El cuidador

Una de las obras más complejas de Harold Pinter vuelve a los escenarios desde una perspectiva más límpida y simbólica

El cuidador - Foto de Javier NavalEsta obra ya se ha interpretado de múltiples maneras, casi tantas como Esperando a Godot, con la que tiene tantas concomitancias y que precisamente dirigió Antonio Simón hace un par de años también en el Teatro Bellas Artes. La cuestión es qué nos dice Pinter a nosotros hoy. Digamos, en primera instancia, que me parece un acierto —como han hecho otros traductores— acogerse a la traducción de El cuidador, para The Caretaker. Habitualmente se titula El portero, como aquella estupendísima versión que comandó Carles Alfaro en el Teatro de La Abadía en 2006 y que debe ser nuestra referencia. Digo que ‘cuidador’ está mejor, porque amplía las significancias a los tres protagonistas.

Para el público, la propuesta es inicialmente desconcertante, puesto que uno se siente desubicado más por el lenguaje, bastante inverosímil, que por la propia situación. Nos encontramos en un apartamento cochambroso, repleto de objetos que se reparten por todos los sitios como si fuera aquello un desguace. Pero, en realidad, todos esos cachivaches se arraciman en los márgenes del prisma escénico, casi expedito, donde transcurre toda la acción. Y es que Paco Azorín y Alessandro Arcangeli han diseñado una escenografía más simbólica que realista, en la que se potencia la soledad, la intemperie —aunque estén a resguardo—; donde la gotera que cae sobre un cubo anclado al techo se hace más visible todavía y nos lleva a pensar en lo inhóspito que es, todavía más, el mundo externo. Esta simbología me parece de lo más meritorio de la pieza; porque acentúa esa sensación de pulsión asocial que cada personaje atesora y que se transmite con mucha lógica hacia el espectador del presente. Ahora, ese prisma diáfano que observamos, también propicia una cierta «limpieza» sobre la mugre que deberíamos esperar. En todos los sentidos, además. Por ello, la mirada de Antonio Simón es más complaciente con el respetable, es menos macabra. Esto lo percibimos esencialmente en el carácter de Álex Barahona, Micke, un tipo que ha aparecido de repente; el hermano que ha regresado o que ha estado ausente. La interpretación es algo juvenil, no demasiado macarra, sino más bien como si tuviéramos delante a un muchacho desnortado en nuestra vida contemporánea. Creo que esta es una deriva, una pendiente que se va percibiendo lentamente desde el principio de la función. Una vez que Joaquín Climent lleva su papel, Davies (posee varios nombres que profundizan en el encubrimiento y en el anonimato del anómico) con un tono más quejoso que bronco, la obra queda suavizada en una tensión latente que no llega a explotar del todo.

Pinter nos entrega a un tipo que vive entre el vagabundismo y el trabajo más precario que uno pueda imaginar. Un hombre racista y xenófobo, que desde su clase ve con inquietud la competencia que le supone el trato con extranjeros; al que, dadas sus circunstancias, tampoco se le puede echar nada en cara, ya que su mundo es el de la lucha en el subsuelo. Alguien que para recuperar sus documentos de identidad debe enfrentarse a la pesada burocracia. Así expresa su particular «preferiría no hacerlo» al poner pegas inauditas a los zapatos que se le van ofreciendo de modo tan risible como kafkiano. Otro símbolo pertinente de nuestra época. Si ha encontrado una guarida, por qué no recluirse ahí de la sociedad todo el tiempo que pueda. Otro asunto es por qué Aston, un joven que ha asistido a la trifulca que ha dejado a Davies en la calle, ha decidido acogerlo en su apestosa vivienda. Qué clase de morbosidad encuentra en dar cobijo a un individuo que ronca por las noches y que no lo deja dormir. ¿Es un acto de solidaridad de clase? ¿Es una compañía necesaria para su peligrosa soledad? ¿Es un asidero para su incipiente locura? Me parece que Juan Díaz acierta en su actuación, puesto que lanza su rol por un territorio insondable, escurridizo, menos estereotípico, como un chamarilero repleto de recursos y, a la vez, como un chico simple y anodino que debe ir a trabajar temprano y regresar tarde.

Nosotros como espectadores podemos reírnos del absurdo y de las paradojas de unas situaciones incomprensibles a primera vista; pero que no hacen más que redundar en las esencias del existencialismo. Una ristra de anécdotas inconsecuentes que circulan a través de unas conversaciones entrecortadas por la extrañeza entre graciosa y paralizante de un humor amargo. Ahora que la exploración que realiza el dramaturgo requiere, evidentemente, dosis de maldad, el envés de esos hermanos que apenas se hablan (su pasado ha debido dejar huella en sus actitudes) y que parece que han capturado a una víctima para su juego de emancipación sicológica. Así lo vemos sobre todo en la actitud de Micke, aunque no tanto como se debiera. Un plato para aplacar la impotencia que los reconcome en esa vida de mierda que llevan. Siempre hay alguien por debajo y eso tranquiliza (como a los tontos) tanto como inquieta; pero, además, solivianta. Lo veíamos de forma similar hace unas semanas en El mal de la montaña, de Santiago Loza. ¿Qué es un vagabundo hoy en día para nosotros que expelemos ansiedad a raudales mientras el nihilismo nos carcome? De todo esto hay en el texto de Harold Pinter estrenado en 1960; aunque en escena no se vaya tan lejos; porque se toma cierta distancia, cierta precaución. Se nos ofrece una mirada más etérea y difusa; no obstante, también tiene su atractivo.

El cuidador

Autor: Harold Pinter

Traductor: Juan Asperilla

Dirección: Antonio Simón

Reparto: Joaquín Climent, Álex Barahona y Juan Díaz

Diseño de escenografía: Paco Azorín y Alessandro Arcangeli

Diseño de iluminación: Pedro Yagüe

Vestuario: Ana Llena

Espacio sonoro: Lucas Ariel Vallejos

Ayudante de dirección: Gerard Iravedra

Productor: Jesús Cimarro

Una producción de Pentación Espectáculos.

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 24 de abril de 2022

Calificación: ♦♦♦

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