Calígula murió. Yo no

La obra de Albert Camus sirve para hacer teatro dentro del teatro y proponer una suerte de lenguajes y críticas inasibles

Calígula murió. Yo no - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Ante todo, hay que tomárselo en serio, sin paternalismo, con la máxima exigencia artística y con una mirada abierta. Esta propuesta de Clàudia Cedó, como versionista del texto de Camus, y el portugués Mario Paiva, un director experto en estas lides, es, cuando menos, inquietante; porque se logran concitar posturas y lenguajes que, a priori, uno es capaz de atisbar en su desarrollo. Podemos tener presentes algunas de las últimas adaptaciones de esta obra como la que dirigió Mario Gas o la que protagonizó Javier Collado; pero lo que aquí se propone va por otros derroteros. Primeramente, puesto que recoge una atmósfera entre absurda y melancólica —la iluminación de Nuno Samora destila esos azules mortuorios y venenosos, sobre la sencilla escenografía de José Luis Raymond, quien ha favorecido más la verticalidad, con las mesas colgando junto a la gran luna; que la horizontalidad, pues se tiende al despojamiento—. Segundo, porque el teatro dentro del teatro logra la metamorfosis de los actores como yoes infectados por sus personajes —hace bien poco veíamos un efecto así en Historia de un jabalí—. Uno de los principales protagonistas es Jesús Vidal, a quien le favorece, por su tono suave y cadencia lenta en las entonaciones de sus frases la taciturnidad inicial; luego, cuando reaparece después de haber abandonado el espectáculo de su vida, cuando él no encontraba sentido a su existencia y termina después por transformarse en Calígula, no halla la fuerza necesaria y pierde credibilidad. Y, tercero, ya que se establece un juego de lenguajes y formas de expresión que alcanzan la paradoja y la ironía. Reconozcamos que la confusión de entradas y de salidas, mientras se ponen manos a la obra con la puesta en pie de su Calígula se empastan adecuadamente con el tomento que Vidal lleva en la cabeza como director y ahora ya como protagonista. Su tiranía tira por tierra las ilusiones de André Ferreira, ahora relegado a Escipión. El actor se expresa con la lengua de signos portuguesa y debemos aceptar que nos perdemos su expresión corporal si queremos leer en unos sobretítulos laterales y alejados lo que dice; aunque en el desenlace sobresale de manera sin igual. No le ocurre lo mismo a Ángela Ibáñez, quien hace de esposa embarazada del malhadado promotor del asunto; pues ella, quien, además, es sorda (la pudimos ver desplegando todas sus habilidades actorales en Tribus), combina su voz con la lengua de signos española. Surge con ellos la extrañeza de pensar si realmente se están entendiendo con sistemas de comunicación distintos, aunque similares (por lo visto). La actriz, que es de las más destacadas en el dominio escénico, es determinante con la ironía, pues no faltan frases cómicas sobre la ceguera —en sentido también metafórico— de su marido. Además, de que hable con él, un invidente, signando. A veces, no queda más remedio que observarlo como un extraordinario absurdo, casi surrealista; pero que propicia que lo entendamos como una incomunicación más en esa marabunta. Pero, por encima de todo, será ella la inductora de la traición; no obstante, la trama se resiente en su ritmo y en su verosimilitud, pues la conjura surge abrupta y se prepara sin suficiente comedimiento. Todo resulta fantásticamente sorpresivo. No hay más que ver y escuchar a Fernando Lapeña, quien esputa con una vehemencia totalmente coherente para su Casio, desde las dificultades en el habla propias de un Down. Algo que también percibimos en Rui Fonseca, quien interpreta un papel bastante oscuro y turbador. Entre todos forman un grupo repleto de heterogeneidades y cada uno logra significarse con energía en algún momento, como Paulo Azevedo, un tipo con brazos y piernas apenas «esbozados», que impone su vigorosidad y su agilidad de manera insolente en el choque de las fuerzas que se materializan en escena. O Maite Briz, la responsable del teatro cerrado que abrirá para acoger a la compañía, y que como una Cesonia interpuesta defiende con nobleza su apostura. La gran capa que vertebra la pieza es la idea del valor económico y que aquí es metateatral de forma controvertida, ética y política (todo un acierto de Cedó y de Paiva). Es decir, si se apuesta por realizar un teatro que dé dinero, lo mejor es sustituir a algunos de esos individuos no tan «capaces», por un famoso de la televisión que cumpla con los parámetros más idóneos para nuestros ideales. De este modo, Luís Garcia irrumpe para hacer de Calígula, desde su insolencia, desde su belleza, desde el poderío que da la juventud y el cariño de las masas que será atraídas con facilidad a las funciones (como ocurre en algún célebre festival de clásicos grecorromanos). Otro tirano más que no hace falta que se enmascare en emperador para ir descartando y discriminando compañeros y provocar, sin desearlo, la revuelta silenciosa. Es, en definitiva, también un defensa de su propio proyecto y de la idea de inclusión que promueve el CDN. Por lo tanto, de manera patente, se exponen con simultaneidad ambas direcciones; aunque despojadas de una crítica que profundice más allá de la cuestión económica y se adentre el existencialismo que se maneja de forma soterrada. En el mundo artístico es donde más se pueden valorar tus capacidades expresivas, más allá de los instrumentos con los que cuentes. Pues se aceptan otros cauces, otros lenguajes que en el mundo real real no tienen tanta cabida. Esta obra es prueba de ello.

 

Calígula murió. Yo no

Texto a partir de Calígula de Albert Camus

Versión: Clàudia Cedó

Dirección: Mario Paiva

Reparto: Paulo Azevedo, Maite Brik, André Ferreira, Rui Fonseca, Luís Garcia, Ángela Ibáñez, Fernando Lapeña y Jesús Vidal

Escenografía: José Luis Raymond

Iluminación: Nuno Samora

Vestuario: Ikerne Giménez

Espacio sonoro: José Alberto Gomes

Vídeo: Claudia Oliveira

Ayudante de dirección: Magda Labarga

Ayudante de escenografía: Laura Ordás

Ayudante de iluminación: Enrique Chueca

Ayudante de vestuario: Tania Tajadura

Ayudante de videoescena: Rubén Gómez

Intérprete de lengua de signos española: David Blanco

Intérprete de lengua de signos portuguesa: Barbara Pollastri

Coaching de interpretación y apoyo en inclusión: Kube Escudero y Ainhoa Pérez

Asesora de inclusión: Inés Enciso

Fotografía: Luz Soria

Tráiler: Bárbara Sánchez Palomero

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Coproducción: Centro Dramático Nacional, Teatro Nacional D. Maria II y Terra Amarela

Colabora: AMÁS Escena

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 6 de junio de 2021

Calificación: ♦♦♦

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal
Patreon - Logo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .