Coronada y el toro, de Francisco Nieva sobresale junto a La voluntad de creer, dirigida por Pablo Messiez. Hemos asistido a una temporada sin la carga pandémica; pero se ha insistido en el lenguaje complaciente de nuestros tiempos

La estela pandémica aún puede percibirse en las programaciones; aunque las funciones se han podido realizar con bastante normalidad. Lo que sí parece asentado en nuestros escenarios es la pertinacia de lo políticamente correcto, del bienquedismo con el respetable, del peloteo a los que dan de comer, y de un conservadurismo, en definitiva, que se ve a diestro y siniestro.
Definitivamente, habrá que plantearse a nivel institucional si el teatro patrio se puede batir el cobre con los grandes montajes que pululan por Europa, y que luego recalan en nuestros festivales o grandes espacios. O, quizás, esa tarea haya que dejársela únicamente a Angélica Liddell. Qué podemos hacer frente a descomunales espectáculos, casi todos ellos atravesados por las técnicas del film performance, algo así como un híbrido de arte escénico y cine en vivo, que nos ha dejado algunas virguerías como La gaviota, dirigida por Cyril Teste; El silencio, a cargo de Bush Moukarzel; o la sugestiva Pieces of a Woman, de Kata Wéber y Kornél Mundruczó.
Uno tiene la sensación de que vamos un paso o dos por detrás, y de que nuestra vanguardia se está quedando para chorradas tan grandes como poner al personal a dormir durante cuarenta y cinco minutos en la representación del auto calderoniano de La vida es sueño. O ese «retablo de las maravillas» que insulta a la inteligencia como es Una imagen interior, y que está perpetrado por El Conde de Torrefiel.
Dentro de las visitas que hemos recibido debo destacar Petróleo, el proyecto de las argentinas Piel de Lava, quienes juguetearon con mucha avidez a ser cachazudos trabajadores de una plataforma petrolífera.
Para mí la excelencia ha estado en dos propuestas ubicadas en la Sala Max Aub del Matadero. La voluntad de creer, que Pablo Messiez ha pergeñado a partir de ese drama religioso titulado La palabra, célebre por la película de Dreyer, y que deambula por una fe que, en la actualidad, permanece en la ambivalencia. Rebeca Hernando ofrece una vis vitriólica que habilita, dentro de la propia función, una mirada amarga de nuestra realidad.
Más satisfacción todavía me llevé con Coronada y el toro, de Francisco Nieva, que Rakel Camacho ha exprimido en una fiesta de cochambre y espíritu de los tiempos, para situarnos nuevamente frente a los espejos cóncavos.
También es necesario reconocer algunas memorables interpretaciones, como la de Pedro Casablanc, quien se llevó mucho a su terreno, el Gómez de la Serna que nos perfila a Valle-Inclán. O Irene Escolar en Finlandia, dándole unas réplicas infaustas a su exmarido (interpretado por Israel Elejalde) que nos demuestran que es una actriz imperiosa.
Por supuesto que seguimos encontrando encomiables trabajos artísticos en apartados que no terminan de valorarse con justeza. Por ejemplo, Monica Boromello, que es una escenógrafa con una trayectoria impresionante, ha mostrado su ingenio y su visión arquitectónica en El proceso. Mientras que Ikerne Giménez ha ideado un vestuario cargado de curiosos detalles para la susodicha Coronada y el toro. Sin olvidar la dimensión musical en Los nadadores diurnos (no llegó a compactarse del todo esta pieza) que ha puesto en marcha Tagore González con su electrónica.
Luego, merece la pena resaltar propuestas que realmente han ofrecido un brío y un saber hacer que han logrado el disfrute de los asistentes, sin tirar por tierra el trasfondo. Así, La importancia de llamarse Ernesto, que David Selvas trajo al Español, supuso un auténtico gozo al comprobar cómo todas las piezas encajaban de manera tan idónea. O, Una terapia integral, de la pareja Cristina Clemente y Marc Angelet, que me sigue pareciendo un producto fenomenal repleto de profesionalidad.
Igualmente hay que celebrar con la compañía sevillana Atalaya todos sus aniversarios. Una buena colección de sus más notables montajes se ha podido revisitar en nuestros escenarios, desde Elektra.25 hasta El avaro, pasando por el Marat-Sade. Continúa siendo un teatro muy sugerente y fiel a unos principios estéticos que ahondan en el expresionismo.
Esto es lo que han ofrecido nuestros creadores o lo que ansía nuestro público. Desde mi punto de vista, falta riesgo a raudales; pero también una mente más abierta para recibir discursos menos amables, que exijan de nosotros una postura más crítica entre tanta complacencia.
Texto publicado originalmente en La Lectura de El Mundo