La vida es sueño

Los jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico despliegan su buen hacer con la tragedia de Calderón en la despedida de Helena Pimenta como directora

Foto de Sergio Parra

Cada una de las incursiones en la obra magna de nuestra literatura es un recuerdo de su consistencia estructural, de su poética barroca y de esa profusión filosófica sobre las cuitas de la Edad Moderna; desde la duda cartesiana hasta el cuestionamiento del dios todopoderoso (podemos recordar la fantástica propuesta de Carles Alfaro hace un par de temporadas). Vuelve Helena Pimenta con la obra que tanto éxito le dio cuando puso a Segismundo en la piel de Blanca Portillo. Ahora se despide de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ―con honores―. Que retome la versión de Juan Mayorga (muy ajustada en los tiempos para lograr un brío enérgico y satisfactorio) con los jóvenes de la Compañía, es una apuesta firme por adentrarse en vericuetos complejos. La función, desde luego, es muy atractiva visualmente, y es debido al espacio escénico que Mónica Teijeiro ha imaginado. Porque la sala Tirso de Molina, en la quinta planta del Teatro de la Comedia, está resultando en estos pocos años que lleva activa como un lugar bien versátil; y así se da muestra de ello en este montaje. Se aprovechan al máximo las alturas: Rosaura corretea en su huida por las pasarelas que permiten colocar los focos a los técnicos, Segismundo aparecerá por un recoveco central y el elenco al completo se adentrará por cualquier esquina sobredimensionando las perspectivas. El conjunto es sencillo, pues los elementos con los que se juega son mínimos: apenas un piano y una cortina de láminas traslúcidas en el fondo. Sigue leyendo

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Sea Wall

Nacho Aldeguer interpreta para un reducido grupo de espectadores un monólogo sobre una tragedia familiar

Lo que para nosotros es hoy en día la muerte resulta fundamental para que cualquier relato trágico presente nos someta a una angustia indecible. La muerte está lejos, oculta. La muerte es de los otros, de la mala suerte. La esperanza acérrima de sobrevivir ante cualquier accidente, enfermedad o imprevisto es una creencia infantil. Menos guerras, menos terrorismo, menos asesinatos a nuestro alrededor; pero cualquier hecho luctuoso nos recuerda nuestro destino fatal. Luego tendemos a la que la cotidianidad nos devuelva la fantasía de la inmortalidad. Sea Wall es un encuentro íntimo, un momento sutil de escucha y una necesaria empatía para situarnos junto a Álex; pues su historia es tan verosímil y sencilla como profunda. Su relato es una catástrofe vital estadísticamente excepcional en nuestro mundo actual; pero todos jugamos a la lotería sin querer con cada una de nuestras acciones. Si tienes un hijo, sabes que el temor a perderlo es un miedo que se aloja perpetuamente en el duodeno para alertarte ante cualquier posibilidad de peligro. Carlos Tuñón se ha embarcado hace ya tiempo en proyectos que trabajan en los aledaños de lo dramatúrgico ―podríamos decir. Simultáneamente a Sea Wall, también lleva a las tablas El roble (estrenada la temporada anterior). Sigue leyendo

Parque Lezama

Luis Brandoni y Eduardo Blanco se sientan a discutir en un banco para dirimir sus antagónicas posturas de la vida

La vejez y la soledad se dan cita en el banco de un parque a través de dos ancianos que se complementan en la permanente discusión de sus diferencias irreconciliables. Es decir, una reedición del famoso choque y, a la postre, entrañable, que protagonizaron Jack Lemmon y Walter Matthau (este último aparecía en la adaptación cinematografía de esta obra de Herb Gardner, es decir, I’m Not Rappaport, o sea, Dos viejos chiflados) en varias películas. Aquí tenemos a Luis Brandoni, en el papel de León Schwart, un viejo comunista, fantasioso por convicción y mentiroso por supervivencia (síndrome de Walter Mitty). Se muestra pertinaz en sus narraciones, y su impulsividad lo lleva a denostar sus achaques para evidenciar una valentía osada. A la contra, Eduardo Blanco, es Antonio Cardoso, un conserje de finca, especializado en el mantenimiento de la caldera. Este manifiesta en seguida su irritación a flor de piel por los bulos de su compadre. Entre la envidia y su debilidad corporal, y la asunción de la decrepitud y del miedo al despido, resulta un personaje, inicialmente, furioso. Ambos actores manejan un estilo creíble y acompasado; aunque a Blanco le toca impostar más la vejez y, al principio, chirría un poco. Desde luego, el tono general es de comedia; no obstante, por debajo, el trago es acibarado. Sigue leyendo

La margarita del Tajo que dio nombre a Santarén

Una sencilla versión sobre esta tragedia, escrita por Ángela de Azevedo, que da cuenta de la vida de santa Irene

Ante todo, creo que es muy loable que una compañía joven como Los Martes, No lleve esta obra tan desconocida a las tablas. Pues hablamos de una comedia de santos de la portuguesa Ángela de Azevedo, de quien apenas se conocen datos sobre su vida. Sencillamente, sabemos que vivió durante el siglo XVII, que estuvo al servicio de Isabel de Borbón y que escribió otras dos obras más. Lo cierto es que La Margarita del Tajo nos muestra una situación brutal basada en la hagiografía de santa Irene de Tancor (ca. 635 – 653) y que, como bien explica el título, dio nombre a la ciudad, próxima a Lisboa, de Santarén. Por otra parte, esa inquina se hace más evidente por la adaptación que han llevado a cabo María Gregorio y Anaïs Bleda; pues el argumento queda reducido a una serie de acciones directas y con muy pocos recovecos, que hubieran hecho falta para redondear a los personajes fundamentales. Y no porque la propia tragedia contenga muchos papeles (apenas se han quitado unos pocos); pero la ambientación es algo pobre ya que no se da tiempo para madurar ciertas situaciones. Esto se percibe en la introducción. Unos largos minutos entre las ondas del río sobreimpresionadas en la pantalla más la representación casi mímica de encuentros fortuitos que pueden dejarte sin asidero. Resulta confuso ese entrar y salir de individuos aún sin identificar. Sigue leyendo

Las canciones

Una experiencia salvadora a través de la escucha profunda de esos temas musicales que configuran una biografía emotiva

Foto de Vanessa RábadeOír o escuchar. La música está con frecuencia demasiado al fondo en nuestras vidas. La música suena mientras realizamos otra actividad. La música suena mientras nos pretenden vender un objeto. La música suena para tapar el angustioso silencio, cuando una pareja ha perdido la conversación. El melómano vive rodeado de vinilos y cada día se sienta en un sillón de cuero para deleitarse con la escucha. Una experiencia estética que indudablemente puede ser transformadora y que posee el influjo mágico de la intromisión abstracta. A través de personajes que nos remiten inequívocamente a Chéjov (por ahí andan algunas de las Tres hermanas, por ejemplo) asistimos a una liturgia, a una cura; pero, también, a una escapatoria, a una reclusión, a una dictadura de la emoción salvífica. El padre músico ha muerto; pero su fama ha quedado desvanecida por un acto terrible, que nos hace pensar en un asesinato. Los hijos sufren por su pérdida; aunque da la impresión de que la ausencia de su guía y su anclaje terrenal ha evidenciado dosis de inmadurez y de proyecto vital consistente. La extrañeza de la situación ―ya desde el principio, la gran parte de la función consiste en escuchar canciones―, nos puede recordar a esa visión tan angustiosa con que mira la realidad el director de cine Yorgos Lanthimos. La primera parte, la cara A, me parece algo prosaica, como si al dramaturgo le resultara bastante serio y sentencioso entrar en honduras de manera radical. Se da cierto distanciamiento y se maneja una comicidad un tanto chabacana, concretamente a través del papel que interpreta Carlota Gaviño; pues hace de «maruja canaria». Sigue leyendo

La lengua en pedazos

La Compañía Nacional de Teatro de México ambienta con tintes folclóricos el texto sobre Teresa de Jesús escrito por Juan Mayorga

La lengua en pedazosNo fueron pocos los eventos en 2015 destinados a rememorar el nacimiento de la santa cinco siglos después. Tiempo antes, Juan Mayorga había escrito La lengua en pedazos, un texto que se inspiraba en el Libro de la vida, de Teresa de Ávila. Luego, se pondría al frente del propio montaje, primero con Clara Sanchis y Pedro Miguel Martínez, y años después, sustituyendo a este último por Daniel Albadalejo, como pudimos comprobar en la propuesta que por aquí reseñé. Sigue leyendo

El sueño de Segismunda

El protagonista de Calderón deviene heroína para alzarse con el trono que pueda salvar el mundo a través de su feminización

La compañía teatral Contando Hormigas lleva bastantes años produciendo obras en las que se cuenta con actores invidentes. Esta circunstancia tan significativa para un arte escénico, nos lleva a plantearnos desde qué punto de vista ha de ser juzgada su propuesta. Ante todo, creo, que sin condescendencia; porque se realiza desde la profesionalidad. Aunque desde la perspectiva diegética (el relato imaginario en sí), si la actriz protagonista, Mariu del Amo (una mujer ciega) se mete en el papel de Segismunda, un personaje que asumimos que ve, ¿qué hacer? Sigue leyendo

Off

Antonio Romero protagoniza esta comedia de tintes amorosos que sirve para criticar la situación del teatro «alternativo»

Seguramente la mayor paradoja de esta obra sea contemplar cómo se ha tergiversado el propio concepto de «off teatral», al menos desde el pasado «boom» madrileño. Es decir, cómo la idea de marginalidad, de experimentación —a veces underground—, de búsqueda de espacios inverosímiles, de proposiciones inéditas para los espectadores, se demostró altamente ineficiente económicamente. Y así, la etiqueta ha permanecido; pero ya solo remite (en términos generales) a precariedad, a producción escueta, a destajo, etc. Sigue leyendo

Escena – Fin de temporada 2018-19

Una vez terminado el curso, llega la hora de repasar lo más destacable de la esfera teatral

Foto de marcosGpunto

Al final siempre ocurre lo mismo, los montajes excelentes se reducen a un escueto puñado; pero, si echo la vista atrás y comparo esta temporada con las cuatro o cinco anteriores, parece que la cosecha ha sido, en general, peor. Puede ser por diferentes motivos, entre otros, mi propia percepción subjetiva (puedo estar equivocado) o que la crisis no se ha terminado para el mundo teatral (seguramente nunca pase ya y sea necesario acostumbrarse a esta situación), o, también, que cuesta más atrapar a un público que vive sometido por muchas tentaciones «culturales», como, por ejemplo, las series de televisión. La clave sigue siendo el espectador. Y la crítica, claro. Aunque no pueda competir en influencia contra cientos de retweets claqueros. Merece la pena hacer un repaso para recalcar cuáles han sido los mejores montajes y señalar, además, alguna obra que, por distintos motivos, si no ha sido grandiosa sí que ha conllevado detalles sobresalientes. Primeramente, es justo reconocer que algunas de las versiones o adaptaciones de clásicos (antiguos o de nuevo cuño, de aquí o de otros lares) han ofrecido facturas encomiables. Como fueron La fiesta del viejo, con la idiosincrasia argentina para traer a la actualidad El rey Lear (lo pudimos disfrutar durante muy pocas fechas en El Umbral de Primavera). Sigue leyendo