Los hijos

La dramaturga Lucy Kirkwood nos habla de la responsabilidad de unos físicos nucleares con las generaciones venideras

Foto de Elena C. Graiño

Lo que vivimos durante estos últimos años con el ecologismo, más allá de por qué ahora se ha tomado la decisión de abrir la espita a lo bestia o de por qué ha logrado que todos observemos nuestro planeta como un lugar finito y próximamente inhóspito, ha dejado claro que tiene mucho que ver con la batalla dialéctica entre las generaciones. El concepto de herencia que se dirimía dentro de cada familia, con todos los posibles reclamos y rencillas de los vástagos sobre los progenitores; ha saltado a la relación común de todos nosotros, el primer mundo, los grandes contaminadores que ahora nos preguntamos por la contingencia. ¿Se podrían haber hecho las cosas de otra forma? ¿Quién ha decidido que la sociedad de consumo sea como es? La respuesta no puede ser el mercado, porque este siempre ha estado intervenido. Alguien ha tomado decisiones empresariales, políticas y, en definitiva, morales que afectan de manera apocalíptica a la humanidad. El debate sobre la energía nuclear ha tenido altibajos. La catástrofe de Fukushima ―en la que se inspirada la dramaturga de esta obra― nos devolvió a la realidad; aunque parece que la serie Chernobil, concita más la atención sobre los desatinos del factor humano. Los hijos sitúa su marco de acción en la proximidades de una central nuclear averiada y que ha sufrido un escape radiactivo. Susi Sánchez encarna a Hazel, una científica jubilada que vive con su marido en una cabaña muy cerca de la zona de exclusión, un lugar «casi» seguro donde los cortes de luz son constantes y su modo de vida está totalmente determinado por el terrible acontecimiento. La actriz somete a su personaje a una prudente tranquilidad; parece acomodada a las circunstancias, como si la aquiescencia le ayudara a sobrevivir sin mayores preocupaciones que las habituales en una abuela. La llegada de Rose, una antigua compañera de trabajo, después de treinta y ocho años de ausencia, supone un trastorno para la rutina falsamente vitalista que el matrimonio se ha impuesto. Adriana Ozores adopta ese tono suelto de quien asume con triste clarividencia su destino, con ironía trasnochada y pragmatismo demoledor. Entre las dos se establece un raro juego de ensamblajes entre la confianza recuperada y las suspicacias de una visita absolutamente inesperada; al fin y al cabo, se rumoreaba que había muerto. Desde luego, logran perfilar una atmósfera de confusión entreverada, sutil, que se alimenta de la estupenda escenografía Monica Boromello y la iluminación pertinente de Juan Gómez Cornejo (el trabajo de ambos recuerda a otros proyectos como Dentro de la tierra). Los fluorescentes que pierden fuelle y toda la estructura metálica que deja ver el andamiaje del suelo como si estuvieran en una jaula de Faraday; pero destinada a ahuyentar la toxicidad externa. De lo mejor del texto que firma Lucy Kirkwood es el fino cinismo que detectamos en Robin, ya que es un personaje que se posiciona en la vereda del romántico que lucha contra el imposible, que acude a cuidar de sus vacas, a ilusionarse con una agricultura y una ganadería que sucumbe irremediablemente a los efectos devastadores de una hecatombe que él mismo ha ayudado a producir. Por otra parte, se balancea con sapiencia entre esas dos mujeres: la esposa fiel y la amante que renuncia a las ataduras familiares y que sonríe con la satisfacción de embarcarse en otro plan rayano en el fracaso. Joaquín Climent desarrolla su papel con grandeza y con el afilado sarcasmo de quien se sabe enfermo. Creo que se debe remarcar que la función alcanza cierto punto de parálisis, puesto que no se profundiza más filosóficamente en los cuestionamientos que se tratan. Se habla de los hijos, de su relación con ellos, de su sentido de la responsabilidad como padres y como científicos que aceptaron ponerse manos a la obra con una tecnología muy peligrosa ―dan a entender que algunas cosas no se hicieron bien en la central―. Pero no se va mucho más allá, porque parece que las cartas están echadas y no hay muchas opciones. En el desenlace, la melancolía y la sensación de final definitivo se convierten en un alegato por la redención. Como dicta la idea de Rose, son ellos los que deben ir allí a descontaminar y a «matarse» (de hecho, ya les quedaba poco para ello) por el futuro. Deben ir a ese altar de la industrialización a sacrificarse, no como Bruce Willis en Armageddon; sino como unos individuos que desean pedir perdón y que anhelan responsabilizarse de sus actos pasados; ser un ejemplo. Los hijos se queda ahí, en un planteamiento básico; pero que apunta a muchos planteamientos que hoy nos circundan. Puede que los jóvenes del Friday for Future clamen ingenuamente por una solución a las catástrofes abismales que se nos avecinan; no obstante, su inquietud es más que razonable. Por eso, David Serrano ha sido muy inteligente en versionar este texto de 2016; puesto que las cuestiones tratadas han ido ganando enteros. Además, su labor en la dirección posee la sobriedad necesaria para que el espectáculo cumpla con su atractivo cometido.

Los hijos

Autoría: Lucy Kirkwood

Versión y dirección: David Serrano

Reparto: Adriana Ozores, Susi Sánchez y Joaquín Climent

Escenografía y vestuario: Monica Boromello

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Espacio sonoro: Sandra Vicente

Coreografía y movimiento: Carla Diego Luque

Ayudante de dirección: Daniel de Vicente

Ayudante de escenografía y vestuario: Lorena Rubiano

Traducción: Cristina de la Peña

Comunicación: María Díaz

Fotografías y diseño gráfico: Javier Naval

Fotografías de función: Elena C. Graiño

Producción ejecutiva: Lola Graiño

Dirección de producción: Ana Jelin

Distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas, S.L.

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 5 de enero de 2020

Calificación: ♦♦♦

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