La voluntad de creer

Pablo Messiez ha partido de la obra La palabra (Ordet), popularizada en el cine por C. T. Dreyer, para actualizar la relación entre la fe y la verdad, en un espectáculo dotado con una inteligente ironía

La voluntad de creer - Foto de Laia Nogueras
Foto de Laia Nogueras

Pablo Messiez ha traído con soberana inteligencia el drama realista (La palabra) del danés Kaj Munk, convertido en un clásico del cine por Dreyer, a nuestro presente vaporoso desde una ironía demoledora. Y, aunque parezca increíble, ha logrado desarrollar una función altamente divertida, con tintes berlanguianos y absurdos.

Primeramente, el dramaturgo y director porteño suelta a su habitual troupe para que nos convoquen hacia el acontecimiento. Crean una atmósfera anticipatoria muy fértil, que pretende romper con la cuarta pared en un diálogo con el público que no irá únicamente por la trillada idea metateatral, sino hacia una dimensión religiosa, estética o existencial, según sea el lugar desde el que accedamos al relato.

Nos encontramos en un lógico espacio vacío —ya de por sí lo es en esa nave del Matadero— que Max Glaenzel ha ideado para que luego las paredes móviles vayan creando de la nada el hogar. Estamos en algún lugar del País Vasco, Amparo, la tercera hermana, que Mikele Urroz acoge con un resquemor contenido, ha regresado a su casa, una vez ha visto mundo y ha podido huir de un ambiente de costumbres asfixiantes. Viene con su mujer, Claudia, que está a punto de dar a luz, y que Marina Fantini encarna con verborrea argentina una positividad folclórica que después se desmorona.

Texto completo en la revista cultural de El Mundo La Lectura

La voluntad de creer

Texto: Pablo Messiez a partir de La palabra de Kaj Munk

Dirección: Pablo Messiez

Reparto: Marina Fantini, Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, José Juan Rodríguez, Íñigo Rodríguez-Claro y Mikele Urroz

Diseño de espacio escénico: Max Glaenzel

Diseño de iluminación: Carlos Marquerie

Diseño de sonido: Iñaki Ruiz Maeso

Ayudante de iluminación: Juanan Morales

Diseño de vestuario: Cecilia Molano

Entrenamiento corporal: Elena Córdoba

Temas musicales: Viene clareando (Atahualpa Yupanqui) en versión de Leda Valladares y María Elena Walsh; Vidala del último día (Raúl Galán y Rolando Valladares) en versión de Sílvia Pérez Cruz

Producción Buxman Producciones: Pablo Ramos (producción ejecutiva) y Jordi Buxó y Aitor Tejada (dirección de producción)

Ayudante de producción: Roberto Mansilla

Ayudante de dirección: Javier L. Patiño

Residente ayudantía de dirección: Noelia Pérez

Una coproducción de Teatro Español y Buxman Producciones

Agradecimientos: A todo el público que nos acompañó durante el proceso de ensayos y a Sílvia Pérez Cruz

Para la escritura de esta obra, el autor disfrutó de una residencia de escritura en la Sala Beckett en 2022

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 23 de octubre de 2022

Calificación: ♦♦♦♦

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Las canciones

Una experiencia salvadora a través de la escucha profunda de esos temas musicales que configuran una biografía emotiva

Foto de Vanessa RábadeOír o escuchar. La música está con frecuencia demasiado al fondo en nuestras vidas. La música suena mientras realizamos otra actividad. La música suena mientras nos pretenden vender un objeto. La música suena para tapar el angustioso silencio, cuando una pareja ha perdido la conversación. El melómano vive rodeado de vinilos y cada día se sienta en un sillón de cuero para deleitarse con la escucha. Una experiencia estética que indudablemente puede ser transformadora y que posee el influjo mágico de la intromisión abstracta. A través de personajes que nos remiten inequívocamente a Chéjov (por ahí andan algunas de las Tres hermanas, por ejemplo) asistimos a una liturgia, a una cura; pero, también, a una escapatoria, a una reclusión, a una dictadura de la emoción salvífica. El padre músico ha muerto; pero su fama ha quedado desvanecida por un acto terrible, que nos hace pensar en un asesinato. Los hijos sufren por su pérdida; aunque da la impresión de que la ausencia de su guía y su anclaje terrenal ha evidenciado dosis de inmadurez y de proyecto vital consistente. La extrañeza de la situación ―ya desde el principio, la gran parte de la función consiste en escuchar canciones―, nos puede recordar a esa visión tan angustiosa con que mira la realidad el director de cine Yorgos Lanthimos. La primera parte, la cara A, me parece algo prosaica, como si al dramaturgo le resultara bastante serio y sentencioso entrar en honduras de manera radical. Se da cierto distanciamiento y se maneja una comicidad un tanto chabacana, concretamente a través del papel que interpreta Carlota Gaviño; pues hace de «maruja canaria». Sigue leyendo

La rebelión de los hijos que nunca tuvimos

Una fábula inspirada en todos aquellos niños migrantes que desaparecen en las costas europeas

Foto de marcosGpunto

La apuesta de los hermanos Bazo (QY Bazo) por el teatro social, por llevar a cabo obras que nos comprometan con los problemas acuciantes de nuestro presente, es clara. De alguna manera, su lenguaje primordial es la fábula, el cuento moralizante, el apólogo con el que pretenden, sino aleccionarnos, sí provocarnos una reacción que nos lleve a la reflexión. Así ocurre en Los impostores, en Nada que perder y en Tres días con Charlie. De forma mucho más acentuada La rebelión de los hijos que nunca tuvimos recurre directamente al «Érase», al toque infantil —lógico para un texto que trata fundamentalmente de niños— y a la narración oral. Este exceso inicial por contar —con todo un prólogo que es en sí una leyenda— es el gran lastre de un espectáculo que se subsume en gran medida en ese procedimiento a costa de la pura representación de los hechos. ¿Hasta qué punto el espectador mantendrá la atención sobre lo relatado? ¿Hasta qué punto es reiterativo lo contado sobre lo representado? Además, creo que faltan recursos propios de los oradores, falta mayor recursividad —no me vale solo con repetir el «érase», porque el cuento se enreda y no somos lectores, sino escuchantes— para que después podamos introducirnos en el meollo de la cuestión. Sigue leyendo

Todo el tiempo del mundo

Pablo Messiez nos propone una incursión desconcertante en la eterna reconstrucción de nuestros recuerdos

Foto de Vanesa Rabade
Foto de Vanesa Rabade

Durante toda la historia de la filosofía sus protagonistas se han preguntado insistentemente sobre la realidad, el tiempo y la memoria. Temas recurrentes a los que quisieron poner un fin conclusivo los físicos, aunque los artistas han sabido mantener el suspense sobre si el aquí y el ahora nos pertenecen a nosotros o si son producto de nuestra ensoñación. Pablo Messiez juega con estos elementos en un drama de inspiración autobiográfica en la que Flores, el dueño de una zapatería que lleva este sugerente apellido, va a reconfigurar su pasado o, quizás, su futuro, en una vuelta de tuerca a la relatividad einsteniana. Posee la obra del dramaturgo argentino un deje beatífico a lo Frank Capra. Si nos fijamos en Qué bello es vivir, podemos hacer un paralelo tanto estético como moral. Aquí, en Todo el tiempo del mundo, no tenemos un ángel, pero conocemos espectros, aparecidos, visitantes, remedos de recuerdos posibles que cumplen esa función tan necesaria de recuperar las esencias vitales. Sigue leyendo