Elogio de la estupidez

Darío Facal firma una comedia generacional que pretende dar cuenta de cómo unos personajes llenos de ignorancia y sin desarrollo vital posible ocupan su tiempo con distintas ocurrencias

Elogio de la estupidez - Foto de Coral Ortiz
Foto de Coral de Ortiz

Afirmar que esta obra se inspira en Bouvard y Pécuchet es mucho decir. Porque sí, aquellos personajes flaubertianos se conocieron de improviso y tuvieron el enamoramiento de la amistad. Eran unos ignorantes en multitud de materias y, movidos por una fuerza sobrevenida, se pusieron a investigar con afán de dominio; pero abocados al fracaso. Querían saber. No así nuestros Agustín y Mario, que Darío Facal los ha dibujado como a otros perdedores más que se suman a la lista de nuestra España. ¿Y de Erasmo de Rotterdam y su célebre ensayo? Pues únicamente el título; puesto que la ironía que se destila en este montaje va por vía naíf y no aspira a la crítica política.

Elogio de la estupidez es como esas comedias de situación que encapsulan a sus protagonistas en una especie de mundo aparte. Véase Friends —¿cómo pudimos admirar esa serie?—. Ahora que hemos vuelto a la ingenuidad, y muchos jóvenes prefieren quedarse en casa los fines de semana y renunciar al botellón, y se encierra uno muchísimo en la red social favorita hasta quedar ahíto, la función esta, al menos, sirve como ejemplo de la nadería contemporánea. Llamarla nihilista me parecería un piropo. Esto, definitivamente, no es Beavis and Butt-Head. Sigue leyendo

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True West

Tristán Ulloa y Kike Guaza se encarnan en los hermanos que protagonizan esta historia con tintes de western, escrita por el actor y dramaturgo Sam Shepard, y que dirige Montse Tixé en el Matadero

True West - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

Si Sam Shepard, en esta obra que estrenó en 1980, quería dejar patente el espíritu del «verdadero oeste» americano; entonces hemos de deducir que lo halla en la competencia violenta entre hermanos. Conquistar esa inmensidad salvaje, llegar el primero, enriquecerse como nadie y dejar que aquel espacio sin leyes definidas, si Dios lo consiente, configuran un mito que llega hasta el presente.

Uno se hace en el otro, uno invade el territorio del rival para realizarse y liberarse de sus más claras ataduras. Uno queriendo demostrar su inteligencia, su imaginación a través de la pura vivencia, para imponerse a la fantasía artificial del guionista. Mientras que, a la inversa, el apocado, el buenecito, el caritativo que ha ayudado tanto a su padre, anhela quitarse el corsé, y no solo se agarra a la botella imperiosamente; sino que se convierte en un pasota y en un ladrón. Lo interesante es que no les vale para autorrealizarse y avanzar en su vida desde una purificación esperanzadora, sino que se acaban autodestruyendo, con la aquiescencia de su madre que, de alguna forma, se lo veía venir, pues de tal palo tales astillas. A la postre, debemos pensar que Lee ha infectado a Austin, pues este último no necesita desbravarse de esa manera tan infantil. Porque sí, ambos, en gran medida, son unos inmaduros, que nos lanzan casi al slapstick propio del Chaplin en alguno de sus papeles como borrachín. Y es ahí cuando logran hacernos reír. Sigue leyendo

La voluntad de creer

Pablo Messiez ha partido de la obra La palabra (Ordet), popularizada en el cine por C. T. Dreyer, para actualizar la relación entre la fe y la verdad, en un espectáculo dotado con una inteligente ironía

La voluntad de creer - Foto de Laia Nogueras
Foto de Laia Nogueras

Pablo Messiez ha traído con soberana inteligencia el drama realista (La palabra) del danés Kaj Munk, convertido en un clásico del cine por Dreyer, a nuestro presente vaporoso desde una ironía demoledora. Y, aunque parezca increíble, ha logrado desarrollar una función altamente divertida, con tintes berlanguianos y absurdos.

Primeramente, el dramaturgo y director porteño suelta a su habitual troupe para que nos convoquen hacia el acontecimiento. Crean una atmósfera anticipatoria muy fértil, que pretende romper con la cuarta pared en un diálogo con el público que no irá únicamente por la trillada idea metateatral, sino hacia una dimensión religiosa, estética o existencial, según sea el lugar desde el que accedamos al relato.

Nos encontramos en un lógico espacio vacío —ya de por sí lo es en esa nave del Matadero— que Max Glaenzel ha ideado para que luego las paredes móviles vayan creando de la nada el hogar. Estamos en algún lugar del País Vasco, Amparo, la tercera hermana, que Mikele Urroz acoge con un resquemor contenido, ha regresado a su casa, una vez ha visto mundo y ha podido huir de un ambiente de costumbres asfixiantes. Viene con su mujer, Claudia, que está a punto de dar a luz, y que Marina Fantini encarna con verborrea argentina una positividad folclórica que después se desmorona.

Texto completo en la revista cultural de El Mundo La Lectura

La voluntad de creer

Texto: Pablo Messiez a partir de La palabra de Kaj Munk

Dirección: Pablo Messiez

Reparto: Marina Fantini, Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, José Juan Rodríguez, Íñigo Rodríguez-Claro y Mikele Urroz

Diseño de espacio escénico: Max Glaenzel

Diseño de iluminación: Carlos Marquerie

Diseño de sonido: Iñaki Ruiz Maeso

Ayudante de iluminación: Juanan Morales

Diseño de vestuario: Cecilia Molano

Entrenamiento corporal: Elena Córdoba

Temas musicales: Viene clareando (Atahualpa Yupanqui) en versión de Leda Valladares y María Elena Walsh; Vidala del último día (Raúl Galán y Rolando Valladares) en versión de Sílvia Pérez Cruz

Producción Buxman Producciones: Pablo Ramos (producción ejecutiva) y Jordi Buxó y Aitor Tejada (dirección de producción)

Ayudante de producción: Roberto Mansilla

Ayudante de dirección: Javier L. Patiño

Residente ayudantía de dirección: Noelia Pérez

Una coproducción de Teatro Español y Buxman Producciones

Agradecimientos: A todo el público que nos acompañó durante el proceso de ensayos y a Sílvia Pérez Cruz

Para la escritura de esta obra, el autor disfrutó de una residencia de escritura en la Sala Beckett en 2022

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 23 de octubre de 2022

Calificación: ♦♦♦♦

Cada vez nos despedimos mejor

Diego Luna impone su gracia y su apostura escénica para contarnos un relato de amor algo tópico. Los distintos avatares de la reciente historia mexicana sostienen el texto de Alejandro Ricaño

Cada vez nos despedimos mejor - FotoVamos a reconocer juntos que, si esta historia se enfocara con el marchamo hollywoodiense, el tufo a película (o peor, novela) romanticona tipo El diario de Noa sería patente; porque el espinazo de este texto de Alejandro Ricaño posee algo de ñoñería. Esta se sortea habilidosamente adobando el espectáculo con una contextualización sociopolítica muy pertinente, con unos saltos en el tiempo repletos de dinamismo, con unos rasgos de humor negro más que sagaces y con una interpretación de Diego Luna tan entrañable como cautivadora. Por todo ello, es necesario asumir, más allá de la comicidad, de los trucos de ese teatro cercano con guiños al público, que escarbar en la historia de México, en sus avatares y en sus atrocidades, es disponer más que un paisaje, es una hendidura en la vida cotidiana sobre la que no se puede despreciar el amor; pues de algo hay que existir. Sigue leyendo

Malvivir

Aitana Sánchez-Gijón y Marta Poveda dan brío inconmensurable a la picaresca española a partir del texto que firma Álvaro Tato

Malvivir - Foto de David RuizMi desconfianza inicial partía de las fotos. En el mal gusto de presentar así a unas pícaras en un cartel tan anticuado. Y no es que siempre los textos del barroco tengan que ilustrarse desde el realismo más sucio; sino que aquí se nos avanza una mezcla de vestuario que parece una insensatez. Porque da la impresión de que Tatiana de Sarabia ha intentado acercar al público actual a las pícaras de entonces y las ha vestido como si fueran una especie de superheroínas con unos trajes verde esperanza bastante ajustados que las convierten en unas bufonas de alguna baraja de Fournier, y luego como detectives, como si fueran Blacksad o El gato con botas. Sigue leyendo

Animal negro tristeza

Julio Manrique nos inserta en un incendio para recrear la obra de Anja Hilling, una historia de combustión existencial

Animal negro tristeza - David Ruano
Foto de David Ruano

Desde que las producciones posdramáticas se han ido imponiendo como proceder moderno (las décadas pasan y pasan) en la escena contemporánea europea, la invasión de las artes novelísticas, de las artes de contar (que no del mostrar, como debe ser en el teatro), en los dramas uno ya no acude a las salas a degustar el acontecimiento que delante de uno se recrea, sino que asiste a una donación propia de su imaginación. No diré que el texto firmado en 2007 por la alemana Anna Hilling es tan abusivo como alguno de los proyectos de Guy Cassiers (véase Orlando o Antigone in Molenbeek + Tiresias) o como aquella Sopro de Tiago Rodrigues, o de aquellos abusos narrativos de varios de los proyectos de nuestro Pablo Remón (y podría continuar con otras narraturgias patrias). El amor al micrófono más que sorprenderme me cansa y me sigue pareciendo un truco falaz contra la esencia del teatro.

Lástima me ha parecido que Julio Manrique, que me parece un director atrevido (véase Jerusalem), nos muestre este Animal negro tristeza en español, en el Matadero, sin estar completamente afinado —más allá de un fallo técnico que obligó a parar la función—. Esperemos que ustedes puedan disfrutar del montaje con el brío y el ritmo pertinentes; porque Màrcia Cisteró, quien se encarga de las extensas descripciones de todo, ya sea del espacio o de los personajes, como si fuera una narradora omnisciente, está muy dubitativa y la pronunciación se le trastabilla. También les ocurre a otros intérpretes, pero no es tan pronunciado. Por otra parte, me pregunto qué ocurriría si se renunciara a esa parrafada que nos atenaza y que nos dirige en exceso. Bueno, la propuesta se entendería; aunque algunos detalles sobre las relaciones de los protagonistas se quedarían en el tintero. La novelización de la tragedia nos da demasiada información, en cualquier caso. Por eso, cuando esa narración se disgrega en las expresiones autoconfesionales de cada personaje, cuando se narran a ellos mismos, o cuando dialogan, la pieza gana enormemente y nos deshacemos de las explicaciones.

Dicho esto, atentos, ¡cómo mejora este espectáculo en su segunda parte! La enormísima deflagración, el bosque ardiendo, y las vidas anodinas de esos desangelados comienzan a extraer su humanidad o, lo que es mejor, lo que queda de ella a pesar de todo. Ahí la dramaturga demuestra un mérito enorme en la demarcación sicológica (me corregiré más adelante). Puesto que, hasta ese instante de clímax, el asunto huele a trasnochada y cansina barbacoa en medio de una frondosa arboleda de un grupo de individuos (entre los treinta y los cincuenta) que demuestran su desencanto vital con ironía sardónica, agarrándose unos a otros en la autodefensa emocional; porque la soledad más absoluta los acecha. Mima Riera, que hace de Miranda, ha acudido con su bebé Gloria. En ella, observamos con gran claridad cómo en esta obra se nos exige mirar desde mucha distancia, hasta el punto de que la frialdad es preponderante en las expresiones y el pavor. Cuando llega el fuego, el discurso es interno, seco, propio de un forense que va detallando los daños como un funcionario que administra los datos del horror sin inmutarse. Al menos ella danza, como un alma huyendo de las llamas para siempre. Y este proceder enmascarador luego se concentra en su marido, Paul, un Ernest Villegas altamente ensimismado por su ambición como arquitecto que recibirá una oferta para viajar a Tanzania. Es el ejemplo de cómo la herida lo corroe, mientras nos despista con su coraza. Se ha salvado (no revelaré la lista de fallecidos), ha conseguido evitar la deshidratación plena, y se ha refugiado en casa de unos lugareños para ayudarles a recuperarse del desastre. Una penitencia en el shock. Estos —ahora sí, Màrcia Cisteró fluye hablando en catalán a su esposo, un Norbert Martínez, que ha sido responsable hasta el momento de inmiscuirse musicalmente en la acción—. Los otros amigos se compactan de una manera harto azarosa; pero muy comprensible por la personalidad que deducimos. Mireia Aixalà, que hace de Jennifer y que es la exnovia de Paul, es uno de esos eslabones más patentemente «débiles», pues aún sigue enamorada del susodicho; aunque ahora tenga a un nuevo compañero. En ella percibimos una humanidad que anhela brotar. No así en ese nuevo novio, el tal Flynn, que interpreta de la manera más sosa Joan Amargós. Pensemos que aporta un macabro punto de humorismo, ya sea por su actitud tan desencantada de músico que hace versiones pop y que tiene dentadura postiza debido a un puñetazo insolente. Es un personaje que se me escurre y que pierde credibilidad cuando parece que sorpresivamente puede terminar emparejándose con Martin, el mayor de todos, el más soberbio y adinerado. David Vert sí tiene su carácter aprehendido y muestra su suficiencia desde el primer instante y lanza su papel hasta el insoportable engreimiento, capaz de abandonar a Oskar, el hermano de Jennifer, un artista con claras inseguridades en su haber. Un Jordi Oriol que, como le ocurre a su hermana (otra lógica más), es el otro personaje que nos deja ver en su interior y en su desgarro.

Otro punto fundamental del montaje es la pretendida inmersión de los espectadores en el interior del bosque. Sinceramente, ya que ocupas la nave principal del Matadero, se podría haber sido todavía más ambicioso, y mira que lo han sido; no obstante, yo hubiera querido quemarme más, hubiera querido oler más la carne quemada desde dentro. Pero sí, el fuego está en toda su magnitud, pues así lo han dispuesto con ingenio Alejandro Andújar, experto en estas lides, y Francesc Isern con las proyecciones (y que no falten las imágenes de la camarita en mano, que esto es posteatro. Micrófono y cámara. Es el obligado pack). Luego, son fundamentales la iluminación de Jaume Ventura, pues no es sencilla la combinación de efectos que se conjugan en ese espacio; y el sonido Damien Bazin, quien potencia nuestra imaginación con el crepitar terrible.

El verdadero valor de esta obra es, a pesar de que resulte un tanto repetitivo ya, el retrato social actual de los supuestamente bien avenidos. Es otra vez la visión pesimista, a través de un narcisismo que cancela la empatía. Aunque realmente, lo que podemos valorar como espectadores es que el hecho real del incendio, producto de la irresponsabilidad, no precisamente de unos ignorantes domingueros, sino quizás de unos altivos que van de sobrados y a los que poco penalizan sus tropelías cívicas. Y, también, el incendio metafórico, observado por esa mirada a la que me refería antes del forense. Es una mirada casi antropológica o etológica mejor, pues se ajustaría a ese título tan elocuente como Animal negro tristeza.

Función grandilocuente, demasiado novelística (en todo su sentido formal), larga; pero que debemos observar y vivenciar porque merece la pena introducirse en ese acontecimiento abisal.

Animal negro tristeza

De: Anja Hilling

Traducción: Maria Bosom

Dirección: Julio Manrique

Con: Mireia Aixalà, Joan Amargós, Màrcia Cisteró, Norbert Martínez, Jordi Oriol, Mima Riera, David Vert y Ernest Villegas

Diseño de escenografía: Alejandro Andújar

Diseño de iluminación: Jaume Ventura

Diseño de vestuario: Maria Armengol

Diseño de sonido: Damien Bazin

Diseño de videoescena: Francesc Isern

Diseño de movimiento y coreografía: Ferran Carvajal

Ayudante de dirección: Ferran Carvajal

Estudiante en prácticas (Institut del Teatre): Esteve Gorina i Andreu

Colaboración en la traducción: Goethe Institut

Una producción de Sala Beckett y Teatro Español

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 20 de mayo de 2022

Calificación: ♦♦♦

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Erresuma / Kingdom /Reino

Una antología de atrocidades extraídas de las tragedias históricas de William Shakespeare se presenta en las Naves del Español en Matadero. Un espectáculo carente de hilo conductor y arrojado a la pura provocación de la sangre

ERRESUMA KINGDOM REINO EG CASTELLANO
Foto de Moreno Esquibel

Diría que es mala suerte que el prestigioso director belga Jan Lauwers presentara su Billy’s Violence precisamente en el Matadero hace unos meses. El espectáculo, que giró por algunas ciudades españolas, era una sanguinolenta demostración de las atrocidades que aparecen en las obras de Shakespeare, centrada principalmente en las víctimas femeninas. Ahora Calixto Bieito presenta su montaje Erresuma / Kingdom / Reino para hacer algo muy parecido en fondo y en forma; y, encima, para que lleguemos a la misma conclusión: la violencia por la violencia como arte de la provocación. Una manera de exprimir aún más la naranja mecánica shakesperiana. Y es que, usar al poeta inglés, es, ante todo, una técnica de marketing; una vez nos alejamos de sus escritos y de su época con tanta promiscuidad. Sigue leyendo

Oceanía

Carlos Hipólito encarna a Gerardo Vera en una pieza que nos sirve para descubrir la infancia y la juventud del fallecido dramaturgo y cineasta

Oceanía - Foto de José Alberto PuertasResultará inevitable para gran parte del público al que va destinado concretamente este espectáculo identificar ipso facto la voz de Carlos Hipólito con la del narrador de Cuentáme cómo pasó. Son demasiadas temporadas y, además, el actor trae a este montaje unas formas que tienen que ver mucho con un contador de historias. Su alocución se recrea con cierto deleite con las frases y con las palabras para que se suspendan en el aire como si esto fuera el radioteatro que tanto abundaba antaño, y que él mismo ha practicado en eventos especiales en los últimos tiempos. Ahora, ¿por qué debería interesarnos un montaje así, donde Gerardo Vera dejó escrito un texto sobre su juventud? Por un lado, porque reproduce parte de esa posguerra de los vencedores, y eso ya conlleva cierta originalidad en nuestra época; y, por otra parte, porque resultan atrayentes algunas de las peculiaridades que lo destinaron al mundo del espectáculo. Sigue leyendo

Un hombre de paso

Antonio de la Torre se encarna en Maurice Rossell para detallar su experiencia como visitador de la Cruz Roja durante el holocausto en un montaje anodino

Un hombre de paso - Foto de Belén Vargas
Foto de Belén Vargas

No sé qué es peor, sin lanzarse de lleno al teatro verbatim, como, por ejemplo, llevaron a cabo Jordi Casanovas y David Serrano con la obra Port Arthur, o dramatizar imaginariamente un encuentro a partir de una serie de documentos fehacientes, en este caso, una entrevista. La primera opción parece que ha subido a los escenarios franceses en más de una ocasión. Es decir, tomar precisamente la entrevista a Maurice Rossell que grabó Claude Lanzmann en 1979, mientras estaba enfrascado en su monumental Shoah. Concluyó que aquel material merecía una película aparte (esta se publicaría en 1997). Sigue leyendo