Doña Rosita, anotada

Pablo Remón sobredimensiona a Lorca para ofrecernos una versión fabulosa a través de su biografía sentimental

Foto de Vanessa Rabade

Avancemos que Pablo Remón acaba de presentarnos un montaje culmen, producto de todo un proceso de desarrollo dramatúrgico que se ha ido macerando en unos pocos años. Tras La abducción de Luis Guzmán, 40 años de paz, Barbados, etcétera, El tratamiento, Los mariachis y Sueños y visiones de Rodrigo Rato (firmada esta última también por Roberto Martín Maiztegui) llega esta Doña Rosita, anotada para acertar con un equilibrio conceptual, técnico y sentimental que nos sitúa ante una función que debe servir para ejemplificar una forma de hacer teatro en nuestra contemporaneidad, y una manera de versionar. La deconstrucción que aplica el dramaturgo sobre el texto de Lorca ―recordemos que fue su penúltima obra teatral (1935), aunque su origen data de 1924―, va más allá de la reordenación de los tres actos y de la intervención metateatral; puesto que ha insertado una emotiva trama personal (con las claras características de la autoficción). Francesco Carril, que viene de interpretar la estupenda Hacer el amor (que alguien la reponga), es un actor imprescindible de la escena actual y aquí se convierte en un trasunto del autor para efectuar un trabajo cargado de ironía y de pertinacia romántica. La cuestión que se nos plantea al principio no carece de lógica y tiene que ver con la vigencia de este drama; es decir, qué supone para nosotros hoy y qué nos puede aportar si se decide actualizarlo. Aquí juega un papel importante la filología en su vertiente crítica; puesto se parte de la teoría y de los estudios que se han realizado sobre el texto, sobre esas anotaciones que los expertos han ido aportando a las ediciones con aparato crítico. De aquí que Remón quiera ofrecernos su propia versión «anotada». Y qué mejor que convertir a su propia mujer ―filóloga de profesión― en un personaje que venga a sopesar con guiños punzantes las decisiones de su marido, mientras este está inmerso en la duda. El hallazgo fenomenal es recurrir a su propia biografía para recordar a dos tías suyas, dos mujeres que lo cuidaron mucho en su infancia y que le enseñaron a cocinar croquetas. Sus espíritus se trasladan a la escena en una suerte de realismo mágico como especímenes del mundo lorquiano. Carmen y Pilar son esas mujeres que cualquier español ha conocido en su familia y que, probablemente, han supuesto una gigantesca influencia vital que es obligatorio reconocer. Fernanda Orazi (Buenos Aires, 1975) no solo hará de Carmen, con una impostación algo grotesca y cómica de la voz; sino que se meterá en la piel de Rosita para ejecutar una ironía del destino al clamar por su novio ―un tipo que emigró a Tucumán (Argentina)―, con acento argentino. La actriz adopta una posición de naturalidad algo distanciadora, como una marioneta que realiza la acción que se le ordena; para luego alcanzar el genuino punto lacrimógeno. En esta propuesta se ve claramente cómo el tiempo se convierte en un dispositivo de acción y de arrastre, que configura un objetivo sobre el que reflexionar y que sitúa a Rosita como una «viciada» del amor petrarquista, de un amor idealizado que se alimenta a cada año y a cada carta que recibe en el súmmum del autoengaño. Vivir en el desconsuelo, mientras a su alrededor se proclama el collige virgo rosas, y en la falsa esperanza es un modo de existencia que permite alimentarse de la melancolía y reconstruir fantasiosamente cualquier futuro ideal con su amado. La recolocación de los actos consigue que diversas escenas posean una gran potencia ―y que justifica lo anteriormente afirmadao―, como así ocurre con el encuentro bucólico de los dos novios; pero como si fuera en los años ochenta, él con su moto y sus porros, ella con un carácter ―por aquellas―, capaz del flirteo. No debemos olvidarnos del humor, entrañable en ocasiones, con chascarrillos de anciana en la voz de Manuela Paso, quien siempre ha tenido una enorme capacidad para la comicidad desde lo serio. Aquí representa varios papeles, pero sobre todo se luce haciendo de sirvienta rumana. A sumar en este torbellino de aciertos, la escenografía de Monica Boromello que, no por ser sencilla es menos ocurrente. Tres paneles que se desploman como un libro pop-up gigante para descubrirnos mini espacios, recovecos de campo, de habitación, de dormitorio de esa casa que tendrán que abandonar al final. Por otra parte, hay que señalar que la versión de Remón es mucho más fiel de lo que puede parecer; pues gran parte del texto se reproduce tal cual lo escribió Lorca y, todavía más, recalcando, como al principio, esas flores de nombres tan peculiares u otros versos deleitables; y, todavía más, con un epílogo doble que nos deja especular exquisitamente con lo que haría nuestra desdichada heroína en Barcelona al terminar la historia y otro el sueño fabulador de cualquier dramaturgo sensible: imaginar que tu madre muerta aparece mientras reflexionas sobre tu montaje en la sala vacía y le pides que interprete un fragmento inédito de Doña Rosita, la soltera. El viaje por tantos estilos dramatúrgicos establece un paralelo respetuosísimo con el original, pues no solo se regodea con esas ansias postmodernas de ignorar el propio acto teatral apuntalando cualquier andamiaje aledaño; sino que penetra hondamente con una biografía sentimental que nos llega a conmover. Yo creo que Pablo Remón ha mejorado una obra que el paso de los años había dejado acartonada y cursi. A mi parecer, esta propuesta es extraordinaria.

Doña Rosita, anotada

Versión libre de Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores, de Federico García Lorca

Versión y dirección: Pablo Remón

Reparto: Fernanda Orazi, Francesco Carril y Manuela Paso

Escenografía: Monica Boromello

Iluminación: David Picazo

Vestuario: Ana López Cobos

Espacio sonoro: Sandra Vicente

Ayudante de dirección: Raquel Alarcón

Producción ejecutiva: Rocío Saiz

Dirección de producción: Jordi Buxó

Distribución: Caterina Muñoz

Una producción de la Comunidad de Madrid y Buxman Producciones, con la colaboración de La_Abducción.

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 29 de diciembre de 2019

Calificación: ♦♦♦♦♦

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