Juan Mairena convoca en el Teatro Fernán Gómez a Buñuel, Dalí y Lorca para convertir el drama romántico de Zorrilla en una obra surrealista
A don Juan se lo viene profanando en los últimos tiempos por ser considerado el símbolo universal del maltratador, del seductor incólume y convertir el ghosting (perdón, escabullida irrespetuosa) como quintaesencia de la salvaguarda frente al enamoramiento. Pero resulta que los tres genios ─Buñuel, Lorca y Dalí─, reunidos amistosamente en la Residencia de Estudiantes en 1924, ya habían pergeñado su propio sacrilegio. Juan Mairena, que ha estado enfrascado en su Loba estas últimas temporadas, ha indagado profundamente sobre aquel divertimento teatral, otro de tantos, que transcurrió en aquella institución. Sigue leyendo

Els Joglars retoma el montaje que pergeñaron en 2004 sobre El retablo de las maravillas: una multiplicación en episodios para despedazar moralmente las actitudes modernas. Los años que han transcurrido les han permitido adaptar las nuevas formas del esnobismo y de la estupidez contemporánea. Inicialmente recrean el entremés de una manera más aproximada al original de Cervantes ─como aquella propuesta de
Muy difícil lo tiene el teatro del Romanticismo para regresar con brío a las tablas. Los conceptos, los modos y, sobre todo, las técnicas dramáticas rápidamente se nos exponen relamidas e inasumibles. Cualquier giro esbozado sin un máximo cuidado y sin una atmósfera propicia convierte lo inverosímil en un trago amargo. Si, además, se pretende un acomodo humorístico, entonces es imposible que el astracán no sobrevuele la puesta en escena como un ave de mal agüero. Desconozco las pretensiones profundas de la compañía Ensamble Bufo; pero han acometido un proyecto que resulta inconsistente desde todos los puntos de vista. Se espera del público que pase con toda lógica de lo serio a lo cómico a través de la explicación cronística. Encima con una factura que no favorece ninguna de las tesituras delimitadas. Si acaso, parecen convencer más al respetable cuando amenizan la velada con las piezas originales que se compusieron para las representaciones de aquel 1836. Por otra parte, las coplas zarzueleras con las que abren y cierran la función, más aquellas que introducen en el interludio elevan el ánimo general. En cualquier caso, ¿cómo podemos conjuntar tantas estéticas sin abrumarnos con lo kitsch? 

Desde que Rodolf Sirera escribiera en 1978 este breve texto, ha logrado con el paso de los decenios asentarse como una obra de referencia del ámbito metateatral. La última adaptación fue aquella que montó
La grandiosidad clasicista que destila esta propuesta de Juan Carlos Pérez de la Fuente contrasta notablemente con aquella que presentó en el CDN 