Othello

Marta Pazos y Fernando Epelde intervienen la obra de Shakespeare dándole mayor protagonismo a Desdémona

Othello - Foto de Estela Melero
Foto de Estela Melero

Enmendarle la plana a William Shakespeare; pero envolviéndose a su vez con su prestigioso marchamo autoral. Quizás lo pertinente sería repudiar y abandonar esta obra, pues en ella, de forma horrorosa, se asesina a una mujer. Uno ya se harta de que el mismo discurso, como un engrudo de seudofilosofía feminista, sin desarrollo, sin cuestionamiento de la realidad, anclado en repeticiones de términos vacíos y falaces, ya convertidos en tópicos que repite todo el mundo como un mantra, valga para justificar cualquier intervención teatral. Lo llevamos viendo demasiado tiempo sobre los escenarios y claramente falta atajar los conflictos con más enjundia y con una disposición poética que se haga cargo de la complejidad humana. No se puede seguir utilizando al famoso patriarcado como gran chivo expiatorio de cualquier desgracia femenina (y, en cierta medida, masculina). El patriarcado ha terminado. No existen instituciones esenciales en nuestro país que sustenten una cosmovisión que antes sí era refrendada por las familias, por la Iglesia y por el Estado. Estos montajes posmodernos, como ocurre con el arte conceptual, requieren de paratextos que repercutan en nuestra mirada y que sirvan, además, para envolverse en lemas, proclamas y banderas que limpian la conciencia por arte de magia; aunque también suenan a discurso de miss en nuestro sociedad de camiseta con frase bondadosa. Todos queremos la paz en el planeta. Firma esto Marta Pazos: «Othello es, a la vez, víctima y verdugo. Sufre islamofobia y ejecuta un feminicidio que nace de una mentira… #BlackLivesMatter, #NiUnaMenos, #Posverdad y #FakeNews se dan cita en una historia escrita hace más de 400 años pero que hoy en día no resulta lejana en el tiempo». En definitiva, Otelo puede ser lo que nos dé la gana, porque somos «dueños» de nuestra interpretación. También es cierto que Otelo, en sí misma, si nos fijamos en adaptaciones más pegadas al texto original (como la que realizó Noviembre Teatro hace unos años), ya requiere de nosotros una crítica que, como espectadores contemporáneos, va a provocar una reacción de rechazo, si no somos un sicópata. Si dejamos aparte todas estas pretensiones y nos centramos en lo que ocurre sobre el escenario del Teatro de La Abadía, entonces pronto nos encontraremos imbuidos por la farsa. Este es el gran acierto de Fernando Epelde, puesto que nos exige otra mirada, y unas trasposiciones de los valores estéticos que venían de la tradición. Transformar una tragedia en una humorada puede resultar controvertido moralmente; aunque es, ante todo, un desplazamiento hacia fuera, es desenmascarar a los propios personajes demediando sus atributos, convirtiéndolos en objetos, en guiñoles, en marionetas de los distintos poderes, ya sean políticos (principalmente), espirituales o sociales. Esto se realiza, como vamos a ver, desde varias capas superpuestas; no obstante, creo que no se explota totalmente la perspectiva, puesto que el argumento queda reducido a sinopsis. La profundidad de los parlamentos, y la maceración de los celos, por ejemplo, se abalanzan sin suficiente sosiego. Othello no es una obra demasiado extensa y las tramas secundarias son mínimas; pero dejar la pieza en hora y media escasa implica un exceso en los recortes. Y es que gran parte del espectáculo tiende a lo performativo, ya sea a través de la danza o del enfrentamiento corporal. En este sentido, visualmente es un montaje atractivo, debido a la recurrente estetización. Pazos ha situado unos grandes cortinones pastel de donde emanan los personajes con gran fluidez, para entregarse a la intemperie. Luego, la música apuntala la ironía. La canción de «El negro zumbón» es más vacile que acerbo odio (como lo del Cola-Cao), muy distinto a otras expresiones de claro tinte racista a nuestros oídos. A su vez, Hugo Torres ha compuesto temas de electrónica que permiten bailes robóticos de nuestros títeres como si estuvieran en Soul Train (Line), aquel famoso programa estadounidense. No parece tan decisivo que Mari Paz Sayago, quien se predispone con cierta serenidad y apostura dramática consistente, asuma el papel de dobladora de casi todos los diálogos (como todos esos vídeos memetizados y risibles que se vuelven virales) y que preste voz a los distintos personajes. Ella es Desdémona; pero su personaje queda restringido por este efecto. No llega a tener una gran voz propia, salvo en ciertos momentos. Sirve excelentemente tanto para cosificar más a esos seres, como para que algún actor gane en expresividad, como es el caso de Chumo Mata, el actor de origen guineano (convertido en todo un perro negro al inicio. ¿Un negro animalizado?), que hace de Otelo, quien apenas tiene unas cuantas frases en el inicio, y no parece cómodo con el lenguaje oral. Físicamente parece mucho más expresivo. Otras de las inversiones de género, en absoluto epatantes hoy en día, es que Ana Esmith haga de Yago y posee algo de voz, no por ser Yago (en esta función pierde bastante protagonismo), sino por ser Ana, una mujer. Posee fuerza escénica y marca su rictus macabro para sembrar en el «moro» esa tortura de los celos insoportables; pues él está dolido con su relegación frente a Casio. Celos que atacan su honor desde más dimensiones que la amorosa y la sentimental. Luego, Ángel Burgos se disfraza con aire pizpireto y glam, con su bigote y una peluca que luzca en la dislocación locuela del cuello, de Emilia, la esposa de Yago. Burgos trabaja como un bufón desde el mismo prólogo, cuando, oculto tras una máscara negra, juega a la provocación, al chiste capcioso, a conquistar al público que va tomando asiento, a introducirnos en el carnaval veneciano de los hipócritas. Despliega su ramalazo para punzar cómicamente en todos los devaneos y consigue sobresalir. Y tiene voz, claro, porque hace de mujer. Por otra parte, Joaquín Abella, que toma el papel de Casio, y Hugo Torres, que se queda con Rodrigo, son más monigotes que ninguno y tan solo valen para partirse los cuernos en pelotas. Esta propuesta se suma a la lista de otras intervenciones similares, como aquella de Carlota Ferrer Esto no es La casa de Bernarda Alba. Un suma (o resta) y sigue. ¿Ustedes han entendido lo de la islamofobia? Si tengo que elegir entre patriarcados cristianos o musulmanes, lo tengo claro. Entre minorías anda el juego. Todos son víctimas, parece, del sistema. Alguna culpa tendrá Dios. Si nos dejamos de ambages, este Othello no es para tanto. Las ínfulas de Voadora parecen superiores a lo que después resulta. Desdémona no ha muerto dice, resucita para tomar el mando; pero al final muere igual. Eso es lo que nos conmueve. Y si analizamos con inteligencia la obra de Shakespeare, descubriremos la compleja red de anhelos, de insidias, de tácticas y de astucias; aquí reducidas. Cada personaje utiliza sus cartas en el juego del poder. Cualquier excusa es válida si te permite alcanzar el puesto deseado. Todo son máscaras: el color de la piel, la religión, el género y demás anclajes culturales. ¿Existen los espíritus libres? Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

 

Othello

Texto: William Shakespeare

Dirección: Marta Pazos

Versión: Fernando Epelde

Reparto: Joaquín Abella, Ángel Burgos, Ana Esmith, Chumo Mata, Mari Paz Sayago y Hugo Torres

Iluminación: Nuno Meira

Espacio escénico: Marta Pazos

Vestuario: Silvia Delagneau

Música original: Hugo Torres

Coreografía: María Cabeza de Vaca

Trabajo de palabra: Miguel Cubero

Ayudante de dirección: Lucía Díaz-Tejeiro

Asistente de escenografía: Pablo Chaves

Asistencia de producción: Vicente Conde

Jefa de producción: Montse Triola

Producción artística: José Díaz

Una producción de Voadora en coproducción con Teatro de La Abadía, MIT Ribadavia y Teatro Nacional São João.

Con el apoyo de Iberescena y AGADIC – Axencia Galega das Industrias Culturais – Conselleria de Cultura e Turismo- Xunta de Galicia.

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 6 de junio de 2021

Calificación: ♦♦

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