La plaga

La compañía Caramala desembarca en el Matadero para dar rienda suelta a sus peripecias cómicas a través de una sátira escolar

La plaga - Foto de Daniel Garrido e Isaías Sadaña
Foto de Daniel Garrido e Isaías Sadaña

Uno de los grandes atractivos de esta propuesta es que venga avalada por la dirección (y parte de la autoría) de Chiqui Carabante, pues él está detrás de la descacharrante trilogía Crónicas ibéricas (Desde aquí veo sucia la plaza, Herederos del ocaso y Algún día todo esto será tuyo). Pero hay que reconocer que La plaga, aunque posea gestos humorísticos que se mueven en el absurdo y en lo paradójico ahondando en el costumbrismo, es una pieza algo limitada en su despliegue textual y dramatúrgico. Vaya por delante que la sensación general es que observamos una trama que daría más para una pieza breve que para un espectáculo de más amplio recorrido; porque se percibe un argumento alargado en subtramas que no dan suficiente de sí. Esto lo vemos en la falta de desarrollo de algunos personajes secundarios, como alguna alumna que reforzara a la auténtica protagonista. Y es que la revolución que se atisba, tan solo se insinúa. Y, lo que resulta más llamativo, que, como podrá observar el espectador, no se produzca algún tipo de acontecimiento cuando se opta por la solución draconiana de raparle la cabeza a toda la chavalería (no vaya a ser que se tuvieran que ir de cuarentena a casa con sus mamás. Horror). En fin, rasurar melenas de niñas sin que se monte una hecatombe. Eso es imposible hoy en día. Sea como fuere, nos situamos en un colegio concertado llamado Blas de Lezo, que tiene una directora que va camino de imitar físicamente al almirante, como demuestra, con esa colección de achaques, Noemí Ruiz, quien también interpretará con impulso rebelde a la madre de la heroína. La chica en cuestión es encarnada por Virginia Muñoz, quien, además, tiene la oportunidad de caricaturizar a una madre con bastantes pocas luces. Lo carnavalesco está muy presente en la obra y parece que va de serie en el carácter malagueño, que detectamos en el propio director y en otras compañías andaluzas como La Estampida. La caricatura de los adultos sirve para ridiculizarlos, incluso cuando parecen, a priori, normales, como es la profesora de Lengua o la presidenta del AMPA, ambas interpretadas —con una lógica que se desbarata en cuanto llega cualquier incertidumbre— por Carmen Baquero. Las tres actrices exprimen con desparpajo cada uno de sus papeles y logran remarcar las expresiones para que el humor se mantenga vivo. Quizás la comicidad se resienta por el ritmo que se imprime desde el inicio. Si puede considerarse aceptable que las intérpretes nos pongan en conocimiento de dónde estamos; luego, ese recurso cohesionador entre los distintos cuadros, creo que ralentiza las acciones, máxime cuando los personajes ya van poseyendo su entidad física. Realmente, no se logra el dinamismo apropiado y la sala se les queda demasiado amplia, con distancias excesivas que no favorecen el proceder de las escenas. Sea como fuere, el caso es que las niñas de tercero de Primaria (8 años) tienen piojos. Toda una plaga que ha llegado como un castigo y que debe ser exterminada. Por otra parte, Irene Aguilera, la prota, ha utilizado la palabra ‘mierda’ en su redacción libre como un acto de subversión en ese entorno pacato, y su maestra le ha impelido a que emplee ‘popó’. Este enfrentamiento pone en marcha su incipiente pulsión rebelde para poner en marcha su movimiento de emancipación: M.I.E.R.D.A. Resulta gracioso que los dramaturgos fantaseen con la cultura excelsa de algunas chavalas (haciendo lecturas marxistas), mientras las madres se regodean en su estupidez y alguna la maestra de religión no sea capaz de aturullarse con sus dogmas genesiacos. Incide en ese rollo de corriente rousseauniana (y después marxiana) que busca situar al alumno en un pedestal, pues se considera no solo un buen salvaje, sino un ser de gran inteligencia que no debe cercenarse debido a las imposiciones de la sociedad. Es decir, democratizar la escuela, la horizontalidad que llama ahora, y darle voz y voto al alumnado; no solo como ejercicio pedagógico sino como realidad indefectible. Negar todo esto es sencillamente autoritarismo casposo. No deja de ser, por supuesto, —así ocurre en el presente cada vez que se lleva a la práctica estas propuestas— una forma de tergiversar el concepto de libertad y de voluntad. En esto estamos cada vez más y por eso las criaturitas son tan engreídas. Por otro lado, el ambiente colegial parece un poco anticuado, como si estuviera fuera de contexto, y, además, totalmente feminizado —incluso se le podría achacar algún deje machista—; y remitiera a las maneras de otro tiempo, a pesar de que aparece una sicóloga y, sobre todo, se menta la famosa secta del WhatsApp que todo centro debe sufrir. La red social se convierte en un esperpento, en un disloque comunicativo de emoticonos que se interpretan a gusto del consumidor y casi siempre con maledicencia. Abandonar el grupo es recibir la letra escarlata y la sombra de la sospecha de cualquier tema conflictivo. Es ahí, cuando el espectáculo se adentra en lo más contemporáneo, en las exigencias de la tribu, con sus luchas jerárquicas y ese trampantojo de politiquerías amateur. También es la parte más divertida y donde se logran emanar con chispa las incongruencias de las progenitoras con demasiado tiempo libre. No obstante, encuentro que la función no termina de romper, de desbarrar como parece que anuncia; que se frena antes de ofrecer un desenlace que demuestre definitivamente la oligofrenia de esos adultos contrariados. La obra parecía pedir, como afirmaba antes, una resistencia mayor de esas niñas. Puesto que el maniqueísmo puede servir para la comedia, para producir esa inversión de los papeles, donde las jóvenes son sensatas y hasta ilustradas, y las adultas son gente apegada a modos y creencias anquilosados (ya decía que se fuerza este tono vetusto, como remitiendo a la escuela franquista). De todas formas, si se deseaba deambular con algo de verosimilitud, faltaría algún punto medio, quizás el representado por la terapeuta; para reconciliar las partes o para enfrentarlas aún más. Porque, de alguna manera, no se sabe muy bien hacia dónde pretende conducirse esta propuesta una vez ha esbozado la peripecia satírica. Su final es demasiado tajante.

La plaga

Autor: Sergio Rubio, Carmen Baquero, Virginia Muñoz, Noemí Ruiz y Chiqui Carabante

Dramaturgia y dirección: Chiqui Carabante

Reparto: Carmen Baquero, Virginia Muñoz y Noemí Ruiz

Diseño de espacio escénico: Walter Arias

Diseño de iluminación: Area Martínez Noguera y Eladio Cano

Diseño de vestuario: Caramala

Fotografía: Daniel Garrido e Isaías Sadaña

Una producción de Caramala

Naves del Español en Matadero (Madrid)

30 de mayo de 2021

Calificación: ♦♦

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