Bovary

Michael De Cock sintetiza la novela de Flaubert y Carme Portaceli dirige el texto en los Teatros del Canal

Bovary - Foto de Danny Willems
Foto de Danny Willems

Si la colaboración entre Carme Portaceli y Michael De Cock ya resultó decepcionante con aquella Mrs. Dalloway, vuelve a ocurrir otro tanto con Bovary. A los belgas les gusta mucho eso de narrar en el teatro y aunque aquí no se llega a los excesos narratúrgicos de Guy Cassiers, sí que lo novelístico se come a lo dramatúrgico. Todo queda muy lejos en la Sala Roja —tan inmensa—, los protagonistas y su falta de compenetración, la ausencia de los amantes y una escenografía que es de una frialdad pasmosa, entre la blancura de los laterales y las boutades habituales que nos llegan de los avanzados europeos y que, después, nosotros terminamos copiando para hacernos los modernos. Sigue leyendo

Historia de una maestra

Paula Llorens adapta e interpreta esta novela de inspiración biográfica de Josefina R. Aldecoa en el Teatro Fernán Gómez

Historia de una maestra - FotoEn esta misma Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez se representó hace un año el espectáculo Lorca, Vicenta, en el que se daba cuenta de las vivencias de la madre de Federico García Lorca, quien fue maestra a finales del siglo XIX. También observábamos, hace unas temporadas en el Centro Dramático Nacional, un montaje titulado La esfera que nos contiene, que se concentraba en los avatares de unos maestros, estos ya en la República. Ambos proyectos nos pueden servir de referencia para adentrarnos en esto que nos muestra Paula Llorens con la adaptación de la novela de Josefina R. Aldecoa.

Reconozcamos primeramente que tiene interés el propio relato. Qué mejor que recurrir a las experiencias de una enseñante para retratar un periodo en el que España tenía unos niveles educativos nefastos (y aún no estamos como debiéramos en comparación con los países de nuestro entorno). El intento que se pretendió llevar desde 1931 es auténticamente loable, más allá de gestos anticlericales. Es más, lo que vino después, tras la guerra, confirma aún más su valía.

Partimos de 1923, fecha en la que Gabriela López Pardo adquiere el diploma que le permite ejercer la docencia en las escuelas. Profesión compleja ya en sí, y mucho más en una época donde el control de los caciques de turno, la tozudez de los alcaldes (de los que dependió durante mucho tiempo el sueldo de esos pobres enseñantes) y las reticencias del clero ante tamaña intrusión eran grandes trabas. La ilusión de esa joven es más que palpable y comprensible. Había que enseñar a niños y a niñas de diferentes edades, de diferentes aptitudes, con desiguales apoyos de sus familias, y sin que la obligatoriedad de acudir a las aulas se impusiera. Todo inconvenientes para estos docentes que se las veían muy solos y, la vocación, era su único apoyo firme.

El problema en esta pieza, en todo caso, es el planteamiento tan candoroso, tan naíf que impregna el argumento. La forma que tiene Llorens de declamar las frases —algunas pausas que parecen paladear las palabras— resulta chocante e ingenua, curiosamente escolar. Siento decir que a la obra le faltan matices en la expresión, que el arco dramático tiende a la planitud; porque no parece adecuado que el hecho de que la quisieran violar en Guinea no fuera un trago verdaderamente amargo o que, por poner otro ejemplo, la revolución minera en Asturias, en la que estuvo implicado su marido, no supusiera un gran desbarajuste en su vida. Y es que se pasa tan de puntillas por tantos hitos que no se termina de concretar ninguno de los hechos. Ya sea casarse, ya sea tener una hija o que lleguen las Misiones Pedagógicas, con esos voluntarios a intentar alfabetizar a los muchachos y a darles a conocer el mundo, transcurren por la propuesta sin asentarse. Da la sensación de que mejor hubiera sido renunciar a ciertos vericuetos biográficos en pos de una mayor hondura de lo fundamental o, en todo caso, haber alargado un montaje que es breve (setenta minutos).

Y sí, claro que la actriz aspira a meterse en una multitud de personajes; pero con un poco de impostación de la voz y algún gesto sobrevenido, no vale para que nos hagamos una idea de todas esas gentes con las que se va relacionando. Y es que estamos hablando de situaciones auténticamente convulsas, como el golpe de estado que dio comienzo a la Guerra Civil. Por momentos, insisto, parece que nuestra protagonista es incapaz de mostrarnos emociones más profundas ante circunstancias tan angustiosas.

Luego, el espectáculo utiliza pocos elementos (una pizarra, una mesa, una butaca y algo más) y la iluminación de Víctor Antón, en su exceso, tampoco fuerza esos matices emotivos a los que me refería antes. Como tampoco parece que Gemma Miralles haya indagado más en cómo trasladar a las tablas una intimidad, un pensamiento, un monólogo que deben hacernos vibrar. Puesto que esto no puede ir solo de contar, sino de vivenciar, de transmitir una amalgama de acontecimientos que para nosotros ya quedan lejanos; aunque todavía podamos relacionar ciertas deficiencias en nuestra sociedad de aquellos barros.

Esta obra fue célebre y la autora fue bastante reconocida por la sociedad, también gracias a su labor como impulsora de un colegio como fue el Estilo. Una institución —que cerró hace unos pocos años— que estuvo auspiciada por todos sus amigos de generación (Martín Gaite, Ferlosio o Fernández Santos) a los que les horrorizaban las escuelas de Franco. Josefina, como deja detallado en su novela, tenía un amplio bagaje familiar, pues su madre y su abuela habían sido maestras en La Robla (León) y había intentado estudiar todas esas ideas y procedimientos que se pusieron en marcha con la Institución Libre de Enseñanza. Porque, además, esta función nos debe valer para comprender cómo había que romper con el anquilosamiento educativo en el que estaba anclado nuestro país, fundamentalmente por culpa de una Iglesia inepta a la hora de asumir el destino de la nación. Así, los primeros brotes de laicismo, juntar a chicos y a chicas, acercarse más a la naturaleza, hacer gimnasia, forzar el espíritu crítico o desarrollar las habilidades artística requerían otro modo de pensar la educación, que es lo que se procuró llevar a cabo durante la República, extendiendo a toda la población lo que se había probado antes en algunas élites culturales, como las que se hospedaron en la Residencia de Estudiantes.

Por todo ello, esta Historia de una maestra es, desde mi punto de vista, una propuesta algo timorata y demasiado triturada para que pueda llegar a un público más amplio.

Historia de una maestra

Autora: Josefina R. Aldecoa

Dirección: Gemma Miralles

Interpretación y adaptación: Paula Llorens

Iluminación: Víctor Antón

Vestuario: Joan Miquel Reig

Espacio sonoro: Damián Sánchez

Escenografía: Los Reyes del Mambo

Caracterización: Mercedes Luján

Diseño gráfico: Joan Santacreu

Vídeo: Nirvanna Imatge

Fotos: Juan G. Sanz

Comunicación: Mar Sanjuan

Producción ejecutiva: Cactus Teatre

Distribución: Teresa de Juan (Tdj Producciones)

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 5 de febrero de 2023

Calificación: ♦♦

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Cartas vivas

Las vidas de Carmen Laforet y Elena Fortún saltan al Teatro de La Abadía a través de su correspondencia

Cartas vivas - FotoEn el libro De corazón y alma (1947-1952) se recopilan las cartas que Elena Fortún (1886-1952) y Carmen Laforet (1921-2004) se enviaron. A partir de esos textos, la dramaturga Paula Paz ha sabido afinar un hilo conductor para trasladarnos las cuitas y confidencias de dos mujeres que vivieron avatares comunes en una época realmente dura. Una casi maestra de la otra; y ambas igualmente sinceras a la hora de confesarse. Sigue leyendo

Retorno al hogar

Daniel Veronese ha intervenido uno de los más célebres textos de Harold Pinter para dotarlo de gestos incongruentes

Retorno al hogar - Foto
Foto de Omar Antuña

Es Harold Pinter un dramaturgo que lleva ya un tiempo muy asentado en la escena española. En los últimos años no han parado de adaptarse sus textos (Tierra de nadie, El cuidador, El amante o Traición) y no han faltado buenos montajes (Invernadero). Este Retorno al hogar ya tuvo una oscura versión de Ferrán Madico en 2009. Los de Tribueñe realizaron la suya desde un punto de vistas altamente grotesco y efectivo. Nada parecido a lo que ha pretendido Daniel Veronese, quien ha tomado una serie de decisiones dramatúrgicas que han propiciado unas distorsiones innecesarias para un texto que ya tiene sus propias distorsiones internas. Ya desde el inicio, el adaptador ha incluido un chiste que trastoca el propio comienzo. Un tono de comedia a latigazos, a ratos, forzado por unas risas enlatadas que se cuelan de manera aleatoria en la mayoría de los casos tras la intervención de Sam, el hermano, el tío que también vive en esa casa familiar, el chófer, un Alfonso Lara que termina por ser más interesante; porque parece más críptico en sus alusiones tan tremendas. Ese efecto no solo es raro, sino incongruente. No viene a cuento. Luego, además, encontraremos otros efectos. Por ejemplo, el brevísimo baile ­—Rellán llega donde llega, en menudo lío lo han metido— enfocado con onirismo. Son detalles que entorpecen. Puesto que, en general, este montaje no fuerza la brusquedad o la vulgaridad que serían esperables. Esa levedad es la que engaña a los espectadores más despistados que, por momentos, se creen ante un drama de Tennessee Williams. Sigue leyendo

Una terapia integral

Cristina Clemente y Marc Angelet están logrando con sus comedias un análisis en absoluto naíf de nuestras más afamadas incongruencias. Una terapia integral sitúa al coach-panadero como nuevo sacerdote de almas descarriadas

Una terapia integral - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Algo que me satisface mucho de las dos obras que he podido ver de Cristina Clemente y Marc Angelet es que son «productos» teatrales de gran valía dentro del circuito comercial, que compiten con mucha inteligencia con montajes de pretendida enjundia que brotan directamente bajo el aura culta de algunos teatros públicos.

Una terapia integral es menos descacharrante que Laponia, su anterior propuesta; pero, a cambio, es más estilosa —desde luego, toda la escenografía de José Novoa, con ese obrador tan detallado, ayuda a captar totalmente nuestra atención—. Es, también, más aviesa sicológicamente y más insidiosa con aquellas estupidizaciones con las que aquellos aspirantes a clase media burguesa han caído, a pesar de su supuesta cultura.

Claro que, tampoco nos pasemos; pues estamos dentro de la comedia moralmente aceptable. Crítica, pero respetuosa incluso con los panaderos, y no tanto con los gurúes modernos; aunque estos, que no van al teatro, porque están en el regodeo de la iluminación eterna, no pueden ofenderse ante nada. Es decir, se dan las exageraciones pertinentes y se fuerza, en ocasiones, una risa a través de un payasismo algo irritante. Sigue leyendo

Decadencia

La obra de Steven Berkoff es una sátira a los ricos protagonizada por Maru Valdivielso y Pedro Casablanc

Decadencia - FotoCoincide en el tiempo esta propuesta con una de las películas que más elogios está recibiendo este año. Me refiero a El triángulo de la tristeza, de Ruben Östlund, una cinta algo sobrevalorada, desde mi punto de vista, donde se cae en cierto maniqueísmo con algunos personajes planos y estereotipados. La cuestión es que satiriza a los multimillonarios y a otras faunas de nuevo cuño como los influencers. A Decadencia la comparación con el film le viene mal; porque la obra de Berkoff, escrita en 1981, cuando la Thatcher ya estaba en el poder y había comenzado a ejecutar sus tropelías (el disturbio de Brixton viene aquí muy a cuento), ha envejecido rápido —si es que debemos considerar que, en algún instante, esta poseyó modernidad—. El propio autor llevó su texto a las pantallas dejándose acompañar por Joan Collins. Sigue leyendo

Quién mató a mi padre

Édouard Louis se pone a las órdenes de Thomas Ostermeier para insistir sobre su vida autoficcionada en un espectáculo manido

Quién mató a mi padre - Foto de Jean Louis Fernandez
Foto de Jean Louis Fernandez

Hace poco más de un año presentaba La Joven en el Teatro de La Abadía su versión sobre la exitosa novela autobiográfica Para matar a Eddy Bellegueule, de Édouard Louis. El proyecto ha continuado girando en los últimos meses y muchos jóvenes han asistido a diferentes representaciones. En ese espectáculo se nos detallaba —así aparece en el libro— la difícil adolescencia del escritor en una zona postindustrial y depauperada de Francia. En esas circunstancias de paro y de alcoholismo, su latente homosexualidad era una diana indeleble para toda esa sociedad repleta de cafres e insolentes. Toda esa agresividad aparecía en el instituto; pero también dentro de su casa. A partir de esa obra ya se nos había dado cuenta, en gran medida, de la relación que tenía con su padre. Uno ya se hacía a la idea de cómo era vivir con un hombre que no tenía nada más que hacer que estar sentado en el sofá frente al televisor o con los amigotes bebiendo. Sigue leyendo

Amaeru

Carolina Román plantea en este drama una búsqueda a través del ejemplo de su propia familia, de lo que supone el cariño dado y necesitado. Sus dos intérpretes realizan una labor cuidadosa en los Teatros del Canal.

TEATRO por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Tras más de una hora de función, uno llega a pensar que la nueva propuesta de Carolina Román ha caído en el artefacto kitsch o que directamente se ha confiado a un costumbrismo que, quizás, a ella le conmueva; puesto que es su familia quien la ha inspirado. No obstante, el público actual puede sentir que el tema es demasiado naíf.

Ocurre, sin embargo, que en el final (no puedo revelar demasiado) se da tal cambio en la perspectiva que debemos adoptar, que el espectador tendrá que optar por tomarlo como otro incongruente desenlace al estilo de Los Serrano o como una deriva futurista a lo Desafío total o el capítulo 3 de la primera temporada de Black Mirror. Ese epílogo —no me tengo más remedio que insistir— quiero tomármelo como una revitalización de una obra que, en su contenido principal, redunda en los clichés de un teatro de costumbres que me queda muy lejano.

La forma de reflejar la rutinaria vida familiar nos conecta con otras obras de la dramaturga como Adentro; aunque, si es por el juego de travestismo, nos induce a recordar la exitosa Juguetes rotos. Pero, ahora, pienso que se han dado unos pasos atrás. Ya que, por mucho que se quieran imbricar varias capas, observar cómo intentan representar hasta tres veces las escenas de una telenovela resulta poco pertinente y hace que asuntos de mayor calado no permeen. Sigue leyendo

Elektra.25

La compañía sevillana Atalaya celebra los veinticinco años de este montaje con una nueva revisión para devolver a los escenarios el mito griego

ELEKTRA25 - Foto de Curro Casillas
Foto de Curro Casillas

Que dos revisiones tan distintas del mito griego coincidan en cartelera nos permite descubrir la validez del argumentario y las posibilidades dramatúrgicas que se sondean en nuestra contemporaneidad. La Electra, de Fernanda Orazi se ajusta a parámetros posmodernos a través de la ironía; mientras, como vamos a ver, la Elektra.25, de Atalaya rebusca en el pasado a través de Heiner Müller y Bertolt Brecht, con un ojo puesto en la película de Miklós Jancsó, Elektra, My Love (1974), para crear toda una serie de fragmentaciones y subsiguientes conexiones que terminan por construir una propuesta altamente expresionista. Sigue leyendo