Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín

Una farsa agridulce sobre el amor desigual, superada por el ingenio de su protagonista

Foto de David DíezAl paso que vamos en esta temporada, cualquiera que se haya aproximado a estos tres enormes Lorcas que hemos disfrutado, unos de teatro irrepresentable (El público y Así que pasen cinco años), y, este (Amor de Don Perlimplín…), una pieza engañosa, habrá recompuesto sus prejuicios sobre el teatro del granadino después de tanto ver representar su «Ciclo trágico». Su obra dramática, como ha quedado demostrado, da para todo, en ese afán por mezclar lo popular y lo vanguardista, por trabajar sus temas predilectos como son la muerte, el tiempo y el amor, hasta de la forma menos propicia como es la farsa.

Lo primero que debemos celebrar de esta propuesta es la versión que ha ideado Alberto Conejero. Cierto es que el texto podía quedar un poco rácano y era una buena oportunidad para darle aún más vuelo. Por eso entramos inicialmente con el Poeta (encarnado por Kees Harmsen, con un nerviosismo que se torna instantáneamente espontaneidad), que nos introduce, como si fuera un presentador con cierto aire periodístico, los avatares que en su momento vivió la susodicha pieza para intentar representarse; luego, además, se han querido incrustar unos fragmentos del Retablillo de don Cristóbal, un acierto inconmensurable que le da un tono alocado, onírico y humorístico a la obra, que el espectador agradece enormemente. Porque si bien la trama parece bien sencilla, las láminas que la componen son múltiples. Tenemos un caso de matrimonio desigual. Un oficial del ejército, cincuentón y algo timorato, es empujado por su sirvienta Marcolfa (interpretada por Berta Ojea con su propia aura folclórica) a contraer matrimonio con una jovencita que, a su vez, tiene a su mamá, Cristina Otero, para conseguir que el trato llegue a buen puerto. En este caso no hay crítica a tal hecho como ocurre con las obras de Moratín; pero la angustia y la inquietud del protagonista sí que se parecen al entremés cervantino que en esas mismas tablas se representó hace bien poco: El viejo celoso. ¿Cómo conseguirá retener Perlimplín a su fogosa mujer? Pues convirtiéndose en superhéroe (romántico).

El marco de mundos enfrentados, de estéticas dispares, de lenguajes violentos y paradójicos, que mantienen los dos protagonistas, en una pareja de antagonismo puro, dispone un ritmo a la función, pero sobre todo unos tonos de voz y corporalidad. Es amor, sin amor; es broma evidente, estafa, engaño; pero también compasión, cariño y hasta alabanza y aleluya. Perlimplín no podía ser otro más que Emilio Gavira, absolutamente idóneo para este personaje (alguien que ha representado papeles tan diversos en los últimos tiempos, ya sea en El loco de los balcones, en Yernos que aman o en Fausto). Es un actor con tal grado de posicionamiento en el escenario que te lleva con la fluidez propia de quien está siendo vapuleado por su esposa, pero que a la vez tiene un as en la manga para el truco final. Luego, claro, verlo con su capa roja encubriendo su identidad y luciendo sus bíceps, nos retrotrae a toda clase de reminiscencias culturales hasta encajarlo en el último cómic de la Marvel. De esta forma, bascula hacia el prototipo de pánfilo superhéroe en su fingimiento mientras no ejerce (como Superman o Spiderman). Oliva Delcán (mucho más suelta que en Hard Candy) le aporta a su Belisa una displicencia extraña, un aire de pija arisca y caprichosa pirrándose por su nuevo amor platónico. Entre los dos juegan a la goma en un baile inconcluso.

Pero como decía, el punto culminante viene con la introducción del Retablillo de don Cristóbal en plena ensoñación de Don Perlimplín, donde encontramos todos los recursos propios del guiñol, de la farsa: los juegos de palabras, los diminutivos, el erotismo, las palabras soeces revestidas de toque infantil, las rimas en apariencia facilonas, pero en el fondo sarcásticas… Interpretado por los cuatros personajes con el uso de cartones alusivos, irónicos, donde nos encontramos cuernos, fetos (hasta cinco y de cinco razas distintas), una prominente polla, un garrote y todo tipo de objetos que se van sacando como si no hubiera un fin. Este momento, desde luego, mejora el espectáculo.

En cuanto a la escenografía creada por María de Prado e ilustrada por Javier García Herrero, contamos con cuatro paneles que si bien, en un principio, pueden parecer ineficaces, luego se observa que empastan perfectamente con los momentos guiñolescos. En ellos se trabaja con los collages, alegóricos algunos, otro más pop, como si fuera de Richard Hamilton. Además, otros cachivaches trufan la escena hasta volverla casi un altar kitsch con ese neón que señala «Calor». Por otra parte, el vestuario de Ana López Cobos aporta los contrastes necesarios entre la corrección de la boda y la modernidad que podemos encontrar en los complementos de Belisa o en el llamativo traje de Súperperlimplín.

Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín generalmente ha sido tratada como una obra menor de Federico García Lorca, sin embargo, reúne suficientes elementos literarios como para tenerla en mayor consideración. La mezcla en absoluta ironía de lo más popular, en el sentido más grotesco, soez y rastrero; pero, a la vez, expresado con sarcasmo, con gracia y con implicaciones lúbricas desbaratan cualquier interpretación somera. Lorca actúa como un posmoderno adelantado a su tiempo.

Darío Facal ha completado un función muy consistente, donde se permite una mínima estridencia con el chunda-chunda que suena en la boda, pero que rápidamente retoma hacia la lucha amorosa en la que el ingenio del protagonista, la invención de un personaje que supere los prejuicios que los demás tienen de él, le debe llevar a una amarga victoria de amor y orgullo.

Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín

Autor: Federico García Lorca

Versión: Alberto Conejero

Dirección: Darío Facal

Reparto: Emilio Gavira, Olivia Delcán, Berta Ojea, Cristina Otero y Kees Harmsen

Ayudante de dirección: Javier L. Patiño

Espacio escénico: María de Prado

Ilustrador: Javier García Herrero

Diseño de iluminación: Manolo Ramírez

Diseño de vestuario: Ana López Cobos

Ayudante de vestuario: Paola de Diego

Música: Room 603

Fotografía: David Díez

Regiduría: Cristina Otero

Producción: Metatarso y Festival de Otoño a Primavera

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 24 de abril de 2014

Calificación: ♦♦♦♦

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