Una terapia integral

Cristina Clemente y Marc Angelet están logrando con sus comedias un análisis en absoluto naíf de nuestras más afamadas incongruencias. Una terapia integral sitúa al coach-panadero como nuevo sacerdote de almas descarriadas

Una terapia integral - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Algo que me satisface mucho de las dos obras que he podido ver de Cristina Clemente y Marc Angelet es que son «productos» teatrales de gran valía dentro del circuito comercial, que compiten con mucha inteligencia con montajes de pretendida enjundia que brotan directamente bajo el aura culta de algunos teatros públicos.

Una terapia integral es menos descacharrante que Laponia, su anterior propuesta; pero, a cambio, es más estilosa —desde luego, toda la escenografía de José Novoa, con ese obrador tan detallado, ayuda a captar totalmente nuestra atención—. Es, también, más aviesa sicológicamente y más insidiosa con aquellas estupidizaciones con las que aquellos aspirantes a clase media burguesa han caído, a pesar de su supuesta cultura.

Claro que, tampoco nos pasemos; pues estamos dentro de la comedia moralmente aceptable. Crítica, pero respetuosa incluso con los panaderos, y no tanto con los gurúes modernos; aunque estos, que no van al teatro, porque están en el regodeo de la iluminación eterna, no pueden ofenderse ante nada. Es decir, se dan las exageraciones pertinentes y se fuerza, en ocasiones, una risa a través de un payasismo algo irritante. Sigue leyendo

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Amaeru

Carolina Román plantea en este drama una búsqueda a través del ejemplo de su propia familia, de lo que supone el cariño dado y necesitado. Sus dos intérpretes realizan una labor cuidadosa en los Teatros del Canal.

TEATRO por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Tras más de una hora de función, uno llega a pensar que la nueva propuesta de Carolina Román ha caído en el artefacto kitsch o que directamente se ha confiado a un costumbrismo que, quizás, a ella le conmueva; puesto que es su familia quien la ha inspirado. No obstante, el público actual puede sentir que el tema es demasiado naíf.

Ocurre, sin embargo, que en el final (no puedo revelar demasiado) se da tal cambio en la perspectiva que debemos adoptar, que el espectador tendrá que optar por tomarlo como otro incongruente desenlace al estilo de Los Serrano o como una deriva futurista a lo Desafío total o el capítulo 3 de la primera temporada de Black Mirror. Ese epílogo —no me tengo más remedio que insistir— quiero tomármelo como una revitalización de una obra que, en su contenido principal, redunda en los clichés de un teatro de costumbres que me queda muy lejano.

La forma de reflejar la rutinaria vida familiar nos conecta con otras obras de la dramaturga como Adentro; aunque, si es por el juego de travestismo, nos induce a recordar la exitosa Juguetes rotos. Pero, ahora, pienso que se han dado unos pasos atrás. Ya que, por mucho que se quieran imbricar varias capas, observar cómo intentan representar hasta tres veces las escenas de una telenovela resulta poco pertinente y hace que asuntos de mayor calado no permeen. Sigue leyendo

Sweet Dreams

El dramaturgo Alberto Velasco recurre a los reiterativos procedimientos de la autoficción teatral para descubrirnos sus traumas personales y la época de fracaso que acaba de atravesar. La sala del off madrileño, Nave 73, acoge este espectáculo.

Sweet Dreams - Alberto VelascoPuede que debamos aprovechar esta autoficción de Alberto Velasco para reflexionar sobre cierta deriva del arte dramático y sobre las ínfulas de esos seres especialísimos que últimamente nos atenazan con sus peculiaridades deslumbrantes. El reflejo de esta egolatría encuentra su hábitat en el precario off teatral a través del cajón desastre tildado de postdramático, puesto en marcha hace ya décadas, donde el pastiche nos deja cientos de propuestas que redundan en algunos procedimientos y, sobre todo, en la insustancialidad (salvo excepciones). Porque la cuestión está en epatar, en diferenciarse como sea, en usar mucho el griterío en el micrófono y, principalmente, en salvaguardarse del discurso potente con la ironía. La ironía es la máscara imperante del presente desencantado. Sigue leyendo

Lectura fácil

La exitosa novela de Cristina Morales sobre cuatro primas con «discapacidad intelectual» salta a escena de la mano de Alberto San Juan, desde una perspectiva que devalúa su carga política

Lectura fácil - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Resulta no solo sorprendente, sino altamente decepcionante, que alguien como Alberto San Juan, que está embarcado en el Teatro del Barrio, un espacio muy vinculado a las propuestas políticas desde la izquierda; y que una escritora, Cristina Morales, que se ha mostrado plenamente radical desde esferas anarquistas, hayan presentado esta adaptación tan despolitizada, donde ella contribuye con su faceta de coreógrafa antiacademicista con su grupo Iniciativa Sexual Femenina.

Partimos de una novela que ganó el Premio Nacional de Narrativa en 2019 y que, desde mi punto de vista, es una de las mejores obras literarias del siglo XXI. Un texto incisivo, bronco, punki y que dispara en todas las direcciones posibles, además de emplear todo tipo de escrituras. Nos plantea una situación polémica: a Marga, una mujer con discapacidad mental, que vive con sus primas en un piso tutelado, y que también tienen diversidad funcional con distintos porcentajes certificados, va a ser esterilizada, puesto que su lubricidad está desaforada. Así, Carlota Gaviño está cachonda perdida y entrega su cuerpo a la causa masturbatoria. De hecho, ella marca la tónica provocadora de la función: el sexo en diferentes escenas como grandes acontecimientos dramáticos. Sigue leyendo

Elogio de la estupidez

Darío Facal firma una comedia generacional que pretende dar cuenta de cómo unos personajes llenos de ignorancia y sin desarrollo vital posible ocupan su tiempo con distintas ocurrencias

Elogio de la estupidez - Foto de Coral Ortiz
Foto de Coral de Ortiz

Afirmar que esta obra se inspira en Bouvard y Pécuchet es mucho decir. Porque sí, aquellos personajes flaubertianos se conocieron de improviso y tuvieron el enamoramiento de la amistad. Eran unos ignorantes en multitud de materias y, movidos por una fuerza sobrevenida, se pusieron a investigar con afán de dominio; pero abocados al fracaso. Querían saber. No así nuestros Agustín y Mario, que Darío Facal los ha dibujado como a otros perdedores más que se suman a la lista de nuestra España. ¿Y de Erasmo de Rotterdam y su célebre ensayo? Pues únicamente el título; puesto que la ironía que se destila en este montaje va por vía naíf y no aspira a la crítica política.

Elogio de la estupidez es como esas comedias de situación que encapsulan a sus protagonistas en una especie de mundo aparte. Véase Friends —¿cómo pudimos admirar esa serie?—. Ahora que hemos vuelto a la ingenuidad, y muchos jóvenes prefieren quedarse en casa los fines de semana y renunciar al botellón, y se encierra uno muchísimo en la red social favorita hasta quedar ahíto, la función esta, al menos, sirve como ejemplo de la nadería contemporánea. Llamarla nihilista me parecería un piropo. Esto, definitivamente, no es Beavis and Butt-Head. Sigue leyendo

True West

Tristán Ulloa y Kike Guaza se encarnan en los hermanos que protagonizan esta historia con tintes de western, escrita por el actor y dramaturgo Sam Shepard, y que dirige Montse Tixé en el Matadero

True West - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

Si Sam Shepard, en esta obra que estrenó en 1980, quería dejar patente el espíritu del «verdadero oeste» americano; entonces hemos de deducir que lo halla en la competencia violenta entre hermanos. Conquistar esa inmensidad salvaje, llegar el primero, enriquecerse como nadie y dejar que aquel espacio sin leyes definidas, si Dios lo consiente, configuran un mito que llega hasta el presente.

Uno se hace en el otro, uno invade el territorio del rival para realizarse y liberarse de sus más claras ataduras. Uno queriendo demostrar su inteligencia, su imaginación a través de la pura vivencia, para imponerse a la fantasía artificial del guionista. Mientras que, a la inversa, el apocado, el buenecito, el caritativo que ha ayudado tanto a su padre, anhela quitarse el corsé, y no solo se agarra a la botella imperiosamente; sino que se convierte en un pasota y en un ladrón. Lo interesante es que no les vale para autorrealizarse y avanzar en su vida desde una purificación esperanzadora, sino que se acaban autodestruyendo, con la aquiescencia de su madre que, de alguna forma, se lo veía venir, pues de tal palo tales astillas. A la postre, debemos pensar que Lee ha infectado a Austin, pues este último no necesita desbravarse de esa manera tan infantil. Porque sí, ambos, en gran medida, son unos inmaduros, que nos lanzan casi al slapstick propio del Chaplin en alguno de sus papeles como borrachín. Y es ahí cuando logran hacernos reír. Sigue leyendo

Breve historia del ferrocarril español

La historia de cómo se ha ido construyendo el sistema ferroviario español salta a escena para evidenciar los negocios fraudulentos de los Borbones, en un espectáculo teatralmente muy rácano

Breve historia del ferrocarril española - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Voy a imaginar que el Ministerio de Educación les ha encargado a Joan Yago y a Beatriz Jaén que nos ilustren a los profesores acerca de qué es una “situación de aprendizaje”, para así poder desarrollar la nueva pedagogía de la LOMLOE. Puesto que, si ustedes acuden al Teatro María Guerrero, a su Sala de la Princesa —donde no hace muchos meses se satirizó la vida de Alfonso XIII—, recibirán una lección de Historia que, quizás, ya debieran haber recibido. Sigue leyendo

Equus

Carolina África lleva el célebre texto de Peter Shaffer al Teatro Infanta Isabel. Un caso real sobre un muchacho, que estaba sometido por los dogmas familiares y que llegó a punzar los ojos de varios caballos

Equus - Foto
Fotografía de Geraldine Leloutre

Vayamos mucho más allá de los desnudos integrales que siempre se asocian a esta obra. Natalio Grueso ha querido llevar el texto que Peter Shaffer escribió en 1973 a nuestro presente más inmediato, es decir, con los móviles en la mano y el canturreo de algunos jingles publicitarios muy reconocibles. No obstante, se ha olvidado de darles credibilidad a una madre que parece surgida de una secta ultracatólica; y a un padre «impresor» (lo afirma como si perteneciera a la larga estirpe del gremio), que parece obsesionado por el mal que supone el uso de pantallas, y que sortea sus frustraciones sexuales acudiendo a locales de intercambio. Tanto Manuela Paso como Jorge Mayor me parecen desnortados para nuestra época tan secularizada. Los contemplo anticuados en las formas, inverosímiles, y creo que es lo más flojo de este espectáculo. Sigue leyendo

La noria invisible

La obra de José Troncoso que se presenta en la sala pequeña del Teatro Español, transcurre en la imaginación de dos quinceañeras de los años 90 a partir de una comedia sin demasiado fundamento

La noria invisible - Susana Martín
Foto de Susana Martín

Esta última obra que nos entrega José Troncoso junto a la compañía La Estampida me parece de una insignificancia pasmosa. Cierto es que las anteriores propuestas del grupo, como La cresta de la ola, Lo nunca visto o Las princesas del Pacífico, tampoco se caracterizaban por contener grandes argumentos; sino que se apoyaban en toda una gestualidad esperpéntica que se repetía sin fin hasta lograr la deformación y la denuncia deseada de alguna realidad social. Pero es que los sesenta y cinco minutos de esta función que se representa en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español no apuestan por nada acuciante, dadas nuestras actuales circunstancias. Y todo ello porque la incursión en el tema propuesto es tan pacata e inocentona, que no llega ni para que nos provoque algún pensamiento evocador de un tiempo no tan lejano.

Por no decir que, encima, ha infantilizado un poco más, si cabe, a unas chicas de colegio concertado, que son de principios de los noventa (no hay más que fijarse en las fotos pegadas en sus carpetas y en el radiocasete), aunque parecen de los años cincuenta (si hacemos caso a los estereotipos y a los relatos de aquella época). Ya quiso Pilar Palomero apuntar con su película Las niñas (tenían once años), que ciertas costumbres empezaban tímidamente a cambiar en algunas escuelas religiosas.

Nuestras protagonistas no tienen doblez, a pesar de que Raquel, la Tetas, fume y demuestre un arranque barriobajero a tener en cuenta. En este sentido, Olga Rodríguez se afana con una impulsividad muy consistente y que hace sostener su papel, aunque sea imposible redondear algo tan plano. Ella ha llegado nueva a la escuela, con todo el enfado que conlleva un traslado; y más, si es por haber sido acosada por habladurías sobre sus sobeteos con el novio. Ha dado a parar al único pupitre libre que es donde nadie quiere sentarse; porque al lado se aposenta Juana, la Gafas. Esta adolescente, poco agraciada, poeta en ciernes, y con la sospecha de que es “bollera”, se expresa en el cuerpo de Belén Ponce de León con gran solvencia y gracia —ella no para de repetir que su vida es la ficción de un «videoclip»—; no obstante, con la inevitable tendencia a la niñería. Es ella quien lleva la voz cantante —de hecho, cantan, y para ello el escenógrafo Alessio Meloni les ha preparada una pista circular propia de una sala de fiestas para que las chavalas discotequeen—, y que arrastra a su nueva y única amiga hacia la zapatería de su padre, un lugar fantástico para soñar con el futuro a partir de los zapatos que se prueban; pero donde ella no querría terminar trabajando.

La trama transcurre lenta entre las imparables repeticiones de estas muchachas que terminan compenetrándose a través del reiterado ensamblaje de la malota y de la bonachona. Ambas quieren tener la última palabra (o el berrido) en sus eternos diálogos trastabillados más propios de niñitas repipis. Luego, se irán a la noria del parque de atracciones, que debe servir (el tópico) como una metáfora de la vida. El destino prescrito e inapelable que marca el camino de cada uno, sin que se den demasiadas oportunidades para el cambio, ya sea sexual o laboral. Una visión muy desencantada y determinista, y diría, que poco certera en cuanto a lo ocurrido a esa generación, quizá la primera vez que verdaderamente pudo obviarse el rumbo establecido.

En cualquier caso, La noria invisible no pasa de cuentecillo con moraleja ramplona, que únicamente satisfará a las almas cándidas y a los acólitos del dramaturgo, acostumbrados a estos espectáculos guiñolescos.

La noria invisible

Dramaturgia y dirección: José Troncoso

Con: Belén Ponce de León y Olga Rodríguez

Diseño de iluminación: Leticia L. Karamazana

Ayudante de iluminación: José Muñoz

Asesoría de escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)

Ayudante de escenografía: Iván López-Ortega

Música original: Mariano Marín

Coreografías y movimiento: Luis Santamaría

Ayudante de dirección: José Bustos

Una producción de La Estampida y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 9 de octubre de 2022

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UN EXTRACTO DE ESTE TEXTO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA LA LECTURA DE EL MUNDO