No todo el mundo puede ser huérfano

La compañía Chiens de Navarre, con Jean-Christophe Meurisse al frente, desembarca en los Teatros del Canal con una tragicomedia de crítica existencialista

No todo el mundo puede ser huérfano - FotoLa familia y sus eternos conflictos internos. La tragedia griega merodeando por nuestro imaginario y plasmándose delante de nuestros ojos con un distanciamiento metateatral, y Freud imponiendo unas claves que forman parte de los mitos contemporáneos por vía lacaniana (mucho más francesa, por supuesto). A los hijos les gustaría esputarles a sus padres un sonoro: «¡Ok, Boomer!»; pero forman parte de una generación desintegrada social, económica, moral, filosófica y existencialmente. Y los que nos queda por triturar. Celebremos que Jean-Christophe Meurisse sea un acibarado gamberro, y que solamente se deje llevar por esa veta de humor francés, tan habitualmente infantil, en unas cuantas ocasiones, y que haya apostado por el desenfreno y por dar una vuelta de tuerca a los consabidos temas. Esto no es el realismo de Tracy Letts con Agosto. Que el montaje se sitúe entre dos bancadas de asientos en la Sala Verde de los Teatros de Canal, exige un movimiento longitudinal y ágil por parte del elenco, de izquierda a derecha, que permite sobredimensionar el espacio al máximo e incluir atrezo sugerente, hiperrealista, maximalista y hasta cachondo. Sigue leyendo

Ulloa

La obra de Irma Correa se inspira en la novela de Pardo Bazán; aunque la creación resulta tan inédita como sugestiva

Ulloa - Foto de Ilde Sandrin
Foto de Ilde Sandrin

Si hubiera que juzgar este espectáculo por los supuestos objetivos extrateatrales que dice buscar, como el homenaje a Emilia Pardo Bazán en la conmemoración del centenario de su muerte y la difusión de su obra como empeño didáctico para llegar a las nuevas generaciones, entonces lo calificaríamos como fracaso o como propuesta insuficiente (y muy patrocinada), tal y como ocurrió, aunque bastante peor, con Fortunata y Benito. Si yo fuera profesor, que lo soy, y quisiera ampliar mis lecciones sobre la escritora gallega (en absoluto olvidada en el currículo como a vece se da a entender), que suelen ocurrir en el último trimestre tanto de 4º de ESO como, al año siguiente, en 1º de Bachillerato (sí, es así de absurdo) con alguna obra teatral, pues, entonces, me costaría mucho relacionar Ulloa con la novela de Pardo Bazán. Sigue leyendo

El curandero

Juan Pastor vuelve a presentar esta obra del irlandés Brian Friel construida con tres soliloquios que cuestionan el concepto de verdad absoluta

El curandero - FotoSi por algo destaca y resulta interesante esta obra es por su planteamiento formal y por cómo incide en la idea —diríamos que orteguiana: «todo conocimiento lo es desde un punto de vista determinado»— de la perspectiva, y como ella se relaciona con el concepto de verdad. Por eso aquí, a través de una obra teatral, se da ejemplo de que nuestra memoria, como bien es sabido, trabaja con la reconstrucción de los hechos, rellenando huecos e inventando acontecimientos que se configuran con deseos, con creencias o, incluso, con relatos de otros que insertamos en nuestra propia historia. Básicamente, lo que hacemos permanentemente tanto en vigilia como en somnolencia. Así somos. Otra cuestión, evidentemente, es mentir y mentirnos. Pues también nuestro cerebro necesita olvidar y obviar detalles de sucesos dolorosísimos. Forma parte de nuestro sistema de defensa. ¿Arregla algo el perspectivismo? Es decir, ¿ofrecer varias perspectivas de un hecho nos acerca más a la verdad? Si el escuchante es perito en ciertas lides o es un forense capaz de analizar incongruencias, entonces la posible verdad parece más cercana. Hoy, la verdad, más que nunca es una sensación, una ilusión, un pálpito. La verdad es lo que expresan los nuestros y el discurso lloroso de los que se manifiestan débiles o víctimas. Ir más allá, es un esfuerzo que con frecuencia no estamos dispuestos a asumir. Buscar la verdad cansa y, encima, puede revelarse agria para nuestra conciencia de biempensantes. Sigue leyendo

Desengaños amorosos

Los Teatros del Canal acogen el divertido e ingenioso montaje basado en la obra de María de Zayas

Si decidimos no hacer caso a la teoría de la catedrática Rosa Navarro Durán, según la cual, María de Zayas y Sotomayor fue uno de los heterónimos de Alonso Castillo Solórzano; entonces creeremos que nació en Madrid en 1590 y que murió en la misma ciudad en 1647. Muy poco sabemos de su vida y casi todo tiene que ver con interpretaciones extraídas de sus propias obras, y que la sitúan como una protofeminista. Apenas atesoramos un par de colecciones de relatos: Novelas amorosas y ejemplares (1637) y Desengaños amorosos (1647). Sobre estos últimos, Nando López ha construido una obra teatral que pone en juego motivos, tramas y disputas de una manera tanto ingeniosa, pues ha sabido mezclar lo cómico con lo dramático, como sugerente; ya que muchas de las ideas de la autora quedan perfectamente expresadas en la obra. Si nos ponemos más pejigueros, podríamos achacarle cierta propensión pedagógica a remarcar las proclamas de vindicación femenina; y que su personaje de Octavio es tontorrón de más, por lo que se cae en el tópico del Apolo corto de luces. La incuestionable inteligencia de una mujer brilla ante mentes de su talla; aquí lo han tenido bastante fácil. Pero es que, claro, también se busca llegar a un amplio público, tanto de edad como de exigencia, y el entretenimiento debe estar garantizado. Y lo está; aunque se alargue el asunto, quizás, un poco más de lo necesario, y alguno de los embrollos no quede suficientemente bien representado, como es el caso que compete a los dos varones que, entre elipsis, suspicacias y analepsis, no terminamos de comprender en profundidad de qué escapan. Sigue leyendo

Paloma negra

Alberto Conejero toma La gaviota de Chéjov para recordar a los descendientes de los exiliados españoles en Méjico

Foto de Susana Martín

No se puede afirmar que sea algo premeditadamente oculto; porque es evidente y, además, el autor lo ha expresado con claridad; pero, ¿cómo es posible que toda la trama, toda la vertebración y la conceptualización del texto ―al menos en la base― se fundamente en La gaviota de Chéjov, y Paloma negra no sea considerada una adaptación de aquella? Entendamos que el espectador que observe el título y el subtítulo (Tragicomedia del desierto) y a su «exclusivo» dramaturgo, eche de menos al ruso. En fin, el eterno debate sobre la versión, la adaptación, el homenaje, la inspiración, la apropiación o, directamente, la nada. En definitiva, si no atendemos a más explicaciones, lo que contemplamos en escena es una adaptación de La gaviota ―otra más, como hace unos meses con la de Rigola― resituada en el Méjico de los años 70, entreverada de gestos y de conversaciones, de nombres y de alusiones, que remiten a la emigración forzosa de españoles que se produjo antes, durante y después de nuestra guerra. Y, sí, el humor. Alberto Conejero, al menos en el primer tercio del montaje, ha sabido dotar a sus diálogos de un brío humorístico elegante, ingenioso y desencantadamente irónico. Por otra parte, parece ser que las remisiones culturales a la literatura, a la historia y a la generación «Nepantla» o «fronteriza» que se fue creando, entre aquellos individuos que tuvieron que desarrollar su tarea allá, sin ser estrictamente de allí. Individuos en tierra de nadie. Los hijos de los exiliados que debieron realizar el esfuerzo por hallar una tradición, un empuje y un apoyo. Todo este embrollo se sugiere, más que se exprime dentro del argumento. Sigue leyendo

Tito Andrónico

Antonio C. Guijosa intenta «domar» la sanguinaria tragedia de William Shakespeare en los Teatros del Canal

Resulta imposible «sujetar» una tragedia tan desnortada como que esta que escribió William Shakespeare cuando era joven, muy influido por Marlowe. Acometer tamaño proyecto siempre será complicado; porque la exageración, casi terrorista, nos lleva por la pendiente. Y no parece que en la versión de Nando López se haya pretendido hacer nada más que algunos ajustes para aguantarse con lo que hay. Tampoco hallamos una gran intervención textual, y eso quizás hubiera resultado más interesante. En muchos aspectos, este montaje se queda entre dos aguas, y ese es un lastre con el que se carga toda función. Para empezar, los Teatros del Canal, evidentemente, no son el Teatro romano de Mérida; por lo que la escenografía de Juan Sebastián Domínguez es más funcional que sugerente; pues el espacio está un tanto desangelado alrededor de los versátiles cajones que sitúa en el espacio. No obstante, la iluminación de Carlos Cremades sí que incide con precisión en el tenebrismo lógico. Luego, si continuamos con los aspectos artísticos, nos podemos preguntar, una vez más, en qué consiste eso de las modernizaciones, o qué se consigue con ello. Es decir, el vestuario de Rafael Garrigós, por qué procede con ese pastiche de trajes de caballero, con unos abrigos hasta los pies, y, por otra parte, otras vestimentas que, de alguna manera, anhelan aproximarse a algo más «romano» o «godo». Sigue leyendo

Torquemada

Pedro Casablanc se transforma en múltiples personajes para retratar al célebre usurero galdosiano en un montaje esperpéntico

Por fin un espectáculo digno de la categoría de don Benito Pérez Galdós en este año de conmemoraciones y otros asuntos deletéreos. ¡Cómo no atisbar un esperpento avant la lettre en este Torquemada! La caricatura, la muñequización, la animalización y ese expresionismo que hiperboliza la podredumbre, lo chabacano y el tufo a ranciedad. Nos situamos en la época de mayor esplendor de nuestro novelista. En 1887 ha publicado Fortunata y Jacinta, y casi de seguido, con una actividad verdaderamente febril, después de otras cuantas obras como Miau (1888), se dispone a emprender su ciclo sobre este peculiar usurero. Sigue leyendo

Una costilla sobre la mesa: Madre

Angélica Liddell elabora su propio vía crucis expurgatorio para digerir la muerte de su progenitora

Foto de Susana Pavía

No estamos ante una pieza de vanguardia teatral, ni un posdrama (al uso), estamos ante un artificioso rito compuesto de elementos enteramente españoles y cristianos, de una España enraizada en la pena negra y en la pobreza, en la tradición telúrica y en el folclore alegre que alienta los pueblos, en este caso, de Extremadura. Pero los Teatros del Canal no son un templo, ni un lugar mágico, no son una catedral, por mucho que los amantes de la Cultura consideren actualmente tal trasposición. ¿Y el público que incita con fervor un espectáculo así? Déjenme que elucubre sobre nuestro país nihilizado, sobre el país de los nacionalismos que repudia permanentemente el conocimiento y el estudio de sí; un país donde los modernos ignoran un pasado que ha sido capaz de aventar un espíritu de los tiempos que hoy se desvanece. Una elegía para su madre, un planto, un plañido, una copla a la muerte de su progenitora, una convocatoria manifiesta de aquellos motivos y costumbres que dieron forma a esa señora extremeña y de su hija en Santibáñez el Bajo (Cáceres). Es una colección de símbolos, claro, ahí está su arte; pero todo este expresionismo exacerbado no deja de tener unas bases absolutamente claras. El problema es que nosotros hemos abandonado ese mundo totalmente. Cualquiera que viva o haya vivido de cerca (o de dentro) alguna de las Semana Santas esenciales de nuestra geografía ―pongamos, por ejemplo, Zamora― entenderá con claridad hasta donde te subsume esta estética, inevitablemente yerta, tanto como un suvenir. Es una performance imposible en el diálogo con un tiempo que debería haber resguardado sus raíces; sin embargo, el desprecio nos caracteriza. Sigue leyendo

La máquina de Turing

Claudio Tolcachir dirige con exceso de emotivismo esta obra sobre la vida del matemático Alan Turing

Para el gran público, la figura de Alan Turing ha sido descubierta en los últimos tiempos como un personaje cinematográfico que responde perfectamente a ese esquema de científico malhadado y maltratado por la política o por la religión o por la propia sociedad científica. Pero, más allá del esencial factor humano de este matemático, ahora nos topamos con su nombre ―y lo seguiremos haciendo en las próximas décadas― constantemente; porque no paramos de enfrentarnos al test que lleva su nombre, cuando nos estampamos con esos chatbots que pueblan algunas páginas web y que poco a poco ir ganando pericia intelectual. Ese test consiste en un juego de imitación por el cual un grupo de humanos ha de descubrir mediante preguntas si quien contesta es un individuo o una máquina. Por el momento, todavía, no se ha logrado superar esa prueba, es decir, la inteligencia artificial no ha engañado totalmente a los interrogadores humanos. La máquina de Turing es una obra de Benoit Solès, inspirada en la obra de Hugh Whitemore Breaking the Code, y esta, a su vez, se basa en el texto de Andrew Hodges Alan Turing: The Enigma; por lo tanto, más allá de los artificios de la ficción, se pretende un apoyo sustancial para ofrecer un resultado verosímil. Pero a esta propuesta de Claudio Tolcachir se la puede acusar de algunos aspectos que ya fueron motivo de crítica cuando se versionó para el cine, con aquella exitosa cinta, The Imitation Game, protagonizada por Benedict Cumberbatch. Sigue leyendo