Naufragios de Álvar Núñez

Magüi Mira adapta y dirige esta obra de Sanchis Sinisterra en la que se especula con la mirada del otro anónimo

Foto de marcosGpunto

En los últimos años estamos asistiendo a toda una batería de enfrentamientos en relación a la leyenda negra y al revisionismo acerca del Descubrimiento-Encuentro-Holocausto-Conquista de América. Diversos libros convertidos de éxito, alguna estatua derribada y las declaraciones de AMLO en Méjico, generan un contexto propicio para que la obra que José Sanchis Sinisterra comenzó a escribir a finales de los setenta, pero que terminaría en 1991, añada más de esa postura revisionista tan encajada en el multidiscurso posmoderno. Recordemos, para empezar, que el texto lleva como subtítulo La herida del otro. La visión del dramaturgo es cuando menos ingenua y redundante de esa consideración tan uniforme del nosotros y del ellos (no está de más recodar las Leyes de Burgos, de 1512, o los matrimonios mixtos). Pero, ¿quiénes somos nosotros? ¿A qué facción histórica de conquistados o conquistadores, de esclavos o amos, nos podemos adscribir según nuestro árbol genealógico o nuestro genoma? Las víctimas y los verdugos aquí se multiplican realizando una incursión política absolutamente inverosímil y buenista que no se sabe por dónde coger, como vamos a ver. Porque Sinisterra desbroza la línea temporal para posicionarnos en nuestro presente, con la fluctuación onírica de un protagonista que no se encuentra en sí mismo. Sigue leyendo

Taxi Girl

María Velasco ha escrito un drama cargado de lujuria sobre el célebre trío entre Henry Miller, June Mansfield y Anaïs Nin

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En primera instancia debemos afirmar que esta obra no parece escrita por María Velasco (hace poco hablaba por aquí de su adaptación de La espuma de los días), pues, aunque esta tiende a cierto lirismo erótico y sentencioso, existencialista y decadente, no posee todas esas señas de identidad tan propias del postdrama que suelen remarcar el teatro de la autora burgalesa. Taxi Girl ―ganadora del Premio Max Aub en 2017― tiende hacia la convención realista y se agota en unos personajes que ni en el papel ni, después, en la dirección, se consiguen redondear hasta lograr una suficiente verosimilitud y un atractivo estético. Y yo creo, definitivamente, que la gran falla de este montaje tiene que ver con unos individuos que cuesta mucho creérselos. Si leemos con atención la entrevista que le hicieron a propósito de este estreno a Javier Giner, quizás entendamos por qué se ha adoptado cierto enfoque de pesos y contrapesos. Sus respuestas no tienen desperdicio y no podemos imaginarnos que a alguien que piensa así no le hay repugnado acercarse a un trío donde la sordidez es patente: «La gran, gran, gran historia de amor es entre Nin y Mansfield, sin embargo, en una sociedad patriarcal donde las mujeres están silenciadas, lo que ha pasado al imaginario colectivo, social y cultural es que era “el triángulo amoroso de Henry Miller”». Sigue leyendo

Divinas palabras

José Carlos Plaza regresa a este clásico de Valle-Inclán sobre la degradación moral con una puesta en escena algo anticuada

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Puede resultar enormemente paradójico que el clásico de Valle-Inclán, una obra señera de la dramaturgia contemporánea española y una de las más viajeras, se nos muestre avejentada, fuera de un marco conceptual que podamos asimilar con la facilidad que hasta hace unos treinta o cuarenta años se hacía; y, a la vez, quizás —es algo aventurado afirmarlo— recupere su fascinación cuando se pueda observar como ahora hacemos con los dramas barrocos. Y es que Divinas palabras engarzaba con una España profunda, oscura y grotesca que hasta hace no mucho era reconocible en algunos pueblos de la geografía española; no obstante, la urbanización generalizada y el abandono de muchos espacios rurales desvirtúa, en cierto modo, el simbolismo valleinclanesco. Sigue leyendo

Why?

El veterano Peter Brook se pregunta por el propio teatro para elaborar un montaje de poco fuste epistemológico

Foto de Simon Annand

¿No es sumamente contradictorio este espectáculo? ¿No es una traición a todo aquello que se quiere reivindicar? ¿Qué ocurre cuando una vanguardia se agota y se integra cotidianamente en el quehacer teatral? Battlefield ―su anterior trabajo― ya sonaba a testamento al revisitar el Mahabharata; pero esta vez Peter Brook y Marie-Hélène Estienne parece que han pergeñado un epílogo que más parece una conferencia dramatizada para aquellos que deseen preguntarse de la manera más naíf para qué sirve el teatro, que una propuesta radical (stricto sensu). Ya contábamos con la estética de su «espacio vacío»; con esa búsqueda de lo mínimo, del gesto preciso y de provocar la atención del público con los elementos básicos. No obstante, es una función carente de profundidad y de ideas que unos espectadores maduros puedan considerar evocadores (ya sé que muchos traían la ovación guardada en el bolsillo, porque a todo un Peter Brook se le perdona cualquier cosa). Resulta increíble que una de las tesis que estipulan esta obra sea: «El teatro es un arma muy peligrosa». Hace mucho que no lo es. Se ha claudicado, se ha sido servicial, el sistema, con sus gestores puestos a propósito (qué importa el dedo) es un Gargantúa que lo traga todo y lo que no deglute le corta el paso (casi siempre antes de que nos enteremos, antes de que lo tildemos de censura). Las preguntas que se lanzan son serias. Las posibles respuestas e, incluso, las nuevas cuestiones que se suceden dialécticamente: no. Si la primera parte es superficial en demasía, la segunda es antiestética y aburrida en exceso. Únicamente una terna de actores magnífica sostiene un montaje inconsecuente y que supone una mácula en el currículum honroso y pertinente de este dramaturgo memorable. Al principio, en la configuración de un cuentecillo gracioso, se parte del teatro como una creación divina. Luego se parece más a una especie revelación de la experiencia dramática desde los aspectos más fundamentales, recurriendo a las escuelas actorales que desde hace mucho se han mantenido en liza. El naturalismo de Stanislavski, con esa forma de buscar la emoción y todo aquello que se lleva dentro para emplearlo en la construcción del personaje; o la biomecánica de Meyerhold (su discípulo), donde el empleo del cuerpo a través del gesto y del movimiento buscan una acción más inmediata. En esta parte de la clase magistral es donde la función gana adeptos y donde los intérpretes se permiten una gran espontaneidad que logra los momentos más cómicos; principalmente porque hacen intervenir a un par de espectadores. El resto continúa con el discurso sobre los directores, las perspectivas, las significancias del hecho teatral, que no dejan de ser aspectos que cualquier que haya reflexionado mínimamente sobre este evento tan genuino, tan efímero y tan fascinante ha sostenido. El tema es ir más allá, ir hacia la particularidad del teatro hoy; es decir, como arte viva en una sociedad, en lucha con el compostaje político y con unos códigos audiovisuales y enredantes que han marginado a esta disciplina artística. ¿Para qué sirve la obra de teatro de Peter Brook si es de lo más complaciente? ¿Por qué dedica toda la segunda parte a narrar estáticamente las desgracias sufridas por Vsévolod Emílievich Meyerhold? Si el autor nos quiere avisar de algo, no estaría mal que aprovechara su altavoz para denunciar alguna tropelía parecía a la que soportó el ruso para que nos hiciéramos cargo. ¿Cuál es la relación de ideas? El escritor ruso quiso abrir los teatros a la gente, que el acontecimiento dramático permeara por todas las capas, que fuera algo vitalista, transformador. En España, el propio Lorca en sus conferencias o en El público, hablaba de asuntos parecidos. Moralmente, ¿no debe un flamante Premio Princesa de Asturias de las Artes poner sobre la mesa el verdadero estado del teatro en el mundo? El cine influye, el teatro no. Hayley Carmichael, Kathryn Hunter y Marcello Magni ―esencialmente este último―, toman las riendas de un espectáculo que decae mucho en el segundo acto. Ellos animan el cotarro con su dicción exquisita, con su don de gentes y con su enorme capacidad para aportar comicidad desde el guiño y el gag más esencial. Pero, ¿qué conclusión sacar de lo visto?

Why?

Texto y dirección: Peter Brook y Marie-Hélène Estienne

Reparto: Hayley Carmichael, Kathryn Hunter, Marcello Magni y Laurie Blundell (pianista)

Iluminación: Philippe Vialatte

Vídeo: Lucas Kane

Imágenes: Gabrielle Lubtchansky

Diseño cartel: Javier Jaén

Fotografía: Simon Annand

Producción: C.I.C.T. – Théâtre des Bouffes du Nord

En coproducción con Theatre For A New Audience (New York), Grotowski Institute (Breslavia), National Performing Arts Center (Taiwan) R.O.C. – National Taichung Theater, Teatro Dimitri (Verscio) y Théâtre Firmin Gémier / La Piscine y Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 1 de diciembre de 2019

Calificación: ♦♦

Hombres que escriben en habitaciones pequeñas

Antonio Rojano firma esta parodia a la española sobre espías que dirige Víctor Conde en el Teatro María Guerrero

Foto de marcosGpunto

Las parodias sobre espías frecuentemente sirven para entretenernos con la hipérbole fantasiosa de la conspiración. Dependiendo de dónde vengan los aires se emplearán, por ejemplo, para criticar alguna situación política (véase el caso de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) o, directamente, se utilizarán para crear una obra de acción fulgurante (véase Kingsman), pero sin mayor enjundia. Para nuestro caso, nos toca como referente Mortadelo y Filemón. Y es que los cómics, las películas ochenteras o los programas de Cuarto Mileno se conjugan en Hombres que escriben en habitaciones pequeñas. Y si hallamos algunas citas e indirectas a nuestros presos políticos/políticos presos o a la alargada sombra del comisario Villarejo que podrían servir como telón de fondo de una profundización mayor sobre las agencias de inteligencia; lo que cierto es que no podemos más que quedarnos en el mero pasatiempo. Es otra vez el español bajito y regordete que se enviste de héroe cutre, algo entrañable y, a la postre, patético y, sobre todo, quijotesco después de haber querido ser Sancho Panza en su modestia. No es la primera vez que Antonio Rojano se inmiscuye en estos embrollos. Ya lo hizo con Windsor y, sobre todo, con La ciudad oscura, aquella extraordinaria creación que se representó precisamente en la misma sala que ahora acoge su nueva creación. Pero, en este caso, uno tiene la impresión de que el dramaturgo ha tenido que acomodarse en sus ansias indagadoras ―como ha venido haciendo en sus últimos proyectos― y se ha volcado hacia una postura más complaciente con un público amplio. Sigue leyendo

Madre Coraje y sus hijos

Blanca Portillo protagoniza la extraordinaria propuesta del Centro Dramático Nacional en la despedida de Ernesto Caballero como director

Alcanzar la excelencia es un asunto bien complejo en la práctica teatral, y casi más si se trata de adaptar un clásico que ha sido «atacado» desde tantos flancos y que posee esa carga política que puede desvirtuarla si se incide en ciertos aspectos expresionistas. Ernesto Caballero nos entrega una Madre Coraje y sus hijos que debe ser imperdible para cualquier buen aficionado al teatro (los de Atalaya también nos ofrecieron un buen espectáculo hace unas temporadas). Ha logrado modernizarla estéticamente hasta el punto de situarnos en las puertas de un tiempo próximo y, a la vez, despojado de elementos que podamos identificar claramente. Sería un efecto de distanciamiento brechtiano potenciado por la apertura total del espacio en una escenografía que se basa en la iluminación. Pero el punto verdaderamente sobresaliente es su elenco. La Portillo clava otra pica más sobre la dramaturgia española. Su protagonismo se expande a lo largo de la trama con verdadero encantamiento, con una trabajosa matización en un entorno duro y basto, se manifiesta como una bruja deambulando con su carromato para demostrar su astucia. Ella grita, se desgañita, incluso; se pone tierna, si hace falta. Sofistica su hipocresía y nos da una amarga lección de pragmatismo. La guerra le va muy bien para su negocio ―cuánto sabemos hoy de eso―, es su modo de supervivencia, la manera que tiene de proteger a sus hijos y a sí misma. Sigue leyendo

Tres sombreros de copa

Natalia Menéndez dirige la famosa obra de Miguel Mihura con un montaje con una factura magnífica

Foto de marcosGpunto

Seguramente el mayor problema que tiene esta obra de Miguel Mihura sea la pérdida del contexto para exprimir con mayor tino su crítica y su sátira sutil a una época. Ya, claro, no nos puede decir tanto como antaño, porque, por un lado, el matrimonio ya no es lo que era y; por otra, los personajes carpetovetónicos ahora son más pop y hedonistas de lo que ellos quisieran. Lo que realmente mantiene vigencia es el humor, tan genuino y chocante que hoy tiene una reverberación sin igual en la figura del humorista Joaquín Reyes (y su troupe). Es un humor basado en el ingenio, en buscar el recoveco de la palabra para lograr el chiste inverosímil, que se apoya en lo absurdo tanto como en la sagacidad, en la búsqueda de discursos alternativos, a veces, más sensatos que los reales. Es un humor, además, que requiere un oído atento para desentrañar el hallazgo extraño que llega de improviso y sin que se nos deje recuperar el aliento. Escuchamos a Groucho Marx, a Jardiel Poncela, a Tip y Coll, a los Monty Python y a esa lista de mentes privilegiadas capaces de establecer una nueva lógica a nuestra manera de pensar. Con Tres sombreros de copa ―a diferencia de otras comedias suyas (véase Maribel y la extraña familia)―, el ritmo no decae y el arco dramático que se establece en el inicio culmina muy proporcionalmente al final. Sigue leyendo

Metálica

Iñigo Guardamino despliega su habitual estilo con esta sátira sobre nuestra sexualidad en el futuro robótico que nos aguarda

Foto de Mario Zamora

El inconfundible estilo de Íñigo Guardamino se plasma ahora en la llegada de los robots a nuestras vidas (él nos traslada al 2044; pero todo llegará mucho antes) y, sobre todo, se centra en las disquisiciones sexuales. Digamos que Metálica posee elementos de sátira descarnada y negra, de pornografía insaciable y mucha carga de deshumanización. Y todo ello sin que los personajes hayan mutado en transhumanos, que es lo que se espera para entonces. Continuando el mismo esquema que empleó en su anterior propuesta, Monta al toro blanco, es decir, una estructura de sketches entreverados en los que vamos a conocer tres ejemplos de relación con robots acompañantes. En los últimos tiempos varias películas han atinado bastante y de forma seria en la cuestión, reformulando la visión que la ciencia-ficción había ofrecido hasta el momento. Si nos fijamos, por ejemplo, en Ex Machina (2015), de Alex Garland o en Eva (2011), de Kike Maíllo, la convivencia con estos androides va a resultar tan conflictiva o placentera, como inevitable. Antes de evidenciar las virtudes de la propuesta, es necesario señalar algunos deméritos que, a pesar de la ironía, restan valor al conjunto. Me refiero a uno de los habituales fallos en toda obra de arte de carácter futurista, y es remarcar la comparativa entre lo que se hacía antes (o sea, nuestro presente) y lo que se hace ahora (o sea, el futuro y tiempo real en la función). Sigue leyendo

Espejo de víctima

Espectáculo compuesto por dos textos firmados Ignacio del Moral que indagan en las incómodas posiciones de aquellos que han sufrido un duro golpe

Dos episodios, dos ejemplos, para un tratado de victimología y así comprender el devenir de nuestra sociedad. Ignacio del Moral ha escrito dos filigranas con diálogos inexcusables que te agarran de principio a fin. Una sesión doble en el Teatro María Guerrero, en su Sala de la Princesa, para que uno salga zarandeado por la tensión desatada y porque las cuestiones desbordan por las aristas. Además, los actores dan buena cuenta de su experiencia en las tablas y de esa finura en las distancias cortas. La primera pieza lleva por título La lástima. Es el encuentro entre una periodista y el político del momento, el cual aguarda en su despacho a que le confirmen que será candidato. Que él marque con falsa modestia su recorrido vital y nos aborde con sus máximas sobre su filosofía («Yo creo que el día en que uno muere es justamente el día menos importante de su vida») y valores de reconvertido protestante con la insistencia en la simetría («¿No el gusta la asimetría?») o el valor del trabajo bien hecho; nos pone bajo la sospecha del estereotipo; pero puedo dar fe de que el baile entre víctima, culpable, victimario, victimista, pusilánime y otras variedades por afilar se combinan en cada asalto como si tuviéramos delante dos almas insondables que de complejas uno solo espera alejarse de ellas y esperar a que ellas mismas se fundan teleológicamente en un pacto abisal. La inteligencia de ambos ―no necesariamente unida a una moral aceptable― contiene sutiles dosis de erotismo que no galvanizan en lo sexual, sino en un agón no apto para débiles de conciencia. Sigue leyendo