Mrs. Dalloway

Una versión que moderniza la novela de Virginia Woolf dejándola vacía de atribuciones contextuales y trascendentes

Foto de Sergio Parra

Ante todo, si la novela de Virginia Woolf —la primera en la que verdaderamente desarrolló sus dotes literarias—, ha trascendido es porque los procedimientos que empleó en su escritura —altamente influida por Joyce y Eliot—, sirvieron para engrandecer el modernismo inglés. Puesto que realmente el argumento es poca cosa. Otro asunto es la interpretación que se realice del vaivén de la señora Dalloway durante esas veinticuatro horas de un día. Una búsqueda introspectiva (la importancia del monólogo interior esbozado) y vitalista de un pasado que se vuelca sobre el presente entre la melancolía y las convenciones sociales propios de una burguesa que se codea con la alta sociedad británica. A ello, la novelista le sitúa un extraño relato paralelo sobre un joven enloquecido tras su regreso de la Primera Guerra Mundial, y que terminará suicidándose. Ya sea una clave simbólica de los propios trastornos de la autora o del atestiguamiento de una atmósfera desencantada de la que quiere huir la protagonista con una fiesta de alto copete, donde podrá reunirse con sus viejos amores; lo cierto es que se planea como una historia de difícil encaje. ¿Qué hacer con este material? Michael De Cock, Anna M. Ricart y Carme Portaceli han considerado que la trasposición de aquello al siglo XXI es posible y así nos han entregado una versión que carece de interés. Sin guerra mundial y sin victorianismo contra el que luchar, nos queda una mujer alegremente quejosa, huidiza, que no me importa nada. O acaso tiene alguna excusa para no salir de verdad a la calle y tomarse algo o para abandonar a su marido si nunca está en casa o para vivir liberada de unas ataduras que hoy son injustificables para una persona con posibilidades económicas. Desde luego, Blanca Portillo cumple su labor con grandeza y con esa forma que tiene de sonreír y de moverse por el espacio con generosidad y con soltura; pero su papel apenas infunde atracción. Afortunadamente —y esta es una de las virtudes del montaje—, tanto ella como la directora hilan los retazos del barullo textual para, al menos, conseguir que sea un espectáculo compacto. En la imposibilidad de conectar fluidamente tiempos con la misma facilidad que se realiza en el cine a través de flashbacks o, en la literatura, con diferentes mecanismos novelísticos, nos encontramos con personajes inconsistentes. El primero, Peter, el antiguo pretendiente de Clarissa, un tipo que acaba de regresar de la India, donde vive. Otro aspecto que en la modernización de esta propuesta cojea. En la India de aquellos años veinte el movimiento independentista con Gandhi a la cabeza, ya estaba alterando certeramente la dominación británica. Manolo Solo encarna a este fantasma como un arrinconado y taciturno rockero de los años sesenta de aires indies. Porque se le ha dado cabida en la función a dos actuaciones musicales creadas por Jordi Collet (también representa al doctor) y que hacen sobresalir la entrega absoluta de Anna Moliner. A través de canciones que se insertan de manera inconsecuente en la obra; pero que resultan potentes y animadas. Un contraste al propio ambiente que se va imponiendo. Ella, además, hace de Elisabeth, la hija, que anda en proposiciones con Doris (Zaira Montes). Configuran una especie de relación lésbica análoga, de la misma forma que fantaseó su madre durante su juventud con Sally. Esta ha regresado también y viene directamente al guateque. Inma Cuevas recoge en sí dos personalidades antagónicas, la revolucionaria comunista de proclamas insolentes que quiso ser y la bien avenida burguesa que es ahora. Al menos, muestra una audacia y una grandilocuencia remarcable. Hay que reconocer que, por momentos, se logra una entrada y una salida de los relatos como un oleaje tan chocante como persuasivo; pero al final no consigue empastar en algo sustancioso que supere un esteticismo que se quiere imponer con exabruptos musicales y con una escenografía maximalista firmada por Anna Alcubierre. El escenario abierto a más no poder, unas mesas en diagonal que propician una distancia enorme y un manto de flores suspendiéndose. Grandioso e impactante; aunque falte la multitud. Se pierden la batería y el piano y otros detalles que permanecen nublados a los ojos del público. El intimismo de la señora Dalloway no conmueve y se escucha lejano; aunque baje al patio de butacas a concitarnos. Finalmente, es necesario hacer referencia a esa minitrama que los espectadores que no conozcan la novela (o la floja adaptación cinematográfica de 1997 realizada por Marleen Gorris) tomaran como un sinsentido. Aquel Septimus, soldado roto por la depresión y la esquizofrenia, es ahora Angélica, una Gabriela Flores trasunto de Virginia Woolf, escritora con tendencias suicidas que necesita coger la pluma como si fuera el mejor de los ansiolíticos y, a la vez, el veneno más pernicioso. Ella y su marido Max —un Jimmy Castro firme— mantienen un diálogo desgarrador y agónico del que se esperaba una sostenida continuidad. La posible conjunción metafórica con el argumento principal no se aguanta de ninguna manera, más que por la molestia de su protagonista al escuchar cómo el doctor habla de la muerte en su celebración. No hay trascendencia; sino esnobismo o vacío. Fuera de los atractivos espectaculares, el asistente al Teatro Español puede terminar desencantado. ¿Qué se pretendía con esta adaptación? Resulta dudoso. ¿Una consideración feminista? Ni por asomo.

Mrs. Dalloway

Autora: Virginia Woolf

Dramaturgia y versión: Michael De Cock, Anna M. Ricart y Carme Portaceli

Dirección: Carme Portaceli

Reparto: Jimmy Castro, Jordi Collet, Inma Cuevas, Gabriela Flores, Anna Moliner, Zaira Montes, Blanca Portillo y Manolo Solo

Diseño de escenografía: Anna Alcubierre

Diseño de iluminación: David Picazo

Diseño de vestuario: Antonio Belart

Música original y espacio sonoro: Jordi Collet

Coreografía y movimiento: Ferran Carvajal

Diseño de vídeo: Miquel Àngel Raió

Diseño de sonido: Pablo de la Huerga

Ayudante de dirección: Eva Redondo

Ayudante de escenografía: Marta Guedan

Ayudante de vestuario: Cristina Crespillo

Estudiante en prácticas de dirección UCM: Laura Fernández

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 5 de mayo de 2019

Calificación: ♦♦

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