Historia de un jabalí o algo de Ricardo

Joan Carreras brilla en esta original mirada sobre la tragedia shakesperiana ingeniada por Gabriel Calderón

Historia de un jabalí - Foto de Felipe MenaDentro la corriente metateatral, encontramos una veta donde el oficio de actor se revuelve sobre sí mismo en un juego de entrada y salida, crítico y desencantado. El propio Teatro de La Abadía ha dado cabida en varias ocasiones a montajes con este motivo. Recordemos, por ejemplo, el Carsi de hace unos meses; pero, sobre todo, el Yo, Feuerbach, con Casablanc de protagonista. Avancemos que el texto de Gabriel Calderón, quien además dirige con finura para ajustarse a unos precisos setenta minutos, es una virguería desde todos los puntos de vista posibles y que, a pesar de que la metateatralidad es casi una imposición contemporánea, es capaz de sondear la originalidad. Primero porque construye con múltiples capas que se entreveran para propiciar una síntesis de máscaras, de personas, de caracteres, de personajes; es decir, de imposturas que se desdoblan para autoaniquilarse. Segundo, porque establece tres situaciones o ambientes que configuran un rizoma que se mueve a un ritmo descomunal, a saber: la vivencia de Ricardo III en la tragedia histórica shakesperiana, la radicalidad del intérprete embebido de su papel en el ensayo de la obra con una compañía y la perspectiva autoficcional —esto que no falte tampoco— de un tal Joan Carreras, que nos cuenta su biografía de una manera que parece harto verosímil (no me molestaré en descubrir la verdad, puesto que no hace falta). Verso y prosa que surgen de improviso. Pausa y fulgor que bailan con una cadencia casi alucinatoria. Si algo me desencaja, y hace que desconecte y anhele recuperar el hilo, es la intención del protagonista de comunicarse con el público (y, como era de temer, algún espectador, incluso, responde a las provocaciones y a las preguntas capciosas de nuestro rey). Desde luego, me sobra la cercanía, que, no siendo excesiva, se abusa de ella en el tramo final: «Mi reino por un espectador inteligente», se afirma cínicamente. Aunque no deja de ser totalmente coherente, pues es un procedimiento que Ricardo utiliza desde el principio de la obra, para ganarse a sus súbditos y, en definitiva, al respetable. Pero si queremos situarnos en lo concreto, delante de nosotros tenemos a ese tipo de actor que ha decidido tomarse su oficio como un modo de existencia totalizador, y ha querido prestar su cuerpo y su espíritu para dejarse colonizar y poseer por cada uno de los personajes que deba interpretar. Generalmente se habla del Método Stanislavski (o lo que verdaderamente sea). Así que Joan Carreras, quien ya pasó por este escenario con El policía de las ratas, se dejar vivir en el Duque de Glóster, se deja trasformar y metamorfosear, hasta el punto que el propio rey no lo llega a abandonar en ningún momento. El despotismo le vale para la ficción y para el mundo real. La soberbia es el pan de cada día, y, por ello, debemos preguntarnos —he aquí la gracia del asunto—, si la altanería le llevó a Ricardo III o si al interpretarlo se convirtió en un ser deleznable y ególatra. Una cuestión moral que sirve también —otra idea soterrada que emana satisfactoriamente— para replantear el tema de los egos dentro del gremio actoral. Digamos, por ahora, que para anhelar subirse a un escenario o, más bien, buscar la admiración de un público, un ego adobado debes traer de casa. El intérprete no deja títere con cabeza y ataca con mucha comicidad, vitriolismo, sátira y con virtuosismo este texto, en un zig zag insolente, en unas subidas y bajadas chispeantes, esputando los versos como estocadas limpias. Su disertación te envuelve y te embauca, pues su seguridad —a la postre, no tanta— te subyuga y te arrastra hacia su terreno de farsante. Y ahí está él, y las caricaturas que realiza de sus compañeros (todos ellos, en menor o mayor medida, unos ignorantes, que no leen nada. Porque nadie lee). Empezando por el director, un inútil con corto frenillo en la lengua, pasando por la nueva figura de la interpretación, un chico exitoso, o por una joven, que puede ser una promesa. Crítica general del adocenamiento de los que temen perder el trabajo o de los que se agarran a un clavo ardiendo con tal de seguir actuando. Pero no queda ahí el asunto, sino que el actor, además, persigue otros papeles con monólogos más sugerentes y extensos que los del propio protagonista. Y no le importa travestirse en Lady Ana o en la reina Margarita para apoderarse de los mejores versos (el vestuario de Sergi Corbera se adecua de manera exquisita a las convenciones y a la inmediatez necesaria). Pero no se queda ahí únicamente la transformación, pues este «jabalí» —emblema del escudo y, a la vez, mote maledicente. Recordemos: «El cruel, sanguinario y usurpador jabalí que devastaba vuestros campos de estío…»—, también debe encontrar la escoliosis del personaje y, por ello, las caídas «accidentales» de Carreras deben dejar su hombro entumecido. Por otra parte, la escenografía minúscula de Laura Clos, como si fuera un fragmento de unas tramoyas dispuesto para un espectáculo ambulante. Desde luego, la forma escalonada sirve de trono para su majestad y los cabos funcionan como símbolos del tejemaneje al que asistimos. Ricardo III sigue ofreciendo un atractivo enorme como ejemplo del sátrapa enloquecido, como ya hemos tenido ocasión de comprobarlo con la interpretación de Israel Elejalde de hace un año; y ahora vuelve a ocurrir lo mismo. El montaje Historia de un jabalí o algo de Ricardo está lleno de virtudes y debemos considerarlo uno de los mejores de esta temporada.

 

Historia de un jabalí o algo de Ricardo

Texto y dirección: Gabriel Calderón

Traducción: Joan Sellent

Reparto: Joan Carreras

Escenografía: Laura Clos (Closca)

Espacio sonoro: Ramón Ciércoles

Vestuario: Sergi Corbera

Ayudante de vestuario y caracterización: Núria Llunell

Iluminación: Ganecha Gil

Fotografía: Felipe Mena

Ayudante de dirección: Olivia Basora

Construcción de escenografía: Taller Jorba Miró

Ayudante de escenografía en prácticas: Marta Calderón Gómez

Jefe técnico: Pere Capell

Dirección de producción: Josep Domenech

Jefa de producción: Clàudia Flores

Producción ejecutiva: Luz Ferrero

Distribución y comunicación: Bitò

Agradecimientos: Emili Agustí

Una producción de Temporada Alta 2020 y Grec 2020. Festival de Barcelona

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 25 de abril de 2021

Calificación: ♦♦♦♦♦

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