Para acabar con Eddy Bellegueule

La Joven adapta la novela autobiográfica de Édouard Louis, un relato sobre homofobia en la depauperada población de Hallencourt

Para acabar con Eddy - FotoEsta historia trata, ante todo, de la pobreza. De cómo vive un homosexual en la podredumbre. Que va de la pobreza se entiende si uno no se deja arrastrar por las corrientes de «pensamiento» actuales. Luego, el lector, confirma en el epílogo que fuera del pueblo depauperado las cosas son de otra manera. ¿Acaso no hay homofobia en las clases medias? Por supuesto, pero en un grado muy menor. ¿O acaso la educación, el civismo, la instrucción en un ambiente de bienestar, no sirven para nada? Ya que esta obra forma parte de un proyecto educativo, así que su confianza en la transformación —muy ilusa, ya se lo digo yo— en la educación, es importante. Con algunos pueblos, con algunas ciudades de provincias, pasa igual que con los barrios opresivos que son como sectas; aunque luego, en muchos casos, ciertos partidos políticos tomen esa putrefacción moral como sello de pedigrí supuestamente anticlasista: «Ser de barrio X» (genuinidad a costa de distintos ostracismos). Teatralmente esto se quiso desarrollar en Juguetes rotos con los transexuales y de un modo más inconsecuente con Tom en la granja. Nos hallamos en la minúscula Hallencourt, en el norte de Francia, una población muy golpeada por la desindustrialización que se fue dando desde los años ochenta. Un lugar abandonado por el estado y que ha propiciado que gran parte de sus habitantes apueste por el Frente Nacional. Es decir, si nos olvidamos del marxismo científico (y sus derivas) y nos acogemos al marxismo cultural —como se hace en este montaje—, pues tenemos lo que tenemos. Pretender mostrar esta obra a los adolescentes españoles obviando las cuestiones económicas, materiales, es redundar en el abandono de lo esencial, del sustento, de la base. No obstante, hagan ustedes apuestas sobre qué tipo de alumnado abarrotará las salas de teatro en las matinales. La adaptación de Pamela Carter es una traición al fundamento de la novela por diversas razones. La primera, porque ha convertido su texto en un picadito de narraciones, donde apenas encontramos personajes que se desarrollen y que trasladen al espectador unas vivencias tan lacerantes. Se cuenta mucho, pero se dramatiza poco. Por otra parte, se ha centrado en exceso en las cuestiones referidas a la homosexualidad de Eddy; aunque, insisto en que hay un contexto que inequívocamente debe traslucirse. Finalmente, intentar, por parte de La Joven, que una novela que contiene escenas de verdadera dureza tanto en el plano social, como en el familiar, como, sobre todo, sexual, se adapte para que la puedan ver preadolescentes de 12 años, es decir, para que al final el «producto» pueda llegar a todas las etapas de la ESO y del Bachillerato, supone pegar mucho tajo, y autocensurarse hasta el punto de desvirtuar el original. Otro aspecto —desastroso a más no poder— que debe recalcarse, es cómo se para la obra para hacer un inciso panfletario —para dar la leccioncita moral de los catequistas seculares—, sobre algo así como las «masculinidades tóxicas». En sus palabras: «la fina línea que existe entre el orgullo masculino y la homofobia». Repito que la complejidad está en enseñar todos los vectores de una sociedad carcomida por el paro, por un trabajo en la fábrica realmente alienante, por la falta de futuro, por unas costumbres que denuestan la debilidad con procedimientos salvajes (una forma ruda de cubrir sus propias debilidades)… Yo creo que para que se pudiera lograr un impacto en los espectadores jóvenes se requería mostrar la auténtica crudeza de los asuntos. Plasmar la violencia, la sodomización (así ocurre, con muchachos de diez años de un modo torticeramente lúdico), el alcoholismo, la vejación, la hipocresía, la envidia, etcétera. Ahora, La Joven —y esto es lo que me preocupa como profesor y crítico— necesita llegar a muchos chavales, y para ello sabe que no se puede pasar de la raya. Lo comprendo, enfrentarse a las quejas de las familias sería terrible. Además, si el asunto resulta controvertido, los docentes se retrotraen puesto que no quieren tener problemas. Así está el panorama. Es más, de alguna manera se reconoce en el propio espectáculo, cuando se afirma que luego cada uno puede leerse la novela en soledad para descubrir ciertos trasfondos más oscuros que ellos van a obviar. Por lo tanto, Para acabar con Eddy Bellegueule es una propuesta cobarde y pop. Uno no sabe si está en el pobretón y aburrido Hallencourt o en El Castro (San Francisco) de marchuqui o en un Estudio 54 low cost de extrarradio; porque vaya discoteca. Entiendo que de la misma forma que la música dance alienta las compras en Primark, aquí puede hacer que los espectadores se entretengan y disfruten. Y que entre gapazo, hostiazo, insulto y repudio; pues bien está un bailecito sugerente. Leyendo la novela, la música —salvo en el capítulo del concierto de rap— está bastante ausente. Pero ya se sabe, hay que agradar y con la psicología positiva se va a todos los sitios; que bastantes problemas tienen ya los adolescentes. La maravillosa paradoja de esta historia es que ser «maricón» (que no homosexual) le «salvó». Ser vilipendiado —como le ocurre a todos aquellos que sufren verdadero acoso escolar y lo consiguen superar o sortear sin máculas indelebles de esas que horadan sin remisión— supone la aislación. Y no poder seguir la corriente —como él mismo lo intenta, con esos empeños con exigirse «ser un hombre» y ligarse a unas chicas que ponen en evidencia la razón genuina y física de su orientación—, supuso silencio y observación, ingenio para escapar, para pasar el día a día; como cuando se escondía en los recreos en uno de esos pasillos del instituto (mira que las imágenes del instituto que aparecen en escena me suenan de algo). O para estudiar y prepararse una prueba de teatro que le otorgara una beca que lo destinara a la ciudad de Amiens. Desde esa postura no queda más remedio que reflexionar o caer en la desesperación. Él, afortunadamente, halló la manera de autoeducarse, de refinarse, de aprender a base de contraejemplos. Debo reconocer que uno de los puntos a favor de la función es la idea de poner a dos intérpretes a jugar como narradores —las más de las veces— y como cada uno de los personajes —guiños breves, que no dan ni para aflautarse la voz cuando hacen de Eddy, el protagonista—. Raúl Pulido, quien pareció magnífico hace unos meses en El caballero de Olmedo, aquí despliega toda su soltura y esa capacidad inequívoca para la persuasión. Es un actor a tener en cuenta que domina su cuerpo para expresar veracidad. Su compañero, Julio Montañana Hidalgo, a quien pude ver en la olvidable Fortunata y Benito (también de La Joven), aporta mucha frescura y vivacidad. Entre ellos me falta homoerotismo, ramalazo y una indagación mayor en el «tortuoso» mundo del sexo entre hombres (sí, digo «tortuoso», porque muy gayfriendly; pero luego, cuando llega el momento de la verdad, parece que el fornicio en escena no se toma igual con lo hetero que con lo homo. Eso hay que hacérselo mirar; pues también esa plasmación sensorial, corporal y erótica ayuda a quitar prejuicios estúpidos). Por su parte, el planteamiento escenográfico es bastante modesto. El recurso de la videograbación tanto en directo como pregrabada es abusivo, y no da oxígeno para que algunos diálogos tengan más vuelo. A Édouard Louis (como ahora se llama, una vez de desembarazó de su apellido familiar tras la que preparó con su texto) que estaba sentado a mi lado, y que luego salió a saludar al respetable, parece que le agradó (¿entendió algo?). Quizás llegó a la conclusión de que tampoco las pasó tan putas y que bien podría haber estado todo el día conectado al Spotify; aunque por aquellas todavía no existía y, además, él era pobre, tanto como para vivir en una casa húmeda, con habitaciones sin puertas, con otros cuatro hermanos, con un padre alcohólico, con complejo de Edipo, sin la comprensión suficiente de su madre y tomando la comida de los restaurants du coeur.

 

Para acabar con Eddy Bellegueule

Autora: Pamela Carter, a partir de la novela de Édouard Louis

Traducción: José Luis Collado

Dirección: José Luis Arellano García

Reparto: Julio Montañana Hidalgo y Raúl Pulido

Iluminación: Juanjo Llorens (AAI)

Videoescena y escenografía: Álvaro Luna (AAI)

Vestuario: Ikerne Giménez y Lua Quiroga Paúl

Espacio sonoro: Alberto Granados Reguilón

Asesoría movimiento escénico: Andoni Larrabeiti García

Dirección de producción: Olga Reguilón Aguado

Dirección técnica: David Elcano Villanueva

Regiduría: Daniel Villar

Ayudantía de dirección: Paco Gámez

Ayudantía de iluminación: Rodrigo Ortega

Ayudantía de escenografía: Lua Quiroga Paúl

Ayudantía de videoescena: Joel Valiente Vasco

Ayudantía de vestuario y sastrería: Gracia Collado Collado

Prácticas en videoescena: Alba Trapero

Prácticas en dirección: Christina Eleftheriadou

Cámara videoescena: David Girón

Fotografía: Ilde Sandrin

Realización escenografía: MAY Servicios

Ambientación sofá: Cristina Collado Collado, Gracia Collado Collado y Juan Carlos Rodríguez

Agradecimientos: IES Vicente Aleixandre (Pinto), Óscar Reguilón Aguado, Margarita Aguado Godino, Fundación Eddy-G y Amig@s de LaJoven

Produce: Fundación Teatro Joven

Presidencia: David R. Peralto

Patronato: Reinhard Maiworm, José Matos, Rebecca Medrano, Margarita Ruyra y Jorge Sobredo

Dirección artística: José Luis Arellano García

Dirección de producción: Olga Reguilón Aguado

Dirección adjunta: Pedro Sánchez Martínez

Producción: Paloma Rodrigo y Daniel Villar

Gestión de públicos y administración: Rocío de Felipe

Redes sociales: Laura Ginestar

Prensa: María Díaz

Diseño gráfico: Guillermo Vázquez

Mantenimiento y limpieza: Begoña Pérez

La Fundación Teatro Joven es colaboradora estratégica de la Fundación Daniel y Nina Carasso.

Este proyecto cuenta con la colaboración de SGAE y con la ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través del programa de ‘Acción y promoción cultural’.

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 14 de noviembre de 2021

Calificación: ♦♦

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