Alberto Iglesias firma y dirige una propuesta cargada con todos los tópicos románticos del artista atormentado

El número de películas dedicadas a pintores es ingente (las de Van Gogh se deben llevar la palma) y lo habitual es aproximarse a la figura de estos especímenes desde su biografía. Mucho menos frecuente en la ficción es la indagación teórica sobre el concepto de arte. Si acaso La bella mentirosa, de Jacques Rivette, especula sobre angustia del cuadro terminado; de asir lo bello a través del cuerpo de una mujer espléndida. Más complicado es encontrar de forma más o menos seria el tema sobre las tablas. La temporada anterior pudimos contemplar en Rojo, el acercamiento a Mark Rothko (o tiempo atrás la sátira La autora de Las meninas). O, hará unos meses, una aproximación (muy tangencial) sobre Goya. Con El hombre y el lienzo el atrevimiento ―quizás su único mérito― ha sido llevar la teoría y la práctica en síntesis mediante una trama dramática. Pero el resultado me ha parecido desnortado, caduco e impostado. Es una función que hace aguas por todos los lados y que, además, conlleva una sorpresa parateatral que ahonda en la catástrofe y hasta diríamos que en la acérrima hipocresía ―la posmodernidad es lo que tiene―. El texto que firma Alberto Iglesias dibuja un protagonista con todos los tópicos del pintor maldito; aunque, es más un tipo con mal carácter y con unos cuantos dejes cursilones (emplea algunos aforismos verdaderamente sonrojantes como lecciones zen de usar y tirar). Y se nos vende como un tipo de hoy, de unos cuarenta y tantos años que, pintando autorretratos, de tintes expresionistas en formato de 135 x 90 cm, ha logrado exponer en los museos más importantes del mundo. Sinceramente no sé a qué mundo se refiere. Sigue leyendo



De un tiempo a esta parte, en consonancia con la última ola del feminismo y el propio devenir de los tiempos de paz y de consumo en Occidente, se habla de las nuevas masculinidades. Pensamiento este, dirigido a una suerte de hombres (¿todos? ¿o solo aquellos que pertenecen a esa seudoclase media de profesiones liberales o poco rudas?) que deben aflorar sus emociones escondidas, su empatía subyacente y sus sentimientos amorfos en esta feria de las vanidades low cost.
La vigencia de esta obra, uno los clásicos incuestionables del siglo XX, perdura en nuestro diálogo contemporáneo puesto que sus temas y antitemas nos concitan. Uno se pregunta, si al final de nuestros tiempos, mientras nos observen las criaturas robóticas no seremos unos vagabundos insatisfechos con un ocio tan redundante como vacuo. La mirada de Estragón y Vladimir es un segmento temporal que transcurre entre el «No hay nada que hacer» y el «Vamos». Ahí está Camus para preguntarnos por qué no nos suicidamos; por qué esos individuos haraposos que se apostan a las escaleras de una iglesia con su cartelito reclamante y su vasito de café tintineante no terminan con una existencia que entiende qué es un día de la semana. 

