Electra

Fernanda Orazi utiliza este mito clásico para recrearse en una forma paródica de hacer teatro

Electra - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

¿Y si los clásicos no nos dicen nada? ¿Y si somos incapaces de observar ciertas obras del pasado sin trasladarles la mirada escéptica y desencantada que nos ha impuesto ya definitivamente la posmodernidad? ¿Significa algo para nosotros Electra si esta no provoca la catarsis? Se lleva tanto tiempo estableciendo una perspectiva tan distanciadora, tan irónica y tan lateral sobre obras ya constituidas, que se ha negado el acceso a la verdad en la ficción.

Es tal el número de obras que se regodean en el hecho de la creación teatral en sí misma, desde la metateatralidad, desde la parodia deconstruida, desde la estupefacción del acto primigenio de estar sobre las tablas, que es como quedarse anclado en la fase lúdica del arte teatral y, a la postre, o una infantilización o un cinismo. Quiero decir con esto que Fernanda Orazi, con esta Electra, traslada al piso del Teatro de La Abadía su propio desarrollo actoral, su propio entrenamiento y su propia inmersión en una estética que concentra lo que estoy afirmando. O sea, sin ir más lejos, los trabajos con Pablo Remón en Barbados en 2022 (también, en Barbados, etcétera, claro) o en Doña Rosita, anotada, o en Ensayo, de Rambert. Esta Electra se va haciendo y se va repensando, y rehaciendo en el acontecer. Y esta recursividad, que es de lo mejor del espectáculo, y que se expresa a través de un coro, de una polifonía de voces que se repiten y que comentan y que apuntalan y que hacen notas al pie del texto, produce un efecto magnífico que consiste en recordarnos que todo podría ser de otro modo.

No obstante, se cae en la farsa, en el humor paradójico que genera las razonables risas en los espectadores. El montaje es divertido; porque se hace a través de una especie de descreimiento. Observamos ridiculizaciones en la descripción de los hechos, con exageraciones y contradicciones que restan trascendencia al asunto. ¿Y si se quita trascendencia al asunto, qué nos queda? Pues la amplificación del hecho con todos esos ecos, las interpretaciones elocuentes, la comicidad con tintes macabros para rebajar el dolor de la muerte, del asesinato, de la venganza y de la recuperación del honor. Esto es válido para disfrutar del evento; pero se pierden varias virtudes.

Los portugueses de la Companhia do Chapitô ya hicieron su Electra con altas dosis de entretenimiento. Y Las Niñas de Cádiz, con El viento es salvaje igualmente llevan clásicos griegos como Fedra y Medea por derroteros chirigoteros. Esto de Orazi no va por ahí; puesto que se trabaja con actuaciones que, en ocasiones, muestran aires de displicencia, como si los personajes principales no estuvieran henchidos de cólera, actitud que se apuntala cuando la propia Electra manifiesta su furia y el coro le pide que la aminore.

Al principio, los cuatro actores están sentados en algunas butacas. Luego, salta el pedagogo para encargarse del prólogo. Javier Ballesteros demuestra primeramente mucha templanza, como es habitual en él, luego, cuando se va calentando, resulta muy peculiar la fina chanza con la que relata el falso fallecimiento de Orestes. Este, en realidad, ha regresado a casa con la intención de encontrarse con su hermana y, entre ambos, ejecutar a su madre. Juan Paños está sencillamente extraordinario (como lo estuvo en La cabeza del dragón) y es quien verdaderamente comanda la pieza, porque su expresión es más clara y directiva. Su agilidad escénica conjuga el toque infantil (ayudan sus pantalones cortos) y la juventud de un hombre que debe cumplir con su destino; aunque el factor religioso apenas acontezca. Por otra parte, la Electra de Leticia Etala también termina por ofrecer un brío satisfactorio; pero, inicialmente, su pronunciado seseo resulta chocante en este ambiente, y las frases no discurren francas. No obstante, su potencia deja momentos de verdadera agonía. Es ella quien más claro tiene que Clitemnestra debe pagar por el crimen de Agamenón y Casandra por parte de Egisto. Carmen Angulo cierra elenco ocupando el papel de la progenitora, con unos interesantes efluvios de hipocresía. Está muy graciosa en los primeros embates de este personaje, cuando parece que no se entera de qué ocurre. De hecho, la normalidad y la lógica con la que procede deriva en un desenlace patético y risible («te tienes que morir»), como si un exagerado prurito nos evitara contemplar el momento del asesinato (para eso se utilizaba en la antigüedad la ekkyklema) al llevarla hasta la puerta. La anulación de lo trágico apuntala la farsa y nosotros nos vemos obligados a recomponer la frialdad con otros atributos de la función, como la precisa dirección de Orazi, quien aprovecha todo el espacio (vacío) posible para generar distintos puntos de acción simultáneos.

Esta Electra es un producto esteticista que trabaja a partir de lo consabido, y que va, ante todo, destinado a ese público que está de vuelta con los clásicos, porque comprende que todo purismo es imposible y hasta indeseable. ¿Cuál es la respuesta del espectador que se aproxima a este mito por primera vez? Quizás que la broma es preponderante.

Electra

Dirección: Fernanda Orazi

Versión: Fernanda Orazi, a partir de la traducción de José Velasco y García

Reparto: Carmen Angulo, Javier Ballesteros, Leticia Etala y Juan Paños

Iluminación: David Picazo (AAI)

Música original y espacio sonoro: Javier Ntaca

Fotografía y vídeo: Luz Soria

Agradecimientos: Teatro de La Abadía, La imaginaria y Laura Klein

Producción: Pílades Teatro

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 22 de enero 2023

Calificación: ♦♦♦

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