Invernadero

Mario Gas monta la célebre obra de Harold Pinter acerca de un inquietante sanatorio

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

¿No es, acaso, el fin que el mundo hiberne bajo los dictados de los poderosos? No hace falta ningún electroshock, vale con leves dosis de trending topic. Harold Pinter se imaginó una especie de cotolengo o un sanatorio (nada que ver con el de La montaña mágica) que recluyera a toda una serie de burócratas enfermos de su propia maquinaria. Invernadero es una especie de engranaje basado en el control que, auspiciado por la deshumanización del paciente (es designado únicamente a través de un sofisticado código numérico), produce la consiguiente reverberación en sus ejecutores. Nada más comenzar, Gonzalo de Castro, metamorfoseado en el Director Roote, un antiguo militar, desconoce — mientras reclama furibundamente observancia— que uno de los internos ha muerto y que, además, él mismo ha firmado el acta de defunción. Por si esto fuera poco, una mujer ha parido en la propia institución, siendo esta una casquivana conocida por todos (de la que tampoco parece tener noticia). Ambos hechos resultan inéditos. Ahí comienza el discurso paradójico que Gonzalo de Castro emprende con firmeza y enorme vis cómica (un humor inglés pavoroso que, ciertamente, no embelesa a todo el personal), y que arrastrará hasta el final de la obra desencadenando diversas subtramas. Su claro antagonista, Tristán Ulloa, Gibbs, se planta simultáneamente como mano derecha y, de forma torticera, como candidato al puesto de máxima responsabilidad; un ser ordenado, diligente y estrictamente cáustico que va trenzando su maléfico plan entre los efluvios de un ambiente cínico.

Los secundarios fomentan la hipocresía sarcástica que los protagonistas han puesto en valor. Al principio, la obra se mueve en una sucesión de cuadros estanco donde los personajes van apareciendo por parejas a modo de presentación y de duelo dialéctico inmisericorde. La señorita Cutts, encarnada por Isabelle Stoffel, toda una erotizante mujer de tono pausado y melifluo, dispuesta a medrar con las armas de su ropa ceñida, embauca a Lamb, el pobre corderito, perfectamente interpretado por Carlos Martos, un individuo incapaz de captar las directas de su atractiva compañera. Se suma, Lush, que Jorge Usón despliega con un memorable monólogo acerca de la madre del muerto que ejemplifica hasta qué punto los tropos del lenguaje pueden tranquilizar el oído de cualquiera. Brevemente ofrecen su aporte Javivi Gil como Tubb y Ricardo Moya como Loob, cohesionando aún más el buen hacer de todo el elenco.

La construcción giratoria que han ideado Juan Sanz y Miguel Ángel Coso da para imaginarnos en un pequeño Metrópolis langiano o en la materialización de aquel proyecto-monumento a la Tercera Internacional de Tatlin. El caso es que las escaleras y la falsa pulcritud sean capaces de esconder el horror del electroshock (que el propio Harold Pinter sufrió en sus propias carnes) y de otras prácticas atroces que fomenten la desmemoria, aunque sea con las botellas de whisky que se pimplan el director Roote, Gibbs y Lush. Cualquier añagaza es válida para alcanzar el «reposo».

En la acertada dirección de Mario Gas se percibe ampliamente el sentido del humor de Eduardo Mendoza, que no ha rehuido ciertas expresiones soeces en su traducción (dice Gonzalo de Castro: «No me importa que los pacientes mojen el churro de vez en cuando». Expresado con absoluta seriedad).

Invernadero se nos manifiesta como un antecedente claro de esa maravillosa película de Terry Gilliam llamada Brazil; tanto por el humor a lo Monty Python como por lo distópico. Aquí también la burocracia es un arma de destrucción implosiva que favorece la irresponsabilidad social. De esta forma comprobamos que hibernan algunos animales, hibernan nuestros ordenadores y que nosotros cada vez invernamos durante más estaciones.

Invernadero

Autor: Harold Pinter

Versión: Eduardo Mendoza

Dirección: Mario Gas

Reparto: Gonzalo de Castro, Tristán Ulloa, Jorge Usón, Isabelle Stoffel, Carlos Martos, Javivi Gil Valle, Ricardo Moya

Escenografía: Juan Sanz y Miguel Ángel Coso

Vestuario: Antonio Belart

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Espacio sonoro: Carlos Martos Wensell

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 5 de abril

Calificación: ♦♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso el 10 de marzo de 2015.

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