El argentino Mauricio Kartun presenta en los Teatros del Canal su traslación de Las bacanales de Eurípides a la pampa

Al intentar adentrarme en este nuevo montaje me sucede algo parecido que con Terrenal. Pequeño misterio ácrata. Uno tiene la sensación, la intuición, de que lo manifestado sobre las tablas es agudo, inteligente y repleto de una ironía genuina, pero que lingüísticamente no alcanzamos desde esta orilla a entender todo. Mi español no es capaz de asumir regionalismos procedentes de la pampa argentina. Si, por otro lado, el gran Mauricio Kartun no tuviera esa propensión narrativa con esos personajes monologando con una verborrea inasible, podríamos acogernos a la acción. No obstante, ocurre que distintas escenas ─algunas tremendamente claves como la violación de la Reina─ son más descritas que vivificadas. Demasiado se acoge el dramaturgo a los procedimientos del propio Eurípides. Por lo tanto, en bastantes ocasiones, los intérpretes se agarran al piso y esbozan el planteamiento. Sigue leyendo
Con varias Electras nos hemos encontrado en los últimos años a partir de propuestas variopintas, desde la recuperación de aquella
Que cada dramaturgia de un clásico pase indefectiblemente en algunos teatros por la modernización reiterada es ya un cliché verdaderamente cansino. El empeño por captar a nuevos públicos exige adaptarse a sus preferencias y a su capacidad para entender un lenguaje nada convencional. También es cierto que algunas propuestas cuentan con un elenco que exprime sus virtudes y es capaz de brindar proyectos de gran solvencia interpretativa. Así ocurrió con
La pregunta con la que intentan captar nuestra atención («¿la educación puede salvarnos pase lo que pase?») tiene una fácil respuesta: no. La educación no es la panacea y únicamente los ingenuos contestarían que sí. Si el objetivo de la educación es el desarrollo de la libertad de cada alumno, entonces dependerá de las elecciones de esos discentes en su madurez salvarse más o menos (entiendo que de una existencia profundamente insatisfactoria o de provocar un mal irreversible). Verdaderamente, el planteamiento de esta obra sigue los cauces estrechos de la mayoría de las distopías que pueblan la literatura y el cine. Las premisas angostan las resoluciones y obvian factores que después brotan en la realidad. Sam Holcroft presentó este texto en 2008 y creo que, según lo vamos observando en la representación, descubrimos que le falta hondura.
Ahora que hemos llegado al final del proceso, donde apenas contemplamos protestas cruentas en sectores industriales, donde no se paralizan carreteras con barricadas de ruedas humeantes y no surgen los antidisturbios para marcar orden en el orden, merece, y mucho, la pena revisar sobre las tablas una de esas historias que durante un periodo utilizaron las películas para coger eco. El cine social de corte obrerista ha continuado tímidamente su andadura como en On Falling o Matria, por poner únicamente un par de ejemplos, pero convengamos que nuestra realidad europea ha cambiado. Que fabriquen otros tiene sus consecuencias, lo experimentamos claramente durante la pandemia; pero también genera unas repercusiones políticas enormes. Desde esta perspectiva, los discursos de pura conciencia de clase que escuchamos en boca de Santa implican toda una cosmovisión que parece haberse roto para siempre.
Todos tenemos clara la estética y la ética que han desarrollado con su arte Eusebio Calonge y Paco de La Zaranda. Ambos inciden de manera expresionista en los márgenes sociales. Su teatro «pobre» perfila con precisión la angustia vital de sus personajes para imponernos el espejo cóncavo con el que retratarnos. En demasiadas ocasiones los grandes temas se solapan de un proyecto a otro. Y las técnicas dramatúrgicas se evidencian con demasiada prontitud. Esto es una rémora pertinaz que evita la sorpresa y la revelación en el espectador asiduo a sus montajes. Sea como sea, son insistentes en la búsqueda y en la plasmación de cuitas esenciales del ser humano. Su profundidad es tan honda que suelen toparse con un vacío agónico. Sus resoluciones nos hacen zozobrar, mientras esbozamos una sonrisa construida con sincera compasión. 

Apenas hace unos meses presentaba Milo Rau