Juguetes rotos

Una obra adecuada para indagar en la dura vida que tuvieron los transexuales durante el franquismo

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

A Carolina Román le gusta contar historias y, sobre todo, inmiscuirse en ese caladero de sufrimiento donde los humanos revelan su esencia. Así lo demostró en Adentro, y así lo vuelve a pretender, con más enjundia si cabe, ahora con esta nueva propuesta. Hablamos de realismo social y de una mirada a las vidas de aquellos transexuales que tanto padecieron durante el franquismo; ya fuera por el repudio general o por una legislación que los tenía por auténticos perturbados y enfermos. En este sentido, los personajes de esta obra encarnan la consabida ruta del pueblo a la gran ciudad, del ostracismo a la inevitable aceptación de un mundo laboral que se reducía a los espectáculos de varietés o a la prostitución (en su mayoría, si se querían mostrar tal como eran). Aunque suene algo tópico, no deja de ser interesante reseñar teatralmente estas circunstancias. Nacho Guerreros se mete en la piel de Mario, un funcionario de unos 45 años que, ante la noticia sobre el fallecimiento de su padre, rememora su infancia y cómo ha llegado a su situación actual. Enseguida nos posicionamos en un espacio rural de la posguerra española, donde un chaval amanerado y tímido intenta pasar desapercibido entre tanto macho asilvestrado, sin conseguirlo. El abuso y el acoso al que se ve sometido da buena cuenta de esos ambientes hostiles por los que tantos homosexuales y transexuales han pasado (y siguen pasando). Por lo tanto, no queda más remedio que huir y recalar en Barcelona, la ciudad más moderna de España durante los años sesenta. Allí se topa con Dorín, una vedette recién llegada de París con destino a El Paralelo, que es pura energía y positividad. Guerreros compone su personaje desde la prudencia, con un leve amaneramiento y con un acento, es necesario señalarlo, que se le pierde por momentos. En ocasiones tiene cadencia rural y en otras se acoge al neutro. Logra dar un contrapunto serio y consistente a la colección de personajes que Kike Guaza nos ofrece. El intérprete se planta con una versatilidad fantástica y con unas actuaciones memorables repletas de desparpajo, como esa imitación de Coccinelle (una de las grandes pioneras de la cuestión) con su «Cherchez la femme» (irónicamente «busca a la mujer»). Aunque creo que la función podría haber sido más dura —hay excesos narrativos donde se desvelan vejaciones y malos tragos, que podrían haberse convertido en escenas representadas—; la verdad es Román se atreve a enseñarnos a Guaza-Dorín en la herida, la enfermedad y el maltrato carcelario, despojado de vestidos, de travestismo y de máscaras. Reitero que el actor me ha parecido magnífico y que sus movimientos demuestran una agilidad y una templanza extraordinarias. Se detecta en el texto de Carolina Román cierta demora en el inicio y una recreación excesiva de la etapa en su pueblo del protagonista; puesto que lo más atrayente llega después, cuando debe tomar sus trascendentales decisiones. Debatirse entre ser o no ser, transformarse o esconderse, camuflarse en una urbe donde nadie lo conoce o liberarse con los riesgos que eso supone. Otro aspecto que no me parece que encaja suficientemente bien es la escenografía de Alessio Meloni, que resulta acertada como metáfora permanente y que funciona con elocuencia en varias fases del montaje; pero que no empasta en lo que tiene que ver con el cabaret, con lo espectacular. Todo un entramado de jaulas para gallinas, el refugio rural de Mario, el vuelo de las plumas y todas las significancias que tienen que ver con su orientación sexual y con su encarcelamiento moral, social y emocional. La iluminación de David Picazo ahonda en la oscuridad repleta de escorzos, de formas, de cuerpos que se esconden y que nos llevan al equívoco. En conclusión, Juguetes rotos (un título que no me parece adecuado para el caso que nos compete; por cómo se suele emplear la expresión) es de esas obras necesarias por su temática y por recuperar unos hechos que no forman parte de la memoria de nuestro país. Desde luego, esta perspectiva realista es más útil para su cometido que muchas otras que con el mismo asunto se tornan tan pretenciosas como vacuas.

Juguetes rotos

Dramaturgia y dirección: Carolina Román

Reparto: Nacho Guerreros y Kike Guaza

Ayudante de dirección: Olga Margallo

Diseño de escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)

Luz: David Picazo

Diseño sonoro: Nelson Dante

Diseño de vestuario: Cristina Rodríguez

Ayudante de vestuario: Unai Mateos

Fotos: Bárbara Sánchez Palomero

Fotografía cartel: Sergio Parra

Diseño de caracterización: Chema Noci

Producción: Henar Hernández

Director de producción: Fabián Ojeda

Una producción de Producciones Rokamboleskas

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 4 de marzo de 2018

Calificación: ♦♦♦

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2 respuestas a “Juguetes rotos

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