Escena – Fin de temporada 2018-19

Una vez terminado el curso, llega la hora de repasar lo más destacable de la esfera teatral

Foto de marcosGpunto

Al final siempre ocurre lo mismo, los montajes excelentes se reducen a un escueto puñado; pero, si echo la vista atrás y comparo esta temporada con las cuatro o cinco anteriores, parece que la cosecha ha sido, en general, peor. Puede ser por diferentes motivos, entre otros, mi propia percepción subjetiva (puedo estar equivocado) o que la crisis no se ha terminado para el mundo teatral (seguramente nunca pase ya y sea necesario acostumbrarse a esta situación), o, también, que cuesta más atrapar a un público que vive sometido por muchas tentaciones «culturales», como, por ejemplo, las series de televisión. La clave sigue siendo el espectador. Y la crítica, claro. Aunque no pueda competir en influencia contra cientos de retweets claqueros. Merece la pena hacer un repaso para recalcar cuáles han sido los mejores montajes y señalar, además, alguna obra que, por distintos motivos, si no ha sido grandiosa sí que ha conllevado detalles sobresalientes. Primeramente, es justo reconocer que algunas de las versiones o adaptaciones de clásicos (antiguos o de nuevo cuño, de aquí o de otros lares) han ofrecido facturas encomiables. Como fueron La fiesta del viejo, con la idiosincrasia argentina para traer a la actualidad El rey Lear (lo pudimos disfrutar durante muy pocas fechas en El Umbral de Primavera). Sigue leyendo

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Los esqueiters

Nao Albet y Marcel Borràs aúnan skate y filosofía en un breve espectáculo que carece de suficiente profundidad

A priori es una gran idea reunir en una obra teatral el mundo del skate y el de la filosofía. Principalmente por ser inédito y porque viene elaborado por una pareja de comediantes que se lo come y se lo guisa mucho, y de manera muy talentosa, como ya demostraron en Mammón. Pero en esta ocasión, Nao Albet y Marcel Borràs no han encontrado una conceptualización más madura sobre la cuestión, y han creado un espectáculo demasiado superficial. Si miramos más allá de las actuaciones puramente performativas, ya sean coreografías irónicas de unos tipos vestidos como Descartes o esas posturas ralentizadas que imitan trucos con el patín o la presencia de auténticos skaters deambulando por las tablas sin la posibilidad de ejecutar poco más que unos ollies o algún no comply (poco esfuerzo para esta gente). Si partimos del idealismo socrático ―defendido absolutamente por su discípulo Platón―, apoyado en que el conocimiento nos hace libres; y a esto le unimos la sensación de libertad que cualquier skater experimenta, ya tenemos la mezcla para tirar del carro. Partamos de que lo persuasivo de patinar sobre un monopatín ―en España se ha patinado mucho desde finales de los ochenta―, es que introducía un modo de vida entre la expresión artística, el deporte, una estética peculiar y, sobre todo, el tiempo en la calle, entre el vandalismo y el vagabundeo que desea exprimir la ciudad y sus adminículos de otra manera. Destrozar bancos, saltar por unas escaleras, grindar en barandillas, buscar soportales y pasadizos en los inviernos lluviosos. Sigue leyendo

Mercaderes de Babel

Jose Padilla adapta El mercader de Venecia para deconstruir el juicio a Shylock y cuestionar su validez hoy en día

Foto de Ana Pizarro

Las referencias más cercanas y habituales en referencia a esta obra nos llevan a la versión cinematográfica de Michael Radford con Al Pacino de protagonista, y a la adaptación teatral de la Compañía Noviembre que presentó hace unos años, con la sobresaliente actuación de Arturo Querejeta. Por otra parte, entronca estéticamente con las propuestas de Venezia Teatro (véase Los desvaríos del veraneo) y con la insistencia posmoderna y moralista de fustigarse al reponer una obra con claros tintes antisemitas. Un pedir perdón por tamaña tropelía artística (con la que ha caído durante el siglo XX). Es un enfoque que ya hemos percibido en otras ocasiones en los últimos años (véase La fierecilla domada, de La Dalia Negra). Así que la versión de Jose Padilla es una pretendida deconstrucción del clásico shakesperiano a modo de juicio del propio juicio a Shylock. Desgraciadamente el desastre no se hace esperar. Para justificar lo visto en el estreno podemos aducir que se presenta un montaje incipiente, en absoluto terminado (Carlos Aladro, nuevo director del Teatro de La Abadía, lo presentará allí en octubre), una cosa low cost para los de Complutum. O quizás esto es exactamente lo que han querido realizar, no sé. El recorte de subtramas y del propio argumento es enorme, y los saltos en el tiempo hacia atrás y hacia adelante generan desconcierto en los espectadores menos avisados, y la incredulidad se extiende. La historia se centra esencialmente en el juicio donde Antonio, quien está próximo a la ruina, y el judío dirimen su enfrentamiento por el préstamo que el primero debe pagar. Sigue leyendo

Un peral entra por la ventana

Una comedia salpicada de diálogos ingeniosos con trasfondo de lucha generacional en el contexto contemporáneo de la ecología y la nueva izquierda

Lucha generacional y desplante familiar para una comedia certera y repleta de diálogos inteligentes que acentúan con pujanza las incongruencias de nuestros más acérrimos ideales. Podemos intuir una influencia muy cercana con el Tío Vania de Chéjov; aunque llevado a un presente que nos toca de cerca. No es solo el desencanto por el fracaso o un atisbo de amor quebrado o la cuestión del ecologismo; sino aquellos aspectos freudianos sobre la relación ancilar con los padres. El tono es de inteligencia melodramática a lo hermanos Marx; pero la recursividad tan apremiante ―cómo las frases van y vuelven insistiendo en la misma idea hasta barrerla o remarcarla en el absurdo―, resuena a Billy Wilder, a Ernest Lubitsch o a Howard Hawks. La ironía es un arma que hiere en dos tiempos, en la punzada y en el recuerdo; luego no queda más remedio que sacar la artillería dialéctica. El texto de Marcos Fernández Alonso está hilado con ese estilo brillante manifestado en unos diálogos bien pulidos ―sobre todo, la primera parte―; pero que da la impresión de que necesita despojar su argumento de profundidad política. Porque inicialmente contamos con Antonio Romero, el auténtico protagonista, un joven talludito que debe regresar al casón de su madre, para recuperarse de su derrota empresarial, una cooperativa agrícola y sagradamente ecologista que «sufrió» las maldades de un hongo que bien podía haber sucumbido a los habituales pesticidas de la industria. Sigue leyendo

Hay que tirar las vacas por el barranco

Una propuesta teatral austera y directa sobre la esquizofrenia, basada en cinco historias de casos reales

Apostarlo todo al texto. Así, casi a palo seco. Frente a un micrófono. Desvestir al drama de lo dramático, al teatro de sus elementos estéticos, de la subjetividad percutida por la retórica, por la interpretación, por la emoción encontrada al final de un acibarado trago. Hay que tirar las vacas por el barranco se aproxima peligrosamente a la objetividad del periodismo o al testimonio confesional. Cinco relatos que podrían ser diez o quince ―por lo visto, en algún momento, fueron cuatro― sobre la esquizofrenia, sobre el trastorno mental. Son duros, claro; pero, aunque muchos de estos enfermos vivan apartados de la sociedad o profundamente empastillados y vigilados entre nosotros, lo cierto es que el tema resulta recurrente en la literatura, el cine y el arte en general. También en la prensa, por supuesto. Parece que nos alivia saber que ocurrió esto y aquello, y que fue debido a un trance de locura. Una excusa que nos aleja del auténtico mal, que es aquel que no comprendemos. Todo lo que escuchamos se basa en el libro Las voces del laberinto (2005) del periodista Ricard Ruiz Garzón (1973), quien recoge hasta quince historias reales para desentrañar la susodicha cuestión. Es innegable la importancia de lo tratado; pero no lo considero suficientemente persuasivo teatralmente este montaje del venezolano Orlando Arocha. Entiendo su decisión estética: despojar la escena de todo aquello que nos pueda despistar. No obstante, mantenernos a la escucha de Diana Volpe, que es la primera, sentada en una silla frente a una mesa y un micrófono para monologar durante más de veinte minutos, es aceptable. Que el resto sea similar, nos adentra en la monotonía expresiva. Sí existe una interpretación, evidentemente; pero hacerlo de manera tan estanca y tan comedida, me parece que nos disuade de la conexión íntima. Sigue leyendo

Lorca, la correspondencia personal

Juan Carlos Rubio pone en marcha un montaje que aprovecha excelentemente los textos más personales del poeta

Foto de Gerardo Sanz

Con el Año Lorca en Madrid de este 2019 para conmemorar la llegada del escritor a la capital de España, los espectáculos a los que hemos podido asistir han sido varios y por eso, quizás, el enfoque se distorsiona y la sorpresa se devalúa. Puedo recordar El sueño de la vida, un montaje que partía de la obra inacabada Comedia sin título, de la que aquí resuenan esas famosas palabras del preámbulo. Pero lo que vamos a observar sobre las tablas del Lara, se puede relacionar más estéticamente con una propuesta llamada Federico hacia Lorca, de La Joven Compañía, que estuvo a cargo de Miguel del Arco, y que también buscaba trazar un itinerario biográfico del poeta. Y por añadir una función más, en gran medida, se puede vincular a Los amores oscuros, aquel espectáculo entreverado de música y cante que se adentraba en sinuosidades más morbosas. La tendencia parece, es incidir en una especie de hagiografía repleta de subjetividad y de lirismo, en un constructo etéreo y sacrificial, alegórico hasta la náusea. Lorca como panoplia de símbolos incuestionables del teatro, de la poesía y de la libertad creativa, una vez consiguió expurgar sus demonios en torno a la homosexualidad. Ciertamente, Juan Carlos Rubio ha elaborado un mosaico de fragmentos lorquianos a través de su correspondencia y de algunas interpolaciones de obras teatrales y poéticas, que se nos muestra de manera muy atractiva y que al oído resuena con hermosura y fluidez. Sigue leyendo

Copenhague

El dilema sobre los avances de la física nuclear recreado en el encuentro entre Bohr y Heissenberg de 1941 en la capital danesa

Posiblemente a Michael Frayn le interesó enfocar el dilema ético sobre los avances científicos a través de Heissenberg y su Teoría de la incertidumbre; porque esta le venía excelentemente como metáfora para encarar un asunto que hoy posee gigantescas reverberaciones; tantas, que algunos transhumanistas ya le ponen fecha de extinción a nuestra especie para alumbrar la siguiente. Ahí es nada. Lo cierto es que Hiroshima y Nagasaki fueron «fechorías» pergeñadas por los estadounidenses y que las investigaciones de Oppenheimer y el proyecto Manhattan resultaron expeditivas. Pero, Copenhague, estrenada en 1998 ―también contamos con una versión cinematográfica realizada para la televisión en 2002― pretende habilitar un discurso filosófico sobre las decisiones trascendentales del científico que, como humano, discurre más allá del laboratorio y que es consciente de que el paradigma puede cambiar radicalmente. Seguramente si es conveniente volver a esta obra es porque es necesario recordar que en la próxima ocasión el daño será realmente irreversible. Es más, podemos llegar a pensar que aquel fatídico final de la Segunda Guerra Mundial fue el ejemplo que la humanidad requería contemplar para cuidarse de la hecatombe que nos autodestruya definitivamente. El caso es que Claudio Tolcachir ha recogido el testigo, y sin realizar una apuesta arriesgada ―desde luego, todo es muy comedido―, ha fraguado un montaje que técnicamente no tiene tacha, que resulta satisfactorio, adecuado y tan conciso como le permite el texto. Sigue leyendo

El banquete

Los espectadores ser reúnen en torno a unas mesas para brindar por el amor y la imaginación gracias a textos clásicos universales

La edición número diecinueve del Festival Clásicos en Alcalá se inaugura con esta propuesta de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que ya fue presentada la temporada anterior en el Teatro de la Comedia. Un montaje que ante todo nos gana por el ambiente que se propicia y que es fundamental para que nos adentremos en una colección de textos clásicos universales (fundamentalmente del XVI y del XVII) y que son bien conocidos. Para un grupo reducido de privilegiados espectadores, sentados en larguísimas mesas que, a su vez, se sitúan sobre el escenario del Teatro Salón Cervantes, acompañados de los seis anfitriones que se van a transformar en múltiples personajes que aparecerán y se difuminarán para mutarse en otros y en otros más. Seremos, por tanto, comensales a la vera de una copa de vino para brindar por la imaginación; pues esta es el rasgo definitorio del ser humano. Ya que el espectáculo está inspirado en la obra La especie fabuladora, de Nancy Huston. En la persuasión que supone sentarse junto a los intérpretes, que te susurren versos al oído, que se paseen con enjundia por encima de esos enormes tablones esquivando jarras y vasos, está un encanto que apenas decae en algunos momentos. Concretamente al actor Aleix Melé, le ha tocado la ingrata tarea de ser el «interruptor» oficial, el aguafiestas que rompe la magia de las declamaciones, para realizar un homenaje emotivo de las invenciones que se le ocurrían a su abuelo ―testigo de acontecimientos célebres sucedidos a miembros de la Generación del 27―. Sigue leyendo

Nada

La compañía Ultramarinos de Lucas celebra su vigesimoquinto aniversario revisitando esta historia sobre un joven nihilista

La acentuación radical que propone el libro de Janne Teller, publicado en el 2000 ―después fue prohibido y ahora es lectura obligatoria en muchos institutos―, es una vara de medir ineludible para capturar la sociedad de nuestro tiempo. Aunque los protagonistas son adolescentes ―y ellos mismos pueden y deben leerlo―, el público objetivo es amplísimo (o, quizás, todo lo contrario); pues se puede comprender asumiendo que se vertebra desde diferentes capas. La primera es la filosófica, más concretamente desde la corriente del nihilismo con desembocadura en el existencialismo (reconocemos a Kierkegaard, Nietzsche; pero también a Camus). Que la autora sea danesa y que sus compatriotas se espantaran con su propuesta, no es un dato baladí. La religión protestante potencia más el individualismo y este propicia un cuestionamiento de la propia existencia cuando flaquea la fe. «Dios ha muerto», según la sentencia de Dostoievski en Los hermanos Karamazov, por lo tanto: ¿cuál es el sentido de la vida? ¿Qué hacemos aquí? Curiosamente, en el Centro Conde Duque (con una sala de teatro dedicada fundamentalmente al teatro para jóvenes inquietos) se acaba de representar un montaje con líneas fundacionales parecidas (Un cine arde y diez personas arden).  Por otra parte, la sociedad de bienestar está generando un tipo de colectividad repleta de paradojas: consumo masivo de gente que pretende ser distinta en la igualdad del grupo para buscar la permanente admiración (el narcisismo). Sigue leyendo