Atentado

Xus de la Cruz y Félix Estaire están al frente de esta propuesta gélida sobre la manipulación informativa

Foto de Geraldine Leloutre

Si uno se adentrara en la cafetería de alguna facultad de Ciencias de la Información es muy probable que algunos alumnos estuvieran discutiendo afanosamente sobre la importancia que tiene el enfoque de las noticias, el empleo de ciertas palabras o las imágenes concretas que pueden acompañar un texto. Dialogarían sobre la capacidad que se tiene para manipular un hecho, para mentir, para encubrir, y todo un etcétera de inmoralidades y falta de profesionalidad. Todo esto es innegable; pero no solamente. Pues bien, parece que el texto de Félix Estaire se ha quedado en eso, en centrarse en los medios de comunicación como únicos responsables de que la realidad se tergiverse y no podamos acceder a la verdad. Como cualquier adulto informado sabe, el asunto es mucho más complejo; pues, aunque las noticias sean verídicas e, incluso, estén honradamente expuestas, siguen requiriendo interpretación. Todo requiere interpretación, y como ya argumentó el filósofo norteamericano H. P. Grice, nuestras verbalizaciones están repletas de implicaturas; es decir, aquello que debemos deducir, por ejemplo, de las auténticas intenciones del hablante. Igualmente, ahora se habla de la posverdad que, como analiza Lee McIntyre en su último ensayo, no solo consiste en apelar a lo emocional arrumbando los hechos, sino que viene propiciada por unos sesgos cognitivos a través de los que observamos los acontecimientos. Insisto, todo es más complejo; y por eso Atentado, además, me ha parecido una obra que trata al público con cierto desprecio. Sigue leyendo

Reinar después de morir

Una excelente escenografía levanta este espectáculo de producción hispanolusa algo deslucido interpretativamente

Foto de Sergio Parra

Lo cierto es que el nombre de Luis Vélez de Guevara siempre se asocia a su peculiar novelita El diablo cojuelo; aunque realmente fuera un dramaturgo de la estela de Lope de Vega. En Reinar después de morir se recurre nuevamente a la leyenda sobre doña Inés de Castro, la cual ya había propiciado diversas incursiones teatrales como las de Jerónimo Bermúdez. Conocemos la historia auténtica sobre el infortunio de la protagonista y no hubo una doña Blanca de Navarra que se metiera por el medio. Entre invenciones y verdades, lo cierto es que la tragedia posee claros tintes románticos adelantados a su época. Los versos suenan con la pasión del amor petrarquista y con la sencillez clasicista de Garcilaso o del propio Lope. Porque en esta obra destaca ese regodeo en las palabras que claman unos sentimientos exacerbados; ya que el argumento en sí es algo escaso. Observamos en escena a un David Boceta excesivamente desgañitado ya desde el inicio y con un tono tenso, al que parece faltarle matiz y ternura. Se introduce en la piel del príncipe don Pedro de Portugal (nos situamos en el siglo XIV), este ha mantenido una profunda relación de amor con Inés de Castro para después casarse con ella en secreto. Esta fue dama de compañía de doña Costanza (casada con el Príncipe), muerta tempranamente. Lara Grube acoge su papel con delicadeza y nos traslada oníricamente a su terrible desenlace. Sigue leyendo

Bajazet

Frank Castorf emplea el tamiz del decadente Artaud para reconfigurar esta tragedia de Racine en un proceso de desmesura

Foto de Mathilda Olmi

Después de dos horas y cuarto, cuando llegó el descanso, la platea perdió dos tercios en la Sala Roja de los Teatros del Canal, algo muy parecido a lo que ocurrió la temporada anterior en el mismo espacio con un espectáculo de estética y deriva similar, Lokis, de Łukasz Twarkowski. Y es que Frank Castorf, uno de los adalides del teatro posdramático, trabaja desde el exceso y quizás nosotros hayamos sido conejillos de Indias; pues apenas lleva pocas funciones de rodaje. Adelantemos que el montaje alcanza las cuatro horas y media (con el intermedio) y puede llegar a ser agotador. Resulta bastante desalentador el extensísimo prólogo en el que Mounir Margoum, encarnándose en Acomat, el visir, prepara el ambiente a través de una estridencia rayana en lo ridículo. Una especie de Sacha Baron Cohen o alguno de esos comediantes americanos histriónicos, con ese aire de chuloputas de banlieue parisina con su chándal estampado de Dolce & Gabbana. Su discurso es un tanto equívoco a la hora de contextualizar la situación. Pronto llega Osmin, con información fresca sobre Amurates (se refiere a Murat IV), el sultán, quien se encuentra asediando con dificultades Babilonia. El senegalés Adama Diop y Margoum pasarán de ser unos excéntricos con apariencia de camellos, a ser los grandes urdidores de las tramas entre celestinescas y maquiavélicas. Astutos y hasta sensatos a la postre, grandes vencedores de la contienda (uno más que otro, como se verá en la imagen final). Van adquiriendo un tono irónico que se fragua en gestos y vaciles que expresan ante la cámara que los sigue, cuando el meollo se vaya adentrando en la atmósfera lisérgica. Deberíamos pensar que las cachimbas vienen cargadas hasta los topes; porque la colección de secuencias cinematográficas que van mostrando la degradación física y moral del resto de integrantes del elenco es palpable. Sigue leyendo

Empire

Milo Rau cierra su trilogía sobre Europa con una propuesta antiteatral donde conocemos la vida de cuatro actores emigrantes

Nos encontramos ante la última parte de una trilogía sobre Europa (sus movimientos, sus ruinas, sus ciudadanos) que el dramaturgo Milo Rau lleva pergeñando en los últimos años, junto a otros proyectos de carácter político como Five Easy Pieces. Y, para empezar, debemos manifestar que la propia mecánica del espectáculo resulta agotadora y desmotivante. Uno está postrado en su butaca durante dos horas marcando la vista (¿algún polígloto en la sala?) en la barra de los subtítulos que se sostienen bajo la pantalla. Texto y más texto. Narraciones, viajes, descripciones. Y texto y más texto. El rechazo consabido del diálogo de cierto teatro postdramático acaba en el uso abusivo del monólogo (o monólogos) que funciona ajeno a otras interacciones. Los actores comparten espacio y experiencias similares; pero parecen vivir en coordenadas temporales diferentes. O, si se quiere, actúan como espectros que han sido convocados para intercalarse en sus alocuciones. Es tal el hieratismo que se impone y la imposibilidad de bajar la mirada (daría igual, pues están quietos en unas sillas), que los intérpretes se convierten en seres prescindibles una vez que su rostro recogido por una cámara es emitido a través de una pantalla (en un frío blanco y negro). No puedo afirmar tajantemente que no estuviera grabado (no lo estaba, pero también daría igual). Empire termina por ser un documental, donde las pocas imágenes que no son aquellas cabezas parlantes podrían perfectamente desaparecer y quedarse en un archivo sonoro, en un podcast que podrías escuchar mientras vas por la calle. Sigue leyendo

El hombre y el lienzo

Alberto Iglesias firma y dirige una propuesta cargada con todos los tópicos románticos del artista atormentado

Foto de David Ruiz

El número de películas dedicadas a pintores es ingente (las de Van Gogh se deben llevar la palma) y lo habitual es aproximarse a la figura de estos especímenes desde su biografía. Mucho menos frecuente en la ficción es la indagación teórica sobre el concepto de arte. Si acaso La bella mentirosa, de Jacques Rivette, especula sobre angustia del cuadro terminado; de asir lo bello a través del cuerpo de una mujer espléndida. Más complicado es encontrar de forma más o menos seria el tema sobre las tablas. La temporada anterior pudimos contemplar en Rojo, el acercamiento a Mark Rothko (o tiempo atrás la sátira La autora de Las meninas). O, hará unos meses, una aproximación (muy tangencial) sobre Goya. Con El hombre y el lienzo el atrevimiento ―quizás su único mérito― ha sido llevar la teoría y la práctica en síntesis mediante una trama dramática. Pero el resultado me ha parecido desnortado, caduco e impostado. Es una función que hace aguas por todos los lados y que, además, conlleva una sorpresa parateatral que ahonda en la catástrofe y hasta diríamos que en la acérrima hipocresía ―la posmodernidad es lo que tiene―. El texto que firma Alberto Iglesias dibuja un protagonista con todos los tópicos del pintor maldito; aunque, es más un tipo con mal carácter y con unos cuantos dejes cursilones (emplea algunos aforismos verdaderamente sonrojantes como lecciones zen de usar y tirar). Y se nos vende como un tipo de hoy, de unos cuarenta y tantos años que, pintando autorretratos, de tintes expresionistas en formato de 135 x 90 cm, ha logrado exponer en los museos más importantes del mundo. Sinceramente no sé a qué mundo se refiere. Sigue leyendo

Desayuna conmigo

Iván Morales firma y dirige esta obra sobre las consecuencias del desamor con un juego de perspectivas para cuatro personajes

Aunque hayan pasado más de siete años desde que Sé de un lugar arribara a Madrid e Iván Morales pusiera su peculiar pica en Flandes, lo cierto es que algunos de los motivos principales de aquella obra se pueden observar en esta nueva propuesta. Además, también conecta con Wasted, el texto de Kate Tempest que el propio dramaturgo dirigió en el Matadero. La desazón, la crisis existencial, el callejón sin salida, la incapacidad para vertebrar un discurso coherente sobre la propia vida con el borbotón de palabras expeliéndose por la boca. La música. Cuatro personajes que configuran una estructura quizás demasiado geométrica y cerrada ―a pesar del interesante perspectivismo―; y en esto el autor parece un tanto arrastrado por las premisas que se ha impuesto. La circularidad hace quebrar parte de la verosimilitud. Nos hace pensar en películas como Closer, de Mike Nichols, y en ese mundo paralelo que se aleja solitariamente de las coordenadas espaciotemporales de la muchedumbre. Individuos que se quieren constituir por sí mismos y que mantienen a sus allegados en una prudencial distancia (a veces lejanía) como si fueran eremitas en una constante prueba de superación para encontrarse. Seguramente, uno de los aspectos más cuestionables de este drama sea la sensación de que todos los papeles tienden a difuminarse en esa masa grumosa en la que caen tantos y tantos urbanitas deprimidos por el fracaso a la hora surfear la ola de la felicidad. Imitar la vida burguesa (incluso aristocrática) supone, en la mayoría de los casos, un derrumbe catastrófico. El quiero y no puedo del hedonismo que niega la contraparte del dolor. Sigue leyendo

La señora y la criada

Un Calderón apenas conocido en una propuesta escénica de aire italiano que Miguel del Arco promueve con gran desenfado y dinamismo

Foto de Sergio Parra

Llevar una comedia palatina, ingeniosa y tópica a partes iguales, intrascendente en cuanto que todo propende al tradicional desenlace feliz; pero, a la vez, evidenciadora de luchas políticas y amorosas bien sustanciales; de esta forma tan vivaz, demuestra un enorme mérito por parte de todo el grupo y, principalmente, de Miguel del Arco. El director ha demostrado con creces su capacidad para aunar espectacularmente elementos diversos de la cultura y de la dramaturgia para sintetizarlos en montajes llamativos. La versión de Julio Escalada respeta mucho el lenguaje calderoniano (con dobles sentidos altamente jocosos) e interviene el texto reelaborando mínimamente algunas caracterizaciones que, después, Del Arco remata con una acentuación de los gestos, de las carnalidades y de las exageradas intemperancias de varios personajes. Ahora, lo que auténticamente nos entretiene y nos produce atracción es exactamente la criada, Gileta. Sigue leyendo

Divinas palabras

José Carlos Plaza regresa a este clásico de Valle-Inclán sobre la degradación moral con una puesta en escena algo anticuada

Foto de marcosGpunto

Puede resultar enormemente paradójico que el clásico de Valle-Inclán, una obra señera de la dramaturgia contemporánea española y una de las más viajeras, se nos muestre avejentada, fuera de un marco conceptual que podamos asimilar con la facilidad que hasta hace unos treinta o cuarenta años se hacía; y, a la vez, quizás —es algo aventurado afirmarlo— recupere su fascinación cuando se pueda observar como ahora hacemos con los dramas barrocos. Y es que Divinas palabras engarzaba con una España profunda, oscura y grotesca que hasta hace no mucho era reconocible en algunos pueblos de la geografía española; no obstante, la urbanización generalizada y el abandono de muchos espacios rurales desvirtúa, en cierto modo, el simbolismo valleinclanesco. Sigue leyendo

Man Up

Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez dirigen este desenfadado espectáculo sobre las nuevas definiciones de masculinidad

Foto de marcosGpunto

De un tiempo a esta parte, en consonancia con la última ola del feminismo y el propio devenir de los tiempos de paz y de consumo en Occidente, se habla de las nuevas masculinidades. Pensamiento este, dirigido a una suerte de hombres (¿todos? ¿o solo aquellos que pertenecen a esa seudoclase media de profesiones liberales o poco rudas?) que deben aflorar sus emociones escondidas, su empatía subyacente y sus sentimientos amorfos en esta feria de las vanidades low cost. Sigue leyendo