Música y mal

Lola Blasco nos invita a explorar su melomanía a través de varias piezas clásicas, creadas por compositores repletos de máculas morales

Música y mal - Foto de José María Sánchez Moral
Foto de José María Sánchez Moral

Ante una propuesta en aparente tan directa y con título tan elocuente, uno puede situarse desde diferentes posturas, pues si la autora es capaz de tomar distancia —muy irónica, como vamos a ver—, más distancia podemos tomar nosotros como espectadores. El montaje es breve y uno se queda con ganas de más, pues la selección musical es excelente, tanto como su intérprete, el pianista Alexis Delgado Búrdalo; además de que la estructura de vasos comunicantes que se bosqueja, con aire falsamente espontáneo delante de nosotros, nos introduce por vericuetos en los que se aúna de forma desequilibrada la estética y la moral, la historia y el costumbrismo, el misterio y el arte, la música y la palabra, la intimidad y el erotismo. Podría seguir. Lola Blasco, que no hace tanto nos mostró su Siglo mío, bestia mía, y que tiene por ahí rondando su En palabras de Jo… Mujercitas, que dirige Pepa Gamboa, la cual echa también aquí una mano en la dirección, en este trabajo personalísimo. En uno de los enfoques que podemos considerar quizás debe estar la sospecha de ese prurito cristiano —y ahora tan posmoderno—, de la culpa, del afán pietista por el pecado, y por la incapacidad para integrar el mal en la concepción de Dios. Sigue leyendo

El pájaro azul

En el Teatro Fernán Gómez, Álex Rojo adapta la célebre obra de Maeterlinck sobre la búsqueda de la felicidad

Podemos considerar el azul como el color del modernismo, así tituló Rubén Darío su colección de cuentos y de poemas que publicó en 1888, y que se considera el libro fundacional del movimiento estético; aunque sea en la vertiente hispánica. En esa misma obra encontramos un relato que lleva por nombre «El pájaro azul», tal y como años más tarde, en 1906, llamaría a su drama el belga Maurice Maeterlinck. El gran dramaturgo simbolista derivaba su arte hacia las extensiones modernistas, pues le infunde mayor fantasía y, sobre todo, una esperanzadora visión de la vida. Afirma Alexander Theroux en su ensayo Los colores primarios, que el azul es «un color misterioso, el tono de la enfermedad y de la nobleza, el color más raro del reino natural». Y añade: «A los bebés que lloran los calma más fácilmente una luz azul… El Hada Azul del Pinocho de Disney es un gran consuelo para los niños». Y luego, claro, en los últimos tiempos se han puesto de moda los índigos, esos «muchachos especiales». Reconozcamos que por mucho que Álex Rojo se haya empeñado en darle a su versión un aire más humorístico, sagaz y directo, no deja de ser una obra infantil, un cuento de hadas que, además, contiene una enorme cantidad de personajes; lo que conlleva unas grandes dificultades a la hora de concretar el relato. Pero creo que lo que más juega en su contra es que el cine nos ha acostumbrado a propuestas enormemente vistosas, llevando lo fantástico hasta el paroxismo. Pensamos, evidentemente, en El mago de Oz o Dentro del Laberinto, solo por poner dos ejemplos que tienen que ver con el camino, con la superación de pruebas y con enseñanzas básicas sobre nuestra existencia. Sigue leyendo

El grito

El sufrimiento de una mujer debido a la negligencia de una clínica de fertilidad sube a escena en un montaje altamente maniqueo

Cuando uno quiere defender una idea o una injusticia y se olvida de que existe no solo un lenguaje artístico, dramatúrgico, sino también un espectador adulto y capaz de atar cabos con inteligencia y madurez; entonces se escribe un texto maniqueo e inconsecuente con las loables luchas politicomorales. La obra de Itziar Pascual y Amaranta Osorio, quienes habían demostrado su buen hacer con Mi niña, niña mía, está repleta de hipérboles, omisiones inverosímiles y explicaciones innecesarias. Y si no fuera porque la productora Pilar de Yzaguirre ha configurado un equipo de profesionales de alto nivel, creo que El grito se hubiera quedado en espectáculo fallido. Vaya por delante que esta historia se basa en un hecho real; pero que eso no es razón suficiente como para exigir ni fidelidades ni verosimilitudes forzadas. El caso es que nuestra protagonista, llamada Aina Lóguez Amat, que es interpretada con viveza y muy buena disposición y credibilidad a lo largo de toda la función —su interpretación es la que mejor sostiene toda la trama— por Nuria García, se ha enamorado de su jefe (y viceversa). Trabajan ambos en una tienda de colchones, a ella la han convertido en empleada con contrato fijo y está enormemente ilusionada. El primer disloque brumoso lo hallamos en el personaje de él, llamado Rubén Torres, y en la caracterización que realiza Óscar Codesido, quien no encuentra una posible naturalidad, pues se ve algo constreñido en un papel que no sabemos cómo tomarlo. Sigue leyendo

Hoy puede ser mi gran noche

Noemi Rodríguez protagoniza junto a su hermana un espectáculo autoparódico y musical sobre los caminos del éxito y del fracaso

Foto de Danilo Moroni y JC Toledo

Desde que Teatro en Vilo irrumpió por la puerta off en el panorama teatral con su Interrupted, merece la pena indagar en sus acciones; principalmente porque su tipo de humor oxigena con inteligencia un espacio, el de la comedia, que requiere tanta pericia. Así que después de Generación Why y de Man Up, llegamos a este nuevo espectáculo que, entre las consabidas dificultades que estamos viviendo, ha ido saliendo adelante. Y digamos pronto que es un engaño, que Noemi Rodríguez es una farsante, una embaucadora y una tía que utiliza su encanto y su retranca gallega para llevarnos a su terreno. Nos reparte unas generosas dosis de aparente autoficción en una torticera treta para embaucarnos en su mundo tan real como paródico, para concitarnos a las gentes que pasaron su adolescencia a finales de los ochenta y principios de los noventa; cuando llegaron las cadenas privadas de televisión y las estilistas eran amateurs. No ayuda que se nos dé la bienvenida con un karaoke de Sergio Dalma y su «Bailar pegados»; cuando aún estamos fríos. Así de sopetón, es querer que se comience muy arriba. Las hermanas Rodríguez (¿son de verdad hermanas?) han venido a retratar una época por la vía galega y desde una experiencia personal que tiene bastante de general, si asumimos que representan a la clase media tirando a baja, que todavía no había terminado de modernizarse. El cutrerío que recorría España en aquellos años es incuestionable. Hoy puede ser mi gran noche es un homenaje al padre, a sus exigencias sobre su hija mayor, sobre los sueños incumplidos proyectados sobre ella; pero, sobre todo, y este es el trasfondo auténticamente interesante de este montaje, trata del fracaso. Sigue leyendo

Puños de harina

Jesús Torres establece un combate de boxeo en escena a través de Rukeli, el boxeador aniquilado por los nazis; y Saúl, un muchacho gitano de los años 90

¿Nos metemos en harina o seguimos con el tabú? ¿Podemos reelaborar la pregunta que se nos lanza, que se les lanza a los escolares que acuden a ver esta función, o voy a ser políticamente incorrecto? Pregunta Jesús Torres, a través de su personaje Saúl, a finales de los 80, ya adentrándonos en los 90 (punto a tener en cuenta, no vayamos más atrás): «¿Qué significa ser un “hombre de verdad”?». Si se preguntara: ¿Qué significa ser un «hombre gitano de verdad»?; ¿no nos aproximaríamos más a la cuestión esencial; aunque se nos pudiera acusar de esto y de aquello? El patriarcado que antropológicamente sostiene el gitanismo, no puede obviarse en este tema. La homosexualidad en el mundo gitano viene prohibida doblemente, tanto por la tradición, como por las presiones evangélicas, que actualmente son mucho más contrarias a esa condición sexual que el catolicismo (y ya es decir), si lo comparamos con otra rama del cristianismo, y nos mantenemos en el ámbito de la religión. En cualquier caso, Puños de harina son dos cuentos con moraleja, y como su autor ha querido ser ecuánime en el reparto del tiempo; pues lo que observamos son dos historias distintas, que prácticamente nada tienen que ver, que se resuelven en cuarenta y cinco minutos cada una; y que, por lo tanto, carecen de la longitud necesaria para profundizar hasta donde se debiera. Los dos relatos merecerían una obra «completa» para que pudiéramos aquilatar la controversia. En definitiva, asistimos a un combate de boxeo con veinte asaltos intercalados. Por una parte, se nos narra (hay exceso de narración) la vida de Johann Wilhelm Trollmann (1907-1944), más conocido como Rukeli (en la lengua romanó de los sindi, los gitanos centroeuropeos, ‘árbol fuerte’), gitano alemán y gran boxeador. Sigue leyendo

Rita

Carlos Hipólito y Mapi Sagaseta sondean el tema de la eutanasia a través de una comedia amable firmada por Marta Buchaca

Foto de Javier Naval

Para tener tan cerca la disputa sobre la eutanasia, esta obra se presume tan timorata como anticuada. Enormemente prejuiciosa, en el sentido de comportarse como el tiburón que da vueltas alrededor de la sanguinolenta presa y despreciar la dentellada alimenticia. Rita es de esas comedias que terminan por obviar el meollo de la cuestión, no porque le exijamos una respuesta concluyente; sino porque la materia posee mayor hondura que la expresada en el texto de Marta Buchaca. Y es que la dramaturga, parece que ha pensado más en el entretenimiento del respetable y no ha querido agobiarlo con cuitas morales de mayor calado. La liviandad en los diálogos nos hace deambular por intimidades corrientes de dos hermanos que se sitúan ante dos hechos acuciantes, las dos Ritas van a zanjar sus vidas. El asunto es que una es perra y la otra madre, una va a ser sacrificada con una inyección para ahorrarle el ensañamiento de su padecer; y la otra va a tener que esperar a que el Alzheimer la consuma hasta el estertor, mientras el olvido apacigua el sufrimiento, y los humanos se regocijan con su firmeza ética. Algo más de diez escenas fulgurantes en el ritmo y en el proceso, con diálogos ágiles; pero que soslayan con humor casi blanco e inofensivo cualquier debate profundo. Nada que tenga que ver, por ejemplo, con el antiespecismo que poco a poco va permeando en más capas de nuestra sociedad. Sin ir más lejos, estas semanas se ha planteado el «controvertido» hecho de que una sustancia extraída de los tiburones (el escualeno) sirve para hacer las vacunas. ¿Valen más los tiburones que los humanos? Cada uno que responda, con la que está cayendo. O, en su momento, cuando el caso del ébola y el perro Excalibur. Rita es naíf en todos estos aspectos y solo está destinada al divertimento y a que sus intérpretes demuestren sus sobradas aptitudes. Sigue leyendo

Bien está que fuera tu tierra, Galdós

La compañía Venezia Teatro recurre a la autoficción para indagar en la figura del gran novelista a través de una colección anécdotas vitales

Empecemos por el final y sí, destripemos el final; porque realmente tampoco desvelo nada trascendental. No hay misterio que valga. Pero resulta enormemente paradigmático que, para hacer el juego con el título de la autobiografía de Galdós, es decir, Memorias de un desmemoriado (1915); todo el elenco recite cada una de las novelas, cada uno de los Episodios Nacionales, etc. Básicamente representan la sempiterna acusación que se ha realizado sobre los estudios de literatura en los institutos, o sea, soltar la ristra de fechas y de nombres. La reducción al absurdo, a la inutilidad. Puesto que en los noventa minutos de función no se habla del contenido de ni una sola obra. Apenas se recurre a Electra; pero por las cuestiones derivadas de aquel tremendo éxito. Si hemos de aceptar que este montaje va dedicado a todos los públicos, y que eso incluye a los bachilleres y a los escolares (de ahí las campañas que se han organizado); ¿qué podemos sacar en claro?, ¿cuál es el objetivo que se ha marcado Alma García como dramaturga? Bien está que fuera tu tierra, Galdós es un compendio caótico de anécdotas, de subterfugios y de aledaños que en muy poco sirven para que los neófitos, o sea, casi todos los espectadores, se aclaren con la figura del escritor. Y no por que haya que exigir una biografía dramatizada al uso, por supuesto, sino por la falta de profundidad a la hora de plasmar la dimensión literaria, política y sicológica del novelista. ¿De qué sirve un centenario si no se consigue que los lectores acudan a sus textos? Galdós, vale, ante todo y por encima de todo, por sus novelas y por algunas obras de teatro. Sigue leyendo

Ana, también a nosotros nos llevará el olvido

Una obra fallida que se sitúa en los años sesenta para exponer cómo el adulterio y la homosexualidad estaban considerados delito

La intención de Irma Correa parecía clara y se suponía honorable sobre el papel. En teoría, parece, anhelaba adaptar la Tristana de Galdós a los años sesenta de nuestro pasado siglo, añadiéndole las ansias y el portazo célebre de la Casa de muñecas (merece recordar aquí aquella La vuelta de Nora, para señalar las derivas dramatúrgicas que ofrecen algunos personajes). La lástima ha sido que su texto hace aguas por todos los lados y que resulta tan maniqueo, estereotipado e inconsistente que decididamente uno se siente algo estúpido frente a frases tan sentenciosas y explicativas como las que tenemos que escuchar. Ahora, empecemos por valorar lo único que verdaderamente parece sugerente: la escenografía. Mario Vega, con clara inspiración en las estructuras de Robert Lepage (véase Needles and opium, espectáculo que pudimos disfrutar hace cinco años en los Teatros del Canal) que, salvando todas las distancias técnicas y presupuestarias, logra una satisfactoria impresión. Hablamos de un gran muro que asciende y baja desvelando huecos, peldaños o estancias; que surgen entre animaciones (un buen trabajo de Juan Carlos Cruz) que se proyectan y que nos dejan ver a otros personajes provocando coordinaciones bien interesantes. El mundo de variables que todo este aparataje habilita no se termina de potenciar debido al texto que nos toca soportar. Viene la historia encuadrada por una innecesaria y cursi descripción declamada por Ruth Sánchez (enseguida intuimos que es la hija de la protagonista) que irá apareciendo entre algunas escenas. La historia nos remite a Ana (de Tristana, pero sin la tristeza, ya sabemos de las intenciones simbólicas de Galdós a la hora poner nombres), una mujer de la escueta clase media o, al menos, aspirante a ella, de aquellos años de cierto «aperturismo» del régimen franquista. Marta Viera realiza una interpretación correcta; aunque frenada por una trama que se abalanza de tal manera que su personaje queda desfigurado. Ella debe cumplir con ese papel tan clasista y machista de «señora de». El tedium vitae que tantas heroínas de la literatura decimonónica nos trasladaron (Ana Ozores o Emma Bovary), esa abulia, ese desasosiego existencial difuso que busca imperiosamente oxígeno, aparece aquí. No obstante, sin las circunstancias burguesas que todavía nos permitirían especular sobre una mujer más consciente de sus posibilidades socioeconómicas fuera del hogar. Aquí Ana, en un pis pas, pasa de hacer «sus» labores hogareños de buena esposa a angustiarse, conocer a una amante (¿descubriendo? su homosexualidad) y a soltar que quiere leer no sé cuántos libros, ver exposiciones, viajar, etcétera; como si cultivarse fuera algo así como una ósmosis. Uno piensa, ¿por qué no se pone a leer?, ¿por qué no acude a ninguna exposición? Hemos de aceptar que en algún ínterin que no apreciamos, su cicerone, su mentora, su Pigmalión, la ha influido o instruido como ocurre en la obra galdosiana con el pintor Horacio. Nos falta mucho contexto, conocimiento de Ana; porque la situación que se vive es enormemente abrupta y tendenciosa (todo ello desde la visión dramatúrgica, evidentemente). No hay más que observar a Lope, el marido, quien, a diferencia del Lope galdosiano, no es un señor mayor. Rubén Darío alcanza la caricatura en su proceso de descomposición sicológica. Pasa de ser un gentil abogado que acaba de entrar en el Ministerio y que desea cumplir con los mandamientos y las exigencias sociales, a convertirse en un violador, un hombre cruel y abusador, y, lo que es peor, en alguien que amenaza con asesinar a su cónyuge porque la ley (se insiste mucho en la existencia de la ley) se lo permite. Es difícil no pensar en una telenovela venezolana. Se percibe demasiado que se anhela dirigir un mensaje rotundo al público. Todo ello provoca que el argumento no respire, que los intérpretes, además de verse algo atrapados por el espacio escénico (actuar sobre una rampa no es sencillo), carezcan de líneas compongan algo más sutil en esos setenta minutos de montaje. Por otra parte, nos encontramos con los dos papeles que interpreta María de Vigo. Ciertamente, la actriz se ve suelta y con gran disposición. El personaje de Vivian, una joven francesa, dedicada a cuidar a unos niños, sueña con viajar a América ―la tierra de las oportunidades― para desarrollar su faceta como fotógrafa ―sus fotos recuerdan a las de Vivian Maier―; resulta el más interesante, el más pausado y dialogador. Es el ejemplo de lo que no ocurre con el resto de personajes. También encarna a Satur, una peluquera gallega muy echada para adelante, que intenta animar a su amiga en su pesadumbre. El respetable juzgará el final del espectáculo y valorará si es o no verosímil para aquella década. No lo desvelemos aquí; pero, al menos, digamos que la cuestión económica, el tema de la clase social, no se dirimen como se debieran. Suena chanson francesa, Brel, Aznavour. También «La vida sigue igual» de Julio Iglesias, una gran canción que nos destina a la esperanza. Irma Correa ha querido rizar el rizo para criticar Ley de Vagos y Maleantes de 1954, en la cual se consideraba la homosexualidad como delito. En la propia función se señala que en Tefía (Fuerteventura), en la Colonia Agrícola Penitenciaria se les encerraba. Y que el adulterio también estaba tipificado como delito (las condenas eran superiores para la mujer; eso conllevaba cárcel). Para combinar estas dos tropelías y crear una obra de teatro más consistente se necesita otro enfoque, otra perspectiva más profunda que someta a cuestión el contexto con todas sus vertientes. Pienso, sinceramente, que en esta obra no se plasma adecuadamente la realidad social de aquella época y, desde luego, el fondo es tan serio, como pertinente.

Ana, también a nosotros nos llevará el olvido

Texto: Irma Correa

Dirección: Mario Vega

Elenco: Marta Viera, María de Vigo, Rubén Darío y Ruth Sánchez

Espacio escénico: Mario Vega

Director de animación: Juan Carlos Cruz

Iluminación: Ibán Negrín

Producción: unahoramenos

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 25 de octubre de 2020

Calificación: ♦♦

El otro

Alberto Conejero adapta la mejor obra teatral de Unamuno, donde se dirimen los límites de la identidad personal

Sin duda, esta es la obra de teatro más sugerente de Miguel de Unamuno; en la que se aproxima de forma más convincente a las propuestas vanguardistas de los años veinte, con un parentesco evidente con Pirandello. El espejo, la idea de no poder descansar, pausar, renunciar a su propio yo. La condena de ser cada instante de la vida y, además, no terminar de reconocerse plenamente, nada más que como un extraño que se piensa a sí mismo bajo el prisma de los demás. La creencia en identificar la identidad como una esencia pura, también puede hacernos ignorar la imposibilidad de ser único sin una especie, una tradición, una cultura, una educación y unas fuerzas irracionales que se plasman en la voluntad. Reconozcamos que la influencia en Unamuno de filósofos como Schopenhauer, Nietzsche o, sobre todo, Kierkegaard ―junto a Freud― es muy patente en esta obra ―con el permiso, claro, de Hegel―. Si seguimos al teólogo danés, podríamos argüir que el protagonista de este drama ha sido incapaz de pasar de la etapa estética a la ética. Por ejemplo, en el volumen O lo uno o lo otro se expone que la vida estética es desesperación, y con esta idea desarrolla una teoría de la alienación. Por otra parte, debemos recordar que en el estadio ético se halla el matrimonio como paradigma: el compromiso y el límite en el desarrollo personal. Todos ellos son temas y conceptos que alimentaban el espíritu de don Miguel. Por esta razón, El otro es un texto de gran complejidad, si nos adentramos en el meollo que verdaderamente se quería desentrañar. Sigue leyendo