El amante

Nacho Aldeguer y Álex García presentan este drama sobre el tedio de un matrimonio burgués precedido de una propuesta gastronómica

Foto de Vico Vang

Debemos considerar seriamente si el preámbulo gastronómico es lo más idóneo para asimilar una obra de Pinter. En la propuesta de Nacho Aldeguer, quien se ocupa de versionar y dirigir, y de Álex García, que se encarga de la dirección artística, se pretende introducir al espectador en la etapa previa de esa pareja, Richard y Sarah, antes de que observemos su devenir diez años después. Es decir, se nos invita a su boda, y para ello subimos al ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze para degustar una cerveza, un cóctel y un aperitivo hipersofisticado a cargo del chef Diego Guerrero. Si en un primer instante los dos inductores, más algunos cómplices, intentan darle al asunto algún toque de verosimilitud, con algún juego de apariencia espontánea y una visita exprés de los novios; pronto se convierte en un sarao de media hora donde los espectadores entran en «calor» hasta que llega el momento de la función en sí. No se puede afirmar que verdaderamente contribuya a darle amplitud al espectáculo; porque el evento no da más que para un acto de marketing. Al que tampoco se le puede poner como tal mucha pega, puesto que fue un disfrute que hay que agradecer. Otra cuestión diferente es el efecto mingitorio que el doble lúpulo produjo en parte del respetable y sus consecuentes escapadas al excusado en plena representación. Sin más, ocupamos las butacas. Comienza auténticamente El amante, de Harold Pinter.

Como la intención de exacerbar los sentidos es clara, se inicia el montaje con un vídeo sugerente de María Ripoll, una colección de imágenes que nos trasladan a ese enlace matrimonial hace un decenio, y que nos debe servir para que asumamos que aquellos dos individuos se casaron por amor, y tan felices. ¿Cómo andarán ahora? Parece ser la pregunta pertinente. Diez años son muchos para las parejas actuales. ¡Diez años! El inicio del dramaturgo inglés es perfecto para atraparnos: «¿Viene hoy tu amante?». El lenguaje se mueve próximo al absurdo, a la ruptura de los códigos habituales de comunicación. Aunque ahora que se está poniendo de moda el poliamor puede resultar de lo más normal. Los personajes fundan esa aura cuasicómica. Ella organiza su jornada con normalidad y él va esparciendo un sarcasmo contenido como si aceptara a regañadientes, pero con fingida nobleza, sus cuernos: «¿Se te ha ocurrido alguna vez pensar que mientras pasas la tarde siéndome infiel, yo estoy sentado en mi oficina trabajando?». Un poco de vitriolo sobre la «amante» de él («Es una completa y perfecta prostituta de la que no vale la pena hablar») y algo de somera frialdad, van configurando una atmósfera extraña, donde uno apenas acierta a adivinar si la deriva será realista o si se incidirá en la rareza. Junio Valverde interpreta el pequeñísimo papel de lechero. El vendedor de leche juega el inocente rol de quien favorece con su producto una peculiar práctica sexual. Y es que —debe ser desvelado— el amante es el propio Richard. Daniel Pérez Prada adopta las múltiples personalidades de su farsa amatoria con una mezcla de humor negro y de angustiosa tristeza que lo reconcome. Es quien más me convence de sus intenciones con la firmeza de algunas de sus sentencias: «Soy un marido que ha dado libertad a su mujer para recibir a un amante en su casa siempre que se le antojara. Creo que he sido muy amable. ¿No he sido muy amable?». Enfrente se sitúa Verónica Echegui, Sarah, que demuestra que se sabe mover por el escenario, que sabe llenarlo con seguridad, con una sensualidad creciente. Y, lo que me parece definitivo para la buena consecuencia del entramado, es la tensión, la incongruencia y el ansia subterránea que los empuja mueve a encontrar sentido a su propia vida. La grandeza de este texto fantástico, lleno de ese cinismo autoprotector que nos acerca a la crítica de ese callejón sin salida que es la existencia burguesa, es su acercamiento al abismo. Siempre está la absurda paradoja de que para tener amante, hace falta estar casado. Para disfrutar de la transgresión, uno debe tragar con la convención; y no desde la hipocresía, sino desde la asunción de las costumbres asimiladas. Todo puede entenderse como un proceso dialéctico de construcción-destrucción, para sintetizarlo en la rehabilitación inevitable si uno quiere reconducirse en el sosiego de lo convencional. «¡Qué maravilla de puesta de sol!», afirma Richard, quien, en esa expresión sobre lo sencillo, reconoce, a la vez, lo sublime de comprender que su clase social sofisticada ha olvidado lo más obvio. Por otra parte, sus fantasías sexuales, alentadas por símbolos que remiten a lo primigenio, ya sea el sonido salvaje del bongo o el derramamiento de la leche como una salvación nutricia, no solo es un trampantojo más que sirva para llenar el vacío y el tedio; sino también porque puede ser una vía creativa, artística, de autoinvención; aunque esté destinada al fracaso, al agotamiento y a la abulia. Para el matrimonio los caminos explorados llevan a callejones sin retorno. Continuar ad infinitum, hasta que su pasado y sus personajes se difuminen en las nuevas máscaras o parar, e intentar encontrarse a ellos mismos en un conocimiento de sí que les permita una manera de comunicación más sincera y madura. La respuesta no es fácil y por eso Pinter nos somete a este entuerto que en nuestros días no ceja de acrecentarse.

El amante, de Nacho Aldeguer persiste en esa idea esteticista de alentar los sentidos, tal y como se ha ido contando aquí, y para la puesta en escena ha contado con la omnipresente Monica Boromello, quien se ha inspirado en las construcciones orientales para elaborar una escenografía muy amplia compuesta de paneles que esconden una gran cama; y que nos da buena idea de la posición acomodada de la pareja. Además, la iluminación de Juanjo Llorens acompaña esa amalgama de sentimientos que se van acumulando según transcurre el tiempo. En definitiva, es una propuesta que se disfruta de muy diversas maneras, si hubieran afinado en la vertebración de las partes, artísticamente hubiera ganado más.

El amante

Autor: Harold Pinter

Dirección y adaptación: Nacho Aldeguer

Dirección creativa: Álex García

Intérpretes: Verónica Echegui, Daniel Pérez Prada, Junio Valverde, Álex García y Nacho Aldeguer

Ayudante de dirección: Mayte Barrera

Escenografía: Monica Boromello

Cortometraje: María Ripoll

Vestuario: David García Miras y Sofía Stein

Vestuario Verónica: Moisés Nieto

Vestuario Daniel: The Stoat

Audiovisuales: Somos Luz

Iluminación: Juanjo Llorens

Espacio sonoro: Kike Mingo

Experiencia gastronómica: Diego Guerrero

Música: Luis Miguel Cobo

Vídeo: María Ripoll y Álex García

Fotografía: Vico Vang

Diseño gráfico: Aníbal Egido

Producción ejecutiva: Joseba Gil

Una producción de El Loco Produce y Bella Batalla, S.L.

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 8 de octubre de 2017

Calificación: ***

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