Elektra.25

La compañía sevillana Atalaya celebra los veinticinco años de este montaje con una nueva revisión para devolver a los escenarios el mito griego

ELEKTRA25 - Foto de Curro Casillas
Foto de Curro Casillas

Que dos revisiones tan distintas del mito griego coincidan en cartelera nos permite descubrir la validez del argumentario y las posibilidades dramatúrgicas que se sondean en nuestra contemporaneidad. La Electra, de Fernanda Orazi se ajusta a parámetros posmodernos a través de la ironía; mientras, como vamos a ver, la Elektra.25, de Atalaya rebusca en el pasado a través de Heiner Müller y Bertolt Brecht, con un ojo puesto en la película de Miklós Jancsó, Elektra, My Love (1974), para crear toda una serie de fragmentaciones y subsiguientes conexiones que terminan por construir una propuesta altamente expresionista.

La recuperación de este montaje por parte de la compañía es todo un acierto y nos vale para revisar su trayectoria, y cómo han ido aquilatando un estilo que redunda en el tenebrismo, en la búsqueda de la clarividencia dentro de un mundo de oscuridad. Así lo hemos podido observar, entre otra propuestas, en el Rey Lear que presentaron por estos lares hace unos dos años.

Contemplar cómo sigue funcionando tan simbólicamente el uso versátil de esas bañeras metálicas —serán barcos, escondrijos, y hasta configurarán un fondo como una necrópolis—, demuestra que ya en su momento fue una idea muy potente. Cada uno de los personajes, aún embrionarios, en esas «cápsulas» donde se engurruñan como aliens que están por nacer, engendros mitológicos, erinias anunciadoras de un futuro catastrófico. Todos a coro configuran un prólogo que reverbera con gran misterio. La Elektra de Silvia Garzón se acoge a esa línea de interpretación que trabaja en el trastorno, en la locura, en un ansia vengadora irresistible. La vertebración del cuerpo ya dentro de la oquedad o, después, frente al chorro de agua que cae se funde de una forma muy elocuente con la iluminación de Alejandro Conesa. Toda la función propende hacia la distorsión con atmósfera tenebrista. Los rostros muestran la horripilancia ante esa pulsión sanguinolenta. Porque, aunque Sófocles y Eurípides —sobre todo este último—, buscan más el equilibrio, una justicia que compense los asesinatos de Egisto, inducidos por Klitemestra, no deja de expresarse la violencia en los movimientos y en el gesto de los protagonistas.

El rey tiene a un Raúl Vera grandilocuente, hiperbólico. De hecho, las interpretaciones tanto de él como de Enmauel García, cuando encarna a Orestes, parecen desaforadas por momentos. Sostienen una elevada carga de ira. Es María Sanz quien encuentra, como reina consorte, una gama superior de matices, entre el encubrimiento hipócrita, la defensa de sus comportamientos y ese insoportable reconocimiento de que sus propios hijos quieren atentar contra ella. Siempre destaca esta actriz por el pasmo que logra su cara adentrada en su papel.

Luego, la Crisótemis de Lidia Maudit posee más delicadeza, incluso se percibe en las danzas con todos esos ritmos que remarcan con tanta vigorosidad las coreutas Garazi Aldasoro, Imasul Rodríguez y Ángela González y que, de un modo celebratorio, finalizan girando como derviches. Porque coro posee gran atractivo con esa recurrente llamada a Agamenón, con los cantos propios del folclore balcánico que se entreveran en la percusión, con el retumbar casi industrial de las bañeras. Además, el vestuario de Carmen de Giles y Flores de Giles, con todos esos pliegues en las mangas y en el torso potencian los escorzos con gran meticulosidad.

De alguna manera, esta Elektra posee una estética bélica que aúna lo postapocalíptico con esa visión a ruina y a decadencia del expresionismo alemán. La brevedad de la pieza permite concentrar un mito que ha tenido distintas interpretaciones tanto en la antigüedad como a lo largo de la historia. Creo que Ricardo Iniesta ha sabido dotarle de esa consistencia del teatro épico para narrarnos un proceso de transición entre lo teológico, lo telúrico y esa mirada que, a través del resarcimiento del honor, contempla un acercamiento a la ley y a la civilización.

En cualquier caso, es un espectáculo que resiste los avatares de nuestra modernidad y pervive con fuerza en la manifestación de unos sentimientos que no solamente parten del anhelo de venganza. Todo resulta más complejo y aquí se da buena cuenta de ello.

Elektra.25

Dirección y dramaturgia: Ricardo Iniesta

Reparto: Silvia Garzón, María Sanz, Lidia Mauduit, Raúl Vera, Enmauel García, Garazi Aldasoro, Imasul Rodríguez y Ángela González

Espacio escénico: Ricardo Iniesta

Coreografía: Juana Casado y Lucía You

Música: temas populares Balcanes, Italia, Bielorrusia…

Arreglos musicales: Luis Navarro

Espacio sonoro: Emilio Morales

Dirección coral: Marga Reyes

Diseño de luces: Alejandro Conesa

Vestuario: Carmen de Giles y Flores de Giles

Maquillaje y peluquería: Manolo Cortés

Ayudante de dirección: Sario Téllez

Asistente de dirección: Tiziano Giglio

Administración: Rocío Reyes

Distribución: Victoria Villalta

Producción: Francesca Lupo

Secretaría: Macarena Gutiérrez

Comunicación: Rocío Claraco

Una producción de Atalaya

Con ayuda de: Consejería de Cultura y Patrimonio Artístico de la Junta de Andalucía e Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música del Ministerio de Cultura de España

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 19 de enero de 2023

Calificación: ♦♦♦♦

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