Iván López-Ortega plantea en su montaje junto a Macarena Sanz un estudio peculiar de nuestra tendencia a lo morboso
Para que sigamos lanzando loas sobre Iván López-Ortega (acaba de dirigir de manera elocuente Tormenta, de Strindberg), antes de que abandone su condición de joven promesa, debemos contemplar Taxidermia de una alondra, que es su creación más genuina y la que nos puede dar la pista acerca de sus concepciones estéticas y filosóficas. A priori, me animo a relacionarlo con Nao Albet y Marcel Borràs, por aquello de la falsificación y la infinita autoficción, y por todos esos efectos de la autorrecursividad que procura la escritura metaficcional. Mecanismos que hallo igualmente en Las apariciones, de Chaves y Delgado-Hierro. Por otra parte, rezuma la influencia de Pablo Rosal, quien presentó, por ejemplo, en este mismo Teatro del Barrio, su Castroponce. Es decir, ironía, posthumor, paradojas que se ensamblan performativamente en espectáculos de carácter ensayístico y conferencial. Sigue leyendo


Viene Pablo Rosal demostrando un talento extraordinario en el pergeño de sus textos y en la capacidad para trasladarlos a escena sin grandes alaracas, ni posdramaticidades excesivas. Tiene mucho de literario, de narrativo, de peculiaridad irónica y de crítica sutil a varias cuestiones de la realidad. Además, va trabajando con distintos géneros, como el negro en 
Pablo Rosal, como demostró en
Continúa exprimiendo su estilo José Troncoso y esta vez con una de sus propuestas más acertadas, más profundas en su cosmovisión y mejor desarrolladas en cuanto a su trama y a la plasmación de unos caracteres que, nuevamente, se configuran como marionetas, como clowns que caminan con rápidos pasos cortos con los pies hacia fuera. Como unos vagabundos, adoradores de Diógenes, que observan el mundo fuera de él, mientras la muchedumbre duerme. Son tres barrenderos que nos evocan un reducto onírico, como si fueran emanaciones de unos tipos que han vivido historias dolorosas y que los subsumen en una alegoría de sí mismos. Propiciar este cuadro estrafalario y altamente raro es el acierto mayor del dramaturgo. Luego, cada una de las biografías puede tener más o menos enjundia, puede remitirnos a un costumbrismo más o menos rancio; la cuestión es la atmósfera por la que deambulan: un limbo de nocturnidad. 
