Port Arthur

Representación teatral del interrogatorio al que fue sometido Martin Bryan, el asesino de 35 personas en 1996 en Australia

Seguramente sea porque no es algo de lo que se haya hablado en los últimos años, ya se sabe, alguna conmemoración, algún recuerdo; desde luego, algunos países, aunque su cultura pueda ser muy similar a la nuestra, nos quedan muy lejos. Lo cierto es que la masacre de Port Arthur ocupa el tercer lugar de un ranking bastante luctuoso: personas asesinadas por un solo individuo en un tiroteo. Que el hecho en cuestión nos quede algo lejos, que carezcamos de información suficiente para contextualizar el caso y bastantes datos como para darle la trascendencia que aquello tuvo ―incluidas varias teorías conspirativas, como que, en realidad, el acusado fuera un cabeza de turco de un atentado que tendría como fin acabar con la venta de armas en Australia―, hace de esta obra teatral un acontecimiento falto de atractivo a priori. A posteriori, si uno acepta investigar sobre el caso puede llegar a la conclusión de que, en efecto, la tragedia es impactante y que suscitó el esperado debate sobre la posesión de armas en nuestras antípodas y la subsiguiente aprobación de leyes restrictivas. Indudablemente, el protagonista, Martin Bryan, es un clarísimo ejemplo de espécimen de asesino en serie (más allá de que realmente lo fuera o no), al que habitualmente estamos acostumbrados. Un individuo con discapacidad intelectual y problemas para socializar, aficionado a los fusiles, con padre suicida y, además, con bastante dinero en su bolsillo procedente de una herencia. Alguien así tiene todas las papeletas para realizar un atentado si alguien no lo remedia. Contado de esta manera es el perfil idóneo para elaborar una buena historia de lo que hizo; pero Jordi Casanovas ha tenido la idea (ya que el tema en sí dramatúrgico deberíamos adscribírselo al director David Serrano) de que aplicando la técnica del verbatim (hace poco me refería a ella al hablar de la obra Fiesta, fiesta, fiesta; y él mismo la empleó con Ruz-Bárcenas); es decir, transmitir literalmente lo que dijo el incriminado en el interrogatorio que realizaron los agentes Warren y Paine; transcripción que filtró Wikileaks y a la que todo el mundo puede acceder libremente. Y quizás este sea el problema, llevar la técnica teatral susodicha a una situación muy concreta y llevada de manera estricta. Sin contexto, el espectador se queda inerme ante una crónica que no sabe cómo asir. ¿Cuál es, entonces, el verdadero interés de esta función? Insisto. Como se verá en Jauría, obra sobre el caso de La Manada (firmada por Casanovas y donde se aplica el mismo procedimiento) el espectador va, incluso, sobresaturado de información. Aquí, es al contrario. La cuestión es que Adrián Lastra se disfraza de asesino (la peluca rubia es un tanto estrafalaria) y si lo comparamos con los fragmentos de vídeo que se pueden visionar en internet, parece que ha logrado una meritoria interpretación. No solo porque da el pego, sino porque consigue mantener durante todo el montaje esa ambigüedad esbozada en unas risas que inquietan al máximo, una mirada perdida y un gesto pasmoso de alguien que no comprende bien la tesitura; pero, por otra parte, una expresión de tranquilidad y de dominio macabro. Su actuación es lo mejor de esta propuesta. Por su parte, Joaquín Climent y Javier Godino cumplen un papel repleto de sobriedad (apenas se salen de su rol para en unos breves apartes donde conocemos algunos datos). Alessio Meloni ha diseñado toda una celda enorme muy verosímil, con unas rejas al fondo y una ventana en el lado derecho para vigilar. Con la iluminación ceniza de Juan Gómez Cornejo. Otro asunto es el sonido, puesto que los susurros del protagonista llegan a ser inaudibles en algunos momentos. Podemos desde luego pararnos a leer y a rememorar las palabras enunciadas, el repaso de los hechos, la conversación sobre los diferentes tipos de armas que adquirió sin licencia gracias a que conocía al dueño de la armería, sus prácticas de tiro, su afición por el surf, que condujese sin carné de conducir, que tuviera un par de coches, un incendio, los Martin y otros detalles que, supongo, tendrían importancia. Deambular por temas accesorios, marcar un itinerario de la cotidianidad; lo propio de dos policías que desde nuestros ojos no se sabe muy bien adónde van. Suavidad en las preguntas y sosiego tras las respuestas. Poca información que no supieran. En fin, qué sentir o dilucidar con Port Arthur. Se nos escapan demasiados entresijos.

Port Arthur

Autor: Jordi Casanovas

Dirección: David Serrano

Intérpretes: Joaquín Climent, Javier Godino y Adrián Lastra

Colaboración en la dramaturgia: Sílvia Sanfeliu

Dirección de producción: Aitor Tejada y Jordi Buxó

Producción ejecutiva: Pablo Ramos Escola

Escenografía y vestuario: Alessio Meloni

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Diseño de sonido: Sandra Vicente_Studio 340

Fotografía: Vanessa Portela

Diseño gráfico: Patricia Portela

Comunicación: Pablo Giraldo

Distribución: Caterina Muñoz Luceño

Ayudante de dirección: Daniel de Vicente

Agradecimientos: Rita Deiana

Una producción de Kamikaze Producciones, Milonga Producciones, Hause & Richman Stage Producers y Zoa Producciones para El Pavón Teatro Kamikaze

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 21 de abril de 2019

Calificación: ♦♦

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