La comedia de costumbres firmada por Ferran González aborda con desenfreno la hipocresía que anida en muchas parejas
El número de comedias que nos ubican en una cena de amigos para dirimir su estatus no deja de aumentar. La confrontación de las costumbres y la lucha por ocultar la hipocresía son el motor esencial en estas obras. Para que todos nos carcajeemos va a surgir imparable esa figura retórica llamada preterición o paralipsis. Es decir, hacer aquello que se niega que, en realidad, se está acometiendo. Concretamente, la revelación de intimidades una detrás de otra. Y así se dispone el simple argumento que ha pergeñado Ferran González, quien, como vamos a ver, se encierra en un esquema excesivamente angosto. Sigue leyendo
Muy difícil lo tiene el teatro del Romanticismo para regresar con brío a las tablas. Los conceptos, los modos y, sobre todo, las técnicas dramáticas rápidamente se nos exponen relamidas e inasumibles. Cualquier giro esbozado sin un máximo cuidado y sin una atmósfera propicia convierte lo inverosímil en un trago amargo. Si, además, se pretende un acomodo humorístico, entonces es imposible que el astracán no sobrevuele la puesta en escena como un ave de mal agüero. Desconozco las pretensiones profundas de la compañía Ensamble Bufo; pero han acometido un proyecto que resulta inconsistente desde todos los puntos de vista. Se espera del público que pase con toda lógica de lo serio a lo cómico a través de la explicación cronística. Encima con una factura que no favorece ninguna de las tesituras delimitadas. Si acaso, parecen convencer más al respetable cuando amenizan la velada con las piezas originales que se compusieron para las representaciones de aquel 1836. Por otra parte, las coplas zarzueleras con las que abren y cierran la función, más aquellas que introducen en el interludio elevan el ánimo general. En cualquier caso, ¿cómo podemos conjuntar tantas estéticas sin abrumarnos con lo kitsch? 



Rafael Álvarez, El Brujo, estrenó este montaje el 26 de abril de 1990 en la misma ciudad de Alcalá de Henares (de aquí data una de las primeras ediciones del libro) a la que ahora regresa. En esta ocasión, el espacio elegido es más que idóneo: el Patio Santo Tomás de Villanueva. Esto ha permitido una ambientación que conjuga la traslación a un entorno que, a pesar de construirse en el siglo XVII, posee la influencia del estilo herreriano, con lo que encaja adecuadamente con la época a la que se nos remite. Por otro lado, la intemperie le da mayor lógica a nuestro protagonista callejero. A su vez, la iluminación juega un papel notable al modular entre azules, rojos y ámbares una escenografía harto sencilla. A diferencia de lo que ocurre con los espectáculos de El Brujo, generalmente en teatros a la italiana, donde poco destaca su aspecto visual, aquí la factura ha sido superior.
Una vez que cayó el velo de la censura a conveniencia que los medios de comunicación habían asumido sobre los tejemanejes de los Borbones, hemos podido contemplar varias obras de teatro sobre nuestra insigne estirpe a través, generalmente, de la sátira. Como hizo Els Joglars con 