#LaIRA

Teatro documental para situar sobre las tablas una colección enorme de asesinos de muy corta edad

No hace más que unos meses reseñaba por aquí la obra de teatro documental de Jordi Casanovas titulada Port Arthur, y que transcribía con exactitud el interrogatorio realizado a un joven asesino de Australia. Ahora, la Sala Nave 73 acoge un espectáculo que abunda en esa idea; aunque la lleva por otros derroteros dramatúrgicos. Con #LaIRA podemos salir abrumados de la cantidad de casos ―hasta trece― a los que se quiere hacer referencia. De hecho, la estructura ya clarifica que perfectamente el montaje podría quedar reducido a la mitad (se marca el interludio con un baile) o, incluso, multiplicarse ―no será por criminales a nivel mundial―. Creo que esta decisión supone una rémora y que tiene, al menos, dos consecuencias negativas. La primera es la superficialidad, no entrar al fondo de cada espécimen para descubrir ―si se dieran―, sus auténticas motivaciones o las bases que nos permitieran conceptualizar el mal, que es el verdadero tema de esta función. La otra consecuencia ―determinada por la anterior―, es que algunos personajes resulten casi indistinguibles, sobre todo si la caracterización es mínima o nula (apenas una impostación de voz o algún leve signo visual).  Que vayan vestidos con un mono verde, como futuros presidiarios de algún país inconcreto, fuerza la sensación de que la interpretación se reduce y de que se convierten en relatores, en narradores. Todo ello forzado porque no se hace distinción, en ocasiones, entre personajes masculinos y femeninos (quizás hubiera estado bien un equilibrio entre chicos y chicas en el elenco). Además de que se emplea en exceso la explicación y el estilo indirecto, y, por lo tanto, no se adopta siempre la voz del protagonista. Recursos necesarios cuando no se elaboran las acciones, principalmente, a través de diálogos. Bien, pues afirmado todo esto, es justo reconocer que se logra una amalgama del horror verdaderamente atractiva. Al principio, tras una coreografía nublada por unos plásticos de una opacidad excesiva como para apreciar los movimientos, las historias se empiezan a entreverar y el reconocimiento de los crímenes más populares y subyugantes te conecta morbosamente con la brutalidad. Lucía Arestegui, con su aspecto andrógino, impone su tono de travieso cabrón para encarnarse en Jon Venables, quien mató, junto a Robert Thomson (ambos con diez años), a James Bulger de tres años. El caso ha vuelto a la actualidad por la polémica que ha suscitado el documental seleccionado para los Oscar. Entre medias se va exponiendo la historia que mejor se desarrolla argumentalmente en esta propuesta, y de la que conocemos más detalles. Albino Hernández remarca su mirada vesánica para dar credibilidad al papel de Patrick Nogueira, quien terminó con la vida de sus tíos y a sus primos en Pioz (Guadalajara) ―mientras comentaba la «jugada» con un colega suyo a través de mensajes en el móvil, entre risas―. Este relato es el ejemplo de que la verosimilitud y la entereza dramatúrgica requiere más recorrido para que podamos ocuparnos de la mente del asesino. Un punto fundamental de la función es que cada uno de los seis actores tiene su protagonismo ―además de la enorme cantidad de papeles que van interpretando y que dificulta mucho su labor―. Por ejemplo, Candela Arestegui se luce ―le echa mucha energía― con la encarnación de esa niña que empieza comiéndose el corazón y el cerebro de un pato y termina haciendo lo propio con un humano, mientras induce alegres suicidios a través del macabro juego de la Ballena azul. Luego, Julieta Toribio, quien tiene que aguantar como un fiambre metido en una bolsa durante una decena de minutos (o más), después de haberse puesto macarra haciendo de madre barriobajera. O Alba Rico, que se desenvuelve provocativamente para imbuirse en la quinceañera de origen hondureño Destiny García, quien asesinó a su madre y a su padrastro en Brooklyn. Y, finalmente, Ana Lucas que despliega su maldad y sus celos en la casa de los horrores para hacer de Rosemary West y ser la cómplice de tantos crímenes. Estos solamente son algunos casos que se pueden destacar, cada espectador se quedará más impactado con unos o con otros ―el del niño de la maleta de Menorca produce una enorme rabia―. José Martret dirige con mucho dinamismo toda la obra y consigue que se mantenga la tensión de principio a fin. Además, la escenografía de Inés Ruiz de la Prada y Julieta Toribio puede parecer sencilla con ese andamio repleto de plásticos, pero da suficiente juego para las entradas y las salidas constantes. Es posible que alargando algunas de las historias y retirando otras se pudiera conseguir una mayor sofisticación en toda la estructura. Hay mimbres, y con un buen rodaje se puede sacar mucho partido de #LaIRA.

#LaIRA

Dirección: José Martret

Dramaturgia: Candela Arestegui, Lucía Arestegui, Belén Écija, Albino Hernández, Ana Lucas, Alba Rico y Julieta Toribio

Reparto: Candela Arestegui, Lucía Arestegui, Albino Hernández, Ana Lucas, Alba Rico y Julieta Toribio

Ayudante de dirección: Alba Rico

Concepción del proyecto: Raquel Pérez Formación Actoral

Coach actoral: Raquel Pérez

Coreografía: Laura Delgado

Diseño de iluminación: Paco Ruiz Ariza

Dirección de producción: Jesús Cisneros

Escenografía: Inés Ruiz de la Prada y Julieta Toribio

Espacio sonoro: Daniel Jiménez Zuniaga

Vestuario: José Martret

Cartel: Antonio Martos

Sala Nave 73 (Madrid)

Hasta el 6 de julio de 2019

Calificación: ♦♦♦

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