Renacimiento

El nuevo proyecto de La tristura pretende recalcar el proceso de destrucción-construcción que conlleva la creación de un montaje

Si queremos juzgar esta propuesta con algo de ecuanimidad, será mejor que nos relajemos y apartemos de nosotros esas emociones de teatreroherido que regresa al templo; aunque sea con los atavíos protocolarios. Intentemos observar lo nuevo de La tristura sin el plomizo alivio del confinamiento. En primera instancia, contamos con dos elementos que debemos considerar bastante explotados por la dramaturgia contemporánea de las últimas décadas, que es el metateatro en su faceta de work in progress (es decir, ir construyendo la obra desde dentro, véase Eroski Paraíso). El otro elemento tiene que ver con la perspectiva objetivista, o sea, con esa práctica de distanciamiento y de asepsia que nos permite mirar la realidad que transcurre delante de nuestros ojos. En la novela, el ejemplo paradigmático es El Jarama; pero, en las obras de los últimos tiempos, Future Lovers ―el mejor espectáculo de la compañía hasta el momento (CINE fue igualmente fantástica)― es una muestra extraordinaria de esta mirada. En Renacimiento, el estilo tristura es patente, con esa cadencia lentérrima y ese devaneo que anhela trascender. La pieza parece descabalada, sin rumbo, pillada por los pelos, deshilachada, sustentada por un punto de partida y una llegada, por una circularidad excesivamente vacía de círculos también vacíos. Una marco singular, interesante y motivador; pero un cuadro inacabado, apenas abocetado y sin el trabajo requerido. El eterno retorno de lo mismo. Volver a nacer. Volver a empezar. Es el signo de los tiempos, y nos hacemos cargo. Uno se pregunta si debe ser igual el regreso, si no se debe hacer una relectura vital, si no vuelve a ser el teatro interpelado en su «utilidad» artística. ¿Es esto lo que se nos quiere transmitir después tres meses encerrados? El juego visual es potente; porque las magnitudes nos subyugan estéticamente. Sigue leyendo

Curva España

La compañía Chévere alcanza su cénit con esta propuesta de teatro documental que recoge la muerte «accidental» de un ingeniero

Foto de José Vicente

Llevamos varios años ya de teatro documental ―entreverado, en muchos casos, de autoficción― con resultados muy diversos. Si el estilo cada vez parece más agotado y carente de atractivo; también es porque los límites asfixian al propio arte teatral. Al romper las propias costuras de este subgénero, los de Chévere han completado su cumbre dramatúrgica. Curva España es una genialidad. Vayamos por partes. Si nos centramos en los procedimientos formales, los méritos de Xron en la dramaturgia y en la puesta en escena me parecen incuestionables. Afirmemos que se ha ajustado a un medio virtuoso. Chévere es una compañía muy cargada ideológicamente y, en otras ocasiones, sus ínfulas políticas les han llevado por la senda populista (véase Eurozone). Aquí observamos contención en pos de un fin superior a sus propios deseos personales. Esto, hoy en día, es de agradecer. Quitar lo panfletario y salpicar la obra de gestos irónicos donde ellos aprovechan para denunciar desafueros inaceptables del poder reinante en Galicia ―también contra ellos, eso es cierto―. Siguiendo la estela de su anterior propuesta, la magnífica Eroski Paraíso, recurren al armazón del documental: varias cámaras van grabando en directo cada una de las escenas para mezclarlas en vídeo con diferentes imágenes y secuencias. La trama se dispone como si fuera un thriller, una investigación reabierta sobre la muerte del ingeniero España. Para ello acuden a una buena cantidad de puntos de vista y de recursos dramatúrgicos que hacen de la función todo un atractivo. Sigue leyendo

El tiempo todo entero

Una sutil adaptación de El zoo de cristal para trasladarnos a un hogar en el que su máxima protagonista desea permanecer imperiosamente

Foto de Sebastián Arpesella

Que Romina Paula (Buenos Aires, 1979) se haya basado en el esquema argumental que dispuso Tennessee Williams con El zoo de cristal (estrenada en 1944) es ponernos en exceso sobre aviso; porque podríamos perfectamente obviar tal circunstancia y centrarnos en que El tiempo todo entero es otro planteamiento. Principalmente porque la dramaturga emplea mucho más los procedimientos chejovianos, puesto que trabaja la elipsis hasta el punto de discursear sin destino; es decir, las preguntas clave no se plasman como sí se hace en el texto del célebre dramaturgo estadounidense. Así que vamos a asistir a una función cargada de estupefacción y de diálogos que parecen destinados a tapar un silencio, una hondura y un quebranto. La obra, además, se adereza con una cantidad importante de claves que podemos ir cogiendo al vuelo en nuestro sondeo especulativo. Pues así, nada más comenzar, suena la canción «Si no te hubieras ido», del cantante mejicano Marco Antonio Solís. El tema es bien conocido y muchos artistas la han interpretado. ¿Qué nos quiere decir la autora con esta composición musical a la que parece darle tanta importancia, ya que también cierra con ella el espectáculo? El caso daría para mucho si no queremos quedarnos con lo que realmente ocurre en escena. Antonia, la joven que vive «encerrada» en su casa, dibuja una teoría sobre la propia letra: «…ella ya está muerta…», «…el cantautor, la asesinó…». Una fantasía que le sirve para hablar de la violencia, de la cultura machista mejicana (apuntalada con la referencia al cuadro de Frida Kahlo, Unos cuantos piquetitos) y, quizás, de sus miedos; aunque juguetea como si fuera una niña ensoñándose con la idea de matar. Sigue leyendo

Fortunata y Benito

Laila Ripoll firma esta propuesta sobre un inverosímil Galdós observando las aventurillas amorosas de sus personajes

Foto de David Ruano

Pretender trasladar la inmensa novela (tan larga y con tantos personajes) a las tablas es todo un atrevimiento. En la historia del teatro español se recuerda la versión que realizó Ricardo López Aranda, y que se llevó en dos ocasiones a escena, la última en 1993 dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente. Anhelar que el público juvenil se la tome con agrado hoy en día es una tarea complicada, si exigimos una aproximación a este clásico tímidamente razonable. Yo creo que Laila Ripoll se ha topado de bruces con ese muro infranqueable y ha elaborado un texto excesivamente complaciente con unos espectadores que necesitamos espolear y agitar. Querer la aceptación generalizada de los bachilleres es rebajar la función a unos mínimos que rozan el ridículo. Primeramente, no estaría de más aclarar al lector, que es en el último trimestre del cuarto curso de la ESO, cuando se trata a don Benito Pérez Galdós (apenas página y media, no se vayan a creer) y los que continúan en el Bachillerato, lo vuelven a tocar escuetamente (apenas hay tiempo si es obligatorio comenzar desde la Edad Media y dar a la vez Lengua). Los planes de estudio están así. Leer Marianela o Misericordia, cuatro pinceladas biográficas, un repaso sucinto por las etapas del novelista y a otra cosa. Sigue leyendo

Bajazet

Frank Castorf emplea el tamiz del decadente Artaud para reconfigurar esta tragedia de Racine en un proceso de desmesura

Foto de Mathilda Olmi

Después de dos horas y cuarto, cuando llegó el descanso, la platea perdió dos tercios en la Sala Roja de los Teatros del Canal, algo muy parecido a lo que ocurrió la temporada anterior en el mismo espacio con un espectáculo de estética y deriva similar, Lokis, de Łukasz Twarkowski. Y es que Frank Castorf, uno de los adalides del teatro posdramático, trabaja desde el exceso y quizás nosotros hayamos sido conejillos de Indias; pues apenas lleva pocas funciones de rodaje. Adelantemos que el montaje alcanza las cuatro horas y media (con el intermedio) y puede llegar a ser agotador. Resulta bastante desalentador el extensísimo prólogo en el que Mounir Margoum, encarnándose en Acomat, el visir, prepara el ambiente a través de una estridencia rayana en lo ridículo. Una especie de Sacha Baron Cohen o alguno de esos comediantes americanos histriónicos, con ese aire de chuloputas de banlieue parisina con su chándal estampado de Dolce & Gabbana. Su discurso es un tanto equívoco a la hora de contextualizar la situación. Pronto llega Osmin, con información fresca sobre Amurates (se refiere a Murat IV), el sultán, quien se encuentra asediando con dificultades Babilonia. El senegalés Adama Diop y Margoum pasarán de ser unos excéntricos con apariencia de camellos, a ser los grandes urdidores de las tramas entre celestinescas y maquiavélicas. Astutos y hasta sensatos a la postre, grandes vencedores de la contienda (uno más que otro, como se verá en la imagen final). Van adquiriendo un tono irónico que se fragua en gestos y vaciles que expresan ante la cámara que los sigue, cuando el meollo se vaya adentrando en la atmósfera lisérgica. Deberíamos pensar que las cachimbas vienen cargadas hasta los topes; porque la colección de secuencias cinematográficas que van mostrando la degradación física y moral del resto de integrantes del elenco es palpable. Sigue leyendo

Doña Rosita, anotada

Pablo Remón sobredimensiona a Lorca para ofrecernos una versión fabulosa a través de su biografía sentimental

Foto de Vanessa Rabade

Avancemos que Pablo Remón acaba de presentarnos un montaje culmen, producto de todo un proceso de desarrollo dramatúrgico que se ha ido macerando en unos pocos años. Tras La abducción de Luis Guzmán, 40 años de paz, Barbados, etcétera, El tratamiento, Los mariachis y Sueños y visiones de Rodrigo Rato (firmada esta última también por Roberto Martín Maiztegui) llega esta Doña Rosita, anotada para acertar con un equilibrio conceptual, técnico y sentimental que nos sitúa ante una función que debe servir para ejemplificar una forma de hacer teatro en nuestra contemporaneidad, y una manera de versionar. La deconstrucción que aplica el dramaturgo sobre el texto de Lorca ―recordemos que fue su penúltima obra teatral (1935), aunque su origen data de 1924―, va más allá de la reordenación de los tres actos y de la intervención metateatral; puesto que ha insertado una emotiva trama personal (con las claras características de la autoficción). Francesco Carril, que viene de interpretar la estupenda Hacer el amor (que alguien la reponga), es un actor imprescindible de la escena actual y aquí se convierte en un trasunto del autor para efectuar un trabajo cargado de ironía y de pertinacia romántica. La cuestión que se nos plantea al principio no carece de lógica y tiene que ver con la vigencia de este drama; es decir, qué supone para nosotros hoy y qué nos puede aportar si se decide actualizarlo. Sigue leyendo

Las cosas que sé que son verdad

Julián Fuentes Reta vuelve a acertar con este drama sobre la descomposición de una familia escrita por el australiano Andrew Bovell

Cuando deje de llover fue uno de los grandes montajes de 2014. Aún se recuerda esa fluctuación de personajes sobre la añorada sala principal del Matadero. Julián Fuentes Reta pegó un aldabonazo que vuelve a resonar ahora con una dirección excelente y cuidada. Porque Las cosas que sé que son verdad, del dramaturgo australiano Andrew Bovell, es otra historia más de conflictos familiares; pero está trabada con la perspicacia sutil y coherente de quien sabe conectarnos con el devenir inconsecuente de nuestra contemporaneidad. Observar individuos inmersos en las turbulencias de la clase social a la que han ascendido; mientras sus padres cimentan su frágil suelo emocional. Vaya por delante que es una obra extensa a la que le sobra texto y esa pertinacia por aclarar algunos acontecimientos y detalles a través de la narración. Por eso, quizás, en algunos instantes se cuenta demasiado y se nos informa de porvenires que alargan las acciones más de lo debido. No obstante, somos arrastrados por una cadencia envolvente, con esa disposición del escenario en el centro (los espectadores quedamos un tanto distanciados en la Sala Verde de los Teatros del Canal) y los intérpretes surgiendo de alguna de las esquinas. El jardín con sus rosas (ideado por el propio director y por Coro Bonsón) es la metáfora que nos traslada al lento cultivo de la madurez, al reducto hogareño de la seguridad, a la tierra firme que sostiene la esencia de unos valores que se pueden resquebrajar cuando se vive en un mundo para el que no te han preparado. Sigue leyendo

Orestes in Mosul

El polémico dramaturgo suizo Milo Rau intenta llamar nuestra atención con una Orestíada prefabricada en vídeo

Foto de Fred Debrock

Me gustaría contar con más obras de Milo Rau para desarrollar una comprensión de su fundamento y entender si en serio su propósito artístico es noble o es otro de esos creadores que quiere epatarnos con el aparataje predispuesto alrededor de un proyecto. Únicamente me puedo referir a Five Easy Pieces, un montaje que reunía muchos de los elementos dramatúrgicos que baraja este artista suizo. Hablamos de deconstrucción, de insertar el proceso de elaboración en la propia obra, de usar temas auténticamente conflictivos y de llevarlos a cabo en confluencia con los audiovisuales. Se puede etiquetar dentro de lo que se conoce como postdrama, para percutir sobre la recursividad del teatro en sí mismo. En Orestes in Mosul se continúa en la misma línea; pero es sorprendente cómo un acontecimiento que viene avalado por toda una serie de procesos de producción genuinamente dificultosos, termine por generar una función bastante modesta. ¿De qué vale que te vayas a un país en guerra para grabar en una ciudad bombardeada con lo que eso supone si las imágenes que vas a obtener no logran empastar con el discurso dramático que quieres emprender? Sigue leyendo

Under the influence

Una propuesta sobre la pérdida de la cordura que mezcla cine y teatro para hacer reverberar la conocida cinta de John Cassavetes

Foto de Magda Hueckel

Los espectadores enseguida caemos bajo la influencia del despliegue técnico y de un montaje que tras el telón esconde un apartamento construido al detalle. Y que nos dispone a una experiencia que conjuga casi a mitades el cine (pantalla total en la parte superior) y el teatro. Una simultaneidad de tensiones y de acciones que entremezclan la emisión en directo y duplicada de lo que vemos sobre las tablas; y las grabaciones que nos retrotraen y nos anticipan escenas que debemos aunar en nuestra composición particular de la trama. Como si fuera un remake artesanal del célebre filme que escribió y dirigió John Cassavetes en 1974, donde su mujer, Gena Rowlans, alcanzó uno de sus cénit interpretativos. Si por algo resultan fascinantes estas obras, donde se refleja el estado mental subyugado de un individuo, es porque se establece un conflicto en nosotros como espectadores que nos lleva a cuestionarnos la esencia de la cordura. Debate eterno entre la siquiatría y ciertas corrientes de la sicología dirimir la enfermedad mental como hecho consustancial al daño cerebral, o el trastorno mental como una «desconexión» de la realidad «objetiva» con la que todos estamos más o menos de acuerdo debida a la influencia perniciosa del exterior: la sociedad, la familia, la pareja, los hijos, el trabajo, la soledad, el tiempo y todos los etcéteras que uno quiera añadir a la dolencia. ¿Qué le ocurre a Mable? Diríamos que no estamos en disposición de saberlo; pero los acontecimientos que sobrevuelan la acción general nos inducen a pensar que en algún momento perdió la compostura. Sandra Korzeniak compone su papel con minuciosidad ―la pantalla permite apreciar el gesto, el guiño, la extrañeza de su rostro ido― y nos arrastra sin compasión a un mundo ignoto repleto de oscuridad. Sigue leyendo