Sopro

Tiago Rodrigues rinde homenaje a la apuntadora Cristina Vidal en un espectáculo de corte metateatral y autoficcional

Foto de Filipe Ferreira

Hasta el apuntador. Así que hemos de suponer que el metateatro, género otrora de vanguardia, explotado hasta la saciedad ―en los últimos tiempos entreverado con la autoficción― cierra ciclo. Sobre el teatro en sí, sobre sus aledaños, sobre su ontología y su metafísica, sobre el desguace del intérprete, sobre la ruptura de la cuarta pared, sobre la reconfiguración del espectador, ya estamos saturados. ¿Tiene algo que decirnos, más allá de las anécdotas más o menos curiosas, una apuntadora? ¿Se puede hacer una obra de teatro sobre una mujer vestida de negro para confundirse con las sombras escondida en una concha para soplarle el texto a esos actores que se quedan en blanco en un momento determinado? La respuesta debería ser no. Pero existe un estilo teatral que consiste en exponer, explicar y narrar la idea sobre una obra de teatro que, en verdad, se está haciendo en ese preciso instante al escenificarlo (la idea se difumina y queda el esbozo del proyecto). Únicamente tomando referencias de esta temporada se pueden poner algunos ejemplos: Tratando de hacer una obra que cambie el mundo, Los otros Gondra e, incluso, El sueño de la vida. La cuestión es que la perspectiva conceptual pretende que todo el material, en apariencia, se plasme ya en las tablas. Desde el día del chispazo creativo hasta el punto en el que termina la propuesta. Sigue leyendo

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El último rinoceronte blanco

Un vigoroso espectáculo para adaptar la obra de Ibsen, El pequeño Eyolf, y tratar el tema de la maternidad y de la pareja

Si los dos últimos montajes de la pareja Mora-Ferrer ―sin contar otros trabajos de distinto cariz dramatúrgico― me habían parecido pretenciosos y hasta inanes (Esto no es La casa de Bernarda Alba y Los cuerpos perdidos), con El último rinoceronte blanco he de afirmar que me han devuelto a las buenas sensaciones de Los nadadores nocturnos. En esta ocasión, lo performativo y lo dancístico no son fuegos artificiales para epatar al público y que sirvan para cubrir la ausencia de profundidad y de argumento. Para empezar, es justo aceptar que asistimos a diferentes momentos de gran eclosión dramática (como veremos a continuación) y que el texto intervenido de Ibsen, El pequeño Eyolf, ha resultado muy evocador y, sobre todo, reverberante con la coyuntura que vivimos. Ya el preludio es un choque de ideas, una paradoja; pues el niño, aquí llamado Jesús (las reminiscencias bíblicas en esta adaptación serán múltiples), es un engendro, en el sentido de que es un ser doblemente abandonado por los amigos con los que no puede jugar, pues está tullido (una caída cuando era bebé y que sus padres debieron evitar; pues estaban a otras cosas); y por sus padres. Sigue leyendo

Clean City

Desde Grecia llega este espectáculo de teatro-documento, en el que cinco inmigrantes relatan sus penosos avatares

Foto de Christina Georgiadou

Sabemos perfectamente lo que ocurre, aunque miremos para otro lado. Las cosas no pueden ser muy distintas a España; por eso, este panorama que llega de Grecia encuentra paralelos formidables a nuestro alrededor. Clean City es un espectáculo de carácter periodístico, un teatro-documento, un teatro de denuncia que se envuelve con cierta ironía, cierta esperanza y una lectura, por parte de las protagonistas, ambigua entre las ganancias y las pérdidas. Un aspecto fundamental para entender que las «democracias» mundiales no terminan de garantizar los derechos de los extranjeros. Sigue leyendo

Federico hacia Lorca

La Joven Compañía conmemora en este Año Lorca en Madrid la semblanza sobre el poeta con un potente espectáculo

Existe una frontera y no es sutil, en la que un adolescente se siente convertido en un niño, cuando se le presenta ese teatro que lo toma por objetivo y que le lanza mensajes directos y se cree cautivo de discursos que parecen estar ahí para adocenarlo. Los espectáculos de La Joven Compañía, ante todo, son interesantes porque abordan temas que los bachilleres pueden comprender perfectamente ―aunque suponga un poco de esfuerzo― con propuestas que superan ese marco de edad, y el público en general responde positivamente. A diferencia de los últimos montajes (BARRO, por ejemplo), este Federico hacia Lorca se nos impone desde el esteticismo, de la impregnación de lo lorquiano como una sustancia viscosa compuesta de música, de danza, de poesía y de expresionismo, con sus pizcas de humor y su tímida bruma surrealista. Pero carece de narrativa, argumento, trama suficiente; la biografía del hombre complejo, y también misterioso. Con su don de gentes y su carácter, a veces, altivo. Toda la función se apoya en un texto de Irma Correa y Nando López muy coherente con las características que antes he enumerado; no obstante, le falta el poso del diálogo que indaga más en las cuitas del poeta. Precisamente, la templanza en las frases que se contempla más al principio, en la época de la juventud, antes de llegar a Madrid, es la que reclamaríamos para el resto. Cuánta música la de Arnau Vilà, a veces, tan moderna que resuena kitsch para el tema. Que se introduzca el rap me parece el cansino tópico y el hartazgo sobre un género asociado equívocamente con la masa juvenil (la mayoría no escucha este estilo). El texto es un popurrí con grandes aciertos, como la representación guiñolesca de la cachiporra (con populista intromisión del partido político de «moda» para lograr el aplauso de la progresía regocijante en la inmensa y grandiosa Sala Roja, de los Teatros del Canal). También es una endeble telaraña donde se pretende meter todo; pero a base de pinceladas que van de un lado a otro sin concretar relaciones más densas. La multitud de los personajes se pierde en una desvalorización, da igual que sea Buñuel, Dalí o Maruja Mallo (alusión a las Sin Sombrero), porque son chispazos. O que la relación de amistad con José Antonio Primo de Rivera se someta al equívoco y a la clarificación del enemigo fascista. El contexto previo a la Guerra Civil es sumamente sesgado o, al menos, deslavazado. De Granada a la capital de España y de ahí a todos los pueblos con La Barraca y a Nueva York y al fusilamiento. Si el espectador ideal son los chicos y las chicas de los años finales de instituto, mucha instrucción deben llevar encima para que obtengan una buena enseñanza escénica y reconozcan cada uno de los episodios. Otro asunto muy distinto es que la propuesta se disfrute totalmente, puesto que está dirigida con muchísimo tino y con una energía tremenda, que transforma las acciones en un torbellino poético (labor propicia de Andoni Larrabeiti con las coreografías). Miguel del Arco sabe lo que hace y ha contado con un elenco de doce actores que se mueven con primor y que dan lo mejor de sí ―algunos poseen experiencia en estas lides―. Destaca principalmente Xoán Fórneas, que es quien más encarna a Federico y le da un rictus de ternura, de vitalidad y, además, de pavor, que nos embarga. O el punto algo dicharachero que le otorga Álvaro Fontalba (recordado por su interpretación en Las bicicletas son para el verano). Las féminas Ana Bokesa, Katia Borlado, Rosa Martí y Carmen Tur imprimen delicadeza al inicio y gran fuerza después, en un montaje con mayor carga masculina. El resto: Julen Alba, Óscar Albert, Pascual Laborda, Jesús Lavi, Rosa Martí e Íñigo Santacana, se adentran en múltiples papeles y van apuntalando con seguridad cada uno de los parlamentos en un ritmo que, por momentos, se dispone al vodevil. Se encumbra la alegría, cuando verdaderamente es un transcurso elegiaco. Desde luego, es necesario destacar la importancia que tiene la escenografía de Paco Azorín, pues la estructura que ha ideado, sea una gran corona de espinas (con crucificado Nono Mateos incluido, para cerrar la docena), enredadera o reloj para doce campanadas sobre un tiempo de columpios que van y vienen, y que gira y gira y por la que suben los intérpretes a través de sus escaleras. El simbolismo aumenta con la gran luna, tan lorquiana, la muerte avisando o el amor de nocturnidad y alevosía. Todo ello aderezado con la iluminación somnolienta y sorprendente de Juan Gómez Cornejo. Sin olvidarnos del vestuario de Guadalupe Valero, quien juega con el tul para que todos sean bailarinas y, luego, dispone variados tipos de prendas, ya sean más juveniles o serias. En definitiva, Federico hacia Lorca genera una buena colección de emociones, se disfruta sensorialmente: el movimiento de los chicos, los poemas del poeta, las videoescenas (de Pedro Chamizo),…; pero se echa en falta una trama de mayor consistencia biográfica. Aun así, es un trabajo artístico loable.

Federico hacia Lorca

Texto: Irma Correa y Nando López, a partir de textos de Federico García Lorca

Dirección: Miguel del Arco

Elenco: Julen Alba, Óscar Albert, Ana Bokesa, Katia Borlado, Álvaro Fontalba, Xoán Fórneas, Pascual Laborda, Jesús Lavi, Rosa Martí, Nono Mateos, Íñigo Santacana y Carmen Tur

Música: Arnau Vilà

Espacio sonoro: Sandra Vicente (Estudio 340)

Vestuario: Guadalupe Valero

Escenografía: Paco Azorín

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Videoescena: Pedro Chamizo

Coreografía: Andoni Larrabeiti

Dirección artística: José Luis Arellano García

Dirección de producción: Olga Reguilón

Dirección de comunicación: José Luis Collado

Dirección técnica: David Elcano

Presidente Fundación Teatro Joven: David R. Peralto

Ayudantía de escenografía: Amaya Cortaire

Ayudantía de vestuario: Nuria Manzano

Ayudantía de documentación: Juan Pablo Cuevas

Regiduría: Víctor Hernández

Ayudantía música: Alberto Granados

Administración: Nuria Chacón

Equipo técnico: Iván Belizón

Gestión de públicos y desarrollo: Rocío de Felipe, María Limón y Pedro Sánchez

Ayudantía de producción: Dani Villar

Auxiliar de producción: Luis Izquierdo

Comunicación y redes sociales: @SamuelGarAr

Diseño gráfico: Erre Gálvez

Fotografía de escena: David Ruano

Realización escenografía: Juan Carlos Rodríguez y MAY Servicios

Realización vestuario: Petra Porter

Agradecimientos: Alfredo Valverde y voluntarios de La Joven Compañía

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 7 de abril de 2019

Calificación: ♦♦♦

Kingdom

La Agrupación Señor Serrano monta una performance insignificante para criticar al sistema capitalista desde la industria bananera

Pensar que en el mero collage y en el aparataje del teatro objetual más un programa de mano con proclamas de carácter teórico-político ya es suficiente como para elaborar una obra que trascienda los lugares comunes del pensamiento anticapitalista, es redundar en la vaciedad del arte conceptual. Recuerdo con verdadero deleite su proyecto A House in Asia, porque concentraban sus esfuerzos en dirimir la «verdad» en aquella famosa operación de captura sobre Bin Laden y sus consecuencias morales. Pero es que Kingdom me parece una pantomima que no focaliza, en absoluto, sobre los desafueros de la United Fruit Company o lo mecanismos de la tercera revolución industrial. La Agrupación Señor Serrano se dedica a hacer el gamberro durante poco más de una hora con su habitual parafernalia videográfica, para no ofrecer la más exigua crítica sobre aquello que, en teoría, quería enjuiciar. La máscara de la ironía posmoderna aquí se antoja cobardía, complacencia y satisfactorio divertimento (tanto para ellos como para ese público sin la más mínima preocupación por indagar en el trasfondo del asunto). Sigue leyendo

La resistencia

Lucía Carballal firma un flojo texto sobre la anodina relación entre dos novelistas que dirige Israel Elejalde

Quizás una de las razones por las que la literatura (la literaria) arrastra una decadencia interminable en las últimas cuatro décadas ―no solo en España, sino también en el resto del mundo― radique en las vidas de los propios escritores, en que cada vez nos parecemos más, en que lo underground puede ser algo tan banal como no tener redes sociales. Ser viajero es casi un imposible y ya solo queda ser turistas de nosotros mismos en nuestra pura semejanza con el prójimo allende los mares. Existen más razones, como las puramente comerciales, o el concepto de ocio y de entretenimiento, etcétera. Lucía Carballal llega a los Teatros del Canal después de enlazar dos propuestas muy estimables: Los temporales y La vida americana. Dos textos en los que demostró su capacidad para elaborar diálogos persuasivos, inteligentes y repletos de detalles que percuten en las relaciones humanas. En ella se percibe una sutileza a la hora de aquilatar sus personajes que termina por convencerte en demasía. La resistencia parece pergeñada por una primeriza, por alguien que ha compuesto según los parámetros de los ejercicios de estilo, lleno de tópicos y falto de esas ideas que justifican la materialización en las tablas. Sigue leyendo

BARRO

Un drama que repasa fulgurantemente la Primera Guerra Mundial a través de los jóvenes soldados de ambos bandos

Hay que insistir una vez más en la importancia que tiene el proyecto de La Joven Compañía; pues supone un hito en la difusión del teatro. Si un grupo de profesionales está ganando espectadores (y el esfuerzo es ímprobo en nuestra sociedad de la sobreabundancia ociosa) son precisamente ellos. Puesto que la combinación de textos interesantes, ya sea porque se apoyan en clásicos o porque al ser de nuevo cuño atinan con temas de relevancia; o ya sea porque estéticamente son altamente atractivos tanto para el público general como para los adolescentes. Todo esto no les debe eximir de la crítica, que tendrá que ser tan exigente como el trabajo que ellos mismos se imponen. Sigue leyendo

Medea

Simon Stone trae a la protagonista de Eurípides al mundo contemporáneo bajo una mirada aséptica

Foto de Sanne Peper

Vuelta de tuerca estetizante sobre la tragedia de Eurípides para aproximarla a la concepción contemporánea; pero, también, en su frialdad descontextualizadora, para alejarla de la empatía propicia. Es una propuesta de corte cinematográfico y, diríamos, que hasta publicitario. No solo porque se utilicen pantallas gigantes y se proyecten las imágenes que se están grabando in situ en algunas escenas; sino porque Simon Stone domina el movimiento del montaje con una ductilidad asombrosa, empastando situaciones y tiempos como si fuera una película. Los intérpretes penetran de improviso por los laterales, acometen su actuación simultáneamente con otros aprovechando la profundidad del escenario. En el sentido técnico, la función es loable. Luego, la escenografía de Bob Cousins juega al espacio vacío, al maximalismo y a una blancura que transforma a unos médicos en auténticos neuróticos. La trastornada, sin duda, es ella; pero su marido, Lucas, no le va a la zaga. Sigue leyendo

Tratando de hacer una obra que cambie el mundo

Más metateatro para criticar el metateatro contemporáneo en la propuesta de estos chilenos con ganas de satirizar su propia existencia

En el manifiesto que viene impreso en el programa de mano (cada vez más básico), y que firma Teatro La Re-sentida, están todas las preguntas, todos los cuestionamientos que esta compañía se plantea y, también, algunas de las respuestas. Digamos que su propuesta, Tratando de hacer una obra que cambie el mundo, debería ser su posicionamiento estético y ético; pero la paradoja (o no) es que termina adoptando la voz más empleada en esa posmodernidad, que es el metateatro ―en este caso, el metadiscurso, también― y, por lo tanto, ese regodeo distanciador sobre la incapacidad para crear algo nuevo y para expresar ideas revolucionarias (la izquierda les podría ayudar; pero están solucionando su quiero y no puedo). «Vive en nosotros el anhelo de modificar la sociedad a través de nuestro arte». Y para ello recurren a la sátira de la propia funcionalidad del teatro, del teatro posmoderno en contraposición al teatro político anterior. Al epatante y lleno de guiños conceptuales soliviantados por los fuegos artificiales e infectado de un marxismo que huele añejo y que no conecta con el público actual (ahora hay que venderlo con las proclamas de los marginados sociales). Sigue leyendo