Los hermanos Machado

Teatro del Temple lleva a escena el texto de Alfonso Plou sobre el imaginario encuentro entre los dos poetas al finalizar la guerra

Los hermanos Machado - Foto¿Se deben dar por sabidas, aunque sea someramente, la biografía de Antonio Machado y las circunstancias políticas y sociales de la España en que vivió? Definitivamente, sí. Porque es un autor que forma parte de nuestro acervo popular mucho más que otros (un poco por debajo de Lorca) y porque es de esos autores que todavía se enseñan en las escuelas y en los institutos —algo que no ocurre de la misma manera, por ejemplo, con Pedro Salinas, al que me refería por aquí a cuenta de la obra de Julieta Soria. Por lo tanto, un dramaturgo que nos hable de este escritor y de aquellos tiempos, es decir, los treinta años anteriores a la guerra civil, tan revisitada constantemente, no puede situarse en una posición —así ocurre en bastantes ocasiones en esta función— tan didáctica, asumiendo que el público desconoce casi todo. Eso es pensar demasiado en los bachilleres que puedan sentarse en las butacas. El lenguaje explicativo es el más antiartístico que existe; pero si encima se da en un teatro, donde las redundancias semánticas son más abundantes; entonces, se produce también un desprecio por el asistente al montaje. Alfonso Plou ha querido hacer un encaje de bolillos y, al final, ha descuidado la vivificación de los personajes sobre el escenario. O sea, se ha preocupado tanto de contar lo que ocurrió, que esos individuos enmascarados no poseen el oxígeno suficiente para que sus discursos se aposenten, se enfrenten con comedimiento o se esparzan en el sinsentido. Puesto que cualquiera escuchará desde su butaca que muchas frases no resultan naturales, que esos personajes no hablarían así, que no darían, vuelvo a insistir, explicaciones sobre quiénes son, por qué hicieron (hacen) lo que hicieron o por qué pasó lo que pasó. Se convierten en narradores, sin serlo enteramente. Por otra parte, se intenta abarcar demasiado, contando tanto, en escenas, a veces, minúsculas, que entretienen e interesan; pero que no profundizan en los asuntos más esenciales todo lo que se debiera. Fijémonos, por ejemplo, en todos los personajes que debe interpretar Alba Gallego, quien, todo hay que decirlo, hace virguerías sutiles para diferenciarse en cada papel como puede. Además, toca el violín, canta, y aunque sean detalles de poco recorrido, son un buen aporte. Pero, claro, encarnarse en Paca, la sirvienta de la familia, en la mujer de Manuel, en la madre, en Leonor Izquierdo, en Lola Membrives, en Pilar Valderrama y en la poesía misma, es un exceso inasumible dramatúrgicamente. Por supuesto, eso implica ir de Colliure a Sevilla, pasando por Madrid, Soria, Segovia, Baeza y hasta París. Mucho hay que apuntalar los diálogos para que quede claro dónde estamos y quiénes son los que intervienen en esa ocasión. Porque encima, no solo es protagonista Antonio, sino también Manuel, al que hay que concederle sus propios hitos. En el caso de este último, digamos que la primera escena es harto tendenciosa y marca un tono bastante sesgado para complejidad de aquella situación; puesto que Félix Martín inicia su alocución con enfado estereotípico de derechón y hombre de orden, teniendo que justificar sus posiciones políticas, las del hombre que se fue escorando desde un republicanismo rayano en el comunismo hacia las perspectivas «arraigadas» que realmente siempre lo fundamentaron; para terminar escribiendo versos que perfilasen su salvoconducto. Después su carácter estará mucho más matizado y se concretarán sus contradicciones existenciales con otro decoro. Llega, terminada la guerra, a la casa de Madrid, donde vivía su hermano pequeño y su madre. El fantasma de Antonio aparece para propiciar un encuentro lleno de fantasía e imaginación, destinado al recuerdo y a limar asperezas, a escenificar el enfrentamiento dialéctico de las dos Españas. Por esta razón, Carlos Martín recrea a nuestro célebre poeta y maestro como un tipo decaído, melancólico, derrotado y taciturno. El actor recoge la impronta de ese último Antonio, enfermo y entristecido en grado sumo, pues fue él, uno de los hombres que mejor asumió el amor-odio hacia un país que comprendía paradójico, cainita; pero infundido por un espíritu anclado en tiempos remotos que debía brotar de una manera constructiva para que la libertad fuera su santo y seña. Un hombre «bueno», que es interpretado con una serenidad muy beneficiosa para el espectáculo. Tengo que reconocer que, cuando las explicaciones se dejan a un lado, los diálogos cogen más vuelo. Cuando llegan remembranzas más alegres, como cuando tuvieron aquel éxito con La Lola se va a los puertos o cuando su infancia los embriaga con anécdotas nimias. Óscar Sanmartín «ha abarrotado» el espacio escénico con dos mapas de España enormes (en francés) —quizás con uno era suficiente— para recalcar la lengua que enseñaba Antonio en sus clases y el país donde murió. También la idea del territorio abarcado e inabarcable, la orografía rota por una guerra fratricida. Me parece razonable destacar que esta obra de Alfonso Plou está sustentada en una idea excelente que, como se puede observar, consiste en materializar esa disputa de dos bandos supuestamente antagónicos e irreconciliables que se pretenden revivir cada dos por tres, a través de estos dos hermanos. Aquí se da una historia fenomenal y de extraordinaria valía. Una historia que merecería más tiempo y más recursos, más ambición en todos los sentidos. De todas formas, esto no tiene tanto que ver con una exigencia que se le pueda hacer a Teatro del Temple, sino a unas instituciones que, en general, no están a lo que tienen que estar. Resulta tópico, aunque agradable y de obligada necesidad, trufar la obra con los versos más célebres, sobre todo, de Antonio Machado. Forman parte de nuestro folklore y es esencial mantenerlos vivos en un presente, el nuestro, lleno de moderneces insustanciales. Los hermanos Machado posee momentos vibrantes que nos llevan a asumir las dificultades de una época.

 

Los hermanos Machado

Texto: Alfonso Plou

Dirección: Carlos Martín

Dramaturgia: Alfonso Plou, Carlos Martín y María López Insausti

Reparto: Carlos Martín, Félix Martín y Alba Gallego                           

Escenografía (diseño y coordinación): Óscar Sanmartín

Iluminación: Tatoño Perales

Vestuario: Ana Sanagustín

Composición musical: Gonzalo Alonso

Violonchelo en la grabación: Elva Trullén

Violín en la grabación: Tereza Polyvka

Violín y canto en escena: Alba Gallego

Espacio escénico: Carlos Martín

Ayudante de dirección y coordinación técnica: Alfonso Plou

Construcción de decorados: Jesús Sancho Cuartero

Fotografía: Marcos Cebrián

Vídeo: Víctor Izquierdo

Diseño gráfico: Ana Baiges / Línea Diseño

Equipo de producción: Pilar Mayor y Pilar Pinilla

Técnicos en gira: Javier López Julián y Federico Martín

Producción: Teatro del Temple y María López Insausti

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 13 de junio de 2021

Calificación: ♦♦♦

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