Calígula murió. Yo no

La obra de Albert Camus sirve para hacer teatro dentro del teatro y proponer una suerte de lenguajes y críticas inasibles

Calígula murió. Yo no - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Ante todo, hay que tomárselo en serio, sin paternalismo, con la máxima exigencia artística y con una mirada abierta. Esta propuesta de Clàudia Cedó, como versionista del texto de Camus, y el portugués Mario Paiva, un director experto en estas lides, es, cuando menos, inquietante; porque se logran concitar posturas y lenguajes que, a priori, uno es capaz de atisbar en su desarrollo. Podemos tener presentes algunas de las últimas adaptaciones de esta obra como la que dirigió Mario Gas o la que protagonizó Javier Collado; pero lo que aquí se propone va por otros derroteros. Primeramente, puesto que recoge una atmósfera entre absurda y melancólica —la iluminación de Nuno Samora destila esos azules mortuorios y venenosos, sobre la sencilla escenografía de José Luis Raymond, quien ha favorecido más la verticalidad, con las mesas colgando junto a la gran luna; que la horizontalidad, pues se tiende al despojamiento—. Segundo, porque el teatro dentro del teatro logra la metamorfosis de los actores como yoes infectados por sus personajes —hace bien poco veíamos un efecto así en Historia de un jabalí—. Sigue leyendo

País Clandestino

Propuesta azarosa y deslavazada de autoficción documental sobre las biografías de cinco creadores teatrales

País Clandestino - Foto de Pablo Mekler
Foto de Pablo Mekler

Un día, allá por 2017 (o antes), a Jorge Eiro, Pedro Granato, Florencia Lindner, Lucía Miranda y Mäelle Poésy se les ocurrió que podían hacer una obra de teatro juntos. Y quizás eso fue lo único que se les ocurrió. Así que, como son dramaturgos y conocen el percal, digo yo que, con tirar de autoficción documental que es lo que se «lleva ahora»; pues estaría todo hecho. Yo creo que a los autoficcionistas habría que prohibirles ya entrar en los teatros. Y siguieron pensando, digo yo, que el asunto quedaría en sí mismo muy cosmopolita; porque uno es brasileño, otra uruguaya, otro argentino, otra francesa y otra española. Y que, si charlaban un rato entre ellos, algo que resultara espontáneo y que, incluso, pareciera actual; pues el público sentiría que estaba delante de una tertulia amable. Y que si luego hacían un mezcladito cronológico y fugaz de los hitos más relevantes de sus biografías; pues que el asunto quedaría majo. Pues que si un poco de dictadura por aquí; pero sin profundizar. Que si otro poco de guerra civil por allá; pero sin insistir. Sigue leyendo

Los papeles de Sísifo

El Teatro María Guerrero acoge esta obra sobre el cierre del periódico vasco Egunkaria dirigida por Fernando Bernués

Los papeles de Sísifo - Foto de MIkel Blasco
Foto de Mikel Blasco

Vayamos al grano del asunto: el texto de Harkaitz Cano es intelectualmente timorato y esa mirada repercute de manera flagrante en la construcción de cuadros y de personajes. Ni es teatro documento, ni es una obra provocadora que recoja las intromisiones del poder y las luchas intestinas en un contexto muy complejo para referirnos el «caso Egunkaria» (aquí llamado Elea). La cuestión es que el montaje llega directamente al Teatro María Guerrero, ni más ni menos, con un elenco de once intérpretes (más otros intérpretes de sustitución para las funciones en vasco). Todo un despliegue de medios humanos para representar el drama de un primerizo; aunque con la dirección del ducho Fernando Bernués, responsable de la compañía Tantakka Teatro, que ya trabajó con Alfredo Sanzol, actual director de CDN (sería mucho afinar la vista; pero me dio la impresión de que el vino llevaba como etiqueta «La calma mágica», quizás me equivoque). Sigue leyendo

Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach

Nao Albet y Marcel Borràs han creado otro artefacto cargado de referencias cinematográficas para desarrollar un espectáculo cautivador

Foto de Luz Soria

Si del apabullante artificio que han dispuesto Albet y Borràs, hemos de tomar una referencia inequívoca para poder deconstruir críticamente lo observado, parece evidente que el nombre del guionista y director (y judío, por supuesto) Charlie Kaufman debe salir a colación desde el principio. Este genio ha escrito los guiones de El ladrón de orquídeas (ahí tienen un juego metaliterario sobre la acción de escribir), Cómo ser John Malkovich, otra virguería ontológica, o, la fundamental Synecdoche, New York (tampoco debemos perdernos su última maravilla, Estoy pensando en dejarlo). Desconozco si este autor ha influido a nuestros dramaturgos o si sus efluvios han viajado por otros derroteros hasta llegar a su mollera fantástica; pero las claves esenciales están ahí. Y hablamos de metacine, de la concepción posmoderna de la realidad que imprimió Baudrillard con su idea de simulacro, del cuestionamiento de la verdad auténtica en la conjunción ficcional del teatro y todo un etcétera sobre la teoría metafísica del acto propio de actuar. Si a esto, claro, le sumamos algunos procedimientos como el contrapunto, que indefectiblemente nos lleva por la vía violenta a Tarantino, entonces vamos atando cabos. Porque se nos ha concedido contemplar el frontal y el envés del atraco, con la repetición de escenas, en una coreografía de la confusión que se aclara para tergiversarse en un giro que va más allá de lo que se cree esperar. Sigue leyendo

La panadera

Sandra Ferrús firma y protagoniza esta historia sobre una mujer angustiada por la filtración de un vídeo sexual

Foto de Luz Soria

Resulta estimulante que el teatro se haga eco de estas nuevas formas de intrusión en la intimidad. Vivimos rodeados de «viralidad» y eso nos determina hacia situaciones azarosas e incongruentes, también crueles para los protagonistas de esos vídeos que, sin quererlo, se convierten en objeto de mofa, de escarnio o de vergüenza. Desde el ciberacoso al sexting innoble, las escenas sexuales brotan en las pantallas de los móviles con una facilidad pasmosa. En ocasiones, no hay ni tiempo para decir si se ve o no; pues llegan de improviso y en cantidades ingentes. Hemos conocidos varios casos en los últimos años que se han hecho célebres y, alguno tristemente conocido, como el ocurrido en la fábrica de Iveco. Además, en el totum revolutum del «pásamelo», hay filtraciones interesadas de pornografía encubierta para promocionar programas de televisión. Sandra Ferrús se ha metido de lleno en la cuestión y ha escrito un texto que destaca por una frescura y un detallismo muy revelador en los diálogos más cercanos y familiares. Aunque, asimismo, observamos un barullo creciente en el ansia por volcar sueños, recuerdos, saltos temporales y diversos planos concatenados ―y casi simultáneos― que le restan claridad. Es comprensible que así se exprese alguien que está inmerso en un proceso de estrés emocional profundo; pero teatralmente despista nuestra atención. Y otro tema que a mí personalmente me desencaja, en general, cuando la encuentro en alguna obra literaria, es la participación de una psicóloga. Yo creo que los psicólogos normales son antiteatrales, son como un agujero negro que absorbe la incertidumbre, la ficción, el problema y que transforman el acontecimiento dramático en un ejercicio terapéutico. Sigue leyendo

Macbeth

Gerardo Vera nos deja una mirada aciaga y oscura de esta tragedia shakesperiana en un espectáculo apabullante

Foto de Luz Soria

Llevar a escena una de las tragedias más completas y célebres de Shakespeare es repetirse ineludiblemente. ¿Cómo traerla a nuestros días sin que se acartone con los remedos del pasado? Pues abordándola con una proyección estética que nos sugiera todo ese abordaje de pasiones que enfrentan la codicia y el tormento moral. Antes de morir en septiembre, Gerardo Vera dejó todas sus ideas en marcha y, a la postre, ha consguido abandonarnos por la puerta grande. Su Macbeth, al igual que muchos de sus proyectos, quedarán en nuestro recuerdo; sus enseñanzas forman parte del acervo personal de aquellos que ahora toman su relevo. Estoy seguro de que Alfredo Sanzol ha hecho un grandísimo trabajo y que José Luis Collado, quien ha perfilado una versión tan medida en el tiempo, como clara en la palabra (los versos fluyen sin angosturas arcaizantes); pero pensemos que el espíritu de Vera y sus intenciones son las que han fraguado en el escenario. Y en este montaje, destaca con una potencia sin paragón la escenografía apabullante de Alejandro Andújar, unas colecciones de lamas gigantes, como si nos situáramos a la sombra de un bajel que sube y baja avanzando hacia la platea. Esta estructura magna y sanguinolenta delimita un espacio sorpresivo y límpido; mientras las videoescenas de Álvaro Luna ralentizan las heridas y el dolor de los grandes protagonistas. La impresión que nos crean es auténticamente aterradora. Y a todo ello contribuye una de las mejores bandas sonoras que se han podido escuchar en los últimos tiempos en el teatro. Alberto Granados Reguilón ha compuesto una música que magnifica la épica y que, a la vez, nos lanza a un mundo posapocalíptico repleto de bases electrónicas que incitan a la batalla. Sigue leyendo

Querido capricho

Tomás Pozzi despliega todas sus capacidades artísticas para meterse en la piel de Amanda, una mujer rota de amor

Foto de Luz Soria

La palabra ‘capricho’, ya desde su etimología italiana, está relacionada con el ‘escalofrío’, con la ‘idea nueva y extraña’ y el ‘antojo’; pero también con la obra de arte que rompe las reglas. Posee, por tanto, esta propuesta que nos enseña Tomás Cabané, un hálito de libérrimo juego que entronca con esa función primordial de la fantasía y de la imaginación, que es permitirnos escapar de la zozobra existencial. Y, además, como un pastelito, bien envuelto con esas capas metateatrales que no pueden faltar; porque parecen de obligado cumplimiento en las dramaturgias contemporáneas. Aunque, ante todo, cuesta mucho pensar en otro intérprete que no sea Tomás Pozzi haciendo este papel. Es fácil descubrir sus exageraciones ―es argentino, ¡qué esperábamos!―, esa comicidad que arrastra en su propia expresión genuina; pero logra un punto de complejidad emotiva, de candor visual, de expresividad corporal con sus movimientos eléctricos y «escalofriantes» de amante sufriente que uno queda fascinado por tamaña actuación. Es una bestia escénica, y eso es innegable ―ya lo afirmé cuando lo vi por primera vez en Cuestión de altura―. La función va de fuera adentro, del Tomás, a lo mejor, él mismo o, un tipo similar que se encierra en su casa y que fabula, en su soledad con la historia de una mujer madura abandonada por un hombre más joven. Sigue leyendo

El chico de la última fila

Andrés Lima coge las riendas del conocido texto de Juan Mayorga para llevarnos a un fantástico juego literario de metaficción

Foto de Luz Soria

Se puede afirmar que esta es la obra de Juan Mayorga que mejor recorrido ha tenido en el escueto imaginario teatral de España en los últimos años. Desde luego, ha contribuido a ello la exitosa versión que realizó de la misma ―con alguna significativa variación al final― el cineasta francés François Ozon, y por la cual obtuvo multitud de premios. Fue publicada en 2006 y ese mismo año fue estrenada bajo la dirección de Helena Pimenta. Ahora la retoma Andrés Lima, quien va verdaderamente lanzado en las últimas temporadas ―véase su aldabonazo con Shock, montaje que regresará a escena el próximo año, más su continuación―, empleando para el elenco a colegas históricos de Animalario. Carta ganadora; porque hablamos de un texto que ha superado la coyuntura terrible de lo temporal, debido a todas las virtudes dramatúrgicas que encierra el engranaje equivocante de metateatro metaliterario. Es el estilo que, quizás, mejor ha plasmado las facetas del dramaturgo, ya sea escritor, docente, matemático o filósofo. Todo ello, de alguna manera, aunque sea circunstancial, está ahí. La recursividad teatral ya la habíamos encontrado en Himmelweg (2004) y, después, con esa profusión en el work in progress en otras obras como El cartógrafo (2010) o Reikiavik (2013); sin olvidarnos que, en El arte de la entrevista (2014), ya indagó sobre la cuestión del punto de vista y la verdad. Fundamentalmente, tenemos el enfrentamiento, el reto, el agón, entre un profesor de literatura y un alumno suyo. Sigue leyendo

Transformación

Paloma Pedrero ha escrito una obra sobre tres auténticos transexuales que saltan a escena para interpretar sus relatos

marcosGpunto

Recientemente en España ha irrumpido una filosofía, una teoría, que ya cuenta con más de cuarenta años de historia. Me refiero, claro, a la queer, que, hasta entonces, se había mantenido en el estricto terreno de la marginalidad. Una vez que se ha academizado y que el movimiento ha tomado fuerza en Estados Unidos, ha venido para transgredir y reconfigurar la cuestión del sexo, del género, de la biología y de la identidad, entre otras, intromisiones. Si nos aproximamos al asunto de la transexualidad, la susodicha teoría, al poner en solfa el concepto sexo («el sexo no existe»), todo se dirime desde el constructo social, llegando a planear la idea de la tabula rasa. La estupefacción a la que llegará la sociedad va a ser proverbial; pero ya estamos en ello, y los hitos anonadantes se irán sucediendo. La autodeterminación de género se convierte en derecho, sin aclarar esencialmente de qué estamos hablando realmente. Lo paradójico es que la teoría queer, que afirma que desea abolir el género, termina por favorecer toda una ristra de constructos alternativos a los que algunos individuos se «adaptan»; porque el vacío animista parece que te aproxima a la mística, a la unión con Dios. Ese es el caos que ha implosionado, con tal significancia, que ya se está legislando sobre ello. Todo este meollo debe ser dirimido fuera de estas líneas, pues aquí lo que nos compete es una obra de teatro. Sigue leyendo