La espuma de los días

María Velasco realiza una versión excesivamente alejada y desencantada de la novela que firmó Boris Vian en los años cuarenta

Foto de Idle Sandrin

Podemos volver todo lo que sea necesario sobre el debate de las adaptaciones y de las versiones, sobre la fidelidad al original, sobre el respeto a lo que quiso decir el autor de marras; a veces es una discusión espuria, porque el resultado favorable de la nueva obra zanja el asunto. Pero no sabemos por qué esta obra se llama La espuma de los días (basada en la novela de Boris Vian). Que se titule de la misma forma tiene un pase, pues es una metáfora muy jugosa; que haga alusión al escrito del novelista francés ya es enteramente cuestionable. Apenas han quedado algunos nombres, algunos subtemas y la raspa del pescado. Me gusta tener de referencia la magnífica y luminosa incursión fílmica que ejecutó Michel Gondry en 2013; puesto que visualmente muchos lectores quedarán saciados al ver en imágenes esa algarabía entre surrealista y patafísica de Vian. Ahora, ¿qué ha querido elaborar María Velasco? ¿No hubiera sido más honrado, a tenor de la estupefacción de parte del público, que se hubiera llamado de otra manera para que no se tomara como un gancho comercial equívoco? Dejemos la cuestión. La dramaturga lleva ya muchos años imponiendo su estilo y creo que hemos llegado a un punto en el que deberíamos exigir una evolución, una deriva o, incluso, un abandono, porque sus fieles seguidores pueden percibir algo de cansancio. Ante todo, lo suyo es la versificación barroquizante, conceptista, satírico y mordaz (escuchado, cuesta hilar cada símbolo esputado). Un chorreo de versos que disparan para las mismas inquietudes de siempre, sea la política, la pobreza, el cuerpo y el sexo. El desencanto por bandera y la decadencia como pose. Analizar los posibles mensajes y el desarrollo de los conceptos requeriría leer con atención el poema; pero aquí asistimos a un teatro afincado en la narraturgia; aunque esta vez para contar poquísimo. Miguel Ángel Altet hace de Colin, un tipo que deambula por el espacio, alguien solitario, taciturno, que se sienta en un sillón a verlas esperar. Adopta una actitud rayana en la neutralidad, si tenemos en cuenta que se ha enamorado profundamente y que esta historia debería ser romántica (ya no lo es apasionadamente). Suponemos que conoce a Chloé, una Lola Jiménez que se expresa mejor bailando ―tiene la oportunidad de interpretar sus propias coreografías con una energía grandiosa para alguien que tiene un «nenúfar en el pulmón» que acabará con ella―. Cuesta creer que la directora haya elegido ponernos (casi entera) la poco conocida canción «Party Girl», de Michelle Gurevich; pues hace unos meses se empleó en la función El último rinoceronte blanco con paradójicas intenciones parecidas. Añadamos que Velasco tiene una auténtica necesidad de mostrar desnudos en escena, un hecho bastante habitual en el teatro contemporáneo, pero que parece que ella fuerza de forma inconsecuente. No hay más ver cómo Altet se quita la ropa porque sí. ¿Amor, enamoramiento, padecimiento, danza? Unas pizcas de aquí y de allí sin mucha expresión profunda. Algunas asociaciones lingüísticas (con unos recursos retóricos bien distintos a los de Boris Vian) nos demuestran un ingenio, una sagacidad y una inteligencia que desearíamos ver plasmadas sobre las tablas. Todo transcurre lento, macilento. Fabián Augusto Bohórquez irrumpe disfrazado de Mickey (es una manera de traer a colación al ratón gris que vive con Colin en el original y que tiene su propia historia), para hablarnos de la precariedad laboral y de lo compleja que es la vida en París. Chick debería estar obsesionado con Jean-Paul Sartre y debería salir con Alise; pero la disolución es la veta por la que propende el espectáculo. Así que Natalie Pinot nos habla un poco en francés y nos quedamos casi como habíamos entrado. El aliento persistente de Rodrigo García en la conciencia artística de la dramaturga resurge en el desenlace, cuando la espuma verdadera, sin metáforas, surge de un cañón para propiciar el embadurne que traslade la melancolía al patético suelo húmedo. Algo de acción para un montaje estatista, con una iluminación mortecina de Antoine Forgeron y una escenografía que simula unas dunas, que Marcos Carazo ha diseñado constriñendo el espacio de acción mucho más de lo debido. La dramaturgia de María Velasco es en sí rácana en cuanto a la propia evidencia de lo declamado. Las escenas se solapan con desgana y parece que las únicas ideas que se deban desentrañar no proceden de lo teatral en sí mismo; sino de la lírica. De esta forma, por momentos, parece más una performance de spoken word. La espuma de los días que ocupa la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español es un ejercicio baldío de logorrea que no consigue concertar ninguna propuesta mínimamente definible, más allá de las consabidas quejas o cuestionamientos generales de nuestro mundo actual.

La espuma de los días

Basado en la obra de Boris Vian

Texto y dirección: María Velasco 

 

Reparto: Miguel Ángel Altet, Fabián Augusto Bohórquez, Lola Jiménez y Natalie Pinot

Coreografía: Lola Jiménez

Diseño de iluminación: Antoine Forgeron

Diseño de espacio: Marcos Carazo

Diseño de sonido y mezclas: Adolfo García

Diseño de vestuario: Daniel Voltta (con la colaboración de la compañía)

Audiovisuales: José Francisco Castro

Fotografía: Ilde Sandrin

Taxidermia artística: Tamara Ablameiko

Ayudante de dirección: Joaquín Abella

Asistente de dirección: Peio Lekumberri

Producción ejecutiva: Ana Carrera

Una coproducción de Teatro Español y María Velasco.

Colaboración de Comunidad de Madrid

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 22 de diciembre de 2019

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