El enfermo imaginario

Flotats dirige y protagoniza la última obra de Moliére en el Teatro de la Comedia, con un montaje muy cuidado en los detalles

Foto de Sergio Parra

Si la intención del afrancesado Josep Maria Flotats era rendir homenaje a Moliére adelantándose a los fastos del cuatrocientos aniversario de la muerte del dramaturgo francés que se cumplen dentro de poco más de un año, lo cierto es que ha estado muy acertado. Esta afamada obra nos viene muy a cuento ahora que estamos de pandemia y nos hemos vuelto expertos epidemiólogos y otras variedades médicas que ni siquiera conocíamos. Paradójicamente, además, hemos sido cautivados por el «efecto bata», pues hemos confiado con ceguera en todo lo que doctoras y doctores afirmaban sobre cuestiones en las que no estaban duchos. Eso sí, lo de ahora es medicina; mientras que lo del siglo XVII, sencillamente, alcanzaba la creencia o, como máximo, el ensayo-error ridículamente falsable. De ahí que siempre haya dado mucho juego esta obra y que nos sirva, tanto para criticar a los galenos y a los boticarios, como a tipos tan hipocondriacos como este Argán, que representan ―como ocurre también tanto ahora― al claro ejemplo del individuo que busca la seguridad y el cariño a cada segundo de su vida. Si no fuera un anciano, sería toda una muestra de debilidad e inmadurez. Carece de sentido escenificar los prólogos que incluyó el escritor; porque la parte musical y danzística han sido eliminadas. Así que enseguida Flotats adopta gesto y manera de contable para repartir los dineros entre sus médicos y, de esta manera, establecer, además, el conteo de sus lavativas mensuales y otras artes purgatorias para sus dolencias ilusorias. Nuestro actor sabe muy bien esbozar ese punto preciso entre la obsesión del timorato que ve peligros en las corrientes de aire que llegan de las ventanas abiertas, y el hombre que es capaz de imponer un matrimonio a su hija que cumpla con sus deseos, es decir un yerno doctor. Sigue leyendo

Querido capricho

Tomás Pozzi despliega todas sus capacidades artísticas para meterse en la piel de Amanda, una mujer rota de amor

Foto de Luz Soria

La palabra ‘capricho’, ya desde su etimología italiana, está relacionada con el ‘escalofrío’, con la ‘idea nueva y extraña’ y el ‘antojo’; pero también con la obra de arte que rompe las reglas. Posee, por tanto, esta propuesta que nos enseña Tomás Cabané, un hálito de libérrimo juego que entronca con esa función primordial de la fantasía y de la imaginación, que es permitirnos escapar de la zozobra existencial. Y, además, como un pastelito, bien envuelto con esas capas metateatrales que no pueden faltar; porque parecen de obligado cumplimiento en las dramaturgias contemporáneas. Aunque, ante todo, cuesta mucho pensar en otro intérprete que no sea Tomás Pozzi haciendo este papel. Es fácil descubrir sus exageraciones ―es argentino, ¡qué esperábamos!―, esa comicidad que arrastra en su propia expresión genuina; pero logra un punto de complejidad emotiva, de candor visual, de expresividad corporal con sus movimientos eléctricos y «escalofriantes» de amante sufriente que uno queda fascinado por tamaña actuación. Es una bestia escénica, y eso es innegable ―ya lo afirmé cuando lo vi por primera vez en Cuestión de altura―. La función va de fuera adentro, del Tomás, a lo mejor, él mismo o, un tipo similar que se encierra en su casa y que fabula, en su soledad con la historia de una mujer madura abandonada por un hombre más joven. Sigue leyendo

Una costilla sobre la mesa: Madre

Angélica Liddell elabora su propio vía crucis expurgatorio para digerir la muerte de su progenitora

Foto de Susana Pavía

No estamos ante una pieza de vanguardia teatral, ni un posdrama (al uso), estamos ante un artificioso rito compuesto de elementos enteramente españoles y cristianos, de una España enraizada en la pena negra y en la pobreza, en la tradición telúrica y en el folclore alegre que alienta los pueblos, en este caso, de Extremadura. Pero los Teatros del Canal no son un templo, ni un lugar mágico, no son una catedral, por mucho que los amantes de la Cultura consideren actualmente tal trasposición. ¿Y el público que incita con fervor un espectáculo así? Déjenme que elucubre sobre nuestro país nihilizado, sobre el país de los nacionalismos que repudia permanentemente el conocimiento y el estudio de sí; un país donde los modernos ignoran un pasado que ha sido capaz de aventar un espíritu de los tiempos que hoy se desvanece. Una elegía para su madre, un planto, un plañido, una copla a la muerte de su progenitora, una convocatoria manifiesta de aquellos motivos y costumbres que dieron forma a esa señora extremeña y de su hija en Santibáñez el Bajo (Cáceres). Es una colección de símbolos, claro, ahí está su arte; pero todo este expresionismo exacerbado no deja de tener unas bases absolutamente claras. El problema es que nosotros hemos abandonado ese mundo totalmente. Cualquiera que viva o haya vivido de cerca (o de dentro) alguna de las Semana Santas esenciales de nuestra geografía ―pongamos, por ejemplo, Zamora― entenderá con claridad hasta donde te subsume esta estética, inevitablemente yerta, tanto como un suvenir. Es una performance imposible en el diálogo con un tiempo que debería haber resguardado sus raíces; sin embargo, el desprecio nos caracteriza. Sigue leyendo

Siglo mío, bestia mía

El texto simbólico de Lola Blasco sobre un viaje interior se realza con la escenografía acuática de Marta Pazos

Foto de Luz Soria

Que nadie pregunte por qué todo un Premio Nacional de Literatura Dramática en 2016 debe esperar tanto para representarse como corresponde. Lola Blasco viene de presentar su peculiar visión de Mujercitas, y ahora se introduce en su propia obra como actriz. No será fácil para el espectador encontrar las claves propicias para comprender el texto; porque es un teatro simbolista que se aproxima hacia un campo onírico, a través de una utopía, de un no lugar que irremediablemente deberá ser el Mediterráneo. No alcanza el surrealismo; pero sí cierto cripticismo que requiere descodificarse. Encontramos tres fragmentos muy significativos, líricos, potentes, demarcadores de los objetivos primordiales de la dramaturga. Un cuaderno de bitácora intercalado entre las ocho escenas en el que descubrimos pistas fundamentales. Del primero escuchamos (leemos): «Esbozar una sonrisa cuando has dejado descendencia en este mundo produce terror. Tengo una hija». «Estoy escribiendo la historia de un viaje. Mi viaje. Mi siglo. Mi bestia. Es la historia de un viaje y también un alarido, un desamor, una derrota». El problema quizá sea, desde mi punto de vista, que Marta Pazos ha decidido que Blasco se presente en modo Beyoncé rubia a cantarnos y a pasear con baile sugerente, rompiendo el dramatismo brumoso que se ambienta desde el inicio, y, así, el contenido de su bitácora se desvanece. Sigue leyendo

Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero

Àlex Rigola aborda la cuestión de la muerte con otra performance deslavazada en la estética de la autoficción

Ya no queda más remedio que quitarse el velo, apartar los marbetes esplendorosos, disolver las estelas del éxito y contemplar críticamente el suceso más allá del empaquetado, más allá del prestigio de La Abadía y más allá de la puesta de largo del 38º Festival de Otoño. Àlex Rigola ha emprendido un camino estético que ya se ha rastreado por esta página con su Vania, con su Enemigo para el pueblo y con esa función un tanto insignificante que se expuso hace unos meses sobre La gaviota, donde ya se intuía claramente que la senda recorrida no daba ya para más. Pero hete aquí que el dramaturgo quería quemar todas las naves de la autoficción y la puesta en escena rácana a más no poder. Ya directamente la representación teatral, lo de la propuesta dramatúrgica e, incluso, la ficción, quedan reducidos a la lectura y a la confesión con ínfulas sublimes. Mutatis mutandis, si cambiamos la sala de La Abadía por un palacio de congresos o un centro de eventos y anunciamos que ahí se va a discurrir acerca de cómo afrontar la muerte, pues pasaría por un acontecimiento divulgativo con aire conciliador. Puede que esta comparación resulte exagerada; no obstante, más exagerado puede resultar que tengamos que seguir considerando teatro todo aquello que transcurre en el recinto denominado teatro. Sigue leyendo

Tribus

La sordera y el lenguaje se convierten en protagonistas de esta obra de Nina Raine, dirigida por Julián Fuentes Reta

Foto de marcosGpunto

Creo que es una coincidencia que la obra de Nina Raine, Tribus, estrenada en 2010, lleve el tema de la sordera de una forma tan gustosamente conflictiva; y que una película titulada The Tribe (2014), del ucraniano Miroslav Slaboshpitsky, apueste por la radicalidad de plantarnos un film sin subtítulos donde sus protagonistas son sordos y se expresan en lengua de signos. Las tribus ofrecen un falso confort mediante un exigente pago de pleitesía. La libertad queda demediada y los límites aquilatan cada una de las acciones de sus integrantes. Viene esta obra a chocar con un contexto, el de nuestro presente, que ha dejado a todas esas personas con graves dificultades de audición, que aprovechaban la lectura de labios, en una situación penosa. Pienso, por ejemplo, en ese alumno con sordera acuciante que tiene a su profesor enmascarado en un instituto corriente (da la risa, cuando al Ministerio se le llena la boca al defender inclusión). Caso loable, y aparte, es el Ponce de León en Madrid, donde los oyentes y los sordos conviven en la configuración de la normalidad. Por otra parte, en los últimos tiempos no han faltado nuevos enfrentamientos teóricos desde la concepción del capacitismo o casos peculiares como el de aquellas lesbianas sordas que con premeditación buscaron descendencia también sorda. Por otro lado, en la disputa constante de las lenguas en España, parece que la de signos (con sus distintas variedades regionales) no cuenta; si bien, es cierto, que es empleada por esta comunidad en un porcentaje bajo. La mayoría usa la lengua oral. En nuestro país hay más de un millón de ciudadanos sordos (el setenta por ciento, mayores de 65 años). Sigue leyendo

La máquina de Turing

Claudio Tolcachir dirige con exceso de emotivismo esta obra sobre la vida del matemático Alan Turing

Para el gran público, la figura de Alan Turing ha sido descubierta en los últimos tiempos como un personaje cinematográfico que responde perfectamente a ese esquema de científico malhadado y maltratado por la política o por la religión o por la propia sociedad científica. Pero, más allá del esencial factor humano de este matemático, ahora nos topamos con su nombre ―y lo seguiremos haciendo en las próximas décadas― constantemente; porque no paramos de enfrentarnos al test que lleva su nombre, cuando nos estampamos con esos chatbots que pueblan algunas páginas web y que poco a poco ir ganando pericia intelectual. Ese test consiste en un juego de imitación por el cual un grupo de humanos ha de descubrir mediante preguntas si quien contesta es un individuo o una máquina. Por el momento, todavía, no se ha logrado superar esa prueba, es decir, la inteligencia artificial no ha engañado totalmente a los interrogadores humanos. La máquina de Turing es una obra de Benoit Solès, inspirada en la obra de Hugh Whitemore Breaking the Code, y esta, a su vez, se basa en el texto de Andrew Hodges Alan Turing: The Enigma; por lo tanto, más allá de los artificios de la ficción, se pretende un apoyo sustancial para ofrecer un resultado verosímil. Pero a esta propuesta de Claudio Tolcachir se la puede acusar de algunos aspectos que ya fueron motivo de crítica cuando se versionó para el cine, con aquella exitosa cinta, The Imitation Game, protagonizada por Benedict Cumberbatch. Sigue leyendo

Los mojigatos

Magüi Mira dirige esta irónica comedia de Anthony Neilson sobre las nuevas visiones del sexo

A primera vista, se detecta, nada más empezar, que vamos a asistir a una de esas comedias amables, donde la típica lucha de sexos va a reactualizarse. Pero, poco a poco, de ahí la inteligencia del texto, iremos descubriendo que los sexos y el sexo se han desmontado. Anthony Neilson ha escrito una obra engañosa, recubierta por el halo de las comedias burguesas al uso, con una compenetración abundante con un público que permanentemente es interpelado. Es una obra muy generacional, muy concreta, porque es la que se ha visto cuestionada hasta el punto de verse inmersa en la duda. Hablamos de cincuentañeros, de parejas estables, de matrimonios en fase de enfriamiento pasional o, de lo que es peor, de compañeros que se han ajustado a los parámetros emasculantes de aquellos que nuestra directora del Instituto de la Mujer, Beatriz Gimeno, instó a «follar con empatía» (fuera de ahí, todo es violación o casi). Por lo tanto, unos espectadores se sentirán más interpelados que otros e, incluso, algunos se sonrojarán si discurren por las directrices conservadoras de toda la vida de Dios. Y es que entre que sí y que no, entre la broma y la preterición, nuestros protagonistas, antes de ser mojigatos, practicaban el sexo, habían tenidos otras experiencias sexuales y estaban al tanto de ciertas parafilias, que nos nombran sin pudor (el dogging, por ejemplo). El lenguaje, efectivamente, viene con la envoltura del pacatismo; aunque no dudan en señalar, sin grosería, lo que consideran necesario de las artes salaces. Sigue leyendo

La habitación de María

Una dramedia sin fuste, escrita por Manuel M. Velasco, para una propuesta endeble protagonizada por Concha Velasco

Foto de Sergio Parra

En 2016, la Reina Juana que firmó Ernesto Caballero y que dirigió el recién fallecido Gerardo Vera en el Teatro de La Abadía pudo haber sido un magnífico colofón para una actriz de tan larga y exitosa carrera. Pero no ha sido así, y Concha Velasco se ha embarcado en proyectos que ya en su planteamiento hacían aguas. La habitación de María es un desastre, se tome por donde se tome. Comenzando por un texto de su hijo, Manuel Martínez Velasco, que es propio de un amateur, y que carece del más mínimo ensamblaje. Un argumento que no despega en lo cómico y que se agarra a lo dramático en el tramo final para zarandear emocionalmente a un público cautivo y embebido por la estrella. Los rasgos chocantes de inverosimilitud que recorren la función no tienen justificación ni como astracanada. Primeramente, porque a estas alturas de la película nadie se cree que una señora que justo cumple ochenta años pueda ganar el Premio Planeta (con lo fácil que era darle otro institucional). Cualquier ciudadano mínimamente enterado sabe que ese galardón se encarga (a ser posible a alguien popular, de la tele) para luego montar la ceremonia entre el fingimiento de la prensa. Precisamente, alguien que padece agorafobia no solo rehuirá salir de casa para recoger el trofeo; sino que se negará a viajar por media España para promocionar el bestseller. Se nos quiere dar la sensación de que es una escritora de cierto prestigio, solitaria, encerrada en casa, que está a punto de terminar su última novela y que tiene que decidir en ese momento cuál será el final. Y lo hace como si fuera una de esas historietas adolescentes de «elige tu aventura». Sigue leyendo