La última noche del mundo

Fabrice Murgia dirige una propuesta excesivamente narrativa sobre el fin del sueño en la humanidad

la dernière nuit du monde, fabrice murgia © kvde.be
Foto de Kurt van Der Elst

Si aceptamos la definición del tan traído transhumanismo, como una etapa transitoria de intervenciones corporales en su sentido tanto paliativo como meliorativo, antes de alcanzar el posthumanismo; La última noche del mundo (La dernière nuit du monde), de Laurent Gaudé, propondría otro paso más hacia la superación de esos límites intocables: el sueño. Asunto de una complejidad gigantesca por lo que supone para los seres humanos (y el resto de animales) que, como ocurre en la ciencia-ficción más simplona, se resuelve con la pastillita de turno y sus inevitables efectos secundarios negados a priori. Quizás debamos pasar por alto que no se indague mucho más en lo que supondría falazmente vivir casi en un continuo (el tiempo, evidentemente, no se detiene si seguimos conscientes). Aquí se plantea dormir cuarenta y cinco minutos al día, y dejar el asunto zanjado (luego se avanza hacia los quince). Sigue leyendo

Crónico

Mariano Rochman firma esta leve comedia sobre el desamor y las estrafalarias terapias que pretenden aplacarlo

Crónico - Foto de Carmen Prieto
Foto de Carmen Prieto

Que la comedia es el género más difícil se demuestra cotidianamente; sobre todo, porque la inmediatez de nuestras reacciones la valida o la invalida a través del gusto, de la risa, del divertimento. Asunto distinto es si nos lleva más allá con algún sentido crítico. En cualquier caso, eso vendría después. Crónico es una comedia que se queda en un punto intermedio entre lo irrisorio y la sátira sobre ciertas técnicas terapéuticas que hoy prometen solucionar cualquier trastorno sicológico. El público se ríe poco; puesto que no logran desbordarse humorísticamente las situaciones, salvo un poco al final. Se impone una secuenciación demasiado repetitiva (sesiones en el gabinete, una detrás de otra), con algunos elementos de enlace (llamadas telefónicas a los colegas) que casi no aportan nada al avance de la trama —levísima— y que tampoco apuntalan las gracias. Sigue leyendo

Los Pazos de Ulloa

La adaptación de la novela de Emilia Pardo Bazán en el Teatro Fernán Gómez queda reducida a una trama costumbrista

Los Pazos de Ulloa - Foto de Pedro GatoPodemos encontrar todo tipo de excusas razonables para justificar esta versión tan convencionalista y hasta popular que se presenta en el Teatro Fernán Gómez. Y hablo de excusas, porque sabemos de los conocimientos y del buen hacer de Helena Pimenta a lo largo de su carrera. Pero lo que ha hecho Eduardo Galán con su adaptación es un claro ejemplo de cómo se encuentra el equilibrio entre el montaje desbordante y omniabarcador (que no dejara suelto ni un solo fleco) y la propuesta que «guste» a un público menos avezado o paciente entre el que se deben hallar también los bachilleres. ¿Se merecía esto el centenario del fallecimiento de Pardo Bazán? Pues a falta de otras iniciativas públicas, parece que hay que conformarse. Y aunque se insista en que esta es la primera vez que se sube a las tablas una versión de esta novela; tampoco creo que se deba desmerecer el Ulloa, de Irma Correa que hace unos meses dirigió José Luis Arellano. Sigue leyendo

El libro de Sicilia

Pablo Fidalgo plantea un lírico teatro-documento para llevarnos a la destrucción y renacimiento de Gibellina

El libro de Sicilia - Foto de Luz SoriaLa sencillez se desenvuelve con una poética de la mirada interior, de la asunción de un tiempo y de una herida telúrica. Pablo Fidalgo acierta al concitarnos a una experiencia visualmente simple; pero con amplias reverberaciones de un símbolo que aúlla dolorosamente. Que sostengamos en nuestra retina el fulgor de la vitriólica lava que desgarra La Palma, contribuye a deambular imaginariamente por Sicilia como si camináramos por un Tártaro rugiente. Solo desde la aspereza desértica y de la insolencia del siroco adentrándose por cualquier rendija hasta colarse en la ruta de tu raciocinio, sirve para abrazar el viaje del dramaturgo. Escribir un libro, trazarlo con notas, con semblanzas, con pecios, con la retahíla de lo inapreciable, como un «libro de horas» o lo que se tercie. Se pretenden, quizás, fusionar demasiadas ideas que se esparcen líricamente en las distintas alocuciones —narraciones, a veces evocadoras, otras, sentenciosas—. Sigue leyendo

Voltaire

Tres piezas extraídas de la obra Teatro para minutos de Juan Mayorga suben a escena para vertebrarse en torno a la tolerancia

Voltaire - FotoLa última vez que Voltaire «subió» a los escenarios fue de la mano de Flotats en aquella disputa con Rousseau. Y entonces ya recordamos que los filósofos, los ilustrados, como pertenecientes, en la mayoría de los casos, a las clases mejor avenidas, tenían sus oscuridades morales. En la apuesta de Juan Mayorga está la sombra del pensador y, en ocasiones, también está esa falacia denominada argumento ad hominem; aunque la cuestión aquí radica más en el ejercicio escolar de los contrafácticos, de las hipótesis, de los ejemplos y de otras exposiciones intelectuales para que el espectador trabaje —tampoco tanto como se debiera— su cerebro. Sigue leyendo

Conferencia sobre la lluvia

Enrique Simón se mete en la piel de un bibliotecario para realizar una interpretación cautivadora sobre el texto de Juan Villoro

Conferencia sobre la lluvia - FotoLa preterición se convierte en la perfecta captatio benevolentiae: «perdí la conferencia». Pero cómo no considerar una conferencia a lo que viene a continuación, a esa disertación tan particular, entre la hogareña charla con uno mismo de un bibliotecario que nos acoge en su despacho con su pijama y batín. Un ordenador de libros desordenado, un tipo contradictorio. Un titubeador que chasquea su lengua trabucada en ocasiones, como esa cabeza ahíta de citas, de lecturas, de personajes y de autores predilectos. Y, aun así, es el amor (¿no es ese el principal tema de la literatura junto a la muerte? ¿No son el amor y la muerte las dos caras de la misma moneda vital?) lo que vertebra la existencia de este individuo quizás neurótico, quizás misántropo, quizás ido, quizás manipulador de su propia vivencia de letraherido. Sigue leyendo

Makers

Juan Loriente y Oscar Gómez Mata performatean La Abadía con un espectáculo que pretende descubrir lo que está oculto en la Realidad

Makers
Cie Alakran

Yo entiendo que si suelto aquí a Faemino y Cansado; pues me va a caer encima el aparataje-performativo-european-chachi para aleccionarme sobre el «dispositivo», la «autopoiesis», la «liminaridad» y, en definitiva, los «acontecimientos»; pero si tenemos que aunar metafísica y humor, pues me quedo con la pareja de cómicos. Me resulta extraño que a los responsables de este asunto no les viniera al caso, la situación que vivió Fernández Mallo, cuando vio que su obra borgiana sobre colección de Borges El hacedor, fue retirado de las librerías, porque a Madama Kodama le pareció que de Borges solo puede Borges hacer de Borges. Así que, El hacedor (de Borges), Remake, publicado en 2011, despareció de los anaqueles. Suerte que un ejemplar me fue regalado por mi amigo Enrique, al que aprovecho para dedicar esta crítica (es que Makers, sabrán ustedes, va de dedicatorias). Por lo que tengo entre manos un libro prohibido, que para los tiempos que corren es hasta emocionante (y creo que lucrativo). Vean que yo también me hago mi performance. Qué bien les hubiera ido a nuestros protagonistas indagar sobre un tipo tan polifacético como Fernández Mallo, pues este sí que se dedica, desde su mirada de físico, de escalador, de músico, de poeta, a descubrir rizomas y simulacros, a hallar metáforas postpoéticas en esto que llamamos realidad; a pasmarse con las coincidencias que propicia el azar en lo nimio. Pero nadie todavía ha considerado que este gran autor deba tomarse como referencia auténtica para crear dramaturgias originales. El cuento que da inicio al libro («El hacedor») y que es leído, casi tal cual, en escena, no es, en sí, un cuento, y más se aproxima a la semblanza o, incluso, al poema en prosa. Las metáforas sobre el tiempo y la luz están presentes. Nos sitúa en el CERN (Ginebra). Curiosamente, cerca de donde vive Óscar Gómez Mata, el director de todo esto. ¿Y qué es esto? Pues un a ver qué pasa, inconcluso, azaroso, inconsecuente, deslavazado, ingenuo, es decir, dadaísta. Plantear teóricamente que la obra trata del amor, de la amistad, del tiempo, de la luz, de desvelar lo que se esconde en la aparente Realidad, puede quedar muy platónico; a pesar de ello, su materialización no desarrolla esas ideas. Aunque también es cierto que para ellos lo importante es «sentir». Las sensaciones al poder, como si no estuviéramos ahítos de ellas. Makers es una «lasaña», y ellos son unos «detectives de capas». Que en el estreno en La Abadía pudieran desenvolverse entre amigos, me deja con la duda de cómo habrán sido las subsiguientes funciones. Su llegada en bicicleta a las puertas de la sala con todo el público esperando, les permitió caldear el ambiente ante la lógica estupefacción. Los familiares y la farándula propiciaban el compadreo para elaborar lo único que verdaderamente me parece destacable del montaje: la capacidad para deambular en la espontaneidad afable y resultar congraciantes. Una capacidad payasesca para hablar y no llegar a decir nada auténticamente significativo. Luego, esa forma de expresión se transformará en un leve bosquejo de lo que se insinúa; no obstante, nunca llega a acontecer del todo. Esperar que las cosas pasen porque sí, porque se está en un teatro, es algo que no responde a las preguntas más perentorias. ¿Qué saco yo de todo eso? Una vez dentro, antes de lo que se supone que es la obra en sí, somos reunidos en el escenario para detallarnos la simbología de una estrella que remite a las ocho etapas de la vida. Sí, constantemente se dan pistas; no obstante, parece que se esfuerzan —así deben ser estas performances— en no trascender, en esperar que el respetable decante alguna conclusión. La cuestión es que vivimos en la mayor performance de la historia, en el gran simulacro, en el mundo urbano ocupado por seres absorbidos por el espacio virtual y dispuestos al narcisismo en lo que queda de realidad. Una sobreinterpretación hiperbólica. Actuar frente a unos espectadores así requeriría plantearse las performances como una redundancia insignificante. En un planeta lleno de performers, no vale con disfrazarse de supuestos «makers» (poetas, en el inglés arcaico). Jugar a ser dioses. «Hágase la luz». O, «descúbrase la capa», puesto que enseñamos un cuadro de ejemplo. Sí, una escena cualquiera es plantar la «Santa Lucía», de Francesco Furini, que se expone en la Galleria Spada (Roma). La mujer de espaldas y sus ojos arrancados ocultos en la sombra. Ni si quiera con eso se alcanza al picoteo; ya que el esfuerzo por disuadirnos de todo aquello que pueda denominarse trama o conceptualización cohesionada es permanente (por eso hay que hablar extensamente de sus curiosas zapatillas con talón-muelle). Decir que son uno solo, que son el mismo, que son amigos, tampoco nos deja mucho espacio para la exégesis. La cumbre del montaje es el remake cínico de un fragmento de un texto de Rodrigo García, Aftersun, que dicho así ya es para esperarse otra de esas ironías infantiloides a las que estamos acostumbrados. Y así ocurre, Juan Loriente nos expone su «Teoría del pensamiento en cinco puntos”, todo un pentálogo de pasotismo escatológico (es su doble acepción). Y sí, por supuesto, faltaría más (¿o acaso se pensaban ustedes que no?): despelote. La gracia es que bajara alguien del público a proceder con la psicomagia (mucha psicomagia hay últimamente en esa sala). Gómez Mata es el que baja; porque en su momento, hace tropecientos años, se quedó con las ganas, y este es ahora el momento (autoayuda, compenetración, chorrada. Cualquier gesto vale para seguir viviendo. Humor). Despelote otra vez, calzoncillo a la cabeza y luego a esnifar el rafe. He leído por ahí que los han denominado «clowns metafísicos». Pocas pandemias tenemos. Ya afirmaba más arriba que el espectáculo iba de dedicatorias, de dedicar, de dar amor. ¿Y por qué no regalar a uno de los asistentes los gayumbos en una carpetilla de plástico? Esta es la metafísica, o la ontología; yo la consideraría la ortología, como disciplina de la retambufa. Tiempo, luz, amor y lasaña.

Makers

Textos: Agustín Fernández Mallo, Rodrigo García y Óscar Gómez Mata

Concepción y dirección: Oscar Gómez Mata

Interpretación: Juan Loriente y Oscar Gómez Mata

Colaboración artística: Delphine Rosay

Colaboración juego actoral: Espe López

Creación luz y dirección técnica: Leo García

Creación sonido: Aymeric Demay

Músicas adicionales: Aymeric Demay, Las Colombinas, Carnival in Coal, Hiroki y Mi-yan, Novedades Carminha, Anton Bruckner.

Espacio escénico: Vanessa Vicente

Vestuario: Doria Gómez Rosay

Producción y administración: Aymeric Demay

Difusión Compagnie L’Alakran/ Carlota Guivernau

Una coproducción: Compagnie L’Alakran, Azkuna Zentroa Alhóndiga-Bilbao, Théâtre Saint-Gervais-Genève, Théâtre populaire romand – La Chaux-de-Fonds.

Apoyos: Pro Helvetia, Loterie romande, Fondation Ernst Göhner.

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 17 de octubre de 2021

Calificación:

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Mio Cid

José Luis Gómez declama con mesura el célebre cantar en un montaje repleto de sencillez en el Teatro de La Abadía

Mio Cid - FotoEl Cid está de moda en los últimos tiempos, quizás para despojarlo de hálitos franquistas. O quizás no. Porque entre «imperiofilias» e «imperiofobias», la disputa de nuestro ser nacional sigue vigente. El caso es que, entre el Sidi, de Pérez Reverte, y la serie de Amazon, este espectáculo de José Luis Gómez parece que redunda en esa vuelta recurrente al gran mito castellano. Lo que a bote pronto me chirría es que se subtitule «juglaría para el siglo XXI»; puesto que yo creo que este montaje tiene muy poco de lo que implicaba aquel mester. Sigue leyendo

N.E.V.E.R.M.O.R.E.

Propuesta de teatro-documento a cargo de la compañía gallega Chévere para recordar la catástrofe del Prestige

NEVERMORE - Luz Soria
Foto de Luz Soria

Los Chévere nunca han escondido sus filias políticas, es más, en algunos espectáculos como aquel Euzone, se les fue la mano. Pero desde aquellas, han logrado afinar inteligentemente sus sesgos hasta situarse en un punto de gran respeto hacia el espectador, sin obviar su pensamiento sobre diversas cuestiones. Así consiguen sortear el panfleto y el populismo tan acendrado en otros creadores. Esta «represión» en pos del arte y de la aceptación de distintas perspectivas sobre la realidad, los llevó a su máxima excelencia con Curva España. Sigue leyendo