Alimañas (brillantes)

Pilar Massa dirige esta provocadora comedia negra de corte fantástico firmada por Philip Ridley en los Teatros del Canal

Alimañas - FotoDe primeras uno debe pensar en la sátira de Jonathan Swift, Una humilde propuesta —pudimos ver de ella una adaptación teatral dirigida por Laila Ripoll hace pocos años—. Si aquella daba solución a la molesta presencia de los niños vagabundos en las calles y a la acuciante hambre de la sociedad británica, las Alimañas de Philip Ridley, reparan lo primero y solventan las dificultades de los jóvenes para acceder a la vivienda, de sus sueños. Quién se lo iba a decir a Adela Cortina, cuando escribió aquello de Aporofobia, que ahí estaba encerrada la política inmobiliaria más eficiente. Por supuesto, que el tema viene que ni pintado para nuestro país y, sobre todo, para las grandes capitales; pues el abuso, por ejemplo, con los alquileres es insolente —no obstante, habría que rascar mucho acerca de las causas y de las soluciones—. Sigue leyendo

El silencio de Elvis

Sandra Ferrús trata el tema de las enfermedades mentales y su falta de apoyo en la Sanidad Pública en un drama algo superficial

El silencio de Elvis - Foto de Paula Pinon
Foro de Paula Pinón

Es absurdo, por supuesto; pero una metedura de pata (me corto, claro) de un diputado en el Congreso, puso sobre la mesa —y parece que para quedarse—, la realidad sobre los trastornos y las enfermedades mentales; aunque la iniciativa partía de Errejón, quien ha tomado la cuestión como uno de los pilares de su programa. Cualquiera que trabaje, por ejemplo, en un instituto, ha comprobado cómo la pandemia —y lo que esta conlleva— ha multiplicado las incidencias psicológicas y siquiátricas en los adolescentes. Esto venía de atrás, no obstante, ahora se ha acelerado. Por lo tanto, viene muy a cuento recuperar esta obra que Sandra Ferrús presentó en 2018. La dramaturga estrenó hace unos meses su segunda pieza, La panadera. Sigue leyendo

Calígula murió. Yo no

La obra de Albert Camus sirve para hacer teatro dentro del teatro y proponer una suerte de lenguajes y críticas inasibles

Calígula murió. Yo no - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Ante todo, hay que tomárselo en serio, sin paternalismo, con la máxima exigencia artística y con una mirada abierta. Esta propuesta de Clàudia Cedó, como versionista del texto de Camus, y el portugués Mario Paiva, un director experto en estas lides, es, cuando menos, inquietante; porque se logran concitar posturas y lenguajes que, a priori, uno es capaz de atisbar en su desarrollo. Podemos tener presentes algunas de las últimas adaptaciones de esta obra como la que dirigió Mario Gas o la que protagonizó Javier Collado; pero lo que aquí se propone va por otros derroteros. Primeramente, puesto que recoge una atmósfera entre absurda y melancólica —la iluminación de Nuno Samora destila esos azules mortuorios y venenosos, sobre la sencilla escenografía de José Luis Raymond, quien ha favorecido más la verticalidad, con las mesas colgando junto a la gran luna; que la horizontalidad, pues se tiende al despojamiento—. Segundo, porque el teatro dentro del teatro logra la metamorfosis de los actores como yoes infectados por sus personajes —hace bien poco veíamos un efecto así en Historia de un jabalí—. Sigue leyendo

La plaga

La compañía Caramala desembarca en el Matadero para dar rienda suelta a sus peripecias cómicas a través de una sátira escolar

La plaga - Foto de Daniel Garrido e Isaías Sadaña
Foto de Daniel Garrido e Isaías Sadaña

Uno de los grandes atractivos de esta propuesta es que venga avalada por la dirección (y parte de la autoría) de Chiqui Carabante, pues él está detrás de la descacharrante trilogía Crónicas ibéricas (Desde aquí veo sucia la plaza, Herederos del ocaso y Algún día todo esto será tuyo). Pero hay que reconocer que La plaga, aunque posea gestos humorísticos que se mueven en el absurdo y en lo paradójico ahondando en el costumbrismo, es una pieza algo limitada en su despliegue textual y dramatúrgico. Vaya por delante que la sensación general es que observamos una trama que daría más para una pieza breve que para un espectáculo de más amplio recorrido; porque se percibe un argumento alargado en subtramas que no dan suficiente de sí. Esto lo vemos en la falta de desarrollo de algunos personajes secundarios, como alguna alumna que reforzara a la auténtica protagonista. Y es que la revolución que se atisba, tan solo se insinúa. Y, lo que resulta más llamativo, que, como podrá observar el espectador, no se produzca algún tipo de acontecimiento cuando se opta por la solución draconiana de raparle la cabeza a toda la chavalería (no vaya a ser que se tuvieran que ir de cuarentena a casa con sus mamás. Horror). En fin, rasurar melenas de niñas sin que se monte una hecatombe. Sigue leyendo

El hombre almohada

David Serrano adapta y dirige la célebre obra de Martin McDonagh protagonizada por Ricardo Gómez y Belén Cuesta

El hombre almohada - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

La historia que Martin McDonagh estrenó en 2003 es, en sí misma, una fábula que encierra otras muchas fábulas que recorren los miedos y las angustias más atroces con el esplendoroso motivo de la catarsis. Función primordial de la fantasía y de la imaginación que, en muchos casos se desprecia, con ánimo sobreprotector. Pues recordemos que muchos de los célebres cuentos de los hermanos Grimm, de Perrault o de Andersen, por poner algunos ejemplos, tienen un final demoledor que se le ha usurpado a los niños de las últimas décadas. Forma parte de la actualidad el debate sobre la influencia en los jóvenes de la violencia en las películas o en los videojuegos (algunas investigaciones demuestran que sí puede influir en la percepción que se tiene de la violencia, sobre todo en algunos individuos concretos). Esta cuestión la vimos reflejada precisamente también en los Teatros del Canal con La tristeza de los ogros, obra con ciertos paralelos con El hombre almohada. El marco —aceptemos que estamos en un país totalitario no identificado— es el propio de un thriller de aquellos que se ocupan de asesinos en serie peculiares, de sicópatas con obsesiones recurrentes, como en Seven, en Zodiac o en True Detective (se podrían nombrar cientos). Un modus operandi a exponer y a desarrollar. Una hipótesis más que razonable. La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda nos aísla a todos en un sótano desportillado, desolado, húmedo y ocupado por una cama roñosa y textos grapados por aquí y por allá. Produce una extraordinaria sensación de profundidad la enorme apertura en el techo atravesada por tuberías. Una ambientación muy pertinente y que seduce aún más si cabe con la iluminación de Cornejo, fundamentalmente cuando se entenebrece. Belén Cuesta, quien ya había trabajado con este director en Los universos paralelos, se convierte en la principal protagonista, Katurian Katurian, una joven que trabaja en un matadero y que escribe cuentos marcados por el leitmotiv de la crueldad sobre los niños. Por eso afirmaba que recogen la verdadera tradición cuentística que con tanto fulgor se materializó durante el siglo XIX bajo la estela del Romantiscismo, en su afán por recoger leyendas medievales y de la antigüedad como El flautista de Hamelín. Creo que David Serrano ha dejado demasiada «libertad» a la actriz para mostrar su natural ironía, esa inocencia que hemos observado en otros trabajos suyos. Resulta un tanto inverosímil si aceptamos la interpretación más lógica que podemos establecer de esta obra; o sea, la de una mujer que encuentra en la literatura más mordaz su propia salvación anímica, pues se ha pasado media vida escuchando gritos que, después, resultaron ser de su hermano torturado por sus padres. Con esto quiero decir, que el humor que expele —la adaptación del texto del propio David Serrano con la elección de algunas palabras favorece la gracia—, tan acibarado, a veces, que dulcifica la situación y la hace menos creíble; pues Cuesta, aunque realiza, en general, un trabajo de gran compunción, no llega a manifestar un gran dolor. Y esto nos aleja de la idea de compasión, la que de alguna manera posee el hombre almohada, y nos hace pensar más en una egoísta que anhela trascender con su obra literaria (su insistencia con que se conserve tras su muerte es patente). Por otra parte, resulta un tanto repetitivo el interrogatorio según nos aproximamos al desenlace. Principalmente, porque los detectives van perdiendo aplomo y ya no resultan tan fieros. La decisión de ejecutar tanto a Katurian como a su hermano está casi tomada, pues las pistas parecen inequívocas. De hecho, vemos a la protagonista moverse entre esos dos tipos tan inquisitivos con cierta comodidad en ocasiones. Manuela Paso hace de Tupolski, el poli «bueno», una tía tan aviesa como misteriosa —con sus propios traumas. Como todos—, y va ganando en incisión; sobre todo, además, puesto que su compañero, Juan Codina, Ariel, va desesperándose definitivamente. Furibundo y agrio, casi una traslación del Marat que ha estado representando hace unos meses. Uno de los puntos de mayor interés en esta propuesta es la presencia de Ricardo Gómez encarnándose en Michal, un muchacho algo retrasado, lento, al que parece que los cuentos de su adorada hermana le han parecido tan entretenidos y fascinantes, como inspiradores. Es en él donde confluye la otra paradoja. Para Michal los cuentos no son un acto creativo de ficción que puedan funcionar como terapia de choque como a Katurian; sino una plasmación de ejemplar de lo que para él es algo normal. El actor demuestra una gran composición de su personaje con esas tartamudeces pertinaces, y una gama de gestos (rascarse el culo) que refuerzan su ingenuidad y su aparente simpleza. Pienso que, de una forma equilibrada, dadas las circunstancias, consigue transmitir su ilógica inmadurez, tras el daño irreparable que le han propinado sus padres. De mayor importancia si cabe, de hecho, es el engranaje metaliterario que más puede seducirnos, es la inclusión de algunos cuentos contados enteros, que sirven indirectamente para que el público, al igual que los investigadores, rearme el conflicto y su resolución. En esto, el autor, Martin McDonagh, de quien se pudo ver hace unos años la adaptación de El cojo de Inishmaan, va hasta las últimas consecuencias en vesania y en intentar sujetar cada cabo suelto con una remisión fabulística, como ocurre con el cuento de «El cerdito verde». Aunque, por supuesto, el cuento de «El hombre almohada», todo un inductor compasivo al suicidio reparador, muy indicado para niños que han sufrido demasiado en su infancia, es el más significativo. Lo que no funciona tanto es cuando se nos cuenta una de estas historias directamente, frente a nosotros, como en el que se explica lo que hizo Katurian a sus padres, en lugar de la forma dialogada; sobre todo, porque parece una digresión que ralentiza el asunto. Muy original y satisfactoria es la manera de representar con máscaras, entre cinematográfica y guiñolesca, el cuento de «La niña Jesús». Funciona como enlace idóneo para adentrarnos en la escena dos del segundo acto (para nosotros, la segunda parte). Otros de los aspectos a tener en cuenta es si Serrano ha acertado con el ritmo que ha impuesto. Quizás, en un montaje de menor duración sería más llevadero; pero creo que se demora con los interrogatorios, con entradas y salidas que enlentecen el espectáculo, máxime cuando se requiere tiempo para cada uno de los cuentos que se relatan. Tener que hacer una pausa te saca de una ambientación agónica. No revelaré cómo termina la primera parte; pero no se debe dejar al espectador sin respiración (y no solo al espectador), cuando se alcanza un momento tan álgido en la relación de los hermanos; porque luego el estado de ánimo es distinto. Por otra parte, parece que el director se resiste a la crudeza y apuesta más por una comicidad insolente. Parece que Serrano quiere buscarles cierto lado amable a las cosas, y eso es a lo que nos tiene acostumbrado. Véase, últimamente Los asquerosos o Los hijos. De todas formas, el proyecto que más entronca con este es Port Arthur, donde un joven sicópata era interrogado por unos policías. En cualquier caso, El hombre almohada se sustenta en un texto cargado de aspectos muy interesantes a los que merece atender, y se logra una atmósfera dramática en muchos instantes de una sordidez inquietante.

 

El hombre almohada

Autor: Martin McDonagh

Dirección y adaptación: David Serrano

Reparto: Belén Cuesta, Ricardo Gómez, Juan Codina y Manuela Paso

Iluminación: Juan Gómez Cornejo (A.A.I.)

Diseño de escenografía y máscaras: Ricardo Sánchez Cuerda

Vestuario: Yaiza Pinillos

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Audiovisuales: Emilio Valenzuela (A.A.I.)

Ayudante de dirección: Nacho Redondo

Movimiento escénico: Carla Diego Luque

Comunicación: Ángel Galán

Diseño cartel: Carmen García Huerta

Fotografías promoción y cartel: Javier Naval

Fotografías de función: Elena C. Graiño

Realización de escenografía: Mambo Decorados y Sfumato

Realización de máscaras: Morboria

Realización de utilería: Ricardo Sánchez Cuerda

Realización de vestuario: Sastrería Cornejo

Técnico de iluminación: Daniel Alcaraz

Maquinista-sonidista: Fernando Díaz

Gerente-regidora: Ana Gardeta

Transporte: Taicher

Producción ejecutiva: Lola Graiño

Dirección de producción: Ana Jelin

Producción general: Producciones Teatrales Contemporáneas

Coproducción: Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid, Producciones Abu, Milonga Producciones, Vértigo Tours, Som Produce, Gosua, Teatro Picadero, Anexa

Distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 20 de junio de 2021

Calificación: ♦♦♦

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Levante

Carmen Losa presenta una obra sobre el amor de dos muchachas en los años treinta en un pueblo de Extremadura

Levante - Foto de Eduardo Diéguez
Foto de Eduardo Diéguez

En los últimos tiempos el cine español ha presentado una gavilla de películas ambientadas en la guerra civil que, al menos, en cuanto a la susodicha ambientación —y concretando en el entorno rural—, realmente han ofrecido una factura más que notable. Me refiero, claro, a Incierta gloria o La trinchera infinita, entre otras. Y es que uno espera que el Teatro Español se acoja al modelo del crudo realismo, y no a la luminosidad o embellecimiento propios de las teleseries que transcurren en los años treinta. En cuanto a la referencia temática aquí resulta ineludible el film de Coixet, Elisa y Marcela; pues de amores lésbicos tratamos. Aunque, como veremos, aquellas disfrutaron más de su opción sexual que las que contemplamos aquí sobre las tablas; porque la obra de Carmen Losa es, entre otros aspectos, pacata hasta decir basta. Digamos, tajantemente, antes de continuar, que Levante es un montaje frío y anticuado, y que solo se puede disfrutar superficialmente por un público acostumbrado a que delante de sus ojos se sorteen torticeramente conflictos de enjundia, ya sean políticos, sociales, religiosos o morales. Sabemos que todo transcurre en el pueblo pacense de Salvatierra de los Barros, célebre, como anuncia su nombre, por su alfarería (ausente esta, en esta propuesta). Deberíamos imaginar una zona con altas tasas de analfabetismo, con una población ínfima, con un campo destinado a la supervivencia y con un habla extremeña particular. Ni uno solo de los nueve personajes (ni tampoco de las voces que se llegan a escuchar de algunos hombres) muestra rasgos lingüísticos propios de esta zona; es más, hablan un español estándar claro y diáfano (como el que encontramos en la televisión, para deleite del telespectador sestero). Y eso que hablamos de personajes con muy poca instrucción escolar, como se llega a señalar. Es cierto, que en algunos momentos el texto se quiere poner lirizante, como un remedo de Lorca; pero el costumbrismo y el realismo priman. Estamos inicialmente en 1931. Es un pueblo; no obstante, parece un lugar no lo suficientemente verosímil. La escenografía de Juan Sanz está compuesta de una serie de paneles (sostenidos con unas escuadras con ruedas muy poco vistosas) que van creando distintos espacios y que sirven con sencillez para marcar los límites de las estancias. Desde luego, la iluminación de José Manuel Guerra es excesiva y no llega a incidir en la lógica oscuridad de aquellas viviendas tan humildes. En cualquier caso, se nos traslada esencialmente la historia de dos muchachas que se gustan. No diremos que se enamoran; puesto que la falta de pasión que traslucen, únicamente se puede tomar como cariño de amigas. Ni que tampoco sufren tanto acoso para lo que uno podría imaginarse, como se escenifica en una obra de características similares como es Juguetes rotos, de Carolina Román. Y es que uno de los mayores problemas que encuentro en esta función es que las protagonistas no evolucionan. Parece que en ellas no pasa el tiempo, que no terminan de madurar como era de esperar, y más para mujeres de aquella época y que se han quedado no solo huérfanas (qué poco sienten las muertes de sus madres), si no bastante solas. Hablamos de un tiempo en la obra de casi diez años y siguen como si nada; incluido su impertérrito peinado. Ahí está Candela Arestegui haciendo de Susana, a quien descubrí en #LaIRA (como otras actrices de este elenco) que se expresa con espontaneidad juvenil; pero que se queda anclada en ese tono ingenuo; aunque se case y se ocupe de un hogar ruinoso y desabastecido por la pobreza. Por su parte, Ana Lucas, que hace de Inés, ofrece una gama de matices mucho más consistente, y creo que es ella quien saca adelante la función con su talante taciturno y esa capacidad para contener las emociones. Desde luego, realiza un gran trabajo. El primer acto resulta, como afirmaba, demasiado ingenuo y bastante esquemático en cuanto que se nos quieren trasladar enseguida las directrices propias de la época, a saber: contraer matrimonio casi con el primero que lo pretendiera, tener hijos, ser hacendosa, ignorar la escuela y ocuparse de la fe. No obstante, en Levante, la religión está casi ausente y no parece razonable; por mucho que haya llegado la República. La posición de las mujeres era esta y los atisbos de rebeldía apenas tienen continuidad hasta que no queda más remedio. En el primer acto, nos enteramos de oídas de algunos detalles que no permean lo suficiente. Que hay un cacique, Esteban. Que hay dificultades económicas; aunque no tantas como habrá después. En definitiva, no se prepara el terreno con la profundidad necesaria para introducirnos en el segundo y en el tercer acto, cuando la obra va mejorando. Principalmente, porque llega la guerra y los aprietos parecen concretar las posibilidades existenciales. De todas formas, si el amor lésbico de las jóvenes debe ser el meollo del asunto, nos vamos a quedar con las ganas de un desarrollo romántico verdaderamente sugerente. Con un par de besos en los labios y otro par de abrazos se solventa la cosa. Sosería importante. Fulgor gélido. También gana en interés el papel que interpreta Teresa Hurtado de Ory. Típica maestra republicada de izquierdas, que viste pantalones, confiada en su labor imprescindible y, además, colaboradora con el bando popular en funciones de logística. Es un personaje que la actriz lanza con ese encanto de mujer segura, que no está para ofenderse por niñerías, y que expele confianza y pragmatismo. Es una pena que tenga pocas líneas; no obstante, también es cierto que un poco más y les come el terreno a las dos protagonistas. Me ha llamado la atención que escuchemos la frase (tiro de memoria) «los fascistas también quieren la libertad; pero solo para ellos»; aunque que no forma parte del texto original. Así que hemos de pensar que es un guiño de Carmen Losa a los acontecimientos ocurridos en Madrid durante las últimas elecciones (y algo más). Puesto que este es un texto trufada de gestos hacia la visión feminista de la autora, pues recrea las diferencias entre hombres y mujeres, para que queden claras. De la misma forma, que se nos ofrece una visión desde el bando izquierdista, desde la pedagogía o la moral (el propio amor de las chicas tomado con bastante naturalidad, sin que suponga un conflicto agónico e insuperable). Prácticamente el resto del elenco tiene una función accesoria; quizás podemos encontrar en Lola Casamayor, un ejemplo de experiencia similar a lo que están viviendo estas muchachas. La actriz dispone su generosidad y da consejos entreverados de misterio. Sin embargo, Yolanda Arestegui, la madre, cumple con el sencillo estereotipo de transmisora patriarcal. Por su parte, Jose Lamuño, que se queda con el pretendiente, y luego marido, Jeromo, procede con templanza. Es un noblote agricultor, determinado por ideas muy básicas. Ni siquiera toma las riendas con fortaleza para acabar con los entresijos deshonrosos de su mujer. Se agita lo justo, le falta personalidad, a pesar de su adhesión a la contienda para defender a los de su clase. El resto de intervinientes, como las amigas, Leyre Abadía que hace de Isabel o Lucía Aristegui que se encarna en María; o Iñaki Salcedo, que interpreta a Paquito, un buen joven, puntualizan con sus frases las distintas escenas con buen hacer. Viene esta obra acompañada por una música compuesta por la propia Carmen Losa y Mariano Marín que, excepto cuando remarca cinematográficamente ciertos momentos de tensión, logra colorear el espectáculo con tonos melancólicos. Levante se convierte en metáfora de esperanza, la zona por donde encontrarán el camino de huida para llegar a Francia por mar. Pero uno tiene la sensación general de que la propuesta no se mete a fondo con todas sus capas, y al final queda como un relato costumbrista muy suavizado.

 

Levante

Texto y dirección: Carmen Losa

Reparto: Yolanda Arestegui, Lola Casamayor, Candela Arestegui, Jose Lamuño, Ana Lucas, Iñaki Salcedo, Lucía Arestegui, Teresa Hurtado de Ory y Leyre Abadía

Escenografía: Juan Sanz

Iluminación: José Manuel Guerra

Vestuario: Maite Álvarez

Música original: Mariano Marín y Carmen Losa

Ayudante de dirección: Irene Gómez

Una producción de Descalzos Producciones y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 13 de junio de 2021

Calificación: ♦♦

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Othello

Marta Pazos y Fernando Epelde intervienen la obra de Shakespeare dándole mayor protagonismo a Desdémona

Othello - Foto de Estela Melero
Foto de Estela Melero

Enmendarle la plana a William Shakespeare; pero envolviéndose a su vez con su prestigioso marchamo autoral. Quizás lo pertinente sería repudiar y abandonar esta obra, pues en ella, de forma horrorosa, se asesina a una mujer. Uno ya se harta de que el mismo discurso, como un engrudo de seudofilosofía feminista, sin desarrollo, sin cuestionamiento de la realidad, anclado en repeticiones de términos vacíos y falaces, ya convertidos en tópicos que repite todo el mundo como un mantra, valga para justificar cualquier intervención teatral. Lo llevamos viendo demasiado tiempo sobre los escenarios y claramente falta atajar los conflictos con más enjundia y con una disposición poética que se haga cargo de la complejidad humana. No se puede seguir utilizando al famoso patriarcado como gran chivo expiatorio de cualquier desgracia femenina (y, en cierta medida, masculina). El patriarcado ha terminado. No existen instituciones esenciales en nuestro país que sustenten una cosmovisión que antes sí era refrendada por las familias, por la Iglesia y por el Estado. Sigue leyendo

Los hermanos Machado

Teatro del Temple lleva a escena el texto de Alfonso Plou sobre el imaginario encuentro entre los dos poetas al finalizar la guerra

Los hermanos Machado - Foto¿Se deben dar por sabidas, aunque sea someramente, la biografía de Antonio Machado y las circunstancias políticas y sociales de la España en que vivió? Definitivamente, sí. Porque es un autor que forma parte de nuestro acervo popular mucho más que otros (un poco por debajo de Lorca) y porque es de esos autores que todavía se enseñan en las escuelas y en los institutos —algo que no ocurre de la misma manera, por ejemplo, con Pedro Salinas, al que me refería por aquí a cuenta de la obra de Julieta Soria. Por lo tanto, un dramaturgo que nos hable de este escritor y de aquellos tiempos, es decir, los treinta años anteriores a la guerra civil, tan revisitada constantemente, no puede situarse en una posición —así ocurre en bastantes ocasiones en esta función— tan didáctica, asumiendo que el público desconoce casi todo. Eso es pensar demasiado en los bachilleres que puedan sentarse en las butacas. El lenguaje explicativo es el más antiartístico que existe; pero si encima se da en un teatro, donde las redundancias semánticas son más abundantes; entonces, se produce también un desprecio por el asistente al montaje. Alfonso Plou ha querido hacer un encaje de bolillos y, al final, ha descuidado la vivificación de los personajes sobre el escenario. Sigue leyendo

Trigo sucio

Nancho Novo se encarna en un magnate de la industria cinematográfica, trasunto de Harvey Weinstein, en la última obra de David Mamet

Trigo sucio - Foto¿Es esta la obra más floja de David Mamet o debemos achacarle la falta de eficacia satírica a la dirección de Juan Carlos Rubio? Si se nos induce inevitablemente a pensar en Harvey Weinstein y en las consecuencias que tuvo su caso con el surgimiento del #MeToo (ahora en cierto declive, en pos de otros movimientos reivindicativos que nos mantengan tan enfebrecidos como entretenidos), cuesta creer que este Barney Fein, tan descuidado, grotesco y zafio haya conseguido alcanzar un estatus de tal categoría dentro de la industria cinematográfica hollywoodiense. Y tenemos varias razones para percibir esto. Principalmente, el tono que imprime Nancho Novo, quien ha sido «engordado» con una prótesis tan exagerada como ridícula para potenciar la caricatura; es grandilocuente y, sobre todo, evidente. Un tipo tan poderoso no muestra sus cartas a la primera de cambio, porque no lo necesita. Sigue leyendo