Queen Lear

Juan Carlos Rubio enmienda a William Shakespeare con otro de esos cambios de sexo de nuestra modernidad para no alcanzar una cumbre más sugerente

Queen Lear - Foto de Virginia RotaCuando Lluís Pasqual ciñó la corona a la Espert y Ricardo Iniesta hizo lo propio con Carmen Gallardo, en la versión de Atalaya, los espectadores se confiaban a un personaje, no se cuestionaban si era hombre o mujer, sino que evidenciaba una serie de fulgores como la ambición de poder, la exigencia de lealtad hasta el final y, si se quiere, amor. Sin embargo, esto de Juan Carlos Rubio me huele a impostura modernilla, a estar con lo que pita, a arrimarse al feminismo quejoso que nunca tiene suficiente en ningún ámbito. Es decir, si quieres jugar a la perspectiva femenina, danos algo que no esté en Shakespeare y que justifique el trastoque. Poco encontramos que mejore o enmiende el original, o que nos haga reflexionar en otras posibilidades de ahondar en los vicios más nefastos y autodestructivos. Sigue leyendo

Los nocturnos

Magüi Mira dirige en el Teatro Español esta obra de Irma Correa sobre la apasionada relación entre George Sand y Chopin

Los nocturnos - José Alberto Puertas
Foto de José Alberto Puertas

Escapar de la representación naturalista, que intente rehuir la verosimilitud y que, a su vez, logre trasladarnos un mundo de sentimientos genuino y peculiar, resulta bastante difícil si el contexto de aquella primera mitad del siglo XIX en París, inmerso aún en el Romanticismo, era tan determinante. Por eso, un encuentro casi fantasmagórico en esa escenografía de Curt Allen Wilmer y de Leticia Gañán marcada por el brillo insolente del vinilo, entre Chopin y George Sand, se deshilacha enseguida si los códigos de conducta se aproximan hacia nuestra contemporaneidad. Más todavía si Marta Etura compone su personaje desde un erotismo cargado con esa insistencia inicial sobre su condición de mujer que se travistió en hombre («en el tiempo en el que yo crecí una mujer que llevaba pantalones era una mujer extraña»), seudónimo incluido, para que su literatura pudiera competir en las librerías y en los salones sin el marchamo blando y estereotípico de lo femenino. Sigue leyendo

Esta noche se improvisa la comedia

Ernesto Caballero aprovecha la obra de Pirandello para criticar metateatralmente la escena contemporánea

Esta noche se improvisa la comedia - Foto de José Alberto PuertasCuando el teatro agoniza de pirandellismo, acercarse a Pirandello es necesariamente una distorsión irónica de los presupuestos metateatrales que para nosotros son cervantinos y, después, unamunianos. Vivimos en la broma infinita, en los albores del metaverso, en la realidad aumentada, en la virtualidad omnipresente y en el trastoque de nuestra verdad; porque todo lo real ya no es racional; aunque siga siéndolo. En definitiva, se ha explotado tanto el juego del sí que no con esto de la metateatralidad que parece que ya no tenemos escapatoria. Por lo tanto, la metateatralidad al cuadrado o al cubo o a la enésima potencia debería quizás cerrar la etapa, y qué mejor que hacerlo con una de esas obras que han dado pie a ello. Ya que Ernesto Caballero ha versionado con gran inteligencia Esta noche se improvisa la comedia para realizar una crítica (y también una autocrítica, si repasamos algunas de sus direcciones en los últimos tiempos) a los excesos y clichés más que asentados y reiterativos de ese cajón de sastre del postdrama.

Ha contado con un elenco tan versátil y variado como generoso en sus dotes cómicas. Desde el comienzo se sondea ese permanente vaivén entre el fingimiento de que todo está preparado —como, de hecho, lo está, salvo algún gesto que se cambia en cada función para darle más viveza, como puede ser saludar a alguna celebridad auténtica en el patio de butacas— y la posibilidad de que esos intérpretes se deshagan de tan endebles personajes y pregonen su propia personalidad. Por eso, los primeros embates me parecen magníficos, aunque no sean muy dinámicos, de hecho, el estatismo prepondera y es con el exabrupto inesperado con el que se logra una comicidad extraordinaria. En esto se lleva la palma Natalia Hernández, una actriz que está más que acostumbrada a este tipo de humor, pues es una habitual de los proyectos de Alfredo Sanzol, y este bebe de esa tradición basada en el golpe de efecto y la paradoja. Hace de madre en la obra Leonora, adiós, que es la que deben representar, y que tiene como tema fundamental los celos. Evidentemente, todo es de una confusión tremenda y las interrupciones imparables. Todo lo comanda Joaquín Notario con mucha afabilidad, divirtiéndose con su ocurrencia —el discurso, precisamente, donde se engola con las proclamas esperpénticas de la posteatralidad es uno de los momentos cumbre— y devanándose los sesos para convencer a su compañía y a todos los espectadores de que ahí está transcurriendo un hecho inédito, que de verdad se está creando la obra delante de nosotros, no por pura repetición de lo aprendido; sino por puro genio de la improvisación. Y mira que los arrastra. Destrozan el italiano y llevan la tópica gestualidad napolitana o siciliana hasta el esperpento, como si quisieran astracanar a Eduardo de Filippo. Por su parte, Paco Ochoa, que se queda con el rol de marido, sufre la furia de su esposa y desarrolla un patetismo risible y redondo, sobre todo, cuando más adelante se ve envuelto en una trifulca en un cabaret al que acude, porque está enamorado de la vicetiple.

Hay que insistir en que la manera que tienen de moverse —aquí la dirección de Caballero es inmejorable por todo el escenario como si fuera un rodaje de una película con tomas que deben repetirse una y otra vez, nos mantiene atentos ante la incertidumbre. También es cierto que el versionista llega a unos límites tan estrafalarios que te pueden echar para atrás. Principalmente con dos. El primero, poner a bailar a todo el elenco el «Dale, Don, dale», de Don Omar, y que uno comprenda que es un gag ya viejuno y muy repetido (aquello de poner a bailar a gente seria y anticuada, algo de lo más moderno). No diré que no hace gracia ver a alguno darlo «todo», como a Ainhoa Santamaría, quien vuelve a desarrollar su vis humorística con ese tono de ñoñería y timidez impostados que le sale tan bien. Su futuro marido, Jorge Basanta es quien me parece que discurre por otros derroteros y está fenomenal en ese segundo sketch desaforado, cuando se disfraza de Maradona, porque alguien lo ha mentado, en lugar de a la Madonna. Esta herejía está excelentemente traída; puesto que no deja de ser un guiño a esa religión tan peculiar creada en torno a la figura del futbolista argentino y que fue auténticamente adorado en Nápoles (véase la última película de Sorrentino, Fue la mano de Dios). El actor, además, dispone a lo largo de la obra una pose irónica que después se transforma en una furia insolente. Me refiero a esa parte, al final, cuando el montaje se enlentece y se pone excesivamente serio, largo y tedioso; cuando se aparta de la supuesta improvisación y el grupo demuestra que es capaz de actuar con firmeza y profesionalidad (nadie lo puede dudar). Luego, Ana Ruiz, quien hace de Totina, se mueve con mucha soltura en la tesitura paródica de la diva operística. Y, finalmente, Felipe Ansola, me ha parecido todo un descubrimiento, pues le mete una virilidad con tintes de ingenuidad que baja a tierra muy compensadamente la dimensión grotesca del resto de personajes.

Además de todo ello, el divertimento se engrandece con la escenografía de Monica Boromello, quien ha sabido crear nuevas cuartas paredes para que la sempiterna cuestión de la realidad y de la ficción se dirima en la verosimilitud.

Este regreso a uno de los orígenes de la metaliteratura moderna emprendido por Ernesto Caballero me parece muy válido; aunque contiene el impedimento de la reiteración. Al final, el drama se tiene que materializar en algo y si continúas con la cuita improvisatoria durante mucho tiempo, el efecto sorpresa se desgasta y la reflexión sobre el tema se consume. En cualquier caso, lo más persuasivo, más allá de la labor actoral, es el contenido crítico sobre un tipo de teatro que ya no da más de sí.

Esta noche se improvisa la comedia

De: Luigi Pirandello

Versión y dirección: Ernesto Caballero

Con: Felipe Ansola, Jorge Basanta, Natalia Hernández, Joaquín Notario, Paco Ochoa, Ana Ruiz y Ainhoa Santamaría

Diseño de espacio escénico: Monica Boromello

Diseño de iluminación: Paco Ariza

Diseño de vestuario: Beatriz Robledo

Ayudantes de dirección: Pablo Quijano y Miguel Agramonte

Asesoría artística y colaboración en la dirección de actores: Fernanda Orazi

Una coproducción de Lantia Escénica y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 17 de julio de 2022

Calificación: ♦♦♦

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La casa de Bernarda Alba

José Carlos Plaza regresa al clásico lorquiano para mostrar una propuesta un tanto convencional en el Teatro Español

La casa de Bernarda Alba - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Ya es imposible decir nada significativo sobre una propuesta de aspiración canónica como la que vuelve a mostrar José Carlos Plaza en el Teatro Español, después de que ya presentara su visión del clásico en este mismo espacio en 1984. En aquella ocasión, la oscuridad era preponderante en una casa ideada por Andrea D´Odorico, que daba cuenta del estatus elevado —dentro de ese ambiente rural— de la familia. Para el momento que nos incumbe, la escenografía y la iluminación resultan muy determinantes de las sensaciones que nos provocan. Paco Leal se apoya en un apunte del propio Lorca para lanzarse con esas ninfas desdibujadas que danzan al fondo sobre la pared. Sigue leyendo

Malvivir

Aitana Sánchez-Gijón y Marta Poveda dan brío inconmensurable a la picaresca española a partir del texto que firma Álvaro Tato

Malvivir - Foto de David RuizMi desconfianza inicial partía de las fotos. En el mal gusto de presentar así a unas pícaras en un cartel tan anticuado. Y no es que siempre los textos del barroco tengan que ilustrarse desde el realismo más sucio; sino que aquí se nos avanza una mezcla de vestuario que parece una insensatez. Porque da la impresión de que Tatiana de Sarabia ha intentado acercar al público actual a las pícaras de entonces y las ha vestido como si fueran una especie de superheroínas con unos trajes verde esperanza bastante ajustados que las convierten en unas bufonas de alguna baraja de Fournier, y luego como detectives, como si fueran Blacksad o El gato con botas. Sigue leyendo

La bella Dorotea

El Teatro Español recupera obra del dramaturgo madrileño Miguel Mihura. Una historia sencilla en la que prima el humor absurdo y la rebeldía de su heroína en el chismoso ambiente de un pueblo costero

La bella Dorotea - Foto de José Alberto Puertas
Foto de José Alberto Puertas

En primera instancia, no parece que «actualizar» La bella Dorotea, estrenada en 1963, situándola en los años setenta, sea suficiente como para que nos pueda decir algo que no resulte tan ingenuo como caduco. Y eso que el tema del chismorreo y el critiqueo generalizado se ha revitalizado en los últimos años debido al uso patológico de las redes sociales. Pero Amelia Ochandiano se ha quedado en una década que estéticamente se nos hace pop y nos colorea la ferroviaria costa cantábrica. Por lo tanto, el entretenimiento naíf se impone sobre un texto que ha envejecido mal. Esto ocurre, desde mi modesta opinión, porque lleva un ritmo interno muy desigual, y el humor que se destila requiere en nuestras acostumbradas percepciones audiovisuales una vivacidad insolente que en el Teatro Español decae en el suceder de las escenas.  Sigue leyendo

Erresuma / Kingdom /Reino

Una antología de atrocidades extraídas de las tragedias históricas de William Shakespeare se presenta en las Naves del Español en Matadero. Un espectáculo carente de hilo conductor y arrojado a la pura provocación de la sangre

ERRESUMA KINGDOM REINO EG CASTELLANO
Foto de Moreno Esquibel

Diría que es mala suerte que el prestigioso director belga Jan Lauwers presentara su Billy’s Violence precisamente en el Matadero hace unos meses. El espectáculo, que giró por algunas ciudades españolas, era una sanguinolenta demostración de las atrocidades que aparecen en las obras de Shakespeare, centrada principalmente en las víctimas femeninas. Ahora Calixto Bieito presenta su montaje Erresuma / Kingdom / Reino para hacer algo muy parecido en fondo y en forma; y, encima, para que lleguemos a la misma conclusión: la violencia por la violencia como arte de la provocación. Una manera de exprimir aún más la naranja mecánica shakesperiana. Y es que, usar al poeta inglés, es, ante todo, una técnica de marketing; una vez nos alejamos de sus escritos y de su época con tanta promiscuidad. Sigue leyendo

La batalla de los ausentes

La compañía gaditana sitúa a tres militares veteranos ante la tesitura de darle sentido a una vida sin guerra

La batalla de los ausentes - Foto de Víctor Iglesias
Foto de Víctor Iglesias

Parecía difícil que, después de cuarenta años, La Zaranda pudiera pulir más un estilo genuino y tan deudor de los parámetros valleinclanescos y becketianos que sondean la perspectiva grotesca y absurda. Pero han logrado recoger el testigo conceptual de trabajos anteriores como El grito en el cielo y Ahora todo es noche, donde los espectros de la senectud desesperanzada se sostenían sobre un espacio inasible. La morosidad que solían imprimir a sus espectáculos se ha reducido y se ha ganado en concisión. También, Eusebio Calonge ha trazado toda una serie de símbolos existencialistas que se definen por la circularidad con un interés creciente, algo que se echó de menos en El desguace de las musas. El dramaturgo ha firmado un texto tremendamente ajustado y definido por los persistentes reinicios hasta el final. Sigue leyendo

El mal de la montaña

El texto desasosegante del dramaturgo argentino Santiago Loza deambula por el humor absurdo para tratar sobre el desamor

El mal de la montaña - Manuel Fiestas
Foto de Manuel Fiestas

Demasiados elementos atrayentes se unían en este montaje como para salir decepcionado. Tiempo hacía —quizás desde Furiosa Escandinavia— que la sala Margarita Xirgu del Teatro Español no hospedaba una producción rompedora, anclada, aún, al texto. Digamos, inicialmente, que el espectador sentirá pronto la extrañeza, y saldrá con ella a la calle. Se conjugan el absurdo y el nihilismo, la desazón y la rabia, el humor rayano en la estupidez y el solipsismo. Me gustaría aproximarme al concepto de homo sacer que trabajó el filósofo Giorgo Agamben, y que nos remite en la actualidad, a la no-persona, al forajido, al marginal y, en definitiva, al vagabundo. Afirma el escritor italiano: «una figura límite de la vida, un umbral en el que se está, a la vez, dentro y fuera del ordenamiento jurídico». Sigue leyendo