Albert Boadella y Ramón Fontserè reescriben su propuesta cervantina para satirizar sobre los acontecimientos del último decenio
Els Joglars retoma el montaje que pergeñaron en 2004 sobre El retablo de las maravillas: una multiplicación en episodios para despedazar moralmente las actitudes modernas. Los años que han transcurrido les han permitido adaptar las nuevas formas del esnobismo y de la estupidez contemporánea. Inicialmente recrean el entremés de una manera más aproximada al original de Cervantes ─como aquella propuesta de José Luis Gómez─. Que recurran a los caracteres de la comedia del arte los aleja de la estética garrula y eso potencia el engaño, pues el enmascaramiento actual nos puede pillar a todos con el pie cambiado. De algún modo, el primer cuadro en el palacio de los Daganzo ─en clara referencia a otro de los entremeses cervantinos─ resulta demasiado convencional, no obstante, sirve para enseñarnos a unos personajes que saltarán en el tiempo, si bien Javier Villena, haciendo de conde, consigue alcanzar el patetismo. Más nos importan las imposturas presentes que la pureza de sangre de antaño; a pesar de que, mutatis mutandis, valgan para lo mismo. Sigue leyendo
Muy difícil lo tiene el teatro del Romanticismo para regresar con brío a las tablas. Los conceptos, los modos y, sobre todo, las técnicas dramáticas rápidamente se nos exponen relamidas e inasumibles. Cualquier giro esbozado sin un máximo cuidado y sin una atmósfera propicia convierte lo inverosímil en un trago amargo. Si, además, se pretende un acomodo humorístico, entonces es imposible que el astracán no sobrevuele la puesta en escena como un ave de mal agüero. Desconozco las pretensiones profundas de la compañía Ensamble Bufo; pero han acometido un proyecto que resulta inconsistente desde todos los puntos de vista. Se espera del público que pase con toda lógica de lo serio a lo cómico a través de la explicación cronística. Encima con una factura que no favorece ninguna de las tesituras delimitadas. Si acaso, parecen convencer más al respetable cuando amenizan la velada con las piezas originales que se compusieron para las representaciones de aquel 1836. Por otra parte, las coplas zarzueleras con las que abren y cierran la función, más aquellas que introducen en el interludio elevan el ánimo general. En cualquier caso, ¿cómo podemos conjuntar tantas estéticas sin abrumarnos con lo kitsch? 

Desde que Rodolf Sirera escribiera en 1978 este breve texto, ha logrado con el paso de los decenios asentarse como una obra de referencia del ámbito metateatral. La última adaptación fue aquella que montó
La grandiosidad clasicista que destila esta propuesta de Juan Carlos Pérez de la Fuente contrasta notablemente con aquella que presentó en el CDN 

