Quién mató a mi padre

Édouard Louis se pone a las órdenes de Thomas Ostermeier para insistir sobre su vida autoficcionada en un espectáculo manido

Quién mató a mi padre - Foto de Jean Louis Fernandez
Foto de Jean Louis Fernandez

Hace poco más de un año presentaba La Joven en el Teatro de La Abadía su versión sobre la exitosa novela autobiográfica Para matar a Eddy Bellegueule, de Édouard Louis. El proyecto ha continuado girando en los últimos meses y muchos jóvenes han asistido a diferentes representaciones. En ese espectáculo se nos detallaba —así aparece en el libro— la difícil adolescencia del escritor en una zona postindustrial y depauperada de Francia. En esas circunstancias de paro y de alcoholismo, su latente homosexualidad era una diana indeleble para toda esa sociedad repleta de cafres e insolentes. Toda esa agresividad aparecía en el instituto; pero también dentro de su casa. A partir de esa obra ya se nos había dado cuenta, en gran medida, de la relación que tenía con su padre. Uno ya se hacía a la idea de cómo era vivir con un hombre que no tenía nada más que hacer que estar sentado en el sofá frente al televisor o con los amigotes bebiendo.

Por todo ello, el brevísimo libro Quién mató a mi padre me parece que tan solo alcanza la categoría de anexo, de separata. Consiste en estirar y en exprimir una historia que ya conocemos en lo sustancial. Entiendo que los espectadores que se acerquen por primera vez a este autor, además, puede que se queden un tanto ajenos a la realidad de la que parte este montaje; puesto que la descripción pormenorizada del contexto está en la primera. Por otra parte, si esta propuesta poseyera una auténtica validez en sí misma —yo creo que es excesivamente deudora de todo lo que he afirmado más arriba—; si fuera, quiero decir, una obra autónoma, todavía podríamos sacar algo en claro. Ahora, si alguien con el aura de Thomas Ostermeier, quien ya trabajó con Louis en la adaptación de la segunda novela, Historia de la violencia, considera que aún se nos pueden vender espectáculos con este conglomerado de convenciones postdramáticas (sí, convenciones ya) tan reiteradas y, a la vez, tan rácanas; entonces creo que debemos empezar a bajar de los pedestales (deberíamos haberlo hecho ya) a más de uno.

Esta pieza se presenta en el Centro Cultural Conde Duque y se ha promocionado con distintas entrevistas al autor en los medios más importantes de nuestro país. Pero Quién mató a mi padre no es una función sobresaliente desde el punto de vista dramatúrgico. Es un drama donde el espectador es llevado de la mano con la consabida narración a través del imperante micrófono. Poco nos dice ya la también imperante pantalla, donde únicamente algunas imágenes —fotos elocuentes del progenitor vestido de majorette— sirven para ilustrar el argumento; no obstante, la carretera que observamos tampoco es demasiado atrayente como para crear una atmósfera. Que Louis se sitúe frente al ordenador, como si estuviera escribiendo el relato que nos va a contar, redunda en los motivos metateatrales de un proyecto que se plasma con todo el aparataje literario de la autoficción.

Desde luego, lo que me parece más excesivo y que puede ser juzgado como relleno para extender una función muy breve, es que nuestro protagonista nos «deleite» hasta con tres playbacks —con sus coreografías espasmódicas incluidas— de tres temas conocidísimos. Con el «Barbie Girl», de Aqua, ya nos hubiera valido para señalar cómo la actuación de un muchacho, con todo su amaneramiento, puede hacer sentir una vergüenza profunda en su padre. El «Baby One More Time», de Britney Spears sobra por empalagoso y redundante.

Si rascamos, lo que sí podemos hallar es una relación de ideas que hubiera merecido más sutileza y más profundidad. A saber, cómo un hombre capaz de disfrazarse de mujer en el carnaval, de mostrar su cara más divertida, llega a convertirse en un ser tan amargado, tan homófobo, tan insensible. Aunque, Edouard se esfuerza —y es en esto donde vamos a poder encontrar razones para valorar mejor este montaje— en descubrir una sensibilidad a flor de piel en su progenitor, por ejemplo, viendo Titanic. Luego, hacer la performance alocada con la canción de Céline Dion es insistir en un gag ya empleado.

No sé hasta qué punto el espectador francés podrá amplificar las acusaciones que el novelista emplea contra la clase política. Los últimos presidentes son «revisados» de izquierda a derecha para dejar patente que los recortes que se han sucedido tanto Francia como en el resto de Europa —aquí hablamos de la retirada de algunos medicamentos esenciales dentro del sistema de sanidad público— van directamente contra los más desfavorecidos, es decir, su padre, quien ya no podía trabajar debido a un accidente laboral.

La interpretación de Édouard Louis, aparte de los momentos más espectaculares, se mueve entre la corrección y la monotonía; porque se observa gran distancia entre lo que cuenta y lo que acontece en escena. No obstante, el trago es amargo y uno se intenta poner en su lugar y en el sufrimiento de tantos años. Un desprecio que no solo parte de su «papá»; sino también de su hermano, esa bestia degradada antes de tiempo, y hasta de su madre, una mujer capaz de reprochar a su hijo que sea «marica», pues todo el pueblo habla con repudio de él. Un desastre que podría habernos impactado mucho más con otro tipo de teatro.

Quién mató a mi padre

Texto: Édouard Louis

Director: Thomas Ostermeier

Asistentes de dirección: Elisa Leroy y Christèle Ortu

Diseñador de vídeo: Sébastien Dupouey y Marie Sanchez

Música: Sylvain Jacques

Dramaturgia: Florian Borchmeyer y Élisa Leroy

Iluminación: Erich Schneider

Vestuario: Caroline Tavernier

Escenografía: Nina Wetzel

Traducción: Alberto Tola

Coproducido por Schaubühne-Berlin and Théâtre de la Ville-Paris

Colabora: Goethe-Institut

Centro CondeDuque (Madrid)

Hasta el 21 de enero de 2023

Calificación: ♦♦

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