Desayuna conmigo

Iván Morales firma y dirige esta obra sobre las consecuencias del desamor con un juego de perspectivas para cuatro personajes

Aunque hayan pasado más de siete años desde que Sé de un lugar arribara a Madrid e Iván Morales pusiera su peculiar pica en Flandes, lo cierto es que algunos de los motivos principales de aquella obra se pueden observar en esta nueva propuesta. Además, también conecta con Wasted, el texto de Kate Tempest que el propio dramaturgo dirigió en el Matadero. La desazón, la crisis existencial, el callejón sin salida, la incapacidad para vertebrar un discurso coherente sobre la propia vida con el borbotón de palabras expeliéndose por la boca. La música. Cuatro personajes que configuran una estructura quizás demasiado geométrica y cerrada ―a pesar del interesante perspectivismo―; y en esto el autor parece un tanto arrastrado por las premisas que se ha impuesto. La circularidad hace quebrar parte de la verosimilitud. Nos hace pensar en películas como Closer, de Mike Nichols, y en ese mundo paralelo que se aleja solitariamente de las coordenadas espaciotemporales de la muchedumbre. Individuos que se quieren constituir por sí mismos y que mantienen a sus allegados en una prudencial distancia (a veces lejanía) como si fueran eremitas en una constante prueba de superación para encontrarse. Seguramente, uno de los aspectos más cuestionables de este drama sea la sensación de que todos los papeles tienden a difuminarse en esa masa grumosa en la que caen tantos y tantos urbanitas deprimidos por el fracaso a la hora surfear la ola de la felicidad. Imitar la vida burguesa (incluso aristocrática) supone, en la mayoría de los casos, un derrumbe catastrófico. El quiero y no puedo del hedonismo que niega la contraparte del dolor. La ilusión de que la partida se puede reiniciar a cada pequeña derrota. Y el amor como el más anhelado y frágil de los sentimientos incumpliendo sus promesas idealistas. Jugar al amor romántico es cada vez más difícil y es lógico que surjan propuestas de eso que se denomina «amor igualitario» ―toma oxímoron― que es una nueva catequesis o cursillo prematrimonial laico. Matematizar y cuantificar el amor, para que las relaciones sean, ante todo, un reparto de tareas absolutamente equilibrado. Aquí los protagonistas viven desbordados, ansiosos por recuperar la emoción, mientras repudian una melancolía que no los alimenta espiritualmente. Las siete escenas funcionan como cajones estanco sometidas generalmente por una verborrea que genera un ruido en sus diálogos trastabillados que favorece ―gran coherencia― su corriente abismal. Es decir, son agónicos. De esta manera, los cuatro, por parejas, llegan a entablar una conversación entre ellos; hasta llegar al desenlace, donde se anhela redondear la curiosa coincidencia de sus interrelaciones. En este sentido, diremos que es poco dúctil el entramado e, incluso, algo moroso, no solo al comienzo (es muy claro ese ralentí tan premeditado); sino en otras partes, que alargan un argumento que se regodea en exceso sobre sí mismo. Ahora, las interpretaciones llegan a ser esplendorosas, y la dirección que ha llevado sobre ellos Iván Morales demuestra un detallismo propicio para lograr auténticos clímax incuestionables. Situémonos en el Teatro de La Abadía, en la Sala José Luis Alonso, con una disposición oval de las butacas que nos permite atender con excelente visión a todo lo que acontece. Al principio conocemos a Sergi, un Xavi Sáez que vuelve a perfilar una expresión cargada de extravagancia. Un ex camello, ahora celador de un hospital que masajea a una antigua conocida que ha quedado maltrecha tras un accidente. Es claramente un «iluminao», alguien que ha sabido salirse a tiempo del mundillo, y que en lugar de haberse confiado a Cristo lo ha hecho a Confucio y a las enseñanzas de algún monje shaolín (se mueve como si estuviera practicando kung fu). Despliega su chorreo de sentencias vitales y de las experiencias que le ha dejado la calle como alguien que ha abandonado la valentía insensata y se ha descubierto vulnerable, celoso hasta la ira. Sobre la camilla, las piernas de Natalia están moribundas, a la espera de que unas manos hábiles las reanimen. De poco no lo cuenta, su cuerpo y su bicicleta quedaron desperdigados por la carretera y su concepción de la vida cambió para siempre. Madre de un hijo de seis años, aspirante a documentalista, se encuentra recopilando material para cerrar una pieza sobre el desamor. Anna Alarcón imprime fuerza en la voz como un revulsivo a su situación y una serie de matizaciones en su rol que logran mostrar una ambigüedad muy pertinente: la fluida charla con ese colega de antaño que supone una gran satisfacción o la distancia con el amante que se entrega a ella totalmente. Porque Salva, después, será el individuo que nos abra las nuevas posibilidades de la trama. Un productor musical, un melómano enganchado a épocas de auténtica trasgresión, un fracasado que malvive con trabajillos en los que no cree; un recalcitrante solitario que pasea al amanecer. Un entusiasta que percibe el amor como la espita por la que colarse sin ambages. En Andrés Herrera encontramos a un hombre sensible, cuando termina de follar con Natalia; a un macarra transformado en una especie de Pocholo, cuando desfasa con la farlopa que le ha ofrecido un desconocido, Sergi (ambos discuten con el subidón danzando en su boca); y a un apasionado de las canciones, principalmente de Burt Bacharach. La cuarta en discordia es Aina Clotet, una cantante que desea a su productor (Salva); aunque le repugne su forma de ser. Una tía que sale con Sergi, alguien que la ha convencido para irse a vivir al campo, a confiarse al tópico del locus amoenus, a la vida retirada como Fray Luis de León, a la ensoñación new age y neo hippie que se abraza a un ecologismo bastante pijo y timorato. Es huir del ruido, de la desesperanza. La actriz abre una vereda por la vesania, por la locura del estrés y alimenta la atmósfera de buenas dosis de absurdo. De hecho, el cuarteto ofrece claras señales haberse adentrado en una paradoja imprevisible; parecen arrastrados por el azar o por decisiones insensatas (no carentes de humor descarnado). Es uno de los logros de la función; pues se aparta de un consabido y repetitivo naturalismo. Quedarse a desayunar es un tópico, una frase hecha irónica que remite a esos rollos de una sola noche que se disuelven al término de la embriaguez y del orgasmo, y que motivan encuentros incómodos entre desconocidos. Quedarse a tomar el café, las tostadas y el zumo es una manera de confirmar que el flirteo no solo estuvo trazado por medias verdades. Pero parece que hay que nutrir el deseo con novedades que se esfuman en el instante. Hay mucho de inmadurez en el desamor del que huyen los protagonistas, y eso parece una forma más de consumo. Iván Morales parece empeñado en evidenciar cómo el individuo contemporáneo se deja llevar por un modo de existencia fulgurante, inasible e incapaz de disfrutar los momentos felices y de sostener las inconveniencias del amor.

Desayuna conmigo

Texto y dirección: Iván Morales

Reparto: Anna Alarcón, Andrés Herrera, Aina Clotet y Xavi Sáez

Escenografía e iluminación: Marc Salicrú

Música y espacio sonoro: Clara Aguilar

Movimiento: David Climent

Vestuario: Míriam Compte

Ayudante de dirección: Ona Millà

Ayudante de dirección, movimiento y regiduría: Carla Tovías

Construcción escenografía: Óscar Fernández (Ou)

Fotografía: Sandra Roca y Ona Millà

Diseño gráfico: Marc Rios

Una producción de: losMontoya (pantalla&escena)

Producción Los Montoya: Júlia Simó

Producción: Clara Aguilar y Ona Millà

Distribución: Àngels Queralt

Con el apoyo de Sala Beckett

Agradecimientos a Pau Gener, Sergi Casals, Lan Dry, Dask (in memoriam) y Centro Kine Gavà

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 26 de septiembre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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