La adaptación de la novela de Blasco Ibañez dirigida por Magüi Mira se reconfigura a través del expresionismo

Parece, desde luego, una fenomenal idea trasladar esta breve novela de Blasco Ibáñez a las tablas, cuando su versión televisiva había contado con buenas críticas y cierta repercusión. Juzgo que es un gran acierto de Magüi Mira haber optado por el expresionismo y el simbolismo en lugar de haberse ajustado al esperable naturalismo, corriente en la que triunfó su autor. En este sentido, la propuesta contiene muchas similitudes estéticas con el trabajo realizado durante tantos años por la compañía Atalaya; aunque aquí se procede con elementos que potencian más el color y la luz. Dos grandes estructuras móviles con espejos que han situado Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán nos permiten observar el reflejo del tapiz, sobre todo cuando se llene de una arena rojiza que remarca el calor abrasador, la furia del desenlace aciago y todos esos campos que los labradores se afanaban en rentabilizar; además, por supuesto, de esbozar una barraca. La iluminación de José Manuel Guerra refuerza los símbolos que se manifiestan en algunos matices para no caer en el profundo tenebrismo. Sigue leyendo

Desde que Rodolf Sirera escribiera en 1978 este breve texto, ha logrado con el paso de los decenios asentarse como una obra de referencia del ámbito metateatral. La última adaptación fue aquella que montó
La grandiosidad clasicista que destila esta propuesta de Juan Carlos Pérez de la Fuente contrasta notablemente con aquella que presentó en el CDN 



