reconocer que es una pena que no se detalle más aquella brutalidad de Macías, cuando ordenó matar a maestros y profesores en Guinea Ecuatorial en su lucha «antiintelectual». En otro camino se encuentra Zaida, una sevillana con ancestros marroquíes, que María Ramos acoge con potencia oratoria. Con ella se quiere mostrar parte del mundo árabe; pero, curiosamente, apenas se reflejan los aspectos religiosos, cuando para una gran parte de estos jóvenes es un tema de gran trascendencia. Mucho más si viaja hasta Marruecos para visitar a sus abuelos, primos, etcétera. Sinceramente, es uno de los relatos que más me descoloca. A pesar de ello, ya digo, cada historia daría para penetrar hasta vericuetos imposibles con cada uno de ellos, y entre ellos mismos (algo que aquí no se cubre). Esta es ya, definitivamente, nuestra nueva realidad en España y así será para siempre. Todavía, pienso, nos encontramos en un periodo de transición, y es lógico que los hijos de aquellos que han venido en las últimas décadas desde otros lugares del planeta, se sientan «desencajados» cuando reciben las habituales preguntas sobre su origen. Valga esta obra teatral para sondear su terreno.

 

A nosotros nos daba igual

Texto: Helena Tornero

Dirección: Ricard Soler

Reparto: Nacho Almeida, María Ramos, Neus Ballbé, Junyi Sun y Beatriz Mbula

Escenografía: Monica Boromello

Iluminación: Adriá Pinar

Vestuario: Gelsomina Torelli y Anabela Rolanda Lubisse

Sonido: Lucas Ariel

Vídeo: Elena Juárez

Coreógrafo: Junyi Sun

Ayudante de dirección: Inés García

Una producción de Teatro Español y Teatre Nacional de Catalunya.

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 4 de julio de 2021

Calificación: ♦♦♦

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Una noche sin luna

Juan Diego Botto se pone y se quita la máscara de Lorca para arrastrarnos a un espectáculo tan atrayente como populista

Una noche sin luna - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

San Federico García Lorca vuelve a subir a los escenarios para iluminarnos con el ejemplo de su mirada, para avisarnos de lo que puede ocurrir si no estamos atentos a las señales siniestras. Lo paradójico es que se nos imponga un farsante que juguetea con la máscara irónica de la bonhomía y de la pureza moral. Uno ya tiene claro que Sergio Peris-Mencheta ha entendido cómo funcionan las industrias audiovisuales y escénicas, pues está instruyéndose en Estados Unidos (véase lo que ha hecho con Lope en Castelvines y Monteses). Y entre lo que comprende y lo que anhela artísticamente, se estira más hacia el riesgo o se encoge más hacia el público complaciente. Tiene la inteligencia y la ambición necesarias para perfilar el producto idóneo, para que su prestigio se siga agrandando y para que sus excesos, a veces, maximalistas, no lo arruinen. Ganarse al respetable con la biografía espiritual del poeta granadino es harto fácil si se tiene cintura. Siempre se juega en casa y uno se conoce el desenlace de memoria. Sigue leyendo

El silencio de Elvis

Sandra Ferrús trata el tema de las enfermedades mentales y su falta de apoyo en la Sanidad Pública en un drama algo superficial

El silencio de Elvis - Foto de Paula Pinon
Foro de Paula Pinón

Es absurdo, por supuesto; pero una metedura de pata (me corto, claro) de un diputado en el Congreso, puso sobre la mesa —y parece que para quedarse—, la realidad sobre los trastornos y las enfermedades mentales; aunque la iniciativa partía de Errejón, quien ha tomado la cuestión como uno de los pilares de su programa. Cualquiera que trabaje, por ejemplo, en un instituto, ha comprobado cómo la pandemia —y lo que esta conlleva— ha multiplicado las incidencias psicológicas y siquiátricas en los adolescentes. Esto venía de atrás, no obstante, ahora se ha acelerado. Por lo tanto, viene muy a cuento recuperar esta obra que Sandra Ferrús presentó en 2018. La dramaturga estrenó hace unos meses su segunda pieza, La panadera. Sigue leyendo

La plaga

La compañía Caramala desembarca en el Matadero para dar rienda suelta a sus peripecias cómicas a través de una sátira escolar

La plaga - Foto de Daniel Garrido e Isaías Sadaña
Foto de Daniel Garrido e Isaías Sadaña

Uno de los grandes atractivos de esta propuesta es que venga avalada por la dirección (y parte de la autoría) de Chiqui Carabante, pues él está detrás de la descacharrante trilogía Crónicas ibéricas (Desde aquí veo sucia la plaza, Herederos del ocaso y Algún día todo esto será tuyo). Pero hay que reconocer que La plaga, aunque posea gestos humorísticos que se mueven en el absurdo y en lo paradójico ahondando en el costumbrismo, es una pieza algo limitada en su despliegue textual y dramatúrgico. Vaya por delante que la sensación general es que observamos una trama que daría más para una pieza breve que para un espectáculo de más amplio recorrido; porque se percibe un argumento alargado en subtramas que no dan suficiente de sí. Esto lo vemos en la falta de desarrollo de algunos personajes secundarios, como alguna alumna que reforzara a la auténtica protagonista. Y es que la revolución que se atisba, tan solo se insinúa. Y, lo que resulta más llamativo, que, como podrá observar el espectador, no se produzca algún tipo de acontecimiento cuando se opta por la solución draconiana de raparle la cabeza a toda la chavalería (no vaya a ser que se tuvieran que ir de cuarentena a casa con sus mamás. Horror). En fin, rasurar melenas de niñas sin que se monte una hecatombe. Sigue leyendo

Levante

Carmen Losa presenta una obra sobre el amor de dos muchachas en los años treinta en un pueblo de Extremadura

Levante - Foto de Eduardo Diéguez
Foto de Eduardo Diéguez

En los últimos tiempos el cine español ha presentado una gavilla de películas ambientadas en la guerra civil que, al menos, en cuanto a la susodicha ambientación —y concretando en el entorno rural—, realmente han ofrecido una factura más que notable. Me refiero, claro, a Incierta gloria o La trinchera infinita, entre otras. Y es que uno espera que el Teatro Español se acoja al modelo del crudo realismo, y no a la luminosidad o embellecimiento propios de las teleseries que transcurren en los años treinta. En cuanto a la referencia temática aquí resulta ineludible el film de Coixet, Elisa y Marcela; pues de amores lésbicos tratamos. Aunque, como veremos, aquellas disfrutaron más de su opción sexual que las que contemplamos aquí sobre las tablas; porque la obra de Carmen Losa es, entre otros aspectos, pacata hasta decir basta. Digamos, tajantemente, antes de continuar, que Levante es un montaje frío y anticuado, y que solo se puede disfrutar superficialmente por un público acostumbrado a que delante de sus ojos se sorteen torticeramente conflictos de enjundia, ya sean políticos, sociales, religiosos o morales. Sabemos que todo transcurre en el pueblo pacense de Salvatierra de los Barros, célebre, como anuncia su nombre, por su alfarería (ausente esta, en esta propuesta). Deberíamos imaginar una zona con altas tasas de analfabetismo, con una población ínfima, con un campo destinado a la supervivencia y con un habla extremeña particular. Ni uno solo de los nueve personajes (ni tampoco de las voces que se llegan a escuchar de algunos hombres) muestra rasgos lingüísticos propios de esta zona; es más, hablan un español estándar claro y diáfano (como el que encontramos en la televisión, para deleite del telespectador sestero). Y eso que hablamos de personajes con muy poca instrucción escolar, como se llega a señalar. Es cierto, que en algunos momentos el texto se quiere poner lirizante, como un remedo de Lorca; pero el costumbrismo y el realismo priman. Estamos inicialmente en 1931. Es un pueblo; no obstante, parece un lugar no lo suficientemente verosímil. La escenografía de Juan Sanz está compuesta de una serie de paneles (sostenidos con unas escuadras con ruedas muy poco vistosas) que van creando distintos espacios y que sirven con sencillez para marcar los límites de las estancias. Desde luego, la iluminación de José Manuel Guerra es excesiva y no llega a incidir en la lógica oscuridad de aquellas viviendas tan humildes. En cualquier caso, se nos traslada esencialmente la historia de dos muchachas que se gustan. No diremos que se enamoran; puesto que la falta de pasión que traslucen, únicamente se puede tomar como cariño de amigas. Ni que tampoco sufren tanto acoso para lo que uno podría imaginarse, como se escenifica en una obra de características similares como es Juguetes rotos, de Carolina Román. Y es que uno de los mayores problemas que encuentro en esta función es que las protagonistas no evolucionan. Parece que en ellas no pasa el tiempo, que no terminan de madurar como era de esperar, y más para mujeres de aquella época y que se han quedado no solo huérfanas (qué poco sienten las muertes de sus madres), si no bastante solas. Hablamos de un tiempo en la obra de casi diez años y siguen como si nada; incluido su impertérrito peinado. Ahí está Candela Arestegui haciendo de Susana, a quien descubrí en #LaIRA (como otras actrices de este elenco) que se expresa con espontaneidad juvenil; pero que se queda anclada en ese tono ingenuo; aunque se case y se ocupe de un hogar ruinoso y desabastecido por la pobreza. Por su parte, Ana Lucas, que hace de Inés, ofrece una gama de matices mucho más consistente, y creo que es ella quien saca adelante la función con su talante taciturno y esa capacidad para contener las emociones. Desde luego, realiza un gran trabajo. El primer acto resulta, como afirmaba, demasiado ingenuo y bastante esquemático en cuanto que se nos quieren trasladar enseguida las directrices propias de la época, a saber: contraer matrimonio casi con el primero que lo pretendiera, tener hijos, ser hacendosa, ignorar la escuela y ocuparse de la fe. No obstante, en Levante, la religión está casi ausente y no parece razonable; por mucho que haya llegado la República. La posición de las mujeres era esta y los atisbos de rebeldía apenas tienen continuidad hasta que no queda más remedio. En el primer acto, nos enteramos de oídas de algunos detalles que no permean lo suficiente. Que hay un cacique, Esteban. Que hay dificultades económicas; aunque no tantas como habrá después. En definitiva, no se prepara el terreno con la profundidad necesaria para introducirnos en el segundo y en el tercer acto, cuando la obra va mejorando. Principalmente, porque llega la guerra y los aprietos parecen concretar las posibilidades existenciales. De todas formas, si el amor lésbico de las jóvenes debe ser el meollo del asunto, nos vamos a quedar con las ganas de un desarrollo romántico verdaderamente sugerente. Con un par de besos en los labios y otro par de abrazos se solventa la cosa. Sosería importante. Fulgor gélido. También gana en interés el papel que interpreta Teresa Hurtado de Ory. Típica maestra republicada de izquierdas, que viste pantalones, confiada en su labor imprescindible y, además, colaboradora con el bando popular en funciones de logística. Es un personaje que la actriz lanza con ese encanto de mujer segura, que no está para ofenderse por niñerías, y que expele confianza y pragmatismo. Es una pena que tenga pocas líneas; no obstante, también es cierto que un poco más y les come el terreno a las dos protagonistas. Me ha llamado la atención que escuchemos la frase (tiro de memoria) «los fascistas también quieren la libertad; pero solo para ellos»; aunque que no forma parte del texto original. Así que hemos de pensar que es un guiño de Carmen Losa a los acontecimientos ocurridos en Madrid durante las últimas elecciones (y algo más). Puesto que este es un texto trufada de gestos hacia la visión feminista de la autora, pues recrea las diferencias entre hombres y mujeres, para que queden claras. De la misma forma, que se nos ofrece una visión desde el bando izquierdista, desde la pedagogía o la moral (el propio amor de las chicas tomado con bastante naturalidad, sin que suponga un conflicto agónico e insuperable). Prácticamente el resto del elenco tiene una función accesoria; quizás podemos encontrar en Lola Casamayor, un ejemplo de experiencia similar a lo que están viviendo estas muchachas. La actriz dispone su generosidad y da consejos entreverados de misterio. Sin embargo, Yolanda Arestegui, la madre, cumple con el sencillo estereotipo de transmisora patriarcal. Por su parte, Jose Lamuño, que se queda con el pretendiente, y luego marido, Jeromo, procede con templanza. Es un noblote agricultor, determinado por ideas muy básicas. Ni siquiera toma las riendas con fortaleza para acabar con los entresijos deshonrosos de su mujer. Se agita lo justo, le falta personalidad, a pesar de su adhesión a la contienda para defender a los de su clase. El resto de intervinientes, como las amigas, Leyre Abadía que hace de Isabel o Lucía Aristegui que se encarna en María; o Iñaki Salcedo, que interpreta a Paquito, un buen joven, puntualizan con sus frases las distintas escenas con buen hacer. Viene esta obra acompañada por una música compuesta por la propia Carmen Losa y Mariano Marín que, excepto cuando remarca cinematográficamente ciertos momentos de tensión, logra colorear el espectáculo con tonos melancólicos. Levante se convierte en metáfora de esperanza, la zona por donde encontrarán el camino de huida para llegar a Francia por mar. Pero uno tiene la sensación general de que la propuesta no se mete a fondo con todas sus capas, y al final queda como un relato costumbrista muy suavizado.

 

Levante

Texto y dirección: Carmen Losa

Reparto: Yolanda Arestegui, Lola Casamayor, Candela Arestegui, Jose Lamuño, Ana Lucas, Iñaki Salcedo, Lucía Arestegui, Teresa Hurtado de Ory y Leyre Abadía

Escenografía: Juan Sanz

Iluminación: José Manuel Guerra

Vestuario: Maite Álvarez

Música original: Mariano Marín y Carmen Losa

Ayudante de dirección: Irene Gómez

Una producción de Descalzos Producciones y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 13 de junio de 2021

Calificación: ♦♦

Amor, amor, catástrofe

Julieta Soria firma esta obra sobre el amor secreto del poeta Pedro Salinas con la profesora estadounidense Katherine Whitmore

Amor, amor, catástrofe - FotoEn otras ocasiones, hemos contemplado sobre el escenario propuestas sobre escritores donde se intentaba poetizar el drama aprovechando recursos escenográficos y musicales. Así fue, por ejemplo, el caso de Lorca, la correspondencia personal. La cuestión es que, en el montaje dirigido por Ainhoa Amestoy, desde el punto de vista estético, nos quedamos entre dos aguas. Ni termina de ofrecerse un espectáculo sensorial definitivo que nos inocule el sentido profundo de la célebre trilogía del poeta (La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento), ni se contextualiza de manera consistente la relación amorosa del escritor con su alumna americana, precisamente porque apenas los distinguimos conviviendo o dialogando más allá del flirteo permanente. Saltamos en un visto y no visto de Madrid a Santa Pola y del Smith College en Northampton a Barcelona pasando por Alicante o Santander. Sigue leyendo

La casa de los espíritus

Carme Portaceli y Anna Maria Ricart ponen en marcha esta excelente adaptación de la novela de Isabel Allende en el Teatro Español

La casa de los espíritus - Foto de Jesús UgaldeEl tándem Portaceli-Ricart continúa su andadura con una nueva adaptación de una novela firmada por una mujer y de claro impulso feminista. Tras Mrs. Dalloway y Jane Eyre, con La casa de los espíritus han ido más allá y han apostado por un texto, que verdaderamente es difícil llevarlo a las tablas debido a su extensión y por esa cantidad enorme de personajes y de historias que se entreveran en tiempos y en múltiples circunstancias. Y, principalmente, porque es una novela muy narrativa; ya que contiene muy pocos diálogos, con lo que el lenguaje dramático queda más alejado. Sigue leyendo

Puertas abiertas

Cayetana Guillén Cuervo y Ayoub El Hilali protagonizan esta historia difusa de Emma Rivarola con el terrorismo islamista de fondo

Puertas abiertas - Foto de Joan Riedweg
Foto de Joan Riedweg

¿No están ustedes, teatreros de más o menos intensidad, hartos de que les vendan lo que no va a ser? Hace unos meses, en esta misma sala Margarita Xirgu del Español, ocurrió algo parecido con Siveria, pues lo que se anunciaba como una obra sobre la defensa de los derechos LGTBI+, luego el asunto quedaba de soslayo. Ahora, volvemos a la carga con Puertas abiertas, y lo que inicialmente puede llegar a ser un conflicto acerbo sobre el terrorismo islamista y sus «fundamentos», se convierte en un compendio de temas de aquí y de allá, que por falta de profundidad carecen de interés. Lo paradójico es tratar del miedo al otro, desde el miedo al espectador (que no a la crítica, porque esta a nadie le importa). Y cuidado, que ni siquiera creo que sea un miedo a su rechazo moral o intelectual, sino más bien a su aburrimiento. Cuando el 13 de noviembre de 2015 la sala de conciertos Bataclan, situada en el IX Distrito de París, se vio atacada por varios terroristas armados con kalashnikov, los cuales asesinaron a 90 espectadores (más todos aquellos ciudadanos que murieron en los alrededores también por disparos, hasta sumar en total las ciento treinta víctimas), surgió en Twitter el hashtag #portesouvertes (Puertas abiertas). Sigue leyendo

Ira

Julián Ortega presenta un texto de humor negro con tintes fantasiosos que, además, protagoniza junto a Gloria Muñoz

Ira - Foto
Foto de Javier Naval

Más allá de estilos, existen dos tipos de comedias, las que anhelan a través del humor transgredir convenciones, satirizar costumbres o atacar al poder (entre otros intereses trascendentales) y las que únicamente buscan la risa como forma de divertimento. Perfilar una del primer tipo siempre ha sido harto complejo; pero hoy es un ejercicio, nuevamente, de conflicto, sobre todo, social, más que político. Ira, en algún instante, parece que desea ir más allá; pero al final no se atreve a dar el paso y se queda en el mero entretenimiento destinado al olvido. Julián Ortega dispone una serie de elementos antagónicos para provocar el choque, incluso traza unos paralelos irónico-alegóricos; no obstante, termina por ser una comedia de situación con permanentes guiños al entramado seudorreligioso que elabora. Desde luego, ni los cristianos más acérrimos se inmutarán, a pesar de que se estrene en plena Semana Santa. Sigue leyendo