Calígula

Pablo Derqui brilla sobremanera con su interpretación del emperador en esta propuesta dirigida por Mario Gas

No vale con afirmar que este personaje creado por Albert Camus es un regalo para que el actor de turno se desgarre interpretativamente en escena. Lo que hace Pablo Derqui es soberbio. Desde luego nos hace pensar ipso facto en su papel en Roberto Zucco. Su Calígula incide en el tormento, en esa mezcla de hedonismo desenfrenado, lujuria y, a la vez, en melancolía irrefrenable sumada a la inconsistencia de su carácter voluble. Completar tan certeramente estas aristas no está al alcance de cualquiera.

 Su entrega es absoluta de principio a fin. Gracias, además, a las decisiones escenográficas que han permitido adaptar el montaje desde aquel estreno en el Festival de Mérida en 2017 a los teatros a la italiana; donde el rostro del emperador nos traslada cercanamente su vesania. Sus esputos violentos en cada frase o su forma de moverse con ese equilibrio propio de alguien profundamente inmerso en su cometido. La escenografía de Paco Azorín es un total acierto, no ya solo por la disposición inclinada del escenario; sino por el perspectivismo que logra y por esa limpieza de trampillas ocultas, ya sea un sepulcro o una sauna lo que esconden. Es evidente que nos remite a la arquitectura fascista del Palazzo della Civiltà Italiana encargado por Mussolini. Luego, que uno piense en la República de Salò y en Sade y en Pasolini es de lo más lógico. La importancia del texto radica en que el bosquejo que perfila el dramaturgo —aquí se desborda en expresionismo y, también, en alguna excentricidad— se sustenta en la personalidad de un ser inmaduro, en un niño antojadizo que quiere la luna, en un veinteañero que sufre demasiado con los dolores del mundo (la muerte de su hermana y amante Drusila lo desencadena todo). «Acabo de comprender por fin la utilidad del poder. Da oportunidades a lo imposible». ¿Es posible la libertad en ausencia de bondad? Ser buena persona es mucho más difícil que ser mala. Inicialmente, para el individuo (social) sería el comienzo de la autodestrucción, del aislamiento respecto de los demás y de uno mismo. Sería una libertad con un término próximo y definitivo. La libertad requiere el límite consciente de los demás como entes. En la dialéctica con los demás, nosotros somos. Para ello, la bondad es tanto

 

un medio como un fin. Calígula está obligado a elegir, a decidir, a asumir no solo el esplendor de la púrpura, sino el peso de la responsabilidad. Esto supone raciocinio, justicia, templanza; pero él lo que verdaderamente quiere es jugar y divertirse hasta el fin. Situarse por encima de todos, más allá del bien y del mal. Enseguida los patricios se ven desconcertados ante la desaparición de su César; y pronto comprenden que ya no tienen edad, ni poder, ni valentía como para saltar de su confort a la lucha por la supervivencia. Calígula ha perdido el norte. Es un castigador, un bufón, un demonio alentado por el capricho. Ellos son el objetivo (sus mujeres serán violadas, sus posesiones usurpadas, sus cuerpos vejados y su honor puesto en la picota como su cabeza). Ante una tesitura así, la estrategia a seguir consiste en cruzar los dedos y en rezarle a Júpiter. Por si fuera poco, Helicón se erige como un fidelísimo servidor que sabe administrar la cizaña con dosis grotescas. A Xavier Ripoll parece no costarle, por la apostura que demuestra, evidenciar su desprecio y sus malas artes. El otro gran apoyo moral y amoroso es Cesonia, su amante, quien se metamorfosea con pragmatismo romano para adaptarse a las circunstancias. Mónica López sabe bosquejar su mueca de suficiencia y manifestar una altivez elegante que magnifica la belleza del espectáculo. Se establecen, por lo tanto, dos bandos en ese descalabro anunciado, en esa carrera cuesta abajo hacia la aniquilación. Una función cargada de contraejemplaridad moral, de insensatez; aunque también con un par de escenas que contrastan en exceso con el tono estético general de la obra (Antonio Belart les ha procurado trajes blancos y negros a los distintos grupos como piezas de ajedrez). En la dramaturgia de Mario Gas se ha sustituido el disfraz de Venus por uno de David Bowie (acompañado de La Máscara y del Joker. Un triunvirato bufonesco, libérrimo y pop). Es cierto que el acontecimiento dura poco; pero esos personajes están demasiado marcados, demasiado connotados en la cultura popular actual como para poder engarzarlos con el resto de los elementos del montaje, los cuales, por sus detalles, no parecen dar cabida a una intromisión tan estrafalaria. Sería, por lo tanto, la única pega que se podría poner a una propuesta, donde Pablo Derqui brilla sobremanera.

Calígula

De Albert Camus

Traducción: Borja Sitjà

Dramaturgia y dirección: Mario Gas

Reparto: Pablo Derqui, Borja Espinosa, Pep Ferrer, Mónica López, Pep Molina, Anabel Moreno, Ricardo Moya, Bernat Quintana y Xavier Ripoll

Escenografía: Paco Azorín

Iluminación: Quico Gutiérrez

Vestuario: Antonio Belart

Música original y espacio sonoro: Orestes Gas

Caracterización: Toni Santos

Ayudante de dirección: Montse Tixé

Fotos: David Ruano

Diseño cartel: Javier Jaén

Producción: Teatre Romea, Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Grec 2017 Festival de Barcelona

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 30 de diciembre de 2018

Calificación: ♦♦♦

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